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Ilusiones de la conquista suprema cuando no teníamos ni para comer y nos cortaban la luz y el agua. Catorce canciones aprendidas de memoria en la guitarra para prologar el discurso de la perfección y el entusiasmo. Porque no teníamos nada y queríamos hacerlo todo postergamos el sueño de la casita y de las niñas que querían estudiar teatro, danza moderna e historia del arte. Metimos la vida en cuatro valijas y nos fuimos por unos andurriales de campo, campamentos de pobres y países extraños a pelear las batallas del conocimiento. La guitarrita Yamaha, las canciones y las palabras eran el arte material del proyecto.
De a poco se fue cayendo el ideal porque fue tropezando con las realidades del poder, de la plata y de las obligaciones naturales que corresponden a toda persona madura y responsable. Al final, como todas las calaveras del mundo, ésta también era ñata y no quedó más remedio que aflojarle a las sostenidas lealtades, a la ventana diez cuarenta y al amanecer dos mil. Nos fuimos silenciosamente una tarde de sábado en un camioncito prestado y empezamos todo de nuevo, diecisiete años tarde. Ya no había mucho hilo en el carrete así que hubo que ajustar – de nuevo – las posibilidades y cada quien en esta familia fue encontrando el caminito que pudo.
Tantas horas dedicadas. Tantas palabras escritas, habladas, grabadas. Los mezquinos y ocultos asuntos de la política institucional. La triste disonancia entre el discurso y la praxis. El control abierto o disimulado de la dirigencia para mantenerse en la posición. Las angustias confesadas en los pasillos y el ruido de botas entre la tropa frustrada. Nuestros patéticos pecados escondidos. La amistad que no fue más que camaradería funcional al proyecto y después “Sí. Te vi, pero como ya estás en otra cosa, no me acuerdo.”
A veces, en el cansancio de los días, viene una como nostalgia de las formidables batallas, de los triunfos monumentales, de las posibilidades de penetrar la dura costra del tiempo presente. Como que huele uno el olor de los antiguos combates y algo se excita dentro del alma del conquistador.
Pero no es más que eso: añoranza que dibuja un lindo – y breve – arco iris después de la tristeza nuestra de cada día.

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