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¿Y por qué yo no?

Ser víctima de alguna injusticia es muy doloroso, y una de las reacciones comunes es ser invadido por un sinfín de emociones como la venganza, impotencia y demás. Es ahí cuando debemos poner nuestra mirada en lo que la Palabra nos dice al respecto, para neutralizar nuestras emociones y dejarnos guiar por Dios, con el objetivo de no cometer errores y seguir su plan.

No somos seres perfectos y aun así el Señor nos dio la oportunidad de ser hijos suyos, a pesar de nuestros pecados y maldades nos brindó su perdón. Así mismo debemos considerar a los demás cuando nos lastiman, porque ese perdón que recibimos debemos darlo a otros.

“Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.” Lucas 6:35-36

Algo que me llamó la atención en estos versículos es que Jesús alienta a que demos de lo que hemos recibido de Dios, dice que Él es benigno y misericordioso con los ingratos y malos; es decir que tiene compasión porque conoce que sus corazones necesitan de Su amor para ser transformados.

Por ello, por más difícil que sea es nuestra labor perdonar a quienes nos han pagado mal o realizado algún daño, ya que con ello estamos entregando la causa a Dios para que Él mismo se encargue. Pero si no lo hacemos estamos sobrepasando la autoridad de nuestro Creador y dejando de lado Su voluntad.

Aunque no sea sencillo perdonar debemos esforzarnos para hacerlo, porque si Él perdona nuestras maldades ¿por qué nosotros no?

“…de gracia recibisteis, dad de gracia.” Mateo 10:8

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Otoño fundamental

El otoño es completamente mío. Tal vez sea tuyo también y de toda persona que siga siendo sorprendida por la brisa vespertina y las hojas que se alborotan a sus pasos.

El otoño es completamente mío. Tal vez sea tuyo también y de toda persona que encuentra los senderos de la poesía y la nostalgia entre la llovizna y la niebla.

El otoño, amigas y amigos, es nuestro si todavía somos capaces de detener el flujo exasperante de la ciudad y quedarnos un rato encantados con tanta nube que desenreda el sol a las cinco de la tarde o a las nueve de la mañana.

Las esclarecidas mentes seguro dirán que semejantes declaraciones no son más que pulsiones emocionales y que el otoño es definitivamente una etapa en el ciclo anual del sol y nada tiene que ver con los últimos grillos y golondrinas del verano.

Pero que eso no nos amilane, colegas del alma.

Que se queden ellos y ellas con sus maquinarias, sus estadísticas, sus algoritmos y sus trending topics. Lo esencial es invisible a las redes sociales. Lo fundamental todavía se trata de persona a persona, de piel a piel, de mirada a mirada.

El otoño es un rincón del mundo que tiene colores y luces capaces de construir un albergue para la manifestación de la tristeza creativa y del dolor productivo.

El que sabe entiende estas palabras. El que no es porque todavía se refugia en sus libros de autoayuda, sus teoremas de emergencia y las noticias de las nueve.

Sí, amigas y amigos. El otoño es fundamental. Es imprescindible con sus crepúsculos rosados y su estilete de hielo a las siete de la tarde.

Así que rescatemos algunos otoños inmortales de la boca de quienes saben más que nosotros, modestos artesanos del sentimiento (un poco terroristas también, la verdad sea dicha):

Aprovechemos el otoño antes de que el invierno nos escombre, entremos a codazos en la franja del sol y admiremos a los pájaros que emigran (Otoño, Mario Benedetti).

Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas. Me decían: No tienes nada. No estás enfermo. Te parece. Era la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece. (Mariposa de otoño, Pablo Neruda).

La tarde equivocada se vistió de frío. Detrás de los cristales turbios, todos los niños ven convertirse en pájaros un árbol amarillo. (Paisaje, Federico García Lorca).

El síndrome de autolesión

En el show de esta semana en Ni Más Ni Menos con Elluz Peraza, estuve conversando con Daniel Zangaro, que trajo al programa el tema  que está dando mucho qué hablar y qué estudiar hoy día en personas de todas las edades, pero comentando que han aumentado los casos en los jóvenes. Me refiero a la autoflagelación o castigo. Es cuando los chicos toman el hábito de cortarse o quemarse, algunos se jalan el cabello o se rascan hasta sacarse sangre. Se le conoce como síndrome de autodaño o autolesión.

Parece extraño que una persona se haga algo que le cause dolor, pero sí supe de un caso del hijo de una buena amiga, que al sufrir una pérdida, no sé cómo llegó a eso. A hacerse cortes leves en la piel de los brazos, porque sentía que así el dolor que sentía por la pérdida de un amigo muy cercano le causaba, era más leve. Es como que el dolor que se infligía, le mermaba el que estaba sintiendo emocionalmente.

Y el chico había sido criado en la religión cristiana y asistía a la iglesia. Pero a veces no entienden que ese daño que le están haciendo a su cuerpo es algo que los va a separar de Dios. ¿Por qué? Porque el cuerpo es el templo del Espíritu Santo, que es Dios y no es nuestro. No nos pertenece. Por tanto al quemar o cortar o lo que esté haciendo en ese sentido, está ofendiendo al Espíritu de Dios. Es pecado.

Comentamos también que ha habido religiones donde las personas se auto flagelaban como para expiar culpas, para pagar por el pecado o los pecados cometidos y se daban latigazos, se golpeaban también hasta hacerse heridas.

No debemos olvidar que Jesús vino y dio su vida para pagar por los pecados de todos. Por todos los pecados. Y por gracia, quienes creemos en Él, ahora somos perdonados, somos hechos limpios y puros cuando nos arrepentimos y vamos a Él y le pedimos perdón. Cuando lo recibimos en nuestros corazones y Lo hacemos nuestro Señor y Salvador, nos va cambiando la vida, nos va ayudando a salir de cada prueba que la vida nos presenta y nos ayuda a seguir en el buen camino.

Gracias a Dios debemos dar a diario y si sabemos de casos de autolesión, debemos  orar por quienes lo están sufriendo, sugerir ayuda sicológica, invitarles a actividades que distraigan a la persona que lo está realizando. Un deporte también puede ayudar. Son casos delicados y difíciles a veces de detectar. Pero a los padres, les sugerimos que estén atentos a los hijos que van buscando tiempo a solas con demasiada regularidad y comienzan a aislarse incluso estando en compañía. Cuando no participan de ninguna actividad familiar y tampoco tienen mucha actividad con sus amistades. Comienzan a usar ropa con mangas largas y no usan shorts ni estando de playa o días muy calurosos. Estén pendientes para poder ofrecerles ayuda. Sin criticarlos ni alarmarse. Con amor.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Alabanza infiel

Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.

(Hebreos 13:15)

Corresponde una vez más que exprese mi queja. En parte porque a eso me siento convocado como comunicador. Pero sobre todo porque urge recuperar ciertos sentidos originales del texto bíblico.

La alabanza no es única y exclusivamente cantar. Alabar a Dios es amar al mundo en persona y en acción; es acción, por encima y lejos de la pura contemplación.

La alabanza no es una terapia para sentirse bien uno. Es un sacrificio, un oficio inteligente e intencionado que, a pesar del dolor y la tristeza personal, se ejecuta en bien de otros, primero Dios

La alabanza no es una preparación psicológica para “recibir el mensaje”. No tiene nada que ver con el estado mental del oyente. No es un masaje emocional. Es culto racional, sacrificio (Romanos 12:1).

Examinemos esto de sacrificio.

Se hace creer a la gente que sacrificio de alabanza es que uno cante aunque esté angustiado, enfermo o luchado como dicen en ciertas partes de Argentina.

Todas estas afirmaciones hacen creer a las personas que la alabanza tiene que ver con ellas. Pero el verso dice que la alabanza tiene que ver con Dios, con confesar su nombre cosa que, de paso, puede hacerse de otros modos y no sólo cantando en el culto.

 

Ayer esperaba una entrevista en cierta radio cristiana y escuchaba una música previa. En la canción, todos los pronombres y dativos de pronombre derivaban de yo y los verbos expresados eran conjugados en primera persona: yo, mí, siento, me hiciste, me diste.

Casi toda la alabanza que se oye no tiene que ver con Dios, sino lo que uno siente y lo que a uno le pasa con Dios. En términos técnicos, es pura y simplemente antropocéntrica. El centro es el yo.

A eso me refiero con alabanza infiel. Traiciona la centralidad en Dios y lo que El nos pide respecto de los demás.

¿Está bien expresar en la música un estado de ánimo personal, un dolor, una exaltación emocional? Absolutamente sí. Los Salmos están llenos de eso. Pero precisemos los términos: Eso no es alabanza; es autobiografía musicalizada.

La alabanza es fruto de labios – y de acción – que confiesan a Dios, no lo que me pasa a mí con Dios.

Cómo sentir menos dolor

Para algunos, el dolor que se siente al ir al médico es mucho mayor que el que se siente en casa. Los procedimientos médicos no siempre son placenteros y nos causan incomodidad y malestar físico. Sin embargo, hay formas de reducir el dolor que nos ayudan especialmente en esos casos.

Distrae tu mente

Enfocarte en el dolor hace que incremente. Un estudio realizado en pacientes hipocondriacos reveló que cuando ellos se enfocaban en las sensaciones, las amplificaban hasta el punto de sentir más dolor. Por otra parte, se observó un fenómeno opuesto en las madres que acababan de dar a luz. Todo el intenso malestar que ellas sentían a causa del parto era olvidado de inmediato cuando veían a sus bebés. Ambos casos demuestran el poder de la mente sobre el cuerpo. Y es por este motivo que los científicos recomiendan pensar en cualquier otra cosa o hacer alguna actividad que distraiga: cantar, ver una película, escuchar música, leer un libro, conversar con alguien, etc.

Sonríe

Podemos engañar a nuestro cerebro al sonreír. Este simple acto hace que nuestro cerebro crea que estamos felices y, por lo tanto, no ve a la enfermedad como algo doloroso. Un estudio publicado en Journal of Pain reveló que las personas que tenían expresiones negativas sentían más dolor que aquellos que sonreían. Además, numerosos estudios han comprobado que la risa es beneficiosa para la salud pues reduce la ansiedad y los sentimientos negativos.

Usa tu imaginación

Si no tienes recursos a la mano que te ayuden a distraerte, utiliza la mejor herramienta: tu imaginación. Tu mente puede crear escenas increíbles si te permites imaginar un lugar en donde no haya dolor. Hacer eso te ayudará a pensar en un escenario en donde tu enfermedad no exista; y como resultado, tu dolor disminuirá considerablemente. También puedes imaginar cómo será tu vida una vez que se termine la intervención médica; cómo será vivir sin dolor y las cosas que podrás disfrutar. ¡El optimismo tiene poder sobre el cuerpo y debemos aprovecharlo!



El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

–Bernhard J.D., T. (2011). 4 Techniques to Help with Physical Pain. Recuperado el 22 de marzo de 2019, de https://www.psychologytoday.com/us/blog/turning-straw-gold/201110/4-techniques-help-physical-pain
–Mann, S. (2016). Cracking Psychology (1era ed.). China: Cassell Illustrated.

Atacado por la retaguardia

“Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él,” Hechos 7:9 (RVR 1960).

En Génesis capítulo 37 se relata la historia de José cuando fue vendido como esclavo por sus propios hermanos, ellos fueron movidos por la envidia, al extremo de dañar a José y producir un dolor muy grande a su padre.

Así es este mal, cuando no se erradica a tiempo, ciega el entendimiento de tal forma que uno puede maquinar y hacer cosas terribles, como traicionar a un familiar; sin tomar conciencia del daño que provoca.

Lo maravilloso de nuestro Padre es que a pesar de la traición de los hermanos de José, Dios siempre estuvo con él. De la misma manera, nuestro Señor está con nosotros para ayudarnos a superar el mal que otros nos hacen.

Por Neyda Cruz

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Amor que duele

Nos enseñaron que para conmover el corazón de la gente había que decirle “Dios te ama”. Por aquellos años, encendidos de fervor, pensamos que estas palabras serían mágicas. Sería muy difícil – creíamos – que nuestros prospectos de evangelización  pudieran resistir el influjo de semejante verdad: El Dios personal de la Biblia te ama. Personalmente. A ti.

Cuando lo dijimos a la joven violada desde su infancia por su padre y su hermano mayor, a un mendigo enfermo que amanecía en la calle Philips en las mañanas de invierno,  a la madre que perdió a sus dos hijos y a su marido en un accidente causado por un conductor borracho, nos fuimos dando cuenta que no producían un efecto mágico.

La pregunta que nos imploraban responder era, en éstos y muchos otros casos: “Y por qué su amor no evitó que esto pasara?”

Nosotros, entrenados en la apologética presuposicional y sus inteligentes derivaciones, les dábamos a entender lo errado e injusto de su postura hacia nuestro Dios.

Tarde nos dimos cuenta que a veces – muchas veces – decir Dios te ama puede resultar cruel. La idea de un Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que permanece impasible frente al horrible destino de millones de almas no encaja en la mente sufriente.

(Tal vez recuerden que Moisés le decía a los hebreos que Dios se le había aparecido para venir a librarlos pero ellos no lo escuchaban a causa de la congoja de espíritu y de la dura servidumbre [Exodo 6:9]).

Nos apresurábamos a juzgar a aquellas personas que no respondían al amor de Dios. En su sufrimiento, pensábamos, era cuando mejor debía prosperar en ellos aquella palabra.

No entendíamos que lo que había que hacer no era decir “Dios te ama”. Había que amarlas.

Ahora, éste sí es un problema. Claro que podemos amar a la gente. Al fin y al cabo Dios las ama. Pero nosotros tenemos nuestras agendas. Nuestras prioridades. Nuestro asuntos. A veces incluso no nos alcanza para llegar a fin de mes. Tenemos familia, iglesia, ocupaciones, amistades y proyectos.

Alguien tendría que ayudar a esas personas. El Estado, las ONG´s de ayuda. Las cortes de justicia. Los hospitales públicos. Los servicios estatales para la mujer, los niños, los adultos mayores.

No. No podemos amar personalmente a la gente oprimida, angustiada, necesitada. Por eso, decirles que Dios las ama al menos aminora el tamaño del dolor.

O eso creemos.

Humanidad

Los otros nos confrontan con nuestra patente humanidad. A la hora de la verdad no tenemos nada que no nos haya sido dado y no recibimos sino lo que nos corresponde. No estamos exentos de ninguna cosa. No hay escudos invisibles que nos libren del latigazo de la muerte o el silicio de la enfermedad.

Tal vez tengamos cierta reserva interior que nos asista con alguna fortaleza, pero permanecemos inermes frente a la colosal evidencia de nuestra humanidad, confinados al diminuto espacio de la finitud.

Estamos porfiadamente ligados a los otros en esta realidad y por ello deberíamos reconocer frecuentemente que les adeudamos un poco más respeto y amor del que suponemos, indiferentemente de nuestras convicciones y creencias.

Deberíamos más a menudo salir de nuestros condominios conceptuales y atisbar en otros vecindarios sin armaduras impenetrables ni prejuicios diferenciadores.

El mundo es ancho y ajeno es un aforismo en el cual habría que meditar algo más seguido; nos seduce demasiado la idea de un mundo pequeñito y de nosotros, donde todas las respuestas están dadas, todos los miedos conjurados y todas las miserias superadas.

Sin embargo, la crisis de la existencia está muy cerca para ignorarla: “Marie Girard… no comprendía absolutamente lo que había venido a hacer sobre esta tierra; vivía cada día  perdida en unas nebulosas desgarradas por algunas tercas evidencias; no creía en las penas del corazón; penas de lujo, penas de ricos (decía); las únicas desgracias verdaderas eran la miseria, el hambre, el dolor físico; la palabra felicidad no tenía el menor sentido para ella.” (Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida).

Esta es la descripción de una mujer real en el mundo real. ¿Cuánto nos podríamos aproximar a su humanidad sin endilgarle de entrada nuestros discursos redentores y simplemente abrazarla para aliviar en parte alguna de sus “desgracias verdaderas”?

Somos más iguales que diferentes, pese a que nos narramos unos formidables cuentos acerca de nuestra singularidad. Como el viejo Honoré de Balzac que vivió toda su vida reclamando un elusivo título de nobleza, muchos se afanan en genealogías y linajes cuya única prueba es su nebulosa levedad y que les impide, tristemente, practicar la cercanía y la solidaridad que cualquier linaje que se precie de tal en verdad les demandaría…

¿Enamorarse duele?

Como seres humanos hemos experimentado enamorarnos. Muchas veces las personas que podemos creer en el amor a primera vista, terminamos decepcionados cuando de la misma manera, rápida, fácil, nos rompen el corazón.

Entramos en el duelo, nos sentimos terribles, no entendemos por qué, algo que parecía tan mágico, de pronto dejó de funcionar.

Nos cuestionamos. ¿Será que fui demasiado expresiva(o)? ¿Qué pasó? Miles de preguntas nos vienen a la mente y luego nos podemos encerrar y proteger de una futura relación por temor al dolor. Es como que nos metemos en una jaula para protegernos.

Somos muy complicados los seres humanos. Y si, a la mayoría de los hombres, les gusta la “conquista”, a todos los seres humanos, (pareciera que somos un poco masoquistas) nos gusta lo que se nos hace más difícil de lograr. Porque es un reto, porque lograrlo entonces nos da más satisfacción. ¿Será eso lo que sucede cuando una relación comienza muy rápido porque hay química y luego se apaga igual de rápido? Puede ser… Eso es un punto importante. Nos dejamos llevar por “sensaciones”, por la “química” y eso no es constante, eso no es amor, eso no hace una relación.

Por eso siempre recomiendo ser precavidos, ser amigos primero, conocerse bien, compartir tiempo juntos, con otras personas, salir a diferentes actividades acompañados…fijarse el uno en el otro, en su comportamiento y no dejarse llevar por esa “química” que solo nos mete en problemas.

Incluso las parejas de casados, pueden en algún momento sentir una atracción, una “química” hacia otra persona que no es su pareja, pero ahí está la madurez y el discernimiento que nos da Dios para analizar y huir de una simple atracción. Cuando las personas se dejan llevar por esa sensación, es cuando ocurre la infidelidad. Y al igual que cualquier otra relación que comienza con ese tipo de atracción, se termina rápido.

Tenemos que diferenciar la atracción del enamoramiento verdadero. Cuando uno se va conociendo y va admirando y respetándose mutuamente, se va enamorando también más profundamente y la relación es más duradera.

Es importante entender la diferencia entre atracción, química, sensación, enamoramiento y amor. La atracción es muy fácil de darse, pero tomemos las riendas de esas sensaciones y no nos dejemos llevar por ellas. Propongámonos conocer bien a las personas, ver cuáles son sus intenciones, sus planes de vida, cómo son realmente como seres humanos, cuán espirituales son, cuán comprometidos con nuestra religión. Salgamos primero en grupos para evitar tentaciones y conozcámonos bien. Así nos ahorraremos el dolor, que sí, trae el enamoramiento.Y nunca olvidemos no buscar la perfección, porque no somos perfectos y nadie lo es. Debemos enamorarnos de la persona tal cual es, no con la idea de que algo no nos gusta y pensemos que luego los podremos cambiar… no. Si tienen algo con lo que no podemos vivir, démonos cuenta y no sigamos con la relación, pero nunca debemos ir con la idea de cambiar a alguien.

Y también es cierto que luego podremos decir, que lo vivimos, que nos enamoramos como locos,  pero nos va a doler y nos va a dejar heridas que luego vamos a tender a proteger muchas veces excesivamente de otra persona que tal vez se acerque con mejores intenciones.

Pero protegerse es bueno. Debemos cuidar nuestro corazón, cuidar nuestro espíritu y mucho más nuestro cuerpo, que es el templo del Espíritu de Dios y lo debemos cuidar para que ese maravilloso Espíritu nunca nos deje. Démosle las riendas a Dios, pensemos bien antes de actuar, consultemos con Él antes de dejarnos llevar por sensaciones que aunque maravillosas, nos pueden traer consecuencias dolorosas.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Paisaje

Siempre me sedujo el encanto del paisaje. Mi más remota impresión es un camino de tierra, un sol dorado y ocre que se enreda en los álamos a la hora de la tarde, avanzando lento, yo sentado sobre las valijas y canastos en la carreta de bueyes hacia la casa de la tía Carolina, donde pasaría las vacaciones de verano. Habíamos viajado todo el día en tren y ya cayendo la tarde llegaríamos a la enorme casa de adobe en medio de los interminables campos de trigo.

A medida que crecemos vamos aprendiendo que la vida y las relaciones humanas son más complicadas de lo que esperábamos. Entonces vamos buscando y encontrando espacios donde nos sentimos a salvo de sus avatares. Para mí este escape lo ha provisto el paisaje. Descubrí que es un linimento para los dolores de la vida. No hay peligro alguno de salir lastimado por las cumbres incendiadas de rosado de las montañas a la tarde o por la temblorosa superficie del lago a la hora del viento.

Caminitos insinuados apenas entre la maleza rodeando árboles de follajes espesos y enormes. Las colinas onduladas, verdes hasta que dan ganas de llorar, la sombra huidiza de las nubes deslizándose por las blandas laderas. El bosque del sur, con su botánica innombrable, espesa y susurrante, el misterio de la neblina, la persistencia implacable de la lluvia.

El mar verde del trópico, esa agua lenta y espesa, lúcida y tibia, la arena aterciopelada, los monumentales crepúsculos en la línea perfecta del horizonte, el estallido agonizante del sol en el abismo oceánico.

El río que recorre los caprichos de la montaña, marchando con su discurso de piedras y espuma o estacionado en remansos silenciosos, redondos y acerados, la melena de los sauces arrastradas como al descuido en la superficie del agua, las abruptas orillas por donde se precipita sin drama el cerro.

Hay en el paisaje una inocencia, una entrega sin límites, un prodigio de líneas y colores cuyo influjo es imposible ignorar. No tiene condiciones, salvo la luz y la oscuridad y está siempre allí. Se deja mirar, se abre candorosamente al diálogo sin palabras de nuestras decepciones. Nos abraza y restaña los borbotones del dolor sin preguntar ninguna cosa.

La fotografía la tomé en Tenaún, Chiloé (Chile), durante unos días que me quise desaparecer del mundo. Volveré… creo.

Esperanza después de la muerte

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” Apocalipsis 21:4 (RVR1960).

La muerte de un ser amado nos desgarra el corazón, pues no es algo para lo cual estamos preparados, y nos sentimos tristes al saber que no estaremos más con la persona que amamos. En esos momentos de dolor, no debemos reprimir las lágrimas, ya que el llorar puede tener un efecto saludable tanto en lo emocional como en lo físico.

Por lo tanto, si estás pasando por un proceso de duelo, puedes ir delante del Señor para entregar todo tu dolor y para permitirle a Él que traiga consuelo a través de Su palabra y Su perfecto amor.

Pues tenemos la esperanza al saber que nuestros seres amados que marcharon antes que nosotros y que aceptaron a Jesús ya están junto a Él, gozando de Su presencia (1 Tesalonicenses. 4:13-18). Pues allá en el cielo ya no habrá más dolor, ni separación, ni un adiós.

¡Tenemos un futuro más allá de la muerte!

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Consuelo de Dios

“Tus promesas me dan vida; me consuelan en mi dolor.” Salmos 119:50 (TLA).

Una de las mayores alegrías de los padres es dar la bienvenida a su bebé al mundo, pero por situaciones inesperadas la madre puede tener un aborto espontáneo, lo cual puede resultar muy angustioso y devastador para su vida.

Quizá sea tu caso y a causa de la perdida de tu bebé te sientes herida, te deprimes, te aíslas y quizá te sientes culpable y te niegas a quedar de nuevo embarazada; porque superar una pena profunda no siempre es fácil.

Sin embargo, junto al cariño de tu familia, amigos y ayuda profesional podrás salir adelante. Sobre todo busca a Dios, quien ha visto tu dolor y ha prometido sanar tus heridas, darte el consuelo y la paz que necesitas.

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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