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Este no es un artículo poético ni melancólico. Es una protesta formal y pública.

“El ruido no es una molestia menor. Es uno de los peligros para la salud más subestimados de esta época; es humo de segunda mano para nuestros oídos.” (A. J. Jacobs). Sin embargo, a diferencia de la firmeza con que se ha proscrito el humo de los cigarrillos en lugares públicos abiertos y cerrados, el ruido sigue siendo una suerte de tierra de nadie donde la agresión acústica (vehículos con tubo de escape libre, móviles con parlantes a todo volumen anunciando ofertas comerciales o eventos masivos, música destemplada y televisores estridentes) sigue impune.

Hay ruidos inevitables en la ciudad. La locomoción colectiva, las obras de construcción, ambulancias y patrulleros policiales forman parte de la vida cotidiana. Pero hay ruidos agresivos que son libremente perpetrados por particulares que no tienen consideración alguna con los demás, sean personas que yacen enfermas, niños y gente mayor que duerme la siesta y todos aquellos que ya tienen una sobrecarga de ruidos más que suficiente como para que encima sean torturados gratuitamente por los terroristas acústicos.

Sorprende que en ciudades como la que vivo, pujante y moderna, que ha realizado obras de infraestructura y que ha avanzado proyectos que dan cuenta de un desarrollado sentido social y cultural, se permita aún esta suma de ruidos absolutamente innecesarios. Es posible que quienes transitan por la calle con motocicletas o automóviles con el tubo de escape libre padezcan una ramplona debilidad social, una obsesión narcisista que ven satisfecha destrozando tímpanos y contaminando la vida de los demás. O que los comercios que disponen de vehículos con parlantes a todo volumen para gritar sus magníficas ofertas no hayan descubierto aún los diversos y fructíferos caminos de una publicidad más inteligente. Pero alguien debería hacer algo.

Resulta en verdad difícil comprender cómo los agentes públicos responsables de regular la conducta social no hayan resuelto hacer cumplir la ley – tan ejemplarmente como en el uso del casco o del cinturón de seguridad – a los “artistas” del escape libre o a las empresas que anuncian con cajas destempladas sus ofertas y eventos turbando la frágil tranquilidad de la gente.

Tal vez, con tanto ruido, no oyen…

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