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Amor que duele 1

Amor que duele

Nos enseñaron que para conmover el corazón de la gente había que decirle “Dios te ama”. Por aquellos años, encendidos de fervor, pensamos que estas palabras serían mágicas. Sería muy difícil – creíamos – que nuestros prospectos de evangelización  pudieran resistir el influjo de semejante verdad: El Dios personal de la Biblia te ama. Personalmente. A ti.

Cuando lo dijimos a la joven violada desde su infancia por su padre y su hermano mayor, a un mendigo enfermo que amanecía en la calle Philips en las mañanas de invierno,  a la madre que perdió a sus dos hijos y a su marido en un accidente causado por un conductor borracho, nos fuimos dando cuenta que no producían un efecto mágico.

La pregunta que nos imploraban responder era, en éstos y muchos otros casos: “Y por qué su amor no evitó que esto pasara?”

Nosotros, entrenados en la apologética presuposicional y sus inteligentes derivaciones, les dábamos a entender lo errado e injusto de su postura hacia nuestro Dios.

Tarde nos dimos cuenta que a veces – muchas veces – decir Dios te ama puede resultar cruel. La idea de un Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que permanece impasible frente al horrible destino de millones de almas no encaja en la mente sufriente.

(Tal vez recuerden que Moisés le decía a los hebreos que Dios se le había aparecido para venir a librarlos pero ellos no lo escuchaban a causa de la congoja de espíritu y de la dura servidumbre [Exodo 6:9]).

Nos apresurábamos a juzgar a aquellas personas que no respondían al amor de Dios. En su sufrimiento, pensábamos, era cuando mejor debía prosperar en ellos aquella palabra.

No entendíamos que lo que había que hacer no era decir “Dios te ama”. Había que amarlas.

Ahora, éste sí es un problema. Claro que podemos amar a la gente. Al fin y al cabo Dios las ama. Pero nosotros tenemos nuestras agendas. Nuestras prioridades. Nuestro asuntos. A veces incluso no nos alcanza para llegar a fin de mes. Tenemos familia, iglesia, ocupaciones, amistades y proyectos.

Alguien tendría que ayudar a esas personas. El Estado, las ONG´s de ayuda. Las cortes de justicia. Los hospitales públicos. Los servicios estatales para la mujer, los niños, los adultos mayores.

No. No podemos amar personalmente a la gente oprimida, angustiada, necesitada. Por eso, decirles que Dios las ama al menos aminora el tamaño del dolor.

O eso creemos.

Protestas pendientes 2

Protestas pendientes

Quizá una de las cosas que más resiento en mi vida entre los creyentes es aquella de percibir lo que no se ve en su palabra y en su acción pública, aquello que se detecta – con un poco de trabajo inteligente – entrelíneas.

La resiento porque me trae siempre disgustos. Hay personas que me han dicho muchas veces por qué no dejo de martirizarme con cosas que nunca van a cambiar, o por qué me enfoco en el mundo de los creyentes cuando podría hacer aportes mucho mejor recibidos en otros ámbitos, o que si acaso estoy buscando la iglesia perfecta y, por cierto, que esa es la razón de por qué estas palabras siempre quedan en algún rincón simpático de este sitio, lejos de devocionales, consejos de autoayuda psicológica y financiera y de los grandes trovadores y conferencistas que electrizan a la multitud en los eventos masivos.

Y, no sé. No voy a endilgarles las razones de por qué sigo por estos rumbos. Así que aquí les dejo más cuestiones para pensar:

Algunos de los grandes medios de comunicación fueron profundamente impresionados por la inmensa demostración pública que los creyentes llevaron a cabo en las principales ciudades para pronunciarse en contra de una ley de legalización del aborto en el país donde vivo. Por supuesto, un loable y digno esfuerzo. Pero quisiera levantar algunas incómodas preguntas:

¿Por qué nuestro pueblo no realiza manifestaciones de esa magnitud para protestar contra la corrupción y la maldad en las esferas del poder? ¿Para protestar enérgicamente contra el asesinato de mujeres que sigue siendo una de las causas principales de muerte violenta en éste y otros países? ¿Para señalar directamente en la cara de los grandes poderes económicos la pobreza insultante que se manifiesta sólo a algunos kilómetros de sus lujosas mansiones y fastuosas celebraciones?

¿Por qué sus profesionales, técnicos y trabajadores especializados que asisten todos los domingos al culto no son movilizados para proponer y llevar a cabo proyectos orientados a mejorar aspectos sustanciales de la salud, de la educación, de los asentamientos urbanos, de la infraestructura, de la cultura, de la acción social?

¿Por qué sus cada vez más numerosos medios de comunicación no se convierten en pronunciación, denuncia, instancias de diálogo, canales de pacificación y consulta que permitan reducir la elevada temperatura del humor social?

No lo sé. Tal vez están demasiado ocupados en la evangelización y la consiguiente edificación de los creyentes…

Cristianismo en la cultura 3

Cristianismo en la cultura

Fui invitado para una entrevista en una radio argentina sobre “Cristianismo y cultura”. Propuse corregir el título de la misma a “Cristianismo en la cultura” porque la “y” sugiere que ambos conceptos van por diferentes carriles y tal noción me parece incorrecta. El cristianismo es un componente de la cultura, no algo diferente y ajeno a ella.
Tal vez valga la pena precisar que cristianismo no es lo mismo que Cristo, Hijo de Dios encarnado. El cristianismo es la expresión humana institucional de quienes se reconocen a sí mismo como seguidores del Cristo. Por eso es correcto afirmar que es parte integrante de la cultura y no algo distinto. Es importante señalar esto porque como en todos los “ismos”, los cristianos se ven tentados a absolutizarse ellos mismos en tanto cristianos. Pero ese es el lugar de Dios, no el de ellos.
En tanto componente cultural, el cristianismo forma parte del acervo religioso al igual que las otras religiones. La religión es uno de los componentes de la cultura, tales como la tradición y las costumbres, el lenguaje, la educación, la política, la economía, la ciencia y el arte.
Desde sus comienzos y hasta más o menos el siglo 16 el cristianismo era una fuerza cultural predominante en Europa y en todos los territorios conquistados por ella. Formaba parte integral de la vida individual y social. Concedamos que hubo épocas oscuras de su acción en la cultura, pero no podemos negar que así y todo fue determinante en la historia de los pueblos que llegó a tocar.
Desde el Renacimiento hasta hoy, el cristianismo fue cediendo su posición como protagonista y referente de la cultura hasta quedar reducido a una de las tantas opciones religiosas disponibles hoy. El despertar que tuvo con la Reforma protestante se fue apagando en la medida que resolvió confinarse al ámbito de la salvación personal, la vida cristiana institucional y una actividad evangelística y misionera que ha tocado a poco más del 10% de la población mundial.
Si el cristianismo va a volver a ser una fuerza cultural importante en la sociedad va a exigir a los cristianos a retomar la idea de la Biblia como una cosmovisión integral y a Dios como soberano sobre todas las cosas humanas y no sólo las referentes a la salvación y la evangelización. Si eso no sucede, el cristianismo seguirá siendo un actor secundario en la cultura contemporánea.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para CVCLAVOZ)

De críticas y regaños 4

De críticas y regaños

Cuando cierra la entrevista, mi amigo dice algo como “Ojalá que no nos vayan a regañar…” Hemos hablado en la radio acerca de evangelización y las cosas que hemos dicho tenían un acento bastante crítico. No crítico a raíz de un interés destructivo o negativo; hemos querido señalar algunas carencias profundas en la concepción y presentación del mensaje supuesto a dar en este tiempo y bosquejar brevemente alguna idea de cómo confrontar los dilemas del mundo contemporáneo.
Queda claro a la audiencia perceptiva que en veinte minutos de diálogo apenas es posible describir a nivel de titulares cuáles son los problemas de comunicación que la institución evangélica tiene respecto de la sociedad. Sólo ha sido posible señalarlos y convocar alguna inquietud al respecto.
Pero ese ojalá no nos vayan a regañar deja entrever algo más inquietante y que mencionamos al pasar en la conversación: la resistencia de los dirigentes a la autocrítica como saludable ejercicio para corregir el rumbo de una institución o un proyecto. La presumida superioridad del mensaje, la convicción de que se tiene la única y absoluta verdad, hace imposible que los líderes y su estado mayor acepten alguna crítica respecto de su quehacer precisamente por eso: porque administran la verdad absoluta.
No hay espacio aquí para reseñar las inmensas – y trágicas – consecuencias que esto trae consigo. La más dramática es que la resistencia a la crítica es propia de los sistemas dictatoriales, que no admiten disidencia alguna. Convencidos los administradores de que su proyecto es mejor que cualquier otro, no hallan razón alguna para aceptar un argumento en contrario y han diseñado un complejo sistema de normas y sanciones que neutralicen la voz y la acción calificada como rebelde.
Como en cualquier sistema de esta índole, hay mucho dolor disimulado entre los súbditos. Obligados a la “obediencia sonriente” expresarán sus sentimientos más profundos en las conversaciones de pasillo, en los conciliábulos de sobremesa, en voz baja y con miedo.
Así, la libertad y la salvación de los individuos proclamada en el discurso queda lastimosamente disminuida – o cancelada en los sistemas más autoritarios – y lo que se suponía alegre algarabía viene a ser apenas un triste murmullo sometido.
Ojalá no nos vayan a regañar…

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