dolor Archives | CVCLAVOZ

All posts in “dolor”

Atacado por la retaguardia

“Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él,” Hechos 7:9 (RVR 1960).

En Génesis capítulo 37 se relata la historia de José cuando fue vendido como esclavo por sus propios hermanos, ellos fueron movidos por la envidia, al extremo de dañar a José y producir un dolor muy grande a su padre.

Así es este mal, cuando no se erradica a tiempo, ciega el entendimiento de tal forma que uno puede maquinar y hacer cosas terribles, como traicionar a un familiar; sin tomar conciencia del daño que provoca.

Lo maravilloso de nuestro Padre es que a pesar de la traición de los hermanos de José, Dios siempre estuvo con él. De la misma manera, nuestro Señor está con nosotros para ayudarnos a superar el mal que otros nos hacen.

Por Neyda Cruz

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Amor que duele

Nos enseñaron que para conmover el corazón de la gente había que decirle “Dios te ama”. Por aquellos años, encendidos de fervor, pensamos que estas palabras serían mágicas. Sería muy difícil – creíamos – que nuestros prospectos de evangelización  pudieran resistir el influjo de semejante verdad: El Dios personal de la Biblia te ama. Personalmente. A ti.

Cuando lo dijimos a la joven violada desde su infancia por su padre y su hermano mayor, a un mendigo enfermo que amanecía en la calle Philips en las mañanas de invierno,  a la madre que perdió a sus dos hijos y a su marido en un accidente causado por un conductor borracho, nos fuimos dando cuenta que no producían un efecto mágico.

La pregunta que nos imploraban responder era, en éstos y muchos otros casos: “Y por qué su amor no evitó que esto pasara?”

Nosotros, entrenados en la apologética presuposicional y sus inteligentes derivaciones, les dábamos a entender lo errado e injusto de su postura hacia nuestro Dios.

Tarde nos dimos cuenta que a veces – muchas veces – decir Dios te ama puede resultar cruel. La idea de un Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que permanece impasible frente al horrible destino de millones de almas no encaja en la mente sufriente.

(Tal vez recuerden que Moisés le decía a los hebreos que Dios se le había aparecido para venir a librarlos pero ellos no lo escuchaban a causa de la congoja de espíritu y de la dura servidumbre [Exodo 6:9]).

Nos apresurábamos a juzgar a aquellas personas que no respondían al amor de Dios. En su sufrimiento, pensábamos, era cuando mejor debía prosperar en ellos aquella palabra.

No entendíamos que lo que había que hacer no era decir “Dios te ama”. Había que amarlas.

Ahora, éste sí es un problema. Claro que podemos amar a la gente. Al fin y al cabo Dios las ama. Pero nosotros tenemos nuestras agendas. Nuestras prioridades. Nuestro asuntos. A veces incluso no nos alcanza para llegar a fin de mes. Tenemos familia, iglesia, ocupaciones, amistades y proyectos.

Alguien tendría que ayudar a esas personas. El Estado, las ONG´s de ayuda. Las cortes de justicia. Los hospitales públicos. Los servicios estatales para la mujer, los niños, los adultos mayores.

No. No podemos amar personalmente a la gente oprimida, angustiada, necesitada. Por eso, decirles que Dios las ama al menos aminora el tamaño del dolor.

O eso creemos.

Humanidad

Los otros nos confrontan con nuestra patente humanidad. A la hora de la verdad no tenemos nada que no nos haya sido dado y no recibimos sino lo que nos corresponde. No estamos exentos de ninguna cosa. No hay escudos invisibles que nos libren del latigazo de la muerte o el silicio de la enfermedad.

Tal vez tengamos cierta reserva interior que nos asista con alguna fortaleza, pero permanecemos inermes frente a la colosal evidencia de nuestra humanidad, confinados al diminuto espacio de la finitud.

Estamos porfiadamente ligados a los otros en esta realidad y por ello deberíamos reconocer frecuentemente que les adeudamos un poco más respeto y amor del que suponemos, indiferentemente de nuestras convicciones y creencias.

Deberíamos más a menudo salir de nuestros condominios conceptuales y atisbar en otros vecindarios sin armaduras impenetrables ni prejuicios diferenciadores.

El mundo es ancho y ajeno es un aforismo en el cual habría que meditar algo más seguido; nos seduce demasiado la idea de un mundo pequeñito y de nosotros, donde todas las respuestas están dadas, todos los miedos conjurados y todas las miserias superadas.

Sin embargo, la crisis de la existencia está muy cerca para ignorarla: “Marie Girard… no comprendía absolutamente lo que había venido a hacer sobre esta tierra; vivía cada día  perdida en unas nebulosas desgarradas por algunas tercas evidencias; no creía en las penas del corazón; penas de lujo, penas de ricos (decía); las únicas desgracias verdaderas eran la miseria, el hambre, el dolor físico; la palabra felicidad no tenía el menor sentido para ella.” (Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida).

Esta es la descripción de una mujer real en el mundo real. ¿Cuánto nos podríamos aproximar a su humanidad sin endilgarle de entrada nuestros discursos redentores y simplemente abrazarla para aliviar en parte alguna de sus “desgracias verdaderas”?

Somos más iguales que diferentes, pese a que nos narramos unos formidables cuentos acerca de nuestra singularidad. Como el viejo Honoré de Balzac que vivió toda su vida reclamando un elusivo título de nobleza, muchos se afanan en genealogías y linajes cuya única prueba es su nebulosa levedad y que les impide, tristemente, practicar la cercanía y la solidaridad que cualquier linaje que se precie de tal en verdad les demandaría…

¿Enamorarse duele?

Como seres humanos hemos experimentado enamorarnos. Muchas veces las personas que podemos creer en el amor a primera vista, terminamos decepcionados cuando de la misma manera, rápida, fácil, nos rompen el corazón.

Entramos en el duelo, nos sentimos terribles, no entendemos por qué, algo que parecía tan mágico, de pronto dejó de funcionar.

Nos cuestionamos. ¿Será que fui demasiado expresiva(o)? ¿Qué pasó? Miles de preguntas nos vienen a la mente y luego nos podemos encerrar y proteger de una futura relación por temor al dolor. Es como que nos metemos en una jaula para protegernos.

Somos muy complicados los seres humanos. Y si, a la mayoría de los hombres, les gusta la “conquista”, a todos los seres humanos, (pareciera que somos un poco masoquistas) nos gusta lo que se nos hace más difícil de lograr. Porque es un reto, porque lograrlo entonces nos da más satisfacción. ¿Será eso lo que sucede cuando una relación comienza muy rápido porque hay química y luego se apaga igual de rápido? Puede ser… Eso es un punto importante. Nos dejamos llevar por “sensaciones”, por la “química” y eso no es constante, eso no es amor, eso no hace una relación.

Por eso siempre recomiendo ser precavidos, ser amigos primero, conocerse bien, compartir tiempo juntos, con otras personas, salir a diferentes actividades acompañados…fijarse el uno en el otro, en su comportamiento y no dejarse llevar por esa “química” que solo nos mete en problemas.

Incluso las parejas de casados, pueden en algún momento sentir una atracción, una “química” hacia otra persona que no es su pareja, pero ahí está la madurez y el discernimiento que nos da Dios para analizar y huir de una simple atracción. Cuando las personas se dejan llevar por esa sensación, es cuando ocurre la infidelidad. Y al igual que cualquier otra relación que comienza con ese tipo de atracción, se termina rápido.

Tenemos que diferenciar la atracción del enamoramiento verdadero. Cuando uno se va conociendo y va admirando y respetándose mutuamente, se va enamorando también más profundamente y la relación es más duradera.

Es importante entender la diferencia entre atracción, química, sensación, enamoramiento y amor. La atracción es muy fácil de darse, pero tomemos las riendas de esas sensaciones y no nos dejemos llevar por ellas. Propongámonos conocer bien a las personas, ver cuáles son sus intenciones, sus planes de vida, cómo son realmente como seres humanos, cuán espirituales son, cuán comprometidos con nuestra religión. Salgamos primero en grupos para evitar tentaciones y conozcámonos bien. Así nos ahorraremos el dolor, que sí, trae el enamoramiento.Y nunca olvidemos no buscar la perfección, porque no somos perfectos y nadie lo es. Debemos enamorarnos de la persona tal cual es, no con la idea de que algo no nos gusta y pensemos que luego los podremos cambiar… no. Si tienen algo con lo que no podemos vivir, démonos cuenta y no sigamos con la relación, pero nunca debemos ir con la idea de cambiar a alguien.

Y también es cierto que luego podremos decir, que lo vivimos, que nos enamoramos como locos,  pero nos va a doler y nos va a dejar heridas que luego vamos a tender a proteger muchas veces excesivamente de otra persona que tal vez se acerque con mejores intenciones.

Pero protegerse es bueno. Debemos cuidar nuestro corazón, cuidar nuestro espíritu y mucho más nuestro cuerpo, que es el templo del Espíritu de Dios y lo debemos cuidar para que ese maravilloso Espíritu nunca nos deje. Démosle las riendas a Dios, pensemos bien antes de actuar, consultemos con Él antes de dejarnos llevar por sensaciones que aunque maravillosas, nos pueden traer consecuencias dolorosas.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Paisaje

Siempre me sedujo el encanto del paisaje. Mi más remota impresión es un camino de tierra, un sol dorado y ocre que se enreda en los álamos a la hora de la tarde, avanzando lento, yo sentado sobre las valijas y canastos en la carreta de bueyes hacia la casa de la tía Carolina, donde pasaría las vacaciones de verano. Habíamos viajado todo el día en tren y ya cayendo la tarde llegaríamos a la enorme casa de adobe en medio de los interminables campos de trigo.

A medida que crecemos vamos aprendiendo que la vida y las relaciones humanas son más complicadas de lo que esperábamos. Entonces vamos buscando y encontrando espacios donde nos sentimos a salvo de sus avatares. Para mí este escape lo ha provisto el paisaje. Descubrí que es un linimento para los dolores de la vida. No hay peligro alguno de salir lastimado por las cumbres incendiadas de rosado de las montañas a la tarde o por la temblorosa superficie del lago a la hora del viento.

Caminitos insinuados apenas entre la maleza rodeando árboles de follajes espesos y enormes. Las colinas onduladas, verdes hasta que dan ganas de llorar, la sombra huidiza de las nubes deslizándose por las blandas laderas. El bosque del sur, con su botánica innombrable, espesa y susurrante, el misterio de la neblina, la persistencia implacable de la lluvia.

El mar verde del trópico, esa agua lenta y espesa, lúcida y tibia, la arena aterciopelada, los monumentales crepúsculos en la línea perfecta del horizonte, el estallido agonizante del sol en el abismo oceánico.

El río que recorre los caprichos de la montaña, marchando con su discurso de piedras y espuma o estacionado en remansos silenciosos, redondos y acerados, la melena de los sauces arrastradas como al descuido en la superficie del agua, las abruptas orillas por donde se precipita sin drama el cerro.

Hay en el paisaje una inocencia, una entrega sin límites, un prodigio de líneas y colores cuyo influjo es imposible ignorar. No tiene condiciones, salvo la luz y la oscuridad y está siempre allí. Se deja mirar, se abre candorosamente al diálogo sin palabras de nuestras decepciones. Nos abraza y restaña los borbotones del dolor sin preguntar ninguna cosa.

La fotografía la tomé en Tenaún, Chiloé (Chile), durante unos días que me quise desaparecer del mundo. Volveré… creo.

Esperanza después de la muerte

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” Apocalipsis 21:4 (RVR1960).

La muerte de un ser amado nos desgarra el corazón, pues no es algo para lo cual estamos preparados, y nos sentimos tristes al saber que no estaremos más con la persona que amamos. En esos momentos de dolor, no debemos reprimir las lágrimas, ya que el llorar puede tener un efecto saludable tanto en lo emocional como en lo físico.

Por lo tanto, si estás pasando por un proceso de duelo, puedes ir delante del Señor para entregar todo tu dolor y para permitirle a Él que traiga consuelo a través de Su palabra y Su perfecto amor.

Pues tenemos la esperanza al saber que nuestros seres amados que marcharon antes que nosotros y que aceptaron a Jesús ya están junto a Él, gozando de Su presencia (1 Tesalonicenses. 4:13-18). Pues allá en el cielo ya no habrá más dolor, ni separación, ni un adiós.

¡Tenemos un futuro más allá de la muerte!

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Consuelo de Dios

“Tus promesas me dan vida; me consuelan en mi dolor.” Salmos 119:50 (TLA).

Una de las mayores alegrías de los padres es dar la bienvenida a su bebé al mundo, pero por situaciones inesperadas la madre puede tener un aborto espontáneo, lo cual puede resultar muy angustioso y devastador para su vida.

Quizá sea tu caso y a causa de la perdida de tu bebé te sientes herida, te deprimes, te aíslas y quizá te sientes culpable y te niegas a quedar de nuevo embarazada; porque superar una pena profunda no siempre es fácil.

Sin embargo, junto al cariño de tu familia, amigos y ayuda profesional podrás salir adelante. Sobre todo busca a Dios, quien ha visto tu dolor y ha prometido sanar tus heridas, darte el consuelo y la paz que necesitas.

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Buscar al Padre

Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.”(Salmos 46.1 RV60)

En una noche de lluvia torrencial, cuando los relámpagos iluminaban los cielos, ocurrió un corte de energía en una ciudad. En una casa afectada, un niño comenzó a llorar; todo estaba oscuro y sin pensarlo dos veces él se levantó, se puso las sandalias y fue a buscar a su papá, ya que la mamá estaba de viaje por motivo de trabajo.

En la habitación Iluminada por una vela el padre escuchó las pisadas, dio media vuelta y al ver a su hijo se arrodilló, lo abrazó, calmó su llanto y le dijo: “No tengas miedo, aquí estoy”.

A veces las personas se alejan de Dios, ceden ante todo lo que el mundo ofrece dejándose guiar por sus pensamientos , emociones y cuando las cosas comienzan a salir mal buscan al Señor quien es fiel aunque se aparten de Él.

Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.”(Lucas 15.20 RV60)

Dios te espera con los brazos abiertos, Él quiere sanar el dolor de tu corazón, restaurar tu vida, brindarte esperanza y paz. El sentido de seguridad lo encontramos en Dios quien es nuestro refugio, nos amó primero y entregó a su Hijo para rescatarnos de la muerte.

No esperes más para buscar a Dios, esta decisión puede marcar tu vida para siempre.

Por Carlos E. Encinas.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Por qué lloras?

Una de las historias más conmovedoras de la Biblia fue la de Ana, una mujer afligida no sólo por su incapacidad de tener hijos, sino también por las constantes burlas y desprecio de Penina (la otra mujer de Elcana su esposo). Y a pesar de que Ana tenía el amor de su esposo, no le era suficiente, porque el no poder tener hijos atormentaba tanto su corazón, que ni siquiera tenía ganas de comer  y sólo  lloraraba.

Quizá Elcana no entendía la gravedad del asunto de Ana, pero al verla en ese estado, él le dijo:

“¿Por qué lloras, Ana? —Le preguntaba Elcana—. ¿Por qué no comes? ¿Por qué estás desanimada? ¿Solo por no tener hijos? Me tienes a mí, ¿acaso no es mejor que tener diez hijos?”. 1 Samuel 1:8 (NTV).

Allí estaba Ana, sumergida en aquel sufrimiento por algo que no estaba en sus manos cambiar, ni teniendo todo el amor de su esposo, podría.

Quizá hoy te encuentras en una situación similar, tal vez te has cansado de orar y orar sin ver la respuesta de Dios a tu necesidad, y conforme los días pasan el dolor te consume hasta dejarte sin esperanzas, pero no todo está perdido.

En medio de tu sufrimiento las manos amorosas de Dios tocan tu ser para preguntarte: ¿Por qué lloras? Si yo estoy aquí para cuidar de ti, no te desesperes, sólo cierra tus ojos y dime lo mucho que confías en mí a pesar de todo lo que puedas estar viviendo. Reposa en mí y deja en mis manos tus preocupaciones, no te dejes guiar por tus propios pensamientos, evita las preocupaciones y angustias, no trates de resolver todo a tu manera, porque eso es lo que más daño te hace. Sólo déjate llevar en mis brazos y déjame actuar, yo no te voy a defraudar.

Echa en mí tus angustias y yo cuidaré de ti. 1 Pedro 5:7 (Parafraseado)

El deseo de Ana por concebir un hijo en su vientre era tan profundo que no había otras palabras que de sus labios salieran.

E hizo el siguiente voto:

“Oh Señor de los Ejércitos Celestiales, si miras mi dolor y contestas mi oración y me das un hijo, entonces te lo devolveré. Él será tuyo durante toda su vida, y como señal de que fue dedicado al Señor, nunca se le cortará el cabello”. 1 Samuel 1:11 (NTV)

Después de que Ana hizo esa promesa a Dios, algo en su interior cambio. La mujer que hace un rato había entrado al templo, no era más la misma. Aquella que en su aflicción derramó lágrimas de dolor y sufrimiento, ahora había experimentado un cambio en su vida, porque un encuentro con Dios lo había transformado todo.

Dios quiere hacer lo mismo contigo, tus lágrimas no cambiarán la situación, es algo que escapa de tus manos ¿Cambiaron la situación de Ana? ¡No! Pero sí su actitud frente a esa situación.

Confía en Dios y decide entregarle cada una de tus cargas en sus manos y sentirás el alivio que tu alma necesita.

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Pequeñas grandes cosas

Reencontrarse con los vestigios de la propia vida: la hermana mayor, los nietos, los sobrinos, las hijas. No sólo revivir: también aprender. Darse cuenta. Comprender a la luz del tiempo nuevo las sorprendentes adquisiciones de la experiencia. Entender la pobre arrogancia de los argumentos construidos para explicar lo que uno hizo mal. Enterarse que había sentimientos y recuerdos que se habían diluido de la propia memoria y que eran tan importantes para los otros.

Recordar las instrucciones para preparar pan amasado, charquicán y cazuela de vacuno. Los viajes me enseñaron que esos mismos platos existen prácticamente en todos los países pero tienen otros nombres y variaciones menores. El oficio de preparar comida reduce distancias y recrea sensaciones que parecían olvidadas. Investigar nuevos usos para la albahaca, el comino, el orégano y el romero. Disfrutar el agrado con que las personas celebran esta artesanía de la cocina. Lavar ollas, platos sartenes y cubiertos con la sensación no sólo del deber cumplido sino de los sentimientos revisitados.

Repasar la historia común con las hijas y reconocer antiguas impresiones. Palpar emociones olvidadas y realizar nuevas alianzas. Profundizar en la dura materia del dolor y admitir que la vida al final es como es y no como hubiéramos querido. Resolver los enigmas que propusieron el tiempo y la distancia; como me escribió mi amigo Carlos en un mensaje de texto, “recuperar y resignificar las memorias entre el chantaje y la oportunidad”.

Construir algunos puentes hacia territorios que habían sido vedados. Las costumbres y las fronteras. Rituales desconocidos para la amistad. Formas de celebrar aniversarios y recordaciones. Hallar nuevos significados para viejos ritos y palabras. Entender que en esos otros espacios la gente maneja el dolor y la esperanza con tanto o mejor oficio que nosotros mismos. Reconocer antiguas verdades en diálogos y relatos inesperados.

En fin, recuperar cosas y deshacerse de otras. Afirmar antiguas percepciones y desechar viejas creencias. Lo nuevo se presenta como un universo para explorar. Son esas ganas permanentes de entrar en el mundo de los otros sin prejuicios ni salvaguardas pero que con los años se van reduciendo a fuerza de decepciones y malos tratos. Hay tanto por saber y tan poco tiempo que queda.

Alguien me recordó hace unos días la plegaria de una niña que decía: “Dios, te pido que los malos se vuelvan buenos y que los buenos se vuelvan simpáticos.”

Qué hago aquí

Aquí viene la inmensa mayoría a buscar consuelo, orientación, celebraciones, jolgorios y realizaciones magistrales. Aquí se explora el sitio para hallar consejos y espiritualidades en boga. Se acude para convocarse a solemnes encuentros y oír cosas halagüeñas. Aquí se encuentran todos para hablar en su idioma y compartirse crónicas de triunfo en su propio lenguaje en el marco de sus convicciones y certezas. Porque esta es la comunidad de similares. Aquí se está instalado con los ciudadanos del propio país invisible y los extraños pueden ser aceptados siempre y cuando no desafinen con juglarías laterales, vestimentas y cosméticas raras y vocabularios oblicuos e incomprensibles.

Aquí está la felicidad certificada, el consejo oportuno, la foto precisa, la sonrisa perfecta, el comentario archipredecible, el me gusta y el compartir que repite ad infinitum lo que ya se ha dicho seis mil millones de veces. Por estos territorios circulan las reconocidas formulaciones del saber dosificado que no sobrepasa el primer grado y debiendo ya ser graduados es necesario seguir diciendo las mismas cosas del abecedario inicial porque ahí es donde reside la única plenitud que es posible recordar. Las complejidades nunca proporcionan alegrías; al contrario, lo encaran a uno con la fealdad de las cosas, con el dolor, con la muerte, con la tristeza, con el desamparo, con la perturbadora otredad y por eso es mejor quedarse siempre como eternos aprendices en el pequeño pueblo muy feliz.

Yo qué hago aquí no es una pregunta retórica. Es la interpelación desesperada del ejercicio lateral, de la palabra otra que se pregunta imposibilidades y confiesa pecados, fracasos y destituciones. De la pregunta al vacío, de la constatación del silencio, que busca senderos porque las llegadas eran a ninguna parte. Es el asombro interminable ante el demoledor desparpajo de los que se creen poseedores absolutos, dominadores, triunfantes, señores del tiempo, articuladores de la vida, voceros de la eternidad.

Yo qué hago aquí es el hallazgo de la propia debilidad, el desencuentro de la mente con mi adversario el cuerpo, el cansancio de la vida, el roce electrizante con la triste historia de los desheredados del cielo y de la tierra.

Alguien, con buena voluntad, podría decirme tal vez qué hago aquí…

Send this to a friend