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Alguien que escuchó la entrevista de los jueves con Angel Galeano me escribió para decirme lo perturbado que se había sentido cuando dije que la vida de uno no puede depender totalmente de otra persona en términos afectivos.
En nuestra época es socialmente incorrecto afirmar semejante cosa. Somos parte de una cultura que vive de la dependencia emocional más que ninguna otra en la historia. Afirmaciones tales como “no puedo vivir sin ti” o “sin ti me muero” se pueden referir a personas lo mismo que a celulares, comida, medicamentos o drogas.
El amor, al menos en la forma como está definido en la Biblia, se funda en algo muy distinto. Dijimos en esa conversación que la vida de uno tiene que estar sostenida en algo mayor que los deseos propios, mucho más allá de nuestras ensoñaciones por hermosas que ellas sean. Si nuestra vida tiene el peso y el tamaño de nuestra limitada humanidad, lo que nos suceda puede sumirnos en la desesperación y por qué no, en la locura.
(Es dramático el registro de los acontecimientos en los que mujeres han sido asesinadas de maneras atroces por hombres que no soportaron el que su pareja los dejara y que tuviera una relación con otra persona. El argumento subyacente era eso de “no puedo vivir sin ella” o “mía o de nadie”).
No hay duda alguna que el amor crea lazos que comprometen íntimamente la singularidad del ser y que la individualidad parece fusionarse en el abrazo no sólo del cuerpo sino del alma. Genera sentimientos hermosos y proporciona horas felices. Tan profundos pueden ser que uno puede llegar a sentir que sin ese amor sería imposible vivir. Pero de ahí a sostener que la vida entera depende de esa condición es, a lo menos, una forma de idolatría y una infatuación que pone en peligro el claro entendimiento de lo que es la realidad.
Con los años la relación afectiva entre dos personas produce un grado de dependencia natural. El hecho de compartir intereses, intimidad, sueños y realizaciones torna muy difícil la separación, cualquiera sean las circunstancias. Por lo mismo es importante mantener siempre a la vista la fragilidad de las cosas y la importancia de que la vida se sostenga en algo trascendente y superior.
Esa delicada conciencia del verdadero orden de las cosas es un arte de vivir que, aunque escasamente practicado, aporta equilibrio y serenidad a la existencia.
Me parece…

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