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Y su amada esposa, ¿cómo está?, ¿Por qué no lo acompañó? me pregunta cierto dirigente de un lugar donde voy a dictar unas conferencias de comunicación. Varias cosas me pasan por la cabeza antes de responderle con un sobrio: “Soy divorciado”.
Primero, me sigue sorprendiendo que la gente evangélica suponga siempre que si uno ya pasa de los cincuenta o sesenta años y enseña cosas en círculos cristianos, está casado, es feliz y tiene una amada esposa.
¿De donde sacan eso, me sigo preguntando? ¿Por qué siguen creyendo que el mundo es perfecto, feliz y realizado para la gente que profesa la fe si no siempre es así? ¿Por qué persiste ese lenguaje estereotipado sobre el matrimonio cristiano feliz? Cincuenta por ciento de la gente cristiana casada enfrenta o enfrentó conflictos, separaciones y divorcios. ¿No otorga eso un poco de inteligencia? Si la mitad de las personas viven esa realidad, ¿no habría que ser un poco más cuidadoso y no suponer el estado civil y la felicidad de la persona que está recién conociendo?
Pero eso no parece posible. La mayoría de los evangélicos sostienen una visión que no se hace cargo de la realidad del mundo actual. Nunca olvido cuando de chicos nos hacían cantar en la Semana Anual de la Familia en la iglesia, Con Cristo en la familia, ¡qué feliz hogar! No les voy a infligir aquí los detalles de la historia de mi familia y de lo lejos que estaba del feliz hogar; todo me parecía tan ajeno a la vida real.
Me cuenta una amiga que sin haber recibido explicación previa se la sacó de cierto liderazgo en la iglesia porque no estaba casada. Nos queda la pregunta de si ese estado civil habilita automáticamente para ciertas funciones eclesiásticas aunque se sea un inepto (un inepto casado en este caso).
Pensaba que estas restricciones, prohibiciones y prácticas correspondían al oscurantismo propio de los años cincuenta y sesenta, época en que los viví en persona y que eran moneda corriente en nuestros círculos evangélicos. Pero compruebo con tristeza que en muchos sectores han continuado intactos hasta la segunda década del siglo 21 sin que se avizore algún movimiento consistente de reforma y de renovación.
Mientras tanto, sigan sabiendo que por razones ajenas al interés público estoy divorciado, no tengo una amada esposa y no estoy interesado en que eso cambie.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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