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Tiempo de lectura: 2 minutos

(Yo no sé ustedes, pero a mí me pasa que hay ciertos momentos y cosas que me parecen expresiones de un arte singular. ¿Podrán excusarme si digo que esta vieja pieza literaria, escrita a mediados de 2014, me parece una pequeña obra de arte? Describe en código lateral lo que son nuestras instituciones cristianas y termina con nada menos que un delirio. Juzguen ustedes).

Compartimentos herméticos donde se encapsulan fraternidades que se confieren a sí mismas la representación de la totalidad de la especie. Territorios diseñados por la imaginación de invisibles ingenieros y delineados para contener a la población que entra en el proceso introductorio del sistema, adhiere a incuestionables artículos de fe, jura fidelidad y promete colaboración irrestricta.

Allí se resuelven las cuestiones comunes como si eso fuese la corte suprema de todo y de todos. Construyen lecturas de los acontecimientos de todos los tiempos y se las transmiten unos a otros como verdades únicas y definitivas.

Sus sumos dirigentes se consagran a sí mismos como traducción directa de la deidad ingeniera suprema y su dictamen es intemporal e irrefutable; admiten con afectada humildad no ser infalibles pero sus juicios son inimpugnables.

Desde las almenas de sus fortalezas anuncian a los extranjeros su inescapable destino con una ingenuidad que tiene tanto de cómica como de trágica; así también se refieren, ex cathedra, a todos los asuntos de la vida y emiten solemnes opiniones devastadoramente desinformadas.

Lanzan anatema respecto de los mundos que no les son propios al mismo tiempo que siguen sus tendencias y toman ventaja de todos sus productos y servicios.

Son ellos. Creen que son los únicos que van a sobrevivir al futuro…

……………………………….

En realidad, esta no es más que una figura literaria un poco extrapolada y con antojadizos relieves antropomórficos y que se inspira en los relatos de un viejo explorador irlandés que hace mucho tiempo, bajo los efectos de un whisky incendiario y en un inglés torpe y pedregoso me ilustró sobre el comportamiento de unos extraños manglares que se producen en el litoral de Papua Nueva Guinea. Parecía más una alucinación, una suerte de paranoico apocalipsis a la hora en que el sol es un jarabe espeso y caliente que se desploma sin misericordia desde las alturas y los mosquitos, como formidables ejércitos en orden, destrozan toda la posible tranquilidad de la tarde  en un lugar tan remoto y siniestro como ése.

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