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Sin aliento

Cuando Dios creó al hombre, lo primero que hizo es darle aliento de vida y así muchos motivos para vivir.  Adán era libre, pasaba tiempo con su creador y se aventuraba paseando por el paraíso donde Dios lo puso.

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Génesis 2:7

La creación de Dios, emana  vida en sus colores, formas y sobre todo en su libertad. Lo que no sucede en los  zoológicos, donde  tienen encerrados a todo tipo de animales,  sometiéndolos a una vida de cautiverio. Si uno visita estos lugares podrá ver  tristeza en sus miradas, dolor y  ausencia de motivos para vivir; la mayoría de ellos son animales salvajes sacados de su hábitat natural.  Podríamos decir que estos son seres sin aliento, como muertos en vida, víctimas de personas sin escrúpulos y llenas de avaricia.

Hoy en día podemos ver  muchas personas que viven encerradas en sus problemas, trabajos, deudas y muchas otras cosas que el enemigo ha puesto en sus caminos para quitarles el aliento. Muchos deciden no seguir porque ya no tienen motivos para vivir, no hallan sentido a lo que hacen  y pasan sus días como enjaulados detrás de unas barras de hierro.

La serpiente pitón  no es venenosa, pero sí peligrosa, y  para poder asechar a su presa  lo que hace es envolverse en el cuerpo de su víctima, la  aprieta y  de esa manera va rompiendo sus huesos para finalmente quitarle la vida. De Igual forma, puedes ser presa del enemigo, él puede poner muchos motivos para quitarte el aliento, todo puede aprisionarte quitándote la paz que Dios ha puesto en tu corazón.

No dejes que nada te quite los motivos para vivir, que los acontecimientos diarios no te encierren en jaulas quitándote la libertad que encontraste en Cristo.

“Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, Y tome aliento vuestro corazón”. Salmos 31:24

Por Miguel Ángel Veizaga

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Cuidar el planeta en 3 pasos

Cuidar el planeta en 3 pasos

Por Saraí Llanes

 

“El mundo es un lugar peligroso. No por causa de los que hacen el mal, sino por aquellos que no hacen nada por evitarlo”
Albert Einstein

¡Oh Jehová, Señor nuestro,

cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!

Has puesto tu gloria sobre los cielos.

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que tú formaste, digo:

¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,

y el hijo del hombre, para que lo visites?

Le has hecho poco menor que los ángeles,

y lo coronaste de gloria y de honra.

Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos;

todo lo pusiste debajo de sus pies:

ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo,

las aves de los cielos y los peces del mar;

¡Oh Jehová, Señor nuestro,

cuán grande es tu nombre en toda la tierra!

Salmo 8

 

Los seres humanos somos los únicos seres vivos que le hacemos daño intencional a nuestro planeta y los únicos que podemos ejercer nuestra voluntad para protegerlo. ¿Cómo hacerlo? Te tengo tres simples pasos:

  1. Informarnos. Para poder evitar daños y proteger al planeta lo primero es estar informado, apercibido, es decir, conscientes de qué daño hacemos. A veces simplemente no nos damos cuenta de que alguna de nuestras costumbres cotidianas es perjudicial para nuestro sistema. Por eso es importante documentarse, leer, ver noticias.
  2. Integrarnos. Mucha gente en el mundo se ha unido de alguna manera para colaborar en la protección de nuestra casa común. Integrarnos a ellos es el segundo paso. Hay cosas tan simples como participar en los programas de reciclaje que tienen muchas comunidades.
  3. Convocar. Invitar a otros para que se unan a tu entusiasmo. Convertir tu amor por la tierra en un modo de vida que le diga a todos cuánto podemos hacer para vivir en un lugar más bello y limpio.

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Por favor querido Dios, ¿puedes crearme de nuevo?

Desde que tengo memoria, nunca me han gustado los lunares que tengo en el rostro, especialmente el que tengo encima de los labios. De niña me sentía muy acomplejada por tener “esa fea mancha negra en mi cara”, y esto no mejoraba cuando los demás me dijeran que tenía muchos lunares.

Cuando pasó el tiempo el único problema ya no eran mis lunares. Empecé a fijarme en la forma de mis ojos, el color de mis labios, el porqué mi rostro no tenía una estructura más bonita, y toda clase de detalles que antes no había notado.

Además, me di cuenta de lo rápido que crecía y que era mucho más alta que las niñas de mi edad. Lo cual en ese momento no me agradaba pues todos decían que aparentaba ser mayor, y esto me hizo anhelar ser pequeña. No entendía el por qué era más alta; pero como todo tiene una razón, un médico me explicó que tenía una condición de salud que me hizo crecer aceleradamente, pero también que dejaría de hacerlo a los 16 años.

Cualquiera pensaría que con esto iba a estar un poco más conforme con mi apariencia. No obstante, con la llegada de la adolescencia, aumentaron mis complejos. No podía evitar compararme con las demás y ver belleza en ellas, mas no en mí. Así que un día comencé a pensar si era posible que Dios vuelva a crearme. Si eso sucediera, podría pedirle que hiciera tantos cambios como fuera posible con el fin de hacerme sentir bien conmigo misma.

Ahora que soy adulta, he caído en cuenta que no soy la única que ha tenido problemas con su apariencia; y esto no es solo cosa de mujeres. Como seres humanos, tenemos ojos que ven hacia fuera, pero no podemos vernos a nosotros mismos. Tal vez sea por ello que es más fácil creer que los demás son más hermosos y bellos que nosotros, o que Dios nos hizo menos agraciados en comparación a otros.

Sin embargo, Dios es un artista y sus gustos sobrepasan nuestra imaginación. Él nos creó de la manera en que somos porque Él lo considera hermoso. Si nos quejamos o cuestionamos nuestra apariencia, estamos rechazando a nuestro Creador, y la Biblia advierte que no tenemos ese derecho (Isaías 45:9). Si comprendemos que Dios nos ama porque nos creó, y no por nuestra apariencia, entenderemos que tenemos belleza única, y aprenderemos a valorarnos a nosotros y los demás.

Si ante los ojos de Dios somos hermosos, no dejemos que nadie nos haga creer lo contrario.

“Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno.” – Génesis 1:31

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Clásico

Mi hermana me sorprendió hace unos días entregándome un presente de valor incalculable: la lapicera que usó hasta el final de sus días el tío Carlos, la persona que me introdujo en el mundo fascinante de la escritura y de la lectura cuando no cumplía aún los seis años. Hace más de cuarenta años que se fue pero su memoria y su herencia permanecen en mí como un antiguo y a la vez nuevo tesoro.
Así, la computadora y la mensajería telefónica ocupan sin duda un lugar importante en mi quehacer profesional, pero nada suscita el ardor creativo como el ejercicio de la mano y la silenciosa docilidad del papel, abierto sin condiciones a la creación y al pensamiento.
En los primeros años fue el lápiz Faber No. 2 el que acompañó mis iniciales andanzas en el territorio de la palabra. Más tarde – y por muchos años – fue el bolígrafo Bic azul; me complacía usarlo hasta que se terminaba la tinta. Ya en los años maduros usé indistintamente las clásicas lapiceras Parker y la plateada de Inoxcrom. Debido a que las iba perdiendo todo el tiempo, me he tenido que acostumbrar a usar las lapiceras promocionales que le regalan a uno en ferias y exposiciones diversas.
He andado la vida desde que no existía televisión y la radio era todavía un gusto caro. Las tareas y los trabajos de investigación había que producirlos a mano, leyendo libros, tomando notas, escribiendo reportes y exponiéndolos frente a la clase. La lectura ha sido y es el medio principal de producción de mi pensamiento y de mi trabajo. He debido aprender a usar computadoras, procesadores de textos, hojas de cálculo y presentaciones gráficas. Después de años de uso del clásico teléfono negro con marcación de disco hube de aprender a usar celulares hasta llegar al smartphone y esta pequeña y poderosa notebook a la que traspaso mis notas escritas, ahora con la lapicera del tío Carlos.
Y aquí estoy, todo un clásico, transitando un territorio digitalizado y vertiginoso, preguntándome si no me veo algo ridículo en el café de la esquina con mi lapicera IC de punta de iridio escribiendo en cuadernillos de tapa negra y hojas amarillas.

Las 7 maravillas de tu cuerpo

Todo lo que creó Dios es una maravilla en sí. Incluso con el avance de la tecnología, los científicos no han logrado crear cosas semejantes a las que hizo Dios, pues su infinita sabiduría no tiene comparación. Una muestra de ello, es el ser humano.

Nuestros organismo trabaja en tal armonía, que no existe máquina que funcione de la misma manera. En esta lista encontrarás algunas de las maravillas del cuerpo humano:

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Retro

¡Ay! ¡Juguemos, hijo mío, a la reina con el rey!
Este verde campo es tuyo. ¿De quién más podría ser?
Las oleadas de alfalfas para ti se han de mecer.
Este valle es todo tuyo. ¿De quién más podría ser?
Para que los disfrutemos los pomares se hacen miel.

Los primeros versos del poema “Canción amarga” de Gabriela Mistral se quedaron en mí cuando tenía ocho años y lo recité completo frente a toda la escuela formada en el patio principal en el tradicional acto del lunes. El poema todo no lo podía recordar, excepto esas primeras líneas, hasta esta noche que encuentro las Poesías Completas en la biblioteca de mi hija.
La señorita Ruth me hizo memorizar muchos de los versos escolares de Gabriela: Madrecita mía, madrecita tierna, déjame decirte dulzuras extremas, Piececitos de niño, azulosos de frío, ¡cómo os ven y no os cubren, Dios mío!, Madre, cuando sea grande, ¡ay, qué mozo el que tendrás! Era su recitador favorito de esos poemas cuando estaba en tercer grado.
Pasó el tiempo y fui descubriendo que la ternura filial era un producto más bien ausente de mi historia personal y lo de los poemas nada más la evocación nostálgica de un nunca jamás. Me fui alejando de esa palabra sublime y me metí en la trama material de los versos de Pablo Neruda. Su poesía de carne y sangre, de violencia y de maestría de palabras se acercaba más a la compleja trama de mis días y me alejaba de quienes veían en su creación una influencia inapropiada para mis credenciales ministeriales.
De tanto en tanto sin embargo se quiere enjuagar uno de la polvareda del tiempo, aliviar la carga a veces extrema de la inadecuación y el desacomodo que significa decir lo que no es para hoy o lo que me preguntó Sara el otro día: “Pero la gente, ¿te entenderá todo eso que dices…?” Entonces, releer “Los tiradores de rifle” de Mayne Reid o refrescarse en las palabras casi ingenuas de los poemas escolares de la Mistral se hace quietud, rememora el aroma de la esperanza que, aunque improbable, es bella como siempre.
Por qué esa pulsión hacia atrás, esa inclinación retro es materia de estudio de la gerontología, me dicen. Yo, que me juego más por las palabras llanas a la hora de las realidades personales, entiendo que no es más que el indicio inequívoco de la demencia senil.

Amor de madre: ¿Amor de Dios?

Nunca imaginé siendo solo una niña, cómo era el amor que mi madre me tenía y profesaba. Yo también la quería y aún la quiero, pero creo que esto es algo que los niños no llegan a comprender tan bien como lo es en realidad.

No fue hasta que tuve mis propios hijos que entendí ciertas cosas. Mientras estuve embarazada imaginaba cómo sería ese bebé. Me impactaba pensar que un ser diferente se estuviera formando, de prácticamente nada, de apenas un par de células inquietas. Pero el día que estuvo en mis brazos fue tan mío. Y fue tan inmensa la sensación inverosímil de tener una nueva criatura que había crecido en mí, y más aún cuando comenzó a crecer, a caminar, a hablar, a pensar por sí mismo. No deja de impresionarme cómo Dios nos otorgó a las madres esta maravilla inaudita de ser parte de un proceso que solo a Él le toca, el de crear vida.

Todavía, después de muchos años, este misterio no termina de dilucidarse. Cada día me asombro porque no importa que sean “mis” hijos, son “otras” personas, no soy yo. Y sin embargo los sigo amando como a mí misma, y preferiría sufrir en su lugar miles de veces, antes de ver que les suceda nada. Si usualmente soy una persona tranquila, paciente y sociable, puedo ser una total leona si alguien toca a mis niños, si los ofende o si acaso imagino que les quieren hacer mal.

Pensando así, de pronto, se me ocurre que Dios tiene que estar detrás de todo esto. Tal vez nos dio este tipo de amor para que algún día pudiéramos también llegar a comprenderlo, un amor que nos creó de la nada, que luego se mostró sin condiciones, solo porque existimos; un amor que era inmenso de tal forma que Él mismo prefirió sufrir; un amor que nos defendió hasta lo sumo cuando vio que estábamos perdidos.

Ya había escuchado que el amor de madre se parecía al amor de Dios, pero no fue hasta ahora que me percato de ello. Dios hizo algo especial conmigo, con mi madre y con todas las que en estos días celebran tener este privilegio inaccesible para muchos. Porque tal vez en el Edén Dios nos hizo a su imagen, pero cuando nos hizo madres, nos permitió sentir como Él.

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Aforismos de cuarta

Mantener el precario, urgente equilibrio para no desesperar, para llegar a buenos términos con los años. Aprender el oficio de no creer todo lo que se escucha, se lee o se habla. No hacerse tanto la cabeza con el infortunio de las malas decisiones. No molestarse así con la picana del remordimiento.
Las expectativas pueden convertirse en una continua frustración por lo que es necesario reducirlas al máximo. Exagerar en la esperanza, sea en uno mismo o en los demás, puede provocar diversos malestares. Al final los grises se desdibujan y un blanco y negro sin ambages se torna consuetudinario. La gente, para defenderse del deterioro inevitable, rotula como cinismo lo que no es otra cosa que realidad, quizá porque le teme o le parece vulgar.
El mensaje nunca supera el dato duro de la realidad porque apuesta demasiado alto al hecho humano. Las consignas y las frases hechas de las instituciones se disuelven al contacto con el aire. Lo que resta de humanidad cada vez alcanza menos para comprometerse. La decepción diluye el optimismo. Las ganas se van concentrando cada vez más en el pequeño espacio de lo que nos importa aunque mantenemos la etiqueta solidaria.
La costumbre oxida los instrumentos del cambio, inutiliza los recursos de la creación. Los oídos se hacen pesados y las elocuentes verdades devienen aburridas letanías. El verso se repite hasta la náusea y al final no dice más nada. La conversación inteligente se convierte en charla insustancial y lo único que merece es que le den algunos like. El sentido de las cosas se pierde en el griterío de los medios y las redes y todo termina siendo lo mismo. Lo estridente adquiere el estado de importante y lo espectacular se transforma en prioritario. La gente opina de todo y nutre con ello el sospechoso contenido de las encuestas.
Al final la letra no mataba; tan inocente era que se la llevaron por delante los libros resumidos, los textos de autoayuda y los teléfonos “inteligentes”. Fue masacrada por los discursos, mancillada por nuestros dudosos engendros literarios, hecha estereotipo en los mensajes dominicales.
En días como éste se hace evidente lo poco que queda. Enormes ruedas de carreta son servidas para que comulgue la inmensa mayoría, los dirigentes mantienen a salvo sus cuentas corrientes, los indignados juicios al comino son la fachada que protege los camellos de los dirigentes.
Qué va’cer…

No son todos

No son todos. Hay algunos que ingresan en mundos paralelos y preguntan, miran, cuestionan, aportan. Investigan, consultan, sienten, sufren y se alegran con la raza de los otros porque ven allí la marca de la trascendencia, la huella superior de la creación. Les desgarra el dolor del siglo, buscan caminos para mejorar los días, transfieren al mundo de los vivos la palabra viviente en forma de abrazo, servicio, asistencia.
No son todos. Hay algunos que penetran los misterios de la filosofía, examinan las obras de arte, escuchan la música y descubren los mensajes implícitos, el reclamo de los seres, la angustia de la era. Leen los periódicos, van a ver películas, asisten a un concierto o una obra de teatro, hablan con los autores, dialogan con los disidentes.
No son todos. Hay algunos que entienden los signos del tiempo y traducen a la gente los arcanos del pasado. Aprendieron lo que pasó, lo que pasa y lo que pasará y traducen los secretos al lenguaje de la inmensa mayoría. De tanto mirar los universos de al lado descubrieron lo que creen y por qué lo creen al tiempo que pueden explicar lo que no creen y por qué no lo creen y sus respuestas son comprensibles en el bar, en la oficina, en la gasolinera y si tuvieran una columna editorial en los diarios principales cualquiera los entendería.
No son todos. Algunos tienen amigos en los márgenes del sistema, no le tienen miedo a los diferentes, no lanzan anatema contra los que no piensan como ellos, aprendieron el profundo lenguaje de la igualdad y la compasión. Tanto se acercan que si uno mira a la multitud no se reconocen como distintos, no tienen auras iluminadas sobre la cabeza ni rostros relucientes; se parecen a todos, hasta que hablan. Entonces todo un mundo de palabras vivas endulza la dura materia del dolor predominante.
No son todos. Hay algunos que hablan lenguajes extraños, leen libros alternativos, se reúnen en sitios reservados con los dolientes marginados del sistema y los angustiados. Escriben acerca de las cosas humanas y divinas sin retóricas rituales ni citas justificantes. No son asistentes consuetudinarios a las solemnes asambleas y no cumplen con los requisitos mínimos de la espiritualidad estándar por lo que suelen ser condenados a puertas cerradas en severos tribunales.
No son todos. Hay que decirlo. Nobleza obliga.

Sequía

Nada sobresale de la lenta medianía de los días. Los suburbios que esperaban la visita de la imaginación y el poder desatado de la palabra permanecen solitarios. A cada atardecer sucede otro y a cada mañana le sigue otra igual. Inútil la búsqueda del elíxir que despierta. Oquedad, escarcha, mudez absoluta.

Se disuelven las horas en repentinos, fugaces fogonazos de luz muerta. Unos pasos alrededor de la casa en busca de una idea. La distracción de los pájaros, de la nube, de unos rayos de sol que entibian un poco adentro. Esperanza que es apenas leve escozor en la piel del alma, ni siquiera rasguño, ni siquiera inquietud.

Nada, sólo palabras leídas pasada la medianoche, cuando se espera desesperado el sueño que salve del tedio. Pensamientos que se tropiezan entre sí, que se mezclan como cartas de una baraja, apenas divagaciones insulsas. Estados descompensados del espíritu, grotescos paros cardiorrespiratorios en la mente, taquicardias imaginarias en el corazón. Las horas auscultan los torpes latidos de la noche.

Letargo en el escritorio de los temas. Los dedos entumecidos de la creación. La yerta materia de los archivos en segundo plano. Las imágenes desdibujadas de la memoria. Pulsiones erráticas, apenas instantes, relámpagos inasibles, la desesperación del silencio, de la página en blanco. El tesoro de palabras, agotadas sus reservas. Los viejos cuadernos, saqueados en previas jornadas infértiles. Los archivos virtuales, exprimidos y editados.

Abajo, en lo profundo del ser, las semillas esperan. Hibernan a la espera de los días de la lluvia en la reseca matriz. Se adhieren tenaces a esta suerte de vida latente. Soportan este silencioso compás de espera hasta la hora señalada. No se mata así no más la genética del pensamiento. Los fluidos gestantes de la vida conocen su paradero y más temprano que tarde la fecundarán otra vez. Eso pasa. Puede tomar mucho tiempo, pero pasa.

El silencio precede a la música. La mudez a las palabras. El vacío a la explosión de la vida. La oscuridad a la luz. El secreto a la revelación de las cosas necesarias. La espera a la realización potente de los deseos. El miedo y las cadenas a la liberación.

No hay hora perdida. No hay instante desechado. Cada sagrado segundo tendrá su recompensa. Alguna vez regresarán todos los sentidos. Un día, todas las fuerzas del alma van a ser convocadas para resolver los asuntos pendientes, para entender, para descansar por fin…

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