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¿Por qué dudaste?

Era una noche oscura y había una gran tormenta en el mar con olas de posiblemente 2 a 3 metros de alto y para colmo los discípulos habían remado por mucho tiempo y ya estaban cansados; en ese momento, posiblemente la barca era lo más seguro que tenían, y al ver a Jesús sobre el agua quedaron aterrados.

―Señor, si eres tú —respondió Pedro—, mándame que vaya a ti sobre el agua. ―Ven —dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. 30 Pero, al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: ¡Señor, sálvame! En seguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo, lo reprendió: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Cuando subieron a la barca, se calmó el viento. Mateo 14:28-32 (NVI)

Pedro jamás había imaginado que algún día llegaría a caminar sobre el agua. Jesús pudo haberlo preparado en muchas cosas pero nada se igualaría a esto.

¿A quién no le gustaría experimentar, qué se siente caminar sobre el agua? Tal vez a la gran mayoría. Aquí podemos ver la valentía de Pedro cuando Jesús le contesta: “Ven”. Podemos imaginarnos el asombro de las otras personas en el barco, “Ése es Pedro, es increíble”, “¡no lo puedo creer!”, “¡Vamos Pedro, tú puedes!”.

Era un momento increíble, Pedro estaba caminando en el mar, sintió cómo el agua salpicaba sus pies, su mirada sólo estaba en Jesús quien lo llamaba por su nombre, era una experiencia única, pero en el instante que se dio cuenta lo que estaba aconteciendo, no creyó poder lograrlo y se empezó a hundir.

Luego de rescatarlo, Jesús le reprochó: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”

¿Por qué dudas? ¿Hay algo que está debilitando tu fe?  Ya no mires más las circunstancias ni te dejes llevar por la magnitud de olas que quieran hundirte, sin importar  la situación en la que te encuentres pon tu mirada en Jesús y que tu confianza descanse en Él, sólo así estarás seguro a pesar de las tormentas que puedan golpear tu vida.

Por Ruth Mamani

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Cosa tan rara

Oigo que hay una perturbación en la fuerza. Una película que se basa en un cuento concebido originalmente para niños contiene, me explican, una escena de índole homosexual. Mi gente evangélica, como tantas otras veces, ha lanzado voces, quejas, llamados a boicot y otros anatemas sobre los productores del filme.
Repasé mentalmente algunas de las grandes batallas que mi gente ha dado en el pasado contra las manifestaciones de la cultura llamada secular: conciertos de rockeros heavy metal, una gaseosa vinculada con la iglesia satánica, el baile nacional en los colegios (cueca, en mi país), las películas de El Hobbit, El Señor de los Anillos y Harry Potter, además de las denominadas “valóricas”: la donación de órganos, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, la eutanasia, el aborto – terapéutico o no -; y la enumeración sigue, amenazando agotar las cuatrocientas palabras de este artículo.
En estas batallas ha pasado la cosa más rara: todas, casi sin excepción, se han perdido. Aunque intento que mi capacidad de asombro nunca muera, voy perdiendo el suspenso más y más porque es tan obvio que así sucederá siempre por la razón más simple que se puedan imaginar: mi gente sale a pelear contra estas cosas cuando ya hace rato (meses, años, décadas) fueron instaladas en la sociedad vía lobbies, educación escolar o influencia cultural a través de los medios de comunicación.
Mientras todas estas tendencias culturales se resolvían en comisiones parlamentarias y los pasillos del poder, mi gente estaba preocupada de obtener personería de derecho público igual que la “otra iglesia”, exenciones de impuestos aduaneros, lugares reservados para construir sus templos en los nuevos desarrollos urbanos (igual que la “otra iglesia”), reuniones de alto nivel para decidir si una mujer puede subir al púlpito o entrar al templo con pantalones, comprar costosos medios de comunicación para hacer lo mismo que se hace dentro de las iglesias. También en esta enumeración gastaría mis benditas cuatrocientas palabras.
Otra cosa rara: siempre – con la excepción relativa de las valóricas – son asuntos que no tienen importancia alguna en comparación a los verdaderos problemas por los que sí luchar: corrupción en el poder político, en la legislatura, en la magistratura, pobreza, medio ambiente, inseguridad, discriminación, trata de personas, trabajo esclavo, injusticia social.
Como pueden ver, la película en cuestión no tenía ninguna importancia excepto como producción artística.

(Este artículo fue escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Manojito de sueños

“Pedirle pololeo a la Gabriela y que diga que sí.
Vencer tu miedo a la oscuridad.
Inventar un nuevo sabor de helado.
Recuperar la vista.
Hacer una jardinería.
Hacer una obra de arte.”

Así, tal cual como fue escrita, tuve por un momento en mis manos esta pequeña y significativa lista que escribió un niño de nueve años en el curso en el que enseña una amiga mía en Chile (donde pololeo es la palabra para significar el ser novios).
Hay asombro y hay esperanza al recorrer los anhelos expresados en esta arrugada hojita de papel. Asombro porque allí donde uno esperaría intereses materiales encuentra vida, amor, arte, sentidos. Esperanza porque la belleza que hay en el deseo de este niño podría perdurar y contribuir a que este mundo sea un poco mejor.
¿Cómo pudo él aspirar a cosas tan distintas del poder, la riqueza, el éxito y la posesión de cosas y artefactos cibernéticos? ¿Bajo qué influjo singular, en el secreto de sus pensamientos, sueña con la Gabriela, desea vencer el miedo, sanar de la discapacidad de sus ojos y crear cosas bellas?
Esta pequeña descripción de proyectos desafía aquella idea de que el ambiente condiciona a las personas. Esta lista ha superado lo predecible. Ha roto los códigos de la cultura que con poder inusitado se ha apoderado de la mente de los niños. Aquí no hay violencia, no hay super héroes. Hay la expresión de los deseos humanos más fundamentales de la raza. He aquí la vida en treinta y tres palabras.
No todo está perdido. Hay luz en medio de la sombría realidad de un mundo contaminado por la maldad, la violencia, la destrucción de lo creado, la fealdad de las relaciones humanas. Emerge de la imaginación de un niño un mundo distinto y nos anima a creer que el demonio interior puede ser vencido por la belleza y por el clamor de la vida.
Manojito de sueños, minúsculo hilván de deseos infantiles, solemne declaración de principios de una vida sin la pesada mochila de la experiencia, ajena a la corrección política y los condicionamientos que van marcando la vida hasta convertirla en una pieza útil de la Gran Maquinaria.
La maestra le ha pedido que ponga esta lista en un marco. En diez años más será la enseña de una vida lograda o el testimonio flagrante de un manojito de sueños vencido por la realidad.

Nos vamos quedando

Nos vamos quedando con lo único disponible: recuerdos de proyectos pasados, historias que terminaron mal y otras que anduvieron mejor, sueños inconclusos, experiencias inolvidables y otras que hay que olvidar porque no aportan nada o muy poco.
Nos vamos quedando con ganas y deseos que a veces una circunstancia feliz nos permite realizar; otras veces preferimos ignorarlos porque cobran muy caro o porque nos veríamos un poco ridículos.
Nos quedamos con la piel cansada de sentir, con la memoria de amores pasados, con las manos temblorosas, con olvidos repentinos, con ciertos dolores que revelan algo más que años, con unas pocas fotografías viejas de días felices y otros no tanto.
Nos quedamos con historias de viajes increíbles a lugares exóticos, aeropuertos inmensos y otros perdidos en la provincia, una pequeña valija negra, un libro que se quedó en la repisita de una cabina telefónica, noches de insomnio en una habitación de hotel al otro lado del mundo o un tren que avanza a paso de hombre en las alturas del desierto más seco del planeta.
Nos quedamos con preguntas imposibles de hacer porque no hay nadie que pueda responderlas, ideas revolucionarias que al fin no cambiaron nada, novelas que no se pueden escribir porque no se tiene el oficio, poemas que después de unos años estamos seguros que no tiene sentido alguno publicarlos – ni mostrarlos a nadie.
Nos quedamos con un silencio saludable, una soledad reparadora, una renuencia a aceptar que nos impongan condiciones y reglas, unas manías que nosotros no más entendemos y una bronca feroz contra el sistema y sus instituciones.
Nos vamos quedando con unas visitas de tanto en tanto a las hijas y a los nietos, una reunión familiar que agradecemos no se prolongue más allá de las diez de la noche, llamadas telefónicas para ponerse al día y asegurar que todo anda más o menos bien porque perfecto nunca va a estar y eso lo sabemos bien todos aunque a veces no queramos reconocerlo.
Nos vamos quedando con intuiciones que a veces aciertan medio a medio y otras que no andan ni por las tapas. Adquirimos una especie de cinismo y no hacemos caso de las cosas que entusiasman a los más jóvenes o a los inexpertos que creen que el mundo es como se ve.
Nos vamos quedando sólo con el asombro porque eso es algo que jamás deberíamos perder. Nos vamos quedando con unas pocas personas y algunos lugares que no cambiaríamos por ningún otro en el mundo. Nos vamos quedando con algunas penas definitivas y algunas alegrías inesperadas. Con eso es más que suficiente…

Asombro

La señorita María nos pone a dibujar cien banderitas nacionales en el cuaderno de matemáticas para que la dejemos en paz con su tejido y su café. Treinta y cinco cabecitas inclinadas sobre el papel, en absoluto silencio, articulando apenas el azul, blanco y rojo de los lápices a ver quién termina primero. Tenemos apenas siete años y nos empinamos ansiosos por las inmensas colinas del segundo grado.

De pronto, el sordo rugido de un motor hace temblar las ventanas. Viene de la esquina. Un alboroto de sillas, un revuelo de mesas y papeles atraviesan el salón. En cosa de segundos treinta y cinco caritas pegadas a los cristales, con tamaños ojos, contemplan el acontecimiento más emocionante de la mañana: las inmensas puertas de hierro de la fábrica de enfrente franquean la entrada al camión que viene a dejar su carga habitual.

La señorita María no se ha movido de su pupitre. Apenas levanta la mirada de su tejido. No hay alteración alguna en su voz cuando dice: “Bueno, chicos. Vuelvan a sus asientos y sigan con su trabajo”. Todas las mañanas, a la misma hora, el mismo espectáculo, el mismo desorden, el mismo regreso emocionado a nuestros asientos. Qué suerte poder presenciar algo tan impresionante todos los días.

Ni intentaré contar cuántos años hace de esta memoria. Sólo puedo decirles que era la época del asombro. Todo nos sorprendía y nos encantaba. Todo parecía hecho esa misma mañana sólo para nosotros. Para que lo descubriéramos, lo nombráramos y lo comentáramos en nuestras reuniones secretas en el subterráneo de la leña: los partidos de fútbol en la calle de piedra, las carreras de astillas de madera en la cuneta del agua de riego, los libros leídos en lo más alto del níspero con los bolsillos llenos de nueces, la carta de amor a la Hilda.

¿Cómo perdimos la inocencia?

Nos atosigaron de respuestas y reglamentos. Compórtate. No hagas preguntas. Obedece no más, mocoso porfiado. Niño, no rompas los geranios con esa pelota.

Luego nos llenaron de artefactos, de aparatos, de pantallas, de equipos y de vehículos. Nos hicieron adultos a la fuerza. Encima de todo, nos contaron el final y con eso nos mataron el asombro. Todo está escrito. No hay descubrimiento. No hay sorpresa.

¿Qué podría haber hoy más insípido y banal que un viejo camión entrando por los enormes portones de una fábrica a las diez de la mañana?

(Publicado en noviembre de 2012)

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