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Ilusiones perdidas

Esta es la crónica de los diversos momentos en los que me invade ese sentimiento de pérdida del tiempo gastado en escribir aquí. Esa como irreparable sensación de la futilidad del intento por convencer a la inmensa mayoría de que las cosas no son como deben ser.

Pero la inmensa mayoría tiene sus ocupaciones. Inmersa en el espíritu de la época se mimetiza con la mentalidad de que todo da lo mismo pero igual hacen iglesia, practican religión, sueñan mundos futuros porque se dan cuenta de que aquí no van a cambiar nada.

Así que, para el registro, quedan algunos fragmentos de esta palabra perdida.

La palabra perdida en el tiempo. Argumentos inútiles que se disolvieron como neblina, entrada la mañana. Imaginaciones estupendas, percepciones magistrales que se escurrieron como manantial desaparecido en la arena del desierto. Gritos en la oscuridad, reclamos del alma sensible que presenciaba universos estallar, mundos nacer, estrellas desaparecer sin dejar rastro alguno.

Cuántas veces el anhelo de abdicar el tenaz magisterio de la palabra perdida. No había llegado a tiempo. No tarde, no. “Llego demasiado pronto, dijo luego, mi tiempo no ha llegado aún. Este formidable acontecimiento está todavía en camino, avanza, pero aún no ha llegado a los oídos de los hombres.” (El loco, en “De La Gaya Ciencia”, Friedrich Nietzsche, 1882).

El intoxicante veneno del éxito adormece los oídos de los dirigentes. El jolgorio de la mascarada no permite – todavía – sentir el áspero regusto de la ceniza, el descalabro de todos los huesos, la vertiginosa caída de todos los dioses. El discurso se ha hecho infructuoso. Los atalayas tienen dolores de parto y dan a luz viento. Toda conquista es una ilusión. Todo avance no es más que un continuo retorno. Los oídos están tapados, los ojos permanecen cautivos de los espejismos del sistema, la conciencia adormecida por las estridentes y espectaculares producciones.

La multitud embelesada por los flautistas no reconoce el peligro. Avanza mansamente a su destino cierto. Celebra el jubileo de los tiempos sin reconocer el profundo desencanto de la realidad. Desconoce la antigua luz de los profetas.

La verdad deviene panfleto. El rigor de la vida es aplacado con las baratijas de la autoayuda. La ruta de la conciencia progresa por astutos atajos y convenientes transportes. Los edificios vinieron a ser atractivos, cálidos refugios contra la tormenta del mundo.

No hay lugar para el loco. No hay sitio para el ermitaño. Son manchas en las tertulias institucionales. Sus ropas gastadas y sus arrugados papeles desentonan en la atmósfera de ágapes, festivales y asambleas. Los vigilantes los intiman – educadamente por cierto – a cambiarse de traje y guardar silencio. Si no, deben abandonar el salón.

La palabra petrificada

La palabra, desde el instante mismo en que es pronunciada, se hace temblor definitivo, temor diseminado, inquietante factura pendiente de cobro. Adquiere vida propia, circula por bulevares y callejones, se mete en viejas librerías y aguarda en oscuros desvanes. Se queda grabada en corazones ansiosos y es un eco constante en los recovecos del recuerdo. No tiene fecha de vencimiento, no reconoce fronteras, es implacable.

La palabra dicha en la tibieza de una alcoba, al amor de una piel, en el estertor de la pasión penetra el tiempo y la distancia como la misma simiente de la vida. Al pronunciarla uno se veía como heraldo de buenas noticias. Era ni más ni menos el príncipe encantador, el caballero cruzado, el deshacedor de entuertos, el fin de todas las búsquedas y todos los viajes. Cuando pasó el tiempo, la palabra pronunciada vino a ser promesa rota, discurso estéril, desilusión inconsolable.

La palabra escrita es ícono que identifica, resume, delimita y fija para siempre al escribiente. Es su monumento, su memorial, su testamento. Así como nos irrita cuando nos dicen “Te lo dije”, así nos restriega el alma que nos digan, “Tú escribiste…” No es que dicen que dijiste o que suponen que pudiste haber dicho. Es que está escrito. Es objetivo. No está sólo en el tiempo, sino en el espacio, en papel o en registro digital.

La palabra hablada en plataformas y estrados es más que aire en movimiento; además es sonido grabado, imagen capturada. Semejante a la palabra escrita, gracias a la “magia” de la televisión y el internet, se la puede repetir hasta la náusea y machacar los sentidos de la audiencia para beatificarte o destrozarte hasta la muerte.

Pero para qué estamos con cosas: a veces es maravilloso que la palabra pronunciada viva para siempre. Y capaz que lo sea también el que recibas el crédito por ello, aunque en esto último la experiencia demuestra que las oportunidades son harto más escasas. 

¿Qué hacer cuando uno ya no prestó oído a la vieja admonición: “Sean pocas tus palabras”? Lo dicho es una cárcel: la única esperanza es que un día puedas salir…  bajo palabra.

Discurso y realidad

Cuento con ustedes, ¿verdad, señoras? – preguntó al final.

Las campesinas la miraron asombradas: la palabra era sagrada. Una tras otra, empezaron desfilar; tendían a la señora de Montmort una mano enrojecida, agrietada por el frío del invierno, por el trabajo con los animales, por la lejía, y en cada ocasión la vizcondesa tenía que hacer un esfuerzo para estrechar aquella mano, cuyo contacto le resultaba físicamente desagradable. Pero dominada ese sentimiento contrario a la caridad cristiana… 

Al fin, el aula quedó vacía… La vizcondesa lanzó un suspiro no de cansancio sino de desánimo. ¡Qué vulgar y desagradable era la humanidad! Cuánto costaba hacer brotar un destello de amor en aquella tristes almas…

¡Puaj! – dijo en voz alta.

Pero acto seguido ofreció a Dios los esfuerzos y sinsabores de ese día, como le había recomendado su director espiritual

(Suite Francesa, Irene Némirovsky)

Esta cita, extensa para la brevedad de este espacio, invita a algunos comentarios. Desnuda la caridad “cristiana” de utilería, la misericordia forzada para ajustarse a la doctrina de la institución y agregar algunos méritos en el cuaderno de Dios a la hora de los juicios finales. Descubre los corazones porque las caras lo ocultan y por más que se entregue una taza de café y un pan con queso a la gente de la calle en el invierno sólo el escrutinio de Dios permitirá ver la razón que hay en la trastienda. Sí, habrá obras que son amores; pero las más de las veces habrá ocultas razones, argucias del alma para escamotear la denuncia del egoísmo.

Se queda uno con la pregunta si no es mejor evitar hacer actos de erogación movidos por  un deseo de transar con Dios y encararse no más con lo pobre que llega a ser nuestro fuero interno.

Más de alguno ha visto ministros cristianos lavarse meticulosamente las manos con un gesto de desagrado después de haber saludado con amable sonrisa a la “hermandad” que hace fila para despedirse después del culto. He vivido la realidad de los ministerios que exigen tiempo extra de trabajo a sus empleados invocando el superior llamado de la misión cristiana, pero cuando el personal pide o exige algo entonces los jefes se remiten a la “legislación laboral vigente”.

Frustrantes discrepancias entre el discurso “cristiano” y el verdadero sentimiento del corazón…

Mala palabra

Y cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablase a todo el pueblo, los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano, diciendo: De cierto morirás.
(Jeremías 26:8)

Si pudiésemos representar aquí el alcance de estas palabras es posible que cierta dirigencia estaría tentada a respondernos como hicieron al profeta. Pero, todo tranquilo, no hay espacio ni éste es el lugar. Hagámonos algunas preguntas al menos.
¿Se da cuenta la amable audiencia que el profeta estaba hablando todo lo que Jehová le había mandado que hablase? No está haciendo un discurso de domingo en la noche, flasheado para hacer que la hermandad se vaya contenta a su casa. Está diciendo lo que Dios va a hacer si la gente no retorna al camino correcto.
¿Se da cuenta la amable audiencia que los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano para pronunciarle una sentencia mortal? Amigas y amigos, no es alguna gente que pasa por ahí y oye el discurso. Es la élite gubernamental y religiosa y toda la gente que lo oye.
¿Se da cuenta la amable audiencia que la razón por la que esta gente quiere matar al profeta es porque ha dicho la palabra de Dios? No ha dicho barbaridades retóricas, ha dicho la palabra de Dios.
¿Se da cuenta la amable audiencia que la gente que quiere matar al profeta no son los paganos, los incircuncisos, los gentiles, los perros? No, amigas y amigos. Son sus hermanos y hermanas.
¿Se da cuenta la amable audiencia que si leyera todo el libro de Jeremías como debe leerse entendería algo del carácter de la religiosidad y de sus representantes? El sistema religioso es un constructo granítico, una estructura formidable gobernada por una política institucional, financiera y comunicacional de tal magnitud que la palabra misma de Dios le puede llegar a ser un enemigo mortal y por eso deben destruirla.
No es que no les agrade Dios. Lo que les desagrada a morir es que algunas de las palabras de Dios amenacen directamente a su estabilidad de siglos. Y por eso estarían dispuestos a matar; no a matar físicamente – aunque podría documentarles algunos casos. Las entidades religiosas tienen unos mecanismos más civilizados y sutiles para asesinar institucionalmente a los disidentes.
Aquí es cuando la palabra de Dios es mala palabra para el establishment religioso.

Miedo al debate

“Que qué chicos iban a ser los panelistas, Que cuántos y de dónde. Que cómo se eligieron. Que qué temas pensaban tocar. Que el tiempo era poco para describir las propuestas. Que si se transmitía en vivo, que qué medios iban a estar, que cuál era el orden de las exposiciones.”
(Edgardo Litvinoff, Los chicos, un remedio para el miedo de debatir, La Voz del Interior, 28 de septiembre de 2017)

Siete candidatos a los comicios legislativos de octubre en Argentina fueron convocados para responder preguntas de unos veinte estudiantes (de unos 16 años la mayoría) que votarán por primera vez en el país.
Debería sorprendernos el grado de aprensión de los candidatos, la mayoría de ellos bastante fogueados en lides electorales. No nos cierra esa preocupación teniendo en cuenta que ni siquiera debatirían, solamente responderían preguntas.
Lo extraño es que los adultos solemos decir que los chicos de hoy no leen, que no comprenden textos complejos, que al menos la mitad de ellos abandonará el secundario, que no saben articular consistentemente sus ideas ni por escrito ni verbalmente. ¿De dónde, entonces, la angustia?
¿Sería que el grupo de estudiantes, seleccionado previamente, tendría un nivel de conocimiento y comunicación superior al promedio, por lo cual sus preguntas no tendrían nada que ver con la superficialidad de la discusión política de bares, pasillos y sets de televisión?
¿Sería que tendrían que enfrentar a jóvenes que, hartos de políticos corruptos e incumplidores, ya no compran el discurso típico, no se dejan envolver por la demagogia de las frases hechas y no son manejables como la masa que es seducida por la cosa emocional?
¿O sería que esta nueva raza de políticos, desacostumbrada hace mucho al entendimiento y al debate de ideas de fondo y al oficio político serio, manejados por astutos agentes de marketing, asesores de imagen y consultores expertos en discursos, se sentiría amedrentada por jóvenes a los cuales no es posible chamullar como hacen con la inmensa mayoría?
Tal vez ninguna de las anteriores. Habría que preguntarle a los candidatos…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

La palabra en la mira

En literatura se suele decir que “el estilo es la persona.” Esto es, que lo escrito revela en cierto modo el ser de la persona que escribe. Extendamos esa afirmación a lo que una persona habla. Estoy pensando respecto de la percepción de la audiencia. ¿Puede el público, al reflexionar en lo que lee o escucha, tener una imagen más o menos cierta del hablante? Esperaríamos que sí.
Con el tiempo y la experiencia, sin embargo, se aprende que puede haber una gran distancia entre discurso y acción. Es posible que quien escribe o habla se comporte en la práctica de una manera que no se condice con sus palabras. Esto se ve frecuentemente en política, religión y otras actividades cuyo objetivo es influir sobre una audiencia dada. Un joven estudiante de periodismo me confrontó hace muchos años con esta cuestión: “Hay cosas, decía – no recuerdo las palabras exactas –, que son correctas o verdaderas más allá de la conducta personal de quien las pronuncia. Su comportamiento es una cuestión privada”. Por aquel tiempo yo postulaba fervientemente la consistencia entre decir y hacer. Lo sostengo aún, pero de una forma diferente.
Hay muchas cosas que son como se dice que son. Por ejemplo, los dirigentes deberían ejercer sus funciones con integridad, generosidad y justicia. Cuando alguien afirma esto, está diciendo algo que es verdadero; ahora, cómo esta persona se conduzca en su vida pública y privada no afecta la consistencia del hecho que afirma. Sí puede eventualmente afectar la fe que la gente ha depositado en ella.
Hubo una época en que defendí algunas cuestiones con encendida pasión. Llegó luego un tiempo en que no pude o no quise vivir de acuerdo con esas cuestiones. Y me pareció que lo más apropiado era no seguir hablando de ellas. Me movía en un ambiente donde alguna gente en mi misma situación resolvía continuar con su discurso. Y me hacía mal ver la frustración, la ira contenida de las personas de su entorno, especialmente quienes operaban bajo su autoridad.
Por ello, preferí ocuparme en adelante de otras cuestiones, como la comunicación, la percepción de la audiencia y la comprensión del tiempo presente. Respecto de las otras cosas, busco resolverlas, si es posible, o bien entenderlas mejor.
Hasta entonces, el silencio es más sólido que el vidrio de los tejados…

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Eso no se dice

Recordarán la historia de aquellos estafadores que ofrecieron a cierto vanidoso rey hacerle un traje con una tela invisible que sólo podía ser vista por la gente inteligente. El día del estreno de su flamante traje en la corte, todos vieron que estaba desnudo pero nadie dijo nada porque ya estaban advertidos que la tela revelaría a los ignorantes. Todo terminó mal cuando un niño presente gritó: “¡El rey está desnudo!”
En esta historia el grito de ese chico fue una liberación. Los cortesanos deben haberse sentido aliviados al comprobar que en realidad no eran tan tontos. En la historia nuestra las cosas funcionan así. Quienes ejercen el oficio de señalar las desnudeces del sistema raramente la pasan bien.
Recurro siempre a la imagen del profeta Jeremías, uno de los denunciantes más controvertidos del Antiguo Testamento, metido dentro de un tronco hueco y aserrado hasta la muerte. No sabemos si esta tradición es cierta pero se corresponde con el desagrado que provocaron sus palabras entre sus contemporáneos. Decir lo que está mal es peligroso, particularmente si eso se refiere a los dirigentes y al círculo más duro del poder. He sufrido personalmente las consecuencias de haber apuntado a la cabeza del sistema.
Pero es otra cosa la que duele más. La mayoría de la gente defiende al sistema y suele ejercer la más amarga oposición a las palabras del denunciante. Los años me han permitido entender las razones que tiene la “inmensa mayoría” para rechazar al disidente. Ella se alinea siempre con el discurso de la enseñanza recibida. Se la ha convencido que la doctrina es incuestionable, es suprema, es divina y no admite contradicciones. Así como se les dijo que es, así es. No hay lugar para cuestionar, pensar independientemente o digitar el sistema. Así que la gente “defiende” la intangibilidad del discurso.
Pero la más triste de las razones es que la inmensa mayoría prefiere la tibia tranquilidad del orden establecido. Es posible que se dé cuenta de que las cosas no andan bien, que hay iniquidad en el sistema. Pero confrontarlo amenaza la tranquilidad de la vida. Es lindo estar en paz, asegurar las bendiciones adquiridas y no meterse en líos.
Por eso el oficio de decir seguirá siendo, supongo, una tarea ingrata y las más de las veces inútil. Como solía decir mi severa madre: “Niño, eso no se dice.”

Bueno y bonito

Creo haber contado aquí de una niña que antes de dormirse decía sus plegarias y terminaba siempre de esta manera: “Dios, te pido que los malos se conviertan en buenos y los buenos se conviertan en simpáticos.” No sé por qué se me hace la idea que había leído acerca de aquellos señores del tiempo antiguo que decían a sus contemporáneos: “Quédate donde estás, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú…”
Es esta vieja cuestión de las palabras y los hechos. Este discurso tan querido por políticos y dirigentes de iglesia, que blasona de la integridad y la conducta intachable, se ve desmentido no pocas veces por acciones públicas y privadas que reflejan algo completamente distinto. La verdad es que no sería un drama mayor si tuvieran estos personajes la humildad de admitir sus falencias y aún alejarse temporal o definitivamente de sus funciones si la situación lo amerita. Eso aliviaría en buena medida la frustración de los afectados. Sin embargo no es así. Ellos insisten en mostrarse “buenos y bonitos” profundizando con ello el fastidio y el cansancio de la gente por esta clase dirigente.
La plegaria de la niña hace referencia a esa inclinación de algunos “buenos” a ser poco agradables en su trato con las personas que ellos consideran distintas o contrarias a sus creencias y costumbres. Son los que eligen ser buenos pero no bonitos. A ellos les agrada sobremanera lanzar anatema sobre los males del mundo, recordarle a todos los juicios terribles que vendrán sobre los que no tengan el privilegio de ser raptados antes del fin de todas las cosas.
Hace tiempo, cuando todavía tenía la inocencia de “la comunidad”, enseñaba a mis alumnos a practicar una suerte de santidad sonriente. Sonrío – no de santidad – al recordar aquellos días. Intentaba transmitirles la idea que estar entre la gente y contribuir a mejorar, a hacer más agradables sus días de algún modo, eso era algo santo. Sentarse a la mesa con los que pensaban distinto, hacer preguntas, ayudar sin la presión de la evangelización compulsiva, compartir los dolores y las alegrías de los otros, promover la justicia y la paz en medio de los problemas humanos y no desde retirados y serenos cuartos de oración, eso – pensaba yo – era algo bueno… y bonito.
La comunidad tenía otras ocupaciones. Convertirse en simpáticos no era una de ellas. Así que me fui.

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Refran

(A fin de evitar suspicacias respecto de cuestiones de género aclaro a la audiencia sensible que se trata aquí de una referencia a un estado de ánimo e ilustrada por un viejo refrán chileno y no de una reflexión sobre las características biológicas o emocionales de una señora anciana)

“Pasó la vieja” se dice en Chile cuando se quiere significar que ya pasó la oportunidad para que algo le ocurriera a alguien: un amor, un trabajo decente, un viaje gratis, una respuesta que fue dada cuando justo uno no estaba. Hay cosas para las cuales ya no tenemos chance (ahí le dicen a uno el refrán); hay otras a las cuales uno mismo ya no quiere darles oportunidad (ahí uno es el que lo dice). Se me ocurren unas palabras para esta segunda opción, algo así como un coloquio íntimo con la audiencia que se detiene habitualmente en este blog.
De tanto andar, de tanto ver, de tanto vivir, va uno adquiriendo un cierto escepticismo respecto de los asuntos que la gente considera importantes en la vida. Se pone uno medio cínico respecto de las esperanzas que las personas abrigan sobre el éxito de sus emprendimientos. Piensen, por poner unos pocos ejemplos clásicos, en el discurso de los políticos, en los parabienes que algunos invitados un poco embriagados le endilgan a los novios en una boda, en las tarjetas de Navidad, en ciertas encendidas predicaciones, en los libros y las filosofías de autoayuda, en los consejos que dan los amigos en tiempos de crisis – me refiero a esos que uno nunca les pidió – y en una amplia gama de otras invenciones con que las criaturas humanas atormentan intencional o inadvertidamente a sus semejantes creyendo que les hacen un favor. Hay quienes consideran un oficio redentor esa inclinación consuetudinaria a enmendarles la plana al mundo que les rodea. Con serena firmeza, tiene uno que decirles: “¿Sabes?, por aquí ya pasó la vieja”. Entonces te miran con un insoportable dejo de conmiseración, extrañados de que no entiendas lo simple y lo hermosa que es la vida.
Hubo una época en que creía en algunas cosas. Suponía que si decía, hacía o pensaba lo correcto y seguía las instrucciones al pie de la letra, la vida estallaría en un arco iris de setenta colores, me sonreiría el futuro, brillaría la esperanza, me pondría rozagante y gordito, viviría una feliz vidita compartida.
Pero la realidad superó al discurso. Pasó la vieja. “Así que vuelve a tus labores; pero antes, tráele al viejo otra frazada”.

¿Y para qué poetas…?

Los discursos rotos, las confianzas perdidas, los sistemas averiados. La ridícula brevedad de las cosas, los días repetidos, los cuerpos que acusan recibo. Los controles institucionales, la opresión aviesa, la tiranía de la legalidad. La corrección política, los convencionalismos niveladores, el imperio de la medianía. La ignorancia sacralizada, el dominio de los promedios, el striptease glorificado, la vida en la arena pública me gusta, no me gusta. La náusea de los lugares comunes, las frases que disparan las emociones, los himnos sagrados.
El tedio de las ceremonias, la banalidad de los sacrificios, los rituales predecibles. La estridencia de la fiesta interminable, el manoseo de las emociones, el expediente mediocre de banderas y pancartas. El atroz vacío de las palabras, la espectacularidad de los anuncios, el falso manejo de las estadísticas. Las acusaciones constitucionales, las querellas por injurias, las audiencias en tribunales, el patético show de las vestiduras rasgadas.
¿…y para qué poetas en tiempos de penuria?
Palabra perdida en el desierto. Tesoros inútiles en el mercado de las pulgas. Material sobrante en las subastas de los suburbios. Gritos ahogados en las estaciones del metro y los paraderos del colectivo. Afiches rasgados en los muros institucionales. Susurros ignorados en factorías e instalaciones fabriles. Confesiones inapropiadas en los escenarios del éxito sostenido. Debilidades del alma que desentonan en los templos de la vida victoriosa. Interpelaciones inoportunas, por qué no te callas, qué te pasa, hemos venido a celebrar.
No son tiempos de poeta.
Son tiempos de negocios millonarios, de candidaturas promisorias, del uso inteligente de las tecnologías de la información, de competir en el mercado de valores, de alcanzar los primeros lugares en las encuestas, de ganar adeptos, de cumplir las metas, de comprar barato y vender caro, de colocar productos en los mercados internacionales, de escribir best sellers al ritmo de uno por año. Son tiempos de jolgorio, celebraciones masivas, tomateras interminables, comilonas colosales. Son los días de la mayoría, de las tendencias globales, del interés nacional, de la patria gloriosa. Ahora es el momento de corifeos, comparsas, aduladores, cronistas empalagosos y periodistas de investigación vendidos al capital. Es la época de succionar la teta de la gran vaca, de aprovechar los tiempos que corren. Es la hora del cambalache y la picaresca.
No. No son tiempos de poeta.

Sombras y luces

Que nos ampare e ilumine tu discurso ilustrado. Construye a nuestro alrededor muros protectores. Garantízanos cosas. Asegúranos que las fórmulas que hemos aprendido nos seguirán haciendo bien. Aléjanos con tus advertencias de posibles errores. No queremos perder nada. Queremos tener todo. Aporta seguridad. Diseña futuros promisorios. Combina certezas para nosotros y para nuestra gente. Construye moradas placenteras. Enséñanos un lenguaje de uso exclusivo porque queremos proteger nuestras valiosas y supremas ideas.
Convócanos a solemnes asambleas que den cuenta de nuestras enormes conquistas. Confírmanos la gloria del destino manifiesto que nos señala. Escribe de nuestras hazañas y redacta las crónicas de nuestros héroes. Enséñanos cómo continuar esta saga victoriosa y singular. Abre el libro de memorias para celebrar el pasado ejemplar y soñar un futuro transparente a la luz de los hechos portentosos de nuestros dirigentes.
Aleja de nosotros los ruidos molestos y los idiomas de los otros porque no queremos saber de sus insignificantes asuntos ni oír sus discursos inquietantes. Queremos marcar las diferencias. Somos la luz de este tiempo y no queremos tener nada que ver con sus alborotos y penumbras. Que quede claro dónde somos nosotros y dónde son ellos. Instrúyenos en nuestras defensas. Entrena a nuestra mejor gente para que nos represente en la lucha contra aquellas seducciones inquietantes.
Recuérdanos constantemente el galardón de nuestra conducta superior. Somos diferentes. Estamos limpitos. Sabemos lo necesario. No necesitamos nada que no sea nuestro. Todo está claro. Perfectamente definido. Todo está escrito. Somos ganadores.
…………..
Por acá abajo, sin embargo, señoras y señores, todo es estupor y temblores. Hay frío y violencia. Las palancas del poder movilizan la maquinaria del terror. Tenemos preguntas terribles. Certezas derrumbadas. Hay sangre, mucha sangre. Ausencias imperdonables. Abusos institucionales. Rapiña industrializada. El peso de las cosas nos abruma. Fracasamos tantas veces. Tantas veces somos perdedores. Amamos y dejamos de amar. Nos amaron y después nos descartaron. Somos asesinados con quirúrgica precisión. No calificamos para nada. Somos el lado oscuro de la vida. El olor de la muerte corrompe la esperanza. La noche no termina jamás. Estamos embriagados de tristeza. Nada sabemos de mañana. Olvidamos el pasado o no valía la pena recordarlo. Muy seco todo. Estamos acá. Nada está escrito para nosotros. No somos ganadores. Tenemos mucho que decir pero no nos dejan o ya no tenemos más ganas.

Nada nuevo

“El ágora moderno, la plaza pública, de la antigua Grecia a las plataformas digitales, otro síntoma más de que evolución de la humanidad no alteró las condiciones más genuinas de las personas”, escribe Milton del Moral en el portal Infobae el 6 de agosto, en un artículo que trata del “linchamiento digital”, la humillación a la que los usuarios de la red someten a quien postea algo considerado inadecuado, discriminatorio o políticamente incorrecto. En la misma nota, Silvia Ramírez Gelbes, experta en lingüística y directora de la maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés (Argentina) complementa lo dicho por del Moral: “No somos originales. No es algo que haya surgido de las redes. En la Retórica, Aristóteles ya habla del discurso que vitupera, del que critica”.
Recojo estos conceptos para agregar algunas ideas más a lo que escribí en “Ultima frontera” hace unos días. Suponer que las nuevas formas de comunicación digital – que tienen su máxima expresión en las redes sociales – han dado origen a un tipo de persona nunca antes visto es una suprema tontería. Se nos quiere hacer creer que la persona promedio en el mundo de hoy no ha existido antes y que por tal motivo deberíamos crear nuevos parámetros de análisis y de comprensión para entenderla.
Digámoslo una vez más: no hay nada nuevo bajo el sol. El hombre es idéntico a sí mismo desde que apareció en la faz de la tierra. Hay muchas más cosas idénticas que diferentes entre el habitante de Sumeria, cuatro o cinco mil años antes de Cristo y un ciudadano contemporáneo de Pampayasta, Caracas o Futaleufú. Hay apenas una distancia cuantitativa entre el garrote cavernario y un smartphone de alta gama: ambos son herramientas.
La naturaleza y el carácter humano responden a ciertas leyes y condiciones fundamentales: el anhelo de identidad, pertenencia y significado, el deseo de libertad y justicia y el anhelo por la paz y la felicidad por una parte; por otra, la ira, el odio, la violencia, el abuso, la codicia y la mentira. Son capacidades y opciones comunes a las personas de todos los tiempos.
La capacidad de tomar distancia de la subjetividad, el vértigo de las redes, de la omnipresencia de internet e identificar la esencia, lo básico del ser requiere cierto rigor mental que encuentra su mejor expresión en el pensamiento crítico, pese a que la mayoría de la gente diría “Déjate de hinchar con tu pensamiento crítico, ¿no te das cuenta que estoy atendiendo mis mensajes de Whatsapp?

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