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Para hacer una llamada de larga distancia el tío Carlos acudía adonde su primo Juvenal, a tres casas de la suya; el primo era uno de los poquísimos vecinos que tenía teléfono. Pedía a la operadora una conexión a Valdivia y ella solía decirle algo como, “Señor, hay dos horas de espera a Valdivia. Lo llamaremos cuando esté lista”. El tío se iba a su casa, seguía pintando la flamante reja de madera que había construido para el jardín y cerca de las dos horas regresaba a lo de su primo. Cuando llegaba la llamada, la operadora decía, “Su conexión está preparada, señor Asenjo. Espere, por favor. (…) Hable!”

Yo debo haber tenido unos ocho años entonces. Crecimos sin teléfono, sin televisión, sin automóvil. A los doce años, lo más lejos que había viajado eran 350 kilómetros al sur en un tren tirado por locomotora de vapor a un lugar llamado Retiro después ocho o nueve horas de trayecto.

El fin de esta divagación histórica es subrayar el impacto que puede tener en la vida de uno el abrumador desarrollo de las tecnologías de información y comunicación, del transporte, de la imagen y de otros aspectos fundamentales de la vida. Durante toda mi época de estudios, desde la primaria hasta finalizar la universidad no existieron las computadoras personales.

El mundo se ha convertido en un vértigo. Ayer leía que están saliendo teléfonos con inteligencia artificial que van a analizar todas las cosas que hacen los usuarios a fin de anticipar y proveer información sobre los lugares que uno visita, dónde sale a comer, qué libros compró, que programas de televisión uno ve y cosas así. Es decir, se convertirán en una especie de asistente personal virtual.

Es dramático ver todo cambiando frente a los propios ojos y en un lapso de tiempo tan breve. Si uno piensa en los milenios que pasaron entre la incorporación de la agricultura y la primera computadora personal y los pocos años entre el primer teléfono y los actuales smartphones, no queda más que esperar que la velocidad de las transformaciones va a aumentar geométricamente.

¿Seré capaz de asimilar tanto cambio en el espacio ridículamente pequeño de mi vida o sucumbiré cual especie incapaz de soportar la dinámica de una evolución cada vez más vertiginosa?

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