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Tiempo de lectura: 2 minutos

Aquí viene la inmensa mayoría a buscar consuelo, orientación, celebraciones, jolgorios y realizaciones magistrales. Aquí se explora el sitio para hallar consejos y espiritualidades en boga. Se acude para convocarse a solemnes encuentros y oír cosas halagüeñas. Aquí se encuentran todos para hablar en su idioma y compartirse crónicas de triunfo en su propio lenguaje en el marco de sus convicciones y certezas. Porque esta es la comunidad de similares. Aquí se está instalado con los ciudadanos del propio país invisible y los extraños pueden ser aceptados siempre y cuando no desafinen con juglarías laterales, vestimentas y cosméticas raras y vocabularios oblicuos e incomprensibles.

Aquí está la felicidad certificada, el consejo oportuno, la foto precisa, la sonrisa perfecta, el comentario archipredecible, el me gusta y el compartir que repite ad infinitum lo que ya se ha dicho seis mil millones de veces. Por estos territorios circulan las reconocidas formulaciones del saber dosificado que no sobrepasa el primer grado y debiendo ya ser graduados es necesario seguir diciendo las mismas cosas del abecedario inicial porque ahí es donde reside la única plenitud que es posible recordar. Las complejidades nunca proporcionan alegrías; al contrario, lo encaran a uno con la fealdad de las cosas, con el dolor, con la muerte, con la tristeza, con el desamparo, con la perturbadora otredad y por eso es mejor quedarse siempre como eternos aprendices en el pequeño pueblo muy feliz.

Yo qué hago aquí no es una pregunta retórica. Es la interpelación desesperada del ejercicio lateral, de la palabra otra que se pregunta imposibilidades y confiesa pecados, fracasos y destituciones. De la pregunta al vacío, de la constatación del silencio, que busca senderos porque las llegadas eran a ninguna parte. Es el asombro interminable ante el demoledor desparpajo de los que se creen poseedores absolutos, dominadores, triunfantes, señores del tiempo, articuladores de la vida, voceros de la eternidad.

Yo qué hago aquí es el hallazgo de la propia debilidad, el desencuentro de la mente con mi adversario el cuerpo, el cansancio de la vida, el roce electrizante con la triste historia de los desheredados del cielo y de la tierra.

Alguien, con buena voluntad, podría decirme tal vez qué hago aquí…

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