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¿Estás ocupando el lugar que te corresponde?

Cuando vamos de visita en la casa de un conocido, por lo general, nos limitamos a sentarnos y hacer muy pocos movimientos por respeto y temor; no podemos movernos con libertad a su cocina o peor aún ingresar a los dormitorios porque somos invitados. Pero si estamos en nuestra casa, tenemos esa libertad de movimiento, podemos pasar a cualquier ambiente porque existe la confianza suficiente para desplazarnos libremente y sin temor.

A diario nos enfrentamos con situaciones difíciles y es ahí donde podemos percibir que muchas veces no estamos ocupando el lugar que nos corresponde y estamos actuando como completos desconocidos ante Dios, aun sabiendo que somos sus hijos.

“Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos! Pero la gente de este mundo no reconoce que somos hijos de Dios, porque no lo conocen a él.” 1 Juan 3:1 (NTV)

El título de “hijo” viene con privilegios y uno de ellos es que podemos correr al Padre en todo momento, contamos con su ayuda, tenemos su amor a pesar de nuestras malas acciones, etc.; pero en ocasiones la culpa, la vergüenza, el enojo, el temor son más fuertes.

Cuando estás viviendo momentos dolorosos ¿tienes esa confianza para correr a Dios o te comportas como un desconocido?

Si tus errores te han convertido en un completo extraño ante Dios, hoy te animo a recordar quién eres y a tomar el lugar que te corresponde. Lucha para que el enemigo no te convierta en un esclavo del pecado porque tienes un Padre que te defiende, te bendice y te levanta.

“Así que ahora ustedes, los gentiles, ya no son unos desconocidos ni extranjeros. Son ciudadanos junto con todo el pueblo santo de Dios. Son miembros de la familia de Dios.” Efesios 2:19 (NTV)

Por: Judith Quisbert

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Un nuevo capítulo por comenzar…

“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” Filipenses 3:13-14 (RVR)

Imagínate el año que comienza como un cuaderno nuevo que Dios te da para escribirlo. Parece haber mucho peso sobre estas palabras, pero si en verdad queremos hacerlo mejor de lo que lo hicimos el año pasado, tenemos que esmerarnos para escribirlo bien, sin tachones ni borrones  porque hay cosas nuevas de Dios para cada uno de nosotros.

Sin embargo, ¡cuántos pensamientos se revuelven en nuestras cabezas! No se puede empezar un año sin preguntarse: ¿qué pasará? El porvenir es desconocido y lo desconocido da miedo. Entonces, ¿Cómo podemos iniciar y continuar bien el año que comenzamos?

Lo principal, ante todo, es mantener una intimidad con el Espíritu Santo. Habla con él como si fuera tu amigo más cercano, pregúntale cosas, cuéntale tus preocupaciones, háblale de tus debilidades, pídele dirección y, por sobre todo, agradécele porque en medio de toda situación Él está para consolarte y enseñarte lo que necesitas saber. Tendrás un año de grandes cosechas como fruto de tu intimidad con Dios.

Por otro lado, decide sanar tus relaciones interpersonales. ¿Qué relaciones tienes que mejorar este año? ¿A quiénes les tendrías que pedir perdón? ¿A quiénes tendrías que perdonar de todo tu corazón para dejar atrás el pasado? ¿Con quiénes tendrías que pasar más tiempo: con tu esposa o esposo, con tus hijos, con tus padres? ¿De quiénes te tendrías que alejar porque son una mala influencia para tu vida? Reconoce que esto es necesario para avanzar, no porque dependas de ellos sino porque es importante caminar por un sendero que esté libre de piedras y obstáculos que quieran desanimarte y finalmente alejarte de los propósitos y del plan de Dios para tu vida.

Si este año tienes que empezar por perdonar a los que te hirieron, hazlo, para que cada día puedas escribir una nueva página en tu vida, libre de borrones y tachones para que al finalizar no tengas nada de qué arrepentirte sino seguir hacia la meta del supremo llamamiento de Dios.

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Él te conoce ¿Tú lo conoces?

Un niño, se encontraba en la entrada de la mina, esperando pacientemente la salida de los mineros pues su padre trabajaba allí. Se le acercó un hombre mayor que lo estaba observando y le dijo: ¿Qué haces ahí? El niño respondió: estoy esperando a mi papá; el hombre le dijo: No podrás reconocerlo entre tantas personas que salen con el rostro cubierto de carbón y con un casco ¡será mejor que te regreses a tu casa!, a lo que  el niño respondió: ¡Pero mi padre me conoce!

Si bien el niño no podría reconocer a su papá, su padre sí lo conocía. De la misma manera que nuestros padres terrenales saben nuestros gustos, gestos, etc. Dios nos conoce a la perfección.

Salmos 139:2 dice: “Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto;  conoces mis pensamientos aun cuando me encuentro lejos” (NTV).

Como buen Padre Dios conoce a sus hijos, nada pasa desapercibido, sabe el dolor físico que sientes, conoce tus días de felicidad y tristeza y jamás te ha dejado sola(o).

Muchas veces los tiempos de tristeza y aflicción pueden hacerte pensar que Dios es indiferente a ti y a tu necesidad, pero Él sabe lo que requieres y en qué momento lo necesitas “(…) tu Padre sabe exactamente lo que necesitas, incluso antes de que se lo pidas” Mateo 6:8 (NTV) Dios ve y conoce todo de ti porque eres su principal tesoro e interés.

Quizás no has recibido lo que esperabas, o simplemente no tienes una respuesta a tu problema o necesidad y tienes motivos para estar molesto con Dios pero recuerda que Él te conoce, sabe lo que necesitas y por su amor y misericordia te dará lo que pides en su tiempo.

¡Qué difícil es no recibir lo que uno quiere! pero debemos tener la certeza que nuestro Padre siempre velará por nuestro bienestar físico, espiritual y material.

Los versículos mencionados nos muestran a un Padre atento a sus hijos que los conoce muy bien, pero ahora quiero preguntarte:

¿Conoces a Dios? ¿Conoces lo que Dios quiere para ti?

Por Judith Quisbert.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Like a rolling stone

Bob Dylan, Premio Nobel de literatura. No de música, de literatura. Entonces hay que ir a las letras de sus canciones porque el premio ha sido dado al poeta Bob Dylan. Un botón basta de muestra:
“¿Cómo se siente estar solo, sin un hogar, como un completo desconocido, como una piedra que rueda?”
Así se lee en una de sus más famosas canciones, “Like a rolling stone” que resume para muchos – no me atrevo a decir todos – la vida. La experiencia, ese fiscal implacable que desmiente el discurso de la inmensa mayoría y que presenta como prueba indesmentible la realidad no nos deja otra opción que reflejarnos en esas palabras brutales.
Nos hacemos friegas y compresas con la esperanza, con la fe, con los artificios del amor para aliviar un poco la crudeza de nuestra soledad. Todos los días, en todas las formas, el optimismo tropieza con la enfermedad, el desengaño, la decepción, la muerte, la miseria, la destrucción de todas las posibles – y precarias – confianzas.
No somos nada. Es posible que más allá de nuestras percepciones humanas sí seamos algo pero eso es aún impreciso, indefinido, nada más una imagen difusa en un espejo imaginario según el decir de San Pablo, pero el sentimiento real, el de la más absoluta intimidad, no arroja mucha sustancia.
Nos aferramos a alguna relación, plagada de luces y sombras. Creemos algo para respirar un poco de aire puro en medio del smog de la ciudad y la contaminación de toda la creación. Inventamos palabras para leer, para cantar, para halagar o distraer a la inmensa mayoría. Practicamos un deporte, leemos, vamos al cine, nos reunimos con amigos para celebrar cualquier cosa, comemos y bebemos, vamos y venimos.
Sustancia. Eso es lo que buscamos, un poco de sustancia que nos dé algún peso real.
Perseveramos, como el hombre imaginario de Nicanor Parra (un Nobel pendiente) hasta que algún día, ojalá, hallemos alguna realidad perdurable:
“Sombras imaginarias vienen por el camino imaginario, entonando canciones imaginarias a la muerte del sol imaginario. Y en las noches de luna imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor [lo único que no es imaginario…], ese mismo placer imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario.”

Misterio

“Cuán insulso y tedioso sería el mundo sin misterio”, dice el maestro Ibn Sina para conformar a su discípulo Jesse ben Benjamin, afligido por el misterio que rodea a las enfermedades incurables. Son palabras adecuadas para su tiempo: es una escena de la película “El médico”, ambientada en la Edad Media. Suenan extrañas para nuestra época que, embriagada de información, inundada de imágenes y sonidos, no parece reconocer límites al conocimiento.
Se dice, Si no lo sabes, googléalo, o Seguro que hay un tutorial en YouTube. Tal vez sea ésta la razón por la que la mayoría de los estudiantes experimentan el aburrimiento en las clases. ¿Qué puede enseñar un profesor que ellos no puedan hallar en internet? Quizá sea también la explicación de por qué el abúlico espectador navega por los 900 canales que tiene disponible en su conexión de televisión satelital y no se detiene en ninguno donde pueda disfrutar de un documental, un espectáculo o una buena película.
Todo está ahí, disponible a un clic de distancia. Ahíta de estímulos audiovisuales, nuestra generación parece haber perdido la capacidad de asombrarse. Ya no tenemos la maravillosa experiencia de la perplejidad frente al misterio y lo desconocido. Por eso mismo, como escribí hace unos días, el salvaje degollamiento online de un grupo de prisioneros fue apenas una nota marginal en los grandes canales de noticias, ocupados por los últimos desnudos de la Kardashian o los premios anuales a la televisión.
Reconocer lo inexplicable es en cierto modo admitir nuestra incapacidad de comprender la complejidad del universo, un primer paso hacia la cordura, hacia el sobrio dimensionamiesto de nuestra humanidad. No somos infinitos.No sabemos todo. No podemos todo. Hay realidades que están más allá de nuestra comprensión y, por lo mismo, son imposibles de manipular.
La ilusión de las poderosas máquinas inteligentes, el acceso instantáneo a inmensas masas de información, la enormidad de recursos de toda índole no alcanzan a resolver ni mitigar la profundidad del misterio, la abrumadora realidad de lo desconocido y de lo imposible.
Nos haría bien pensar más frecuentemente en esta simple y concluyente verdad.

Eso otro

¿Qué es eso otro que tanto obsesiona a quienes miran más allá del universo propio? ¿Por qué esa continua interrogación a la diferencia? ¿Por qué simplemente no estacionarse en el territorio común? Hay tanto para ver por aquí, tanto rumor de incesante actividad, tanta necesidad insatisfecha. Tal vez sea por eso. Porque como en los mercados y en los grandes almacenes, aquí hay bienes y servicios para cada deseo; linimentos y pomadas para todas las posibles heridas; consejeros y gurús para la variada gama de conflictos humanos; discursos y palabras para todas las posibles emergencias del alma.

Lo otro, en cambio, hay que salir a buscarlo sin cartografías. No sirven ahí los sistemas satelitales de posicionamiento global. No hay para lo otro aplicaciones 1-click que permitan abordarlo y comprenderlo. Es desconocido. Entraña riesgos y peligros para los cuales no hay adminículos profilácticos. Late con un pulso misterioso. No hay procedimientos preventivos para neutralizar todas sus posibles seducciones. Para entrar en lo otro y de veras descubrirlo, hay que dejar de lado los escudos del prejuicio y rendir las armas del lenguaje. No es posible tocar lo otro, comprenderlo y eventualmente amarlo sin deshacerse de pertrechos y armaduras.

Lo otro sin embargo continúa disponible. Previstos los desprendimientos previamente enumerados, permanece accesible. Eso otro que provoca, contradice e interroga sin límites, desafía estereotipos y pláticas redentoras. Aborda la existencia sin supuestos y no tiene miedo de las preguntas. No hace reverencias ni besa anillos. No tiene candados, letreros ni rejas. Es implacable con los convencionalismos y severo en la crítica. No se lo convence con cuatro leyes o siete puntos.

Ahí está el complejo, multitudinario y diverso mundo de lo otro. Invita, espera, anhela, porque no deja de buscar, no cesa de inquirir, no para de llamar…

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