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          Recuento de los estados del alma. Inventario de las emociones antiguas y nuevas. Crónica mínima de las estaciones de la vida. Pequeños artefactos que acompañan la melancolía y a veces los instantes bendecidos. Planilla existencial para tomar razón de las condiciones en que se encuentra la vida en su último cuarto…

La risa que adquirió ese tonito escéptico y a veces un poco cínico. Las lágrimas que ya no brotan por ninguna razón importante. Las nuevas estaciones de la noche, sus detenciones imprescindibles. Los hallazgos del pensamiento en los momentos más inesperados. La aparición de cierta sabiduría que hace más sensible el dolor del alma. El sentimiento de la época que se desmorona y nadie parece advertir. El miedo, el viejo miedo. La culpa, la vieja culpa.
La luz que se va apagando de a poco. La duda que se acrecienta más y más sobre uno mismo y la especie. La última frontera de la esperanza: el Dios de la Biblia como único espesor auténtico y realidad última. El cansancio vital. Los espacios cada vez más reducidos. La impecable caracterización de mi hermano David: Benjamín, soñador inconcluso.
Los libros. El último reducto para un diálogo silencioso; la decepción de algunos viejos textos, la confirmación de algunas intuiciones en Bauman, Eco, Galeano, Frankl y los viejos profetas del Antiguo Testamento. Relecturas y nuevos encuentros. Los libros, con su ilustrado silencio, con sus tesoros a disposición de los exploradores que tienen tiempo y que no desesperan en el vértigo de las pantallas.
El café con leche sin espuma, con un bizcocho y una medialuna. El diario del domingo – y el asado, también. La mochila de cuero con la vida a cuestas. La hora del regreso a casa que prodiga su silencio y su secreto. El amparo de las películas sin comerciales. Algunos cafés de la ciudad.
El arrinconamiento progresivo. La miniaturización de las relaciones humanas. Los alejamientos imprescindibles. Los silencios a ultranza. Las negociaciones ineludibles. El infaltable clamor de la conciencia. Las disculpas tardías. Los encontronazos inevitables. La fragilidad de la paciencia. La irritación a flor de piel.
La ironía de Groucho Marx sobre la época presente, multiplicada en púlpitos, plataformas y testamentos existenciales: “Estos son mis principios. Si no te gustan… tengo otros.”

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