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Tiempo de lectura: 2 minutos

De todo un poco. Friegas para la memoria. Advertencias del tiempo. La vida sin rococó. Notas al margen. Tips para la supervivencia…

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En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. El espacio infinito entre la raíz profunda y el tamo que arrebata el viento. El diálogo mudo entre el sentimiento y la ausencia. La realidad, ese absoluto lugar común. Las tormentas de arena en la cabeza. El borde de la desesperación. Verdad o consecuencia. La hora inevitable del todo o nada. La primera y la última hora, en todo. El breve espacio entre el foso y el puente levadizo.

El glorioso silencio de las calles a las tres de la madrugada. Tres mudas de ropa interior y un equipaje absolutamente esencial. La distancia innegociable con la chimuchina y la multitud. Misiones de Rengo, Carmenere, 2011. Los 100 años de Parra. Pedro Páramo, urgentemente.

¿Cuándo te vas a quedar? ¿Cuándo te vas a ir? La mudez entre ambas preguntas. Las barricadas filosóficas para resistir el asedio. Todo el tiempo del mundo y redituar tan poco. La noche sin brújulas, sin GPS, sin estrellas. El tedio. La vejez. Seguir siendo.

La canción, que suene bien, no importa lo que diga. El fantasma de la noche. Ningún rostro detrás de la voz. La paciencia de los inocentes. El cariño que podría rescatar a la hora del naufragio. Si se pudiera manejar la vida con Team Viewer. Si volvieran los dragones. Favor no comentar este artículo con “Qué bueno” o “Qué buena reflexión” porque no lo es.

La noche sin relojes de Cartagena. La luna llena, 18 de septiembre de 1988, en el cielo de Suiza. El “Waterfront Row” en Kona, Hawaii, mud pie, el sunset absolutamente imposible de explicar. Tandil, el queso, el salame, el vino tinto y las nostalgias anticipadas. Chivilcoy, esa memoria prestada. Santiago – Córdoba, la Cordillera de Los Andes, cuántas veces. La caricia incondicional del paisaje, el noble encanto de la geografía, la hermandad de la montaña, la solidaria cubierta del cielo.

Los escarceos entre la poesía y la prosa, ese juego de seducción sin destino…

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