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La protesta social, dijimos en el artículo anterior, se incuba siempre en condiciones políticas y económicas injustas. No hay mal que dure cien años ni pueblo que lo aguante.

En este contexto y para finalizar esta reflexión sugiero que los cristianos tienen la responsabilidad y, si cabe, la obligación de manifestarse en contra de cualquier estructura de injusticia e impiedad.

No es el lugar ni hay espacio aquí para documentar con la Biblia las veces y las formas en que los creyentes, los profetas, la gente común y aún el mismo Jesús en varias ocasiones, se manifestaron de palabra y de hecho, en contra el sistema político y religioso de su tiempo.

Esto enciende las alarmas de los cristianos que afirman el pasaje aquel de que toda persona debe someterse a las autoridades superiores como si ese versículo hiciera tabla rasa con el resto de la Biblia.

Si eso fuera así, piénsese nada más en los profetas – Jeremías siendo el más notable. Su sola palabra era una protesta social. No hay que ser muy advertido para entender que quienes escuchaban o leían sus palabras estaban siendo llamados a rebelarse contra el sistema imperante. No se comprendería de otro modo el sentido de hacer público su reclamo.

La protesta social siempre es válida cuando cuestiones esenciales de la existencia humana están siendo vulneradas. La opresión, el abuso, la explotación, la injusticia, la pobreza abyecta que afecte a cualquier ser humano deben ser resistidas.

Salir a quemar vehículos, romper vidrieras, destruir comercios o edificios que no tienen relación alguna con el objeto del reclamo, a mi juicio, no puede ser entendido como una protesta justa.

Hay muchas maneras de presionar a los gobiernos y sistemas injustos sin vandalizar la ciudad. Desde la desobediencia civil hasta sitiar los edificios emblemáticos del poder, son acciones válidas, no destructivas, que dan un mensaje claro y formal.

La resistencia pacífica de Gandhi, de Martin Luther King, los viernes sin escuela de Greta Thurnberg, el boicot al transporte público en Sudáfrica en tiempos de Nelson Mandela son algunos ejemplos de desobediencia civil que pueden abrir el camino al cambio sin destrucción de bienes públicos o de vidas de personas.

En todo proceso de resistencia existe siempre el riesgo de la violencia. Pero no es el objeto de la verdadera protesta. Debe aceptarse sólo como un daño colateral.

Valdrá la pena recordar que no hay paz posible si no hay justicia.

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