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Tiempo de lectura: 2 minutos

(A fin de evitar suspicacias respecto de cuestiones de género aclaro a la audiencia sensible que se trata aquí de una referencia a un estado de ánimo e ilustrada por un viejo refrán chileno y no de una reflexión sobre las características biológicas o emocionales de una señora anciana)

“Pasó la vieja” se dice en Chile cuando se quiere significar que ya pasó la oportunidad para que algo le ocurriera a alguien: un amor, un trabajo decente, un viaje gratis, una respuesta que fue dada cuando justo uno no estaba. Hay cosas para las cuales ya no tenemos chance (ahí le dicen a uno el refrán); hay otras a las cuales uno mismo ya no quiere darles oportunidad (ahí uno es el que lo dice). Se me ocurren unas palabras para esta segunda opción, algo así como un coloquio íntimo con la audiencia que se detiene habitualmente en este blog.
De tanto andar, de tanto ver, de tanto vivir, va uno adquiriendo un cierto escepticismo respecto de los asuntos que la gente considera importantes en la vida. Se pone uno medio cínico respecto de las esperanzas que las personas abrigan sobre el éxito de sus emprendimientos. Piensen, por poner unos pocos ejemplos clásicos, en el discurso de los políticos, en los parabienes que algunos invitados un poco embriagados le endilgan a los novios en una boda, en las tarjetas de Navidad, en ciertas encendidas predicaciones, en los libros y las filosofías de autoayuda, en los consejos que dan los amigos en tiempos de crisis – me refiero a esos que uno nunca les pidió – y en una amplia gama de otras invenciones con que las criaturas humanas atormentan intencional o inadvertidamente a sus semejantes creyendo que les hacen un favor. Hay quienes consideran un oficio redentor esa inclinación consuetudinaria a enmendarles la plana al mundo que les rodea. Con serena firmeza, tiene uno que decirles: “¿Sabes?, por aquí ya pasó la vieja”. Entonces te miran con un insoportable dejo de conmiseración, extrañados de que no entiendas lo simple y lo hermosa que es la vida.
Hubo una época en que creía en algunas cosas. Suponía que si decía, hacía o pensaba lo correcto y seguía las instrucciones al pie de la letra, la vida estallaría en un arco iris de setenta colores, me sonreiría el futuro, brillaría la esperanza, me pondría rozagante y gordito, viviría una feliz vidita compartida.
Pero la realidad superó al discurso. Pasó la vieja. “Así que vuelve a tus labores; pero antes, tráele al viejo otra frazada”.

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