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Vida en retirada

“Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo.”

(Oda I, Vida retirada, Fray Luis de León)

Aquí está, otra vez, la seducción del exilio libremente elegido.

Desperté hoy con este verso rondando mi cabeza que como siempre, vagabunda, procura descanso.

Incidentalmente, me llega el aviso de la presentación del libro “Una temporada en el ruido” de Carlos Bertoglio en el café Esmeralda de Villa María.

Singular contrapunto: el anhelo de la vida retirada y los entresijos de la ciudad. El silencio y la chimuchina cotidiana. El aquí y ahora procurando el después.

Al inicio de estos versos, Fray Luis de León alude a los “pocos sabios” que se han largado por la “escondida senda”.

Me leía anoche mi profesora de teología el fragmento de un libro que contrastaba el ascetismo místico propio de una antropología dualista con la obligación de vivir expuesto a la comunidad de los seres humanos y ahí amar como se debe.

Hubo una época en la que amaba la ciudad. Me atraía su nerviosa intensidad, el curso apresurado de los días y las gentes, los cafés, los atardeceres rumorosos en el bulevar, los sonidos de la noche.

En ella viví la mitad de mi vida. La otra mitad estuve confinado en quintas y parcelas suburbanas maquinando experimentos misioneros y evangelizaciones mundiales.

A medida que pasa el tiempo me voy haciendo más incrédulo de proyectos globalizantes, alcances universales y plataformas cibernéticas.

Me va irritando cada vez más la locura de las esquinas, las motos ruidosas, los perros ladradores, los gritos de la gente, la falta de respeto, las obligaciones sociales imprescindibles para la supervivencia, los rencores no resueltos de la gente, las tomas de razón, los requerimientos formales, los trámites institucionales, el apuro, la tontera, la mensajería instantánea y la estridencia de los titulares.

No quedará duda alguna hasta aquí acerca de mi anhelo constante de la cabaña.

Y sin embargo, todavía hay que diseminar pensamiento. Todavía hay que estar. Hay que permanecer en la plataforma para dejar constancia de que el asunto se dijo, no vayan a decir después que nadie les advirtió.

Y algún día que espero no muy lejano agarraré la senda de los pocos sabios, yo el menos sabio de ellos.

Ora por todos

Ser hijo de Dios no es cualquier cosa ni algo insignificante, es representar al Señor aquí en la tierra y hacer lo que Él nos pide. La Biblia dice que somos sus embajadores y que todo lo que hagamos o hablemos debemos hacerlo en representación de Él. (2 Corintios 5:20)

¿Eres un digno representante de Dios? ¿Obedeces sus instrucciones? ¿Crees que Dios dice de ti: “Este es mi hijo(a) muy amado(a), quien me da gran gozo?

Una señal de que realmente eres hijo de Dios es la comunión que mantienes con Él, porque la única manera de representar a alguien es estando en constante comunión y obedeciendo sus instrucciones.

Y uno de los mandatos que Dios nos da a todos sus hijos es que oremos por todas las personas del mundo, incluyendo niños, adolescentes, jóvenes y adultos. También por nuestras autoridades y gobernantes.

“En primer lugar, te ruego que ores por todos los seres humanos. Pídele a Dios que los ayude; intercede en su favor, y da gracias por ellos. Ora de ese modo por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos tener una vida pacífica y tranquila, caracterizada por la devoción a Dios y la dignidad. Esto es bueno y le agrada a Dios nuestro Salvador, quien quiere que todos se salven y lleguen a conocer la verdad.” 1 Timoteo 2:1-4 (NTV)

¿Cuándo fue la última vez que oraste por tu país y sus gobernantes? ¿Qué haces cuando hay un conflicto político o una crisis en tu país? ¿Oras por las personas que están en problemas o pasando por necesidades?

Espero que no seas de aquellas personas que sólo viven criticando el comportamiento de los demás y la actitud de las autoridades; sino alguien que intercede y ruega  a Dios a favor de ellos.

Jesús, cuando se acercó y vio a su pueblo, Jerusalén, comenzó a llorar (Lucas 19:41-43) y cuando estaba a punto de morir dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)

Sé un imitador de Cristo y no dejes de orar por tu nación. “El Señor está cerca de quienes lo invocan, de quienes lo invocan en verdad.” Salmos 145:18 (NVI)

La oración es un arma poderosa que no tiene límites.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Silencio mártir

Unos tipos hablan en una mesa vecina casi a gritos. Hablan de un horno de cocina, de series de Netflix, de ciertas relaciones sentimentales pasajeras. Los miro con una bronca reconcentrada. ¿Cómo es posible que exista gente que cree tener el derecho de infligir a su prójimo la escucha de semejante sarta de tonteras que se pueden generar a causa de un cortado en jarrito? ¿Cómo no tienen una mínima dignidad para darse cuenta de lo patética que resulta la exhibición de su limitada capacidad de habla?

Eso suele ser común por estos pagos. No entiendo ni nunca entenderé a las personas que sienten la necesidad de esparcir a gritos su verborrea en lugares donde uno acude para descansar del trajín de la ciudad, para leer o escribir, incluso a veces para pensar. Ni mucho menos a aquellas que invaden el transporte de la ciudad o el interurbano con sus conversaciones y la asombrosa diversidad de los tonos de sus mensajes telefónicos.

Leí ayer que el grado de contaminación acústica en la ciudad de Córdoba en Argentina ha llegado a convertirse en un asunto que requiere urgentemente la atención del legislativo so pena de causar daños irreversibles a sus habitantes. Motos y autos con caños de escape libre, tiendas de artículos electrónicos con cuartetos y reggaetones a todo volumen en la puerta de entrada, camionetas que expelen toda clase de anuncios de tiendas con grandes aparatos de sonido circulando lentamente por el centro de la ciudad; eso, sin mencionar la inevitable chimuchina provocada por vehículos de emergencia, motoniveladoras y martillos neumáticos en edificios en construcción, bocinazos y miles de motores de combustión interna abarrotando cada cuadra de la ciudad.

¿Alguna vez a alguien se le ocurrirá que tal como la libertad de expresión, la autodeterminación, el cuidado de los recursos hídricos y del aire, la protección de los menores y de las personas en situación de alto riesgo, el silencio es un derecho que no debería ser vulnerado a menos que sea absolutamente necesario y no como simple consecuencia de la estupidez humana facilitada por la desidia de los responsables políticos?

Una turba invisible de irreverentes, soberbios, arrogantes, atorrantes, desubicados, aterradora mayoría absoluta, usurpadores del espacio público, delincuentes sociales colman los espacios públicos y movidos por sus egoístas intereses gritan sin tregua contra el silencio: “¡Crucifícale, crucifícale!”

Hasta el día en que deba escribirse la saga de La Tierra Después del Silencio…

No te olvides de tu nación

“En primer lugar, recomiendo orar por todo el mundo, dando gracias a Dios por todos y pidiéndole que les muestre su bondad y los ayude. Recomiendo que se ore por los gobernantes y por todas las autoridades, para que podamos vivir en paz y tranquilos, obedeciendo a Dios y llevándonos bien con los demás. Esta clase de oración es buena y le agrada a Dios, nuestro Salvador; pues él quiere que todos se salven y sepan que: Sólo hay un Dios, y sólo hay uno que puede ponernos en paz con Dios: Jesucristo, el hombre.” 1 Timoteo 2: 1:5 (TLA)

¿Cuántas veces hemos criticado a nuestros gobernantes y autoridades por la situación actual de nuestro país? Seguramente varias, hasta yo lo hice. Pero, ¿alguna vez hemos hecho algo para ayudar a mejorar? ¿Qué responsabilidad tenemos como creyentes?

La Palabra de Dios nos invita a orar por la ciudad y el país en el que vivimos. “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz.” Jeremías 29:7 (RVR1960) No olvidemos que la oración tiene mucho poder y es lo mejor que podemos hacer.

Más allá de las malas decisiones de nuestros gobernantes, debemos recordar que muchos de ellos no conocen a Dios y alejados de Él nada se puede hacer bien. El llamado de nuestro Creador es, ser luz en medio de la oscuridad, clamar por las autoridades y predicar el evangelio de Jesucristo.

No podemos quedarnos quietos viendo los terribles sucesos de nuestro país, la Biblia dice: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” 2 Crónicas 7:14 (RVR1960) Nosotros somos el pueblo de Dios y debemos clamar por nuestra nación.

Que a partir de hoy las autoridades de tu país y tus compatriotas sean un motivo de clamor a Dios, porque sólo Él puede cambiar las vidas y la situación de un país.

Oremos:

“Padre que estás en los cielos, te pido perdón por mi país y ciudad. Perdona las malas decisiones y actitudes que hay en mis autoridades. Bendice a todos los gobernantes y dales de tu sabiduría para que gobiernen de manera correcta. Ten misericordia de nosotros y que se haga tu voluntad, en el nombre de Jesús, amén.”

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Poema urbano

El poema urbano es – para mí al menos – más difícil de abordar. Es más probable que los verdes y marrones del campo y los espejos del agua instiguen a la palabra: cielos, soles y mares parecen más fáciles de cortejar. La ciudad es árida, ruidosa, impaciente, inmisericorde, brutal. Hay que encontrarle sus encantos de manera subrepticia, sin que se dé cuenta, hallar sus rincones bendecidos donde todavía es posible el ser. El resto del plano regulador es una selva feroz.
Uno de esos lugares posibles es el café. Ojalá silencioso, con Norah Jones bien bajito y sin televisores; libros y algunos espacios para quedarse “todos los ratos” como me dijo una vez una niñita en Osorno. Son pocos los lugares así. La mayoría te propina música tecno a todo volumen – sólo entendible para chicos imberbes – y televisores mudos que vomitan videos musicales, fútbol y recetas de cocina. Digo con toda responsabilidad que los aborrezco; son la evidencia de cuán destruida está la paz en las ciudades.
En el Amelie, el Esmeralda, el Rigoletto todavía es posible escribir, al menos hasta que entra alguna gente desubicada que se pone a hablar a gritos en sus horribles celulares.
En el libro que nunca publiqué – y que ya a estas alturas jamás voy a publicar – hallé el otro día algunos escritos urbanos. Les dejo un par de fragmentos:

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Tarde ya en la noche en el solitario bulevar, algunos muchachos hurguetean entre cajas vacías de cartón. Dos chicas sentadas en el piso, apoyadas en la cortina cerrada de la GranTienda, fuman y hacen bromas a los chicos. Una enorme suciedad de papeles, envoltorios, trozos de cinta, restos de helado, frutas y botellas de diverso origen despliegan un mudo y final testimonio de que otra Navidad ha pasado por el centro de la metrópoli…

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Humo intenso de las chimeneas, gris bosquejo cuadriculado, humedad del litoral oscuro de carbón y madera ancestral, es Coronel del sur, composición de lucha y tenaz resistencia al decreto de los señores.
Adentro de los muros se despliega la vida que en las calles languidece. Adentro de las casas se vive la historia que no cuentan los dictadores de la prensa parametrada.
Búsqueda sin tregua del tiempo mejor, la gente de Coronel apura su destino. Si no hay esperanza en el socavón del carbón mineral, si no hay esperanza en el agua profunda que despojan las pesqueras, se van a ir, se van a ir de sus calles antiguas, de sus veredas encharcadas, de sus cerros de verde y rojo, de árbol y arcilla.

La ciudad revisitada

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.
(Historia de Dos Ciudades, Charles Dickens)

Dickens escribió Historia de Dos Ciudades en 1859; es destacable que compara esos días con una época anterior (c. 1790). Extraordinario porque uno podría decir lo mismo un siglo y medio después, sea que esté situado en Buenos Aires, Santiago o Lima (por cierto la elección de las ciudades es arbitraria). En cualquier ciudad de gran tamaño en nuestro continente uno puede encontrar, a veces claramente separados, otras en una enervante proximidad, lo mejor y lo peor.
Hace un par de años cité este mismo pasaje intentando una conclusión más optimista. Me parecía que por más sombría que fuera nuestra mirada, uno podía seguir abrigando la esperanza de mejorar algo estos días. De visita hoy por una corta temporada en una de las metrópolis de nuestra América del sur debo decir que efectivamente, la mirada fue excesivamente optimista.
La falta de respeto, la suciedad, la violencia, el atropello descarado a todo lo que alguna vez consideramos valioso en colegios, fábricas, oficinas, calles, barrios y universidades ha ganado la plaza de una manera arrolladora y aparentemente irreversible. Las normas que harían posible una cierta convivencia pacífica son pasadas a llevar en la locomoción colectiva, en las veredas, en los muros, en las esquinas.
La precariedad de la vida va arrojando su sombra sobre el mapa metropolitano. El discurso político, el contenido de los medios, la discusión callejera ha tocado hace tiempo el más bajo nivel.
Hoy, después de regresar de una gira por media ciudad, afirmo que el optimismo no es otra cosa que una ilusión ridícula, por decir lo menos. La destrucción del carácter de una nación se hace evidente en todo frente y no queda más opción que huir, sin más remedio, de la gran ciudad.

Clamor de ciudad

Sube un grupo de chicas y chicos al colectivo que desciende de los sectores más poblados de la ciudad. No pagan el pasaje, se sientan en las últimas butacas y beben cervezas. Ríen, hablan en voz alta y no tienen miramiento alguno en recorrer todas las posibilidades del lenguaje alternativo. Cuando terminan de beber lanzan las botellas por la ventana y celebran cómo revientan contra el pavimento a los pies de los desprevenidos transeúntes. Se divierten pero uno debe estar consciente que el menor incidente – una mirada sostenida más de un segundo, algún gesto de desaprobación, algún tímido reclamo de los otros pasajeros – puede desencadenar una violencia explosiva. Se bajan siempre hablando y riendo ruidosamente y queda un silencio extraño en el colectivo, algo así como un alivio de que la situación no haya pasado a mayores.
Intento hacer una lectura más allá del tópico superficial “la juventud de hoy” y “cómo han cambiado los tiempos”. La ciudad es, más allá de nuestros entornos seguros y familiares, un mundo complejo. Hierve, supura, estalla, grita, baila, canta, protesta, se rompe y se agita sin tregua. No es posible comprenderla desde un sillón del parlamento o un púlpito. Apenas podrán desde ahí el político y el religioso aludir a urgente programas sociales o a inminentes juicios purificadores. Eso otro escapa sin remedio del pragmatismo del gobierno y de la inteligencia de la iglesia.
Militantes y ajenas a las categorías formales de la estructura social surgen nuevas formas de ser, de comunicarse, de confrontar. Los viejos paradigmas de orden y progreso caen bajo el peso de inequidad, la flagrante injusticia, la exclusión y la moral de utilería. Crece el poder de colectivos informales. La gente se organiza de otros modos y busca otras instancias de insurrección. Está agotada la credibilidad pública y los medios de comunicación no tienen otro recurso que la farándula y la estridencia para sostener a una audiencia que emigra masivamente hacia otras fuentes de información y entretenimiento.
Reflexionar sobre la realidad desde un cómodo escritorio aporta bien poco; pero ponerse a la escucha es un comienzo: “¿Y cómo escapar de esas fronteras con las que academia arma el muro que intelectualmente la distancia del país si no es poniéndose a la escucha de lo que en este país suena, habla, grita, insulta, blasfema, al mismo tiempo que inaugura, inventa, oxigena, libera, emancipa, crea?” (Jesús Martín Barbero, en el artículo “Colombia. Una agenda de país en comunicación”).

Volver, nunca volver

“¿Cuándo voy a regresar? No importa lo que esté pasando en Chile, ni quién gobierne, ni cuál es el escándalo del momento, la pregunta sigue ahí, incrustada y persistente.” (Nosotros, los que nunca volvimos, Sebastián Edwards, Diario La Tercera, 15 de mayo de 2016).
Estoy – otra vez – de paso por Santiago, la ciudad donde nací, crecí, estudié, trabajé, formé familia, me divorcié y de la cual me fui hace ocho años. Me provoca el título del artículo que he citado: los que nunca volvimos. Estaba pensando, mientras tomo un café en el Cory de Vivo Centro, que uno nunca termina de irse pero se sabe con certeza que nunca se regresará. Tal vez sí físicamente pero ya nunca más con el alma. Las memorias y las heridas, aunque ya no duelan, han dejado su marca registrada.
En esta ciudad se murió una madrugada de mayo el tío Carlos, hasta ahora la pérdida que más he sufrido; en esta ciudad un bondadoso señor accedió a tomarse conmigo la fotografía de graduación porque ese sábado mis padres no podían faltar a su iglesia; aquí se rompió, después de diecisiete años la ilusión de la misión mundial y nos fuimos una tarde de abril como inquilinos avergonzados que no han pagado la renta; en esta ciudad perdí la poca dignidad que me quedaba y junto con ella las últimas ganas de tener más ganas. El fin, hay más, pero esto es un artículo y no una memoria, evidentemente innecesaria.
Se me ocurre ahora, a medio terminar el café, que aunque volviera aquí nunca volvería en realidad. De lo mucho que se vivió – por ende, de lo poco que queda por delante – el balance es insanablemente corto para las compensaciones. En cierto modo, ya no se tiene más un lugar en el mundo. Un territorio blando y placentero como Hapuna Beach o inclinado y salvaje como los faldeos de Trafún ya no se halla entre las probabilidades estadísticas. Tal vez porque un lugar en el mundo no sea más un objeto existencial.
“¿Cuándo vas a volver?, continúa Sebastián Edwards. Yo escucho y sonrío. Ya no trato de explicar lo que significa vivir en las antípodas, ser un exiliado voluntario, un extranjero aquí y allá, alguien que está permanentemente buscando el horizonte, buscando el otro lado, oteando la ribera del océano en que ya no se está…”

Hablo de política

Esta será la última entrega sobre los temas que Angel Galeano me pidió para nuestras conversaciones de los jueves. Es un tema muy malentendido particularmente en la época presente donde la pasión impide a la gente comprender el sentido y la reflexión de la gestión política. La pasión no está mal, excepto cuando oscurece las definiciones y las personan terminan discutiendo sobre opiniones y no sobre conceptos.
El sentido más elemental de la noción de política nos refiere a la vida de la ciudad – polis -, a los asuntos que deben orientar y gobernar las relaciones entre los habitantes de la ciudad o del país. En ese sentido, todos participamos de la política porque pagamos impuestos, elegimos autoridades, ejercemos nuestro oficio o profesión, en fin. Así que decir “yo no participo en política” es una afirmación errada. Lo que realmente se está diciendo es que no se discute de temas corrientes de la clase política en la legislatura o que no se es parte de un partido o una causa. Irónico, porque aún esa postura es una decisión política.
Eso no nos exime, sin embargo, de la responsabilidad de mirar los procesos sociales y comprenderlos desde el pensamiento y la práctica de la vida cristiana porque estamos inmersos en ellos aunque no participemos en la lucha partidaria. Y hay mucho que podemos hacer para mejorar los días de la sociedad más allá de dar “el mensaje”. Hay muchísimas formas de participar aportando no sólo ideas sino acciones. Y me refiero no sólo a la asistencia social, colegios o rehabilitación de personas marginadas.
Un excelente ejemplo de pensamiento y acción política que se puede encontrar en la Biblia es la vida de Nehemías, un protagonista central en la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén. Si uno lee con atención se da cuenta que tenía un entendimiento clarísimo de lo que era la gestión pública productiva, responsable y generosa.
Finalmente, a aquellos que suelen reclamar que tienen la mente de Cristo, bueno les sería explorar profundamente los escritos de Isaías, Jeremías y Daniel para darse cuenta cómo entendían los procesos históricos, políticos y sociales de su pueblo y por ello tenían la facultad de poder dar una palabra de orientación, de denuncia y de esperanza para la nación.
En fin, trabajos muy poco abordados por los creyentes hoy…

Pregúntale a Andrés -¿Tiene sentido cambiarme de ciudad?

Andrés,

Vivimos en una ciudad muy cara y vivimos al día. Estamos considerando mudarnos a otro lugar donde sea más económico. ¿Tiene sentido cambiarnos aunque posiblemente ganemos menos?

Ismael

Boston, MA

 

Hola Ismael,

Después de conversar detenidamente con tantas familias y escuchar directamente de ellos las quejas de donde vivían anteriormente, te puedo confirmar que es muy buena idea mudarte a un lugar más económico. Muchos no saben que se puede vivir mejor porque no conocen algo diferente. Quiero mencionarte una de las ventajas a considerar.

 

Si no tienes familia donde vives es mucho más fácil mudarte. Pero si la tienes, te recomiendo buscar un lugar cercano a la familia por las razones obvias que todos conocemos. En mi opinión, la calidad de vida es mucho mejor en las ciudades pequeñas, medianas o hasta grandes, excepto en las metrópolis.  En las ciudades de menor tamaño hay menos tráfico, lo  que significa menos gastos de traslado al trabajo, menos desgaste de tu vida metido en un carro o transporte público que, a la vez, incrementa el tiempo que pasas con tu familia. En muchas ciudades, si tu entrada al trabajo es a las 8:00 AM, puedes salir a las 7:30 AM y llegar temprano, mientras que en las megametrópolis tienes que salir desde las 6:30 de la mañana. Con un horario así, muchos nunca ven a sus hijos en la mañana ni en la tarde por todo el tiempo que invierten en desplazarse. Debido al alto costo de la vida, una familia termina viviendo donde las escuelas son más peligrosas por lo caro que es vivir en mejores áreas.

 

Normalmente, la gente casi puede recuperar el mismo ingreso que tenía antes por la experiencia que puede aportar. Las compañías prefieren contratar alguien que no necesita ser capacitado y están dispuestos a pagar más. Aunque pierdan algo de ingresos, la reducción de gastos es muy significativa. La renta puede ser hasta dos y tres veces menor que el costo de vivir en las ciudades caras. Para quienes viven en las grandes ciudades, es casi ridículo creer que se puede comprar una buena casa por $75,000 dólares cuando esa misma casa, o una más pequeña, puede costar $250,000 dólares donde ellos viven. El costo de los servicios públicos como agua, luz, gas, etc., son más económicos. Hasta un galón de leche puede costar la mitad fuera de las ciudades caras.

 

En las ciudades (o estados) caros pagas impuestos altos sobre tus ingresos, propiedad y el consumo. Y como en las ciudades caras no llenan, hasta las carreteras son pagadas, lo que, básicamente, es otro impuesto sobre el pueblo. Pongan atención porque en ciertos estados hasta los seguros para la casa y los carros son mucho más caros.

 

Otra cosa que deberían considerar es el clima. Yo realmente creo que el pueblo latino no nació para vivir en el frío. Somos un pueblo muy aguerrido que a todo nos acostumbramos con tal de trabajar y proveer por nuestra familia, pero por qué no escoger un lugar donde el clima sea como de película. Con mayor razón si tu trabajo es de andar afuera, vive donde no sea un infierno, pero tampoco un congelador. Imagínate vivir en un lugar que cuando quieras nieve mejor vas al supermercado por un galón de nieve (helado) para disfrutar en casa en vez tener que quitarla del frente de tu casa para poder salir en el carro.

 

Si consideran mudarse, no se vayan sin tener un trabajo esperándolos, a menos que tengan un gran fondo de emergencias que los pueda sostener durante varios meses. También, les recomiendo vender cualquier propiedad que tengan y usar ese dinero para comprar donde vayan a vivir. No compren al nomás llegar. Renten durante seis meses o un año para estar bien seguros de dónde quieren vivir de acuerdo a su trabajo, escuelas etc.

 

En conclusión, aunque sus ingresos se vean reducidos, con este nuevo conocimiento sobre la administración van a estar mucho mejor. ¡Feliz viaje!

Nostalgias del silencio

Salía de la casa y allí, a unos pocos metros, el río. Más atrás, la montaña. El agua era una superficie oscura, silenciosa y pulida, apenas interrumpida por enormes piedras blancas que eran el punto de reunión de una infinidad de pájaros enormes y desconocidos para mis modos de exiliado citadino.

La casa estaba en la última esquina del pueblo; más allá el monte hirsuto, la adusta montaña, los árboles centenarios. Solía sentarme en las mañanas en la galería y dejaba que el día iniciara en mí su trayecto lento; o bien a la tarde, que finalizaba en mí su misterioso mensaje.

Yo venía del ruido eterno de la ciudad. Martillos neumáticos, bocinas, escapes libres, vendedores ambulantes, taladros, usinas, piquetes de protesta, ciudadanos airados, café con música  a todo volumen (chipún-chipún-chipún) y televisores en modo mute, griterío de chicos, urgencias de ambulancias, policías desaforados, noticiarios violentos, timbres de teléfonos.

Venía de la insolencia de los vendedores, de la apretujada manada de seres humanos cada mañana en el metro, de la amargura de los jubilados en la plaza, de las bombas lacrimógenas, de las sirenas de los patrulleros. Huía de los tiros de los delincuentes, los robos a mano armada, la violencia salvaje de los estadios, los discursos de los políticos, los anatemas de los predicadores solitarios en la peatonal, las bachatas de Romeo Santos y los vendedores de diarios.

Venía de las esperas interminables en el banco, en Pago Fácil (¡Fácil…!), en la terminal, en el aeropuerto, en la caja del supermercado, en la recepción de la dentista, en el paradero del colectivo.

Hoy, a medio camino entre el silencio y la ciudad, busco un amparo, un respiro, un rincón chiquito donde la vida se detenga – al menos un poco – y me permita pensar, me permita leer, me permita escribir, me permita ser.

Porque las generaciones condenadas al ruido podrían tener, si les queda algo de fortuna, una segunda oportunidad sobre la tierra…

Ecos de un encuentro

Setenta mil jóvenes enfervorizados. Un denominado “rock cristiano nacional” rompe los tímpanos. La letra es un coro de los muchos escuchados en la iglesia pero en clave rockera. Un rato antes, un grupo vocal ha creído hacer un gran aporte al ponerle letra “cristiana” a Let it Be.

¿A qué vinieron estos chicos? Una pregunta retórica, por cierto. A tener una experiencia. Un recital cristiano. Saltar igual que los chicos en los shows de U2 o Fito Páez. Luces, gigantescos displays LCD, elevando todo al más alto nivel sensorial. Un culto en versión mediática de alta tecnología con jeans, remeras y zapatillas. Más de lo mismo con ropajes diferentes.

La noche anterior, en un rapto profético, un pastor le anuncia al gobernador de la provincia ahí presente que llegará a la más alta magistratura de la nación, luego de nominarlo “el mejor gobernador del país”. Una instancia con un leve toque distinto, porque la misión de todos los invitados es exaltar el genio y la figura del protagonista de la noche, que nunca fue tan autoreferente como en estos dos días.

Nos repiten hasta el cansancio que el gobernador fue a buscar al protagonista en helicóptero, que le ha pedido que ore por su familia, que lo reconoce como una influencia positiva en el tema de los “valores” de los jóvenes. Se extreman los comentarios en cómo abrió las puertas del estadio y dio todas las facilidades para que la televisión cubriera este evento con reprises y todo. El gobernador ha dicho que no quiere politizar el evento, aunque regala decenas de miles de gorras naranja con su slogan “Yo creo”, creado por su asesor especial para acercarse a los votos del mundo evangélico. Tampoco es posible soslayar la cuestión de que el nombre del gobernador aparece más de cincuenta veces en las marquesinas del recinto deportivo.

Dice uno de los invitados que estos chicos son la fuerza del cambio. Y tiene la mitad de mucha razón. Son una fuerza. Sólo que la otra mitad, el cambio que harán, no alcanzará para transformarle la cara a la realidad. Lo que harán diferente seguramente será aggiornar la estructura del culto de la iglesia y levitar en su fe cristiana en colegios, trabajos y otros entornos. Mientras tanto, nuestros países seguirán siendo indefinidamente parcela de las mafias, propiedad de los ricos y poderosos, pasto de la hoguera audiovisual, dominio sin límite de los políticos, territorio prohibido a los que viven al margen de la historia. Todo seguirá lo mismo, incluyendo los discursos del cambio y de un país a los pies de Jesús, que tanto emocionan a los dirigentes.

Mañana, la ciudad, el país, el continente seguirán igual…

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