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Toma de conciencia 1

Toma de conciencia

Ese desgaste, esa continua lucha, esa confrontación ya derrotada con la finitud. Imaginaciones de libertad entre cadenas. Anhelos de perfección en el tejido y trama del ser inconcluso. La desaliñada rutina en busca de sentido. El desorden de las cosas que no encuentran su lugar. Tener que esperar. La rémora de los miedos residuales. Las últimas jornadas de la pasión. Los intentos patéticos del sentimiento, eterno mientras dura.

Los libros, siempre ahí ellos con su ensordecedor silencio. Las canciones que devienen prólogos a los capítulos caducos de la memoria. Lugares que ilustran bitácoras que no interesan a nadie. Fotografías que perpetuaron sonrisas desvanecidas hace mucho. Explicaciones que nadie ha pedido. Argumentos cansados en el tribunal de los otros. El hastío de los deberes habituales. La novedad de las funciones coyunturales.

El fin de las utopías que no es tal porque siempre estamos en ninguna parte.

Las máquinas multiplicadas, estandarizadas, miniaturizadas, omnipotenciadas, interconectadas. Las máquinas. Los seres fragmentados, estandarizados, consumatizados, des-conectados, asimilados. Los pobres seres.

La orgánica del cuerpo que se desestructura lenta, implacable. Los anuncios soterrados del sistema que acusa incipientes fallas. El progresivo retorno a la tierra. Repentinos espasmos asincrónicos de la vieja relojería del corazón. Intentos ingenuos por renovar la mecánica del movimiento. La brutal evidencia fisiológica. Es tan fácil comentar el cuerpo. Tiene tanto sentido.

Transparentar el acontecimiento de la existencia. Dar cuenta de sus simulacros. Hacer notar su constitutiva fragilidad. Temperar su infundado entusiasmo. Desnudarla de bisuterías y artilugios.

Recuperar algo el pesimismo tal vez no sea tan sombrío. Viste que la vida tiene sus luces…

Nombrar 2

Nombrar

Nombrar una cosa es reconocer su existencia como separada de todo lo demás que tiene un nombre; es conferirle la dignidad de la autonomía al mismo tiempo que afirmar su pertenencia al resto del mundo nombrable.

(María Popova en Brain Pickings)

Mandrágora, ajonjolí, helecho, buganvilia, lavanda, níspero, en el mundo de plantas y semillas. Budapest, Hapuna Beach, Baltimore, Bialet Massé, Cartagena de Indias, el desierto del Neguev, en lugares. Amelie, Rigoletto, Esmeralda, Marzola, Coronados, Bourbon, en los cafés. Cien Años de Soledad, Ilusiones Perdidas, Las Islas, Cisnes Salvajes, Memorias de una Joven Formal, el Mundo de Ayer, en los libros. Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, La Carta en el Camino, Volver a los Diecisiete, Canción Amarga, No te Salves, en los poemas. Samba pa Ti, Una Blanca Palidez, Angie, Wild Horses, Imagine, One and Only, en la música.

En todos estos nombres hay estaciones de la vida que recuerdo y que vivo, instantes eternos en la memoria o visitaciones reiteradas. Nomenclatura de la existencia que asocia a un nombre la enorme diversidad de las cosas que soy, que tengo, que veo y que sueño.

El epígrafe es una pequeña gran reflexión de María Popova en How Naming Confers Dignity Upon Life and Gives Meaning to Existence (De cómo nombrar confiere dignidad a la vida y otorga significado a la existencia), artículo que aparece en su publicación semanal Brain Pickings. “Es transformar su ser extraño en familiaridad, lo cual es la raíz de la empatía”, agrega. Singularizar algo al mismo tiempo que unirlo a la totalidad de la vida.

Cuando Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo, creó animales domésticos, toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales, ese es su nombre (Génesis 2:19). Esta asignación le vino después de la tarea de labrar y guardar la tierra.

Nombramos cosas que fueron creadas originalmente y nombramos cosas que hemos creado nosotros: cosas, personas, animales, obras de arte, lugares. Es la única manera de poder identificarlas pero también la posibilidad de constatar su esencia y la relación que tienen con nuestro ser y con nuestra circunstancia.

¿Cuál es el valor del barro? 3

¿Cuál es el valor del barro?

El barro es un material barato, no es elegante y es bastante común, por tal motivo  nadie le da importancia hasta que es formado.

En la historia de nuestra cultura se observan hermosos monumentos o utensilios que fueron diseñados con barro y que en la actualidad se encuentran en museos o lugares turísticos. Dichos elementos de barro tienen un gran valor por la obra maravillosa que muestran.

Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros. Isaías 64:8

Es interesante analizar que el Señor nos hizo de barro, podía haber elegido diamantes, oro e incluso madera, pero prefirió el polvo ¿Por qué? Quizá para mostrarnos que sin Él no tendríamos ningún valor, éramos simplemente fango, hasta que nos tomó en sus manos y decidió formarnos.

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.” 2 Corintios 4:7

Por consiguiente, no solamente nos da valor, sino que deposita un gran tesoro dentro de nosotros, vasos frágiles y débiles, que en cualquier momento pueden quebrarse. La realidad es que cuando más reconocemos nuestra debilidad más se glorifica Dios en nuestras vidas.

En sus enseñanzas nos ha mostrado que “lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios” (1Corintios 1:28) es decir, en nuestra propia existencia podemos observar que Él utiliza lo insignificante para mostrar su gran poder, además que quiere utilizar nuestras vidas para hacer su obra maestra, el Señor tiene un plan para cada vida.

Eres una persona afortunada por existir, el Señor te formó con un propósito y te dio un gran valor, recuerda que “Él hace mucho con poco” por tanto, si estás vivo no te conformes ¡busca el motivo de tu existencia! Te animo a buscar a tu creador, no te quedes sin presenciar la increíble obra del Señor.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Del acto de pensar 4

Del acto de pensar

… (D)edicó su vida, con sus aciertos, errores y polémicas, a la labor cotidiana de entender, alertar e invitar a los demás a ejercer el oficio del pensamiento. Porque el acto de pensar, cuando se lo toma en serio, no es un fin en sí mismo: es una herramienta vital para la supervivencia colectiva, escribe Tomás Borovinsky en un breve homenaje al intelectual búlgaro Tzvetan Todorov.
Es posible que haya gente que se interese en pensar sin otra consecuencia que el placer personal de hacerlo. Pero la mayoría de las personas que conozco y aquellas sobre las cuales he leído evidencian en su acto de pensar un compromiso a que las cosas mejoren en la vida y en la sociedad.
Por eso me resulta cada vez más foráneo el entorno de las iglesias porque dentro de ellas no veo manera de ejercer el pensamiento en forma libre e independiente. La institución reclama – a veces sutilmente, otras no – lealtad a la declaración de fe, a la doctrina, a la disciplina interna. El propósito de ese orden de cosas no es otro que disponer de un contingente de personas que asientan, obedezcan, apoyen y propaguen la misión. Y de paso, la financien.
Por eso dentro de las instituciones se estimula sólo la lectura de libros que haya escrito el líder o aquellos textos que siguen la línea del imaginario corporativo (si es que estimula alguna lectura). Conozco muy pocos cristianos que leen ensayos, novelas, cuento, poesía, filosofía. O que miren películas que planteen cuestiones de conciencia como la muerte, la opresión o el abuso contra la mujer. O que participen en espacios que se propongan ayudar a la gente necesitada sin esperar a cambio ninguna decisión de fe. O que hagan preguntas más profundas e incisivas a los contenidos de la enseñanza o a la interpretación de la Biblia.
Observo que la mayoría de las personas en las instituciones cristianas se sienten cómodas sin involucrarse en ninguna de las actividades descritas arriba. Están complacidas que alguien les haya ahorrado la tarea de pensar en lo que leen y en lo que creen; y al abrigo de esa anuencia disfrutan periódicamente de su cuota de comunión, liturgia devocional y paz personal.
Pensar, como era la convicción de Todorov, es una herramienta para la supervivencia. Pero no una supervivencia precaria, con la cabeza apenas fuera del agua. Más bien una existencia plena, responsable, solidaria, respetuosa y decidida.
Nada más. Nada menos.

Supera esta crisis 5

Supera esta crisis

La crisis emocional se puede definir como un estado de desequilibrio con ansiedad y estrés que afecta el funcionamiento general como persona y está presente en todos en algún momento de la vida.

En algún momento de nuestra existencia pasaremos por esta crisis emocional, que en muchas ocasiones nos encontrará desprevenidos, sin saber cómo actuar. Cuando uno está dispuesto a servir a Dios y a obedecer su Palabra, pero viene una prueba, como pasó con Abraham en Génesis 22:1 “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí”.

En el versículo podemos notar que  él estaba disponiendo su vida para obedecer, y Dios quería examinar cuan verdadera era su respuesta y comenzó a probarlo. Pasaron días donde  todo se había salido de su control porque Dios le dio la orden de ofrecer a su hijo en sacrificio.

Muchas veces queremos que la crisis tenga un tiempo corto de duración, pero es un periodo donde uno necesita acercarse más al Padre y adorarlo, aunque todo parezca de color gris y nos encontremos sin salida.

“Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”. Génesis 22:5

Si en algún momento dispusiste tu vida en obediencia a Dios, Él necesita verificar que tan genuino es tu compromiso, cada día vas a ser probado y puede que todo salga fuera de tu alcance pero lo mejor que puedes hacer es rendirte ante su presencia y adorarlo, así serás librado de la angustia; confía que Dios tiene todo bajo su control.

“Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré”. Salmo 91:15

Por Miguel Ángel Veizaga

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Lo que el tiempo se llevó 6

Lo que el tiempo se llevó

Hay una escena en la película “Lo que el viento se llevó” en la que Ashley Wilkes confiesa su angustia por el tiempo ido y su incapacidad de confrontar el nuevo mundo que se venía después de la derrota del Sur en la Guerra de Secesión.
Los espíritus combativos ven en el presente y en el futuro la oportunidad para crecer y eventualmente triunfar sobre la adversidad; la mirada hacia atrás es vista como un gesto pusilánime. La nostalgia, para ellos, es cobardía.
Sin embargo, no es siempre así. “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aún llorábamos acordándonos de Sion” cantaron los antiguos judíos en el exilio. Esa mirada era un examen de conciencia, una reflexión sobre lo que deberían hacer para no volver a perder la belleza de un mundo como el que tenían. Desde este particular punto de vista, la nostalgia es una posición de madurez y de valentía para reconocer lo malo para, desde ahí, construir una nueva cultura.
¿Qué se llevó el tiempo? ¿Qué tesoros desperdicié? ¿Que pude haber hecho y no hice? ¿Y por qué Marcel Proust escribió sus mejores páginas sobre la búsqueda del tiempo perdido? ¿Cómo fue que pudo terminar sus varios volúmenes con el título “El tiempo recobrado”? ¿Se trata solamente de una indulgencia estética? ¿Un raro disfrute existencial de lo que bello que fue eso que se fue? ¿O es posible que esos recuerdos constituyan la materia para una nueva construcción, un titánico esfuerzo para darle sentido práctico a la memoria?
No lo sé. Pero hace rato que quería escribir algo sobre esa mirada hacia el pasado que me arruga el corazón y que me produce inevitablemente esa abrumadora sensación de la brevedad y de la fragilidad de la existencia. Como es bastante común en este rincón, resulta difícil encontrarle el lado edificante a palabras como éstas. Pero al mismo tiempo me anima la seguridad de que siempre hay quienes hallan en estas líneas un eco, un reflejo de sus propias cavilaciones, imposibles de ser expuestas en una atmósfera obsesionada con el triunfo y la mente positiva.
Releí, después de más de cincuenta años, dos novelas de aventuras. Y por más de un mes estuve sumergido no sólo en el mundo de esos libros sino en la memoria de la infancia. Semejante viaje a la nostalgia ha sido para mi mente sensible un sobrio reconocimiento de lo que el tiempo se llevó.

La hermandad de la montaña 7

La hermandad de la montaña

Nací entre montañas. El imponente macizo del cerro San Ramón que preside sobre Santiago está entre mis primeras memorias. Entonces los cerros Chena, Renca, Calán, Blanco, vinieron a ser parte de mi eterno noviazgo con la geografía. Para ir al mar hay que cruzar los inmensos peñones de Lo Prado y Zapata; el océano apenas se adivina detrás de la Cordillera de la Costa. Para encontrarse con el vértigo de la Cordillera de Los Andes hay que entrar por el cajón del Maipo o ascender a través de un caracol de cerros hacia el Cristo Redentor. Para el norte hay que subir por Las Chilcas y para el sur por los farallones de Angostura.

Hoy vivo en una ciudad en medio de la pampa húmeda argentina. Por dondequiera que se alce la mirada, sólo la planicie hace eco a esta agonía de montañas. Pierdo diez veces en el día el norte, el sur, el este y el oeste y ni siquiera el sol me guía. Esta sed de montaña se mitiga a veces en las sierras: “los cerritos”, les digo un poco en broma a mis amigos, porque tengo llena la cabeza de montes con nieves eternas. A veces he enmudecido frente al Aconcagua, la torre más alta del continente.

¿A qué viene esta crónica de cordilleras? ¿Cuál es el objeto de esta disquisición de cerros? Quizás sea no más que una forma de alejarse un poco de la humanidad, esa flagrante constatación del conflicto de la existencia. El paisaje arrebata con su silencio, con su perfecta discreción. Nos deja entrar en él y no nos interrumpe. Tampoco está ocupado. Se nos entrega y nos otorga un espacio todo el tiempo que queramos.

Hay quienes encuentran solaz en un hobby, una mascota, un deporte. Yo hallo en la montaña algo así como un portal hacia algunas cosas perdidas. Me sosiega su asimetría, su inesperado perfil; mirarla más que entrar en su concierto de rocas y nieve. Entenderla ahí, siempre, estable, imponente. Una parte del himno de Chile dice: “Majestuosa es la blanca montaña, que te dio por baluarte el Señor”.

Eso. La hermandad de la montaña.

 

Fragilidad 8

Fragilidad

Salía del café para ir a hacer algunas compras. A escasos metros, sobre la vereda, una mujer tendida en el suelo; su rostro reflejaba un sufrimiento que era imposible identificar porque estaba inconsciente. Un transeúnte la había cubierto un poco con un jersey blanco y trataba de reanimarla. La gente la rodeaba y hacía llamadas de emergencia para su rescate.

De repente, la vida es una cuerda demasiado leve. Se corta o simplemente ocurre que el carrete se acaba. En ese instante, no hay creencia, filosofía ni actitud que permita eludir el sentimiento de la inmensa fragilidad del ser. Es cierto, se pueden tener sólidas convicciones acerca del presente y del futuro, pero es imposible evitar el estremecimiento frente al golpe de lo inesperado. Incluso cuando el fin es previsible debido a una larga dolencia, el instante supremo descompagina todo y el dolor igual se instala en las más íntimas fisuras del alma.

Las sociedades opulentas son las más renuentes a aceptar la volatilidad de la vida humana. Impera en ellas un verdadero culto a la seguridad y la salud. No es así en otros lugares del mundo, donde la existencia es mucho más precaria debido a las guerras constantes, la pobreza, las enfermedades endémicas y otras calamidades que hacen del ser algo insoportablemente leve.

La fragilidad de la vida puede actuar, sin embargo, como un conjuro contra el vértigo, como una convocatoria a temperar el giro loco de la existencia. Un llamado a una suerte de sobriedad a la hora de jugar las cartas disponibles. No es sólo la mirada del viejo que ve la proximidad de la extinción. La conciencia del fin es una noción que tuve temprano en la vida, porque siempre me pareció que era parte de la realidad. Fue bellamente ilustrada para mí por Albert Camus en el prólogo de Las Islas:

“Teníamos necesidad, por el contrario, de apartarnos un poco de nuestra avidez, arrancarnos por fin a nuestra barbarie feliz… Necesitábamos maestros más sutiles, y que un hombre… viniera a decirnos en un lenguaje inimitable que esas apariencias eran hermosas pero debían perecer, y por eso era necesario amarlas desesperadamente.”

Quizá sea precisamente esa conciencia de la fragilidad la que nos anime a pelear más intensamente por hacer realidad lo que soñamos y nos permita amar con desesperación todas las cosas.

(Publicado en diciembre de 2012)

Volver 9

Volver

Volver a las cuestiones esenciales de la existencia. Sentir otra vez el estremecimiento de la búsqueda. En la propuesta de este blog hemos afirmado que las preguntas son propias de los niños y de aquellos que se rehúsan a ser adultos ahítos de respuestas. Desde el puesto de observación en que me encuentro he visto que la mayoría está firmemente aferrada a ciertas respuestas aprendidas en virtud de la experiencia, la educación y la doctrina. Cuando sin aviso, y a veces sin respeto, los hechos de la vida vienen a desordenar todo, las personas abren apresuradamente sus carpetas en busca de la frase, el pensamiento, el paradigma que conjure esta provocación a la estabilidad conceptual.

Pero la vida es más compleja de lo que parece… Tantas veces las respuestas suenan perfectas, pero se sienten tan resecas, tan incapaces de transmitir el amor que se necesita en ese momento. No son malas respuestas. Lo que pasa es que perdieron la pasión. Perdieron la tibia humedad del sentimiento. En lugar de caricias, reparten estocadas.

Es que es tan cómodo tener todo resuelto: las agendas están en orden, fluye la estabilidad, el discurso se eleva, se agudiza el sermón, se afila el juicio y la sentencia. Pero hay una sutil cosa que las respuestas aprendidas hacen: no dejan hacer más preguntas. Inmovilizan, uniforman, insensibilizan. Es un trágico predicamento. Porque la verdad es fibrosa, palpitante, siempre novedosa, desafiante. Y se pierde uno esa fiesta movible que es la búsqueda y el descubrimiento.

Démonos a nosotros mismos, aunque sea por un momento, el beneficio de la duda y tratemos de convertir nuestra propia vida en la pregunta…” (Hans de Wit, He visto la humillación de mi pueblo). Releer la vida. Releerse uno mismo. Releer los textos tutelares. Inaceptable propuesta para quienes caminan por el bucólico sendero de los conocidos paradigmas. Provocadora tentación para quienes, hartos de oír respuestas a preguntas que jamás se hicieron, anhelan continuamente respuestas que alivien el ardor de sus conciencias sensibles, a ver si alguna vez pueden llegar a entender y a comunicarse significativamente con el mundo en que viven.

Volver a preguntar. Parte de un poema de Mario Benedetti resumirá este sincero llamado: “no te llenes de calma / no reserves del mundo / sólo un rincón tranquilo / no dejes caer los párpados / pesados como juicios / no te quedes sin labios / no te duermas sin sueño / no te pienses sin sangre / no te juzgues sin tiempo”.

Esas cosas 10

Esas cosas

 

Ese desgaste, esa continua lucha, esa confrontación ya derrotada con la finitud. Imaginaciones de libertad entre cadenas. Anhelos de perfección en el tejido y trama del ser inconcluso. La desaliñada rutina en busca de sentido. El desorden de las cosas que no encuentran su lugar. Tener que esperar. La rémora de los miedos residuales. Las últimas jornadas de la pasión. Los intentos patéticos del sentimiento, eterno mientras dura.

Los libros, siempre ahí ellos con su ensordecedor silencio. Las canciones que devienen prólogos a los capítulos caducos de la memoria. Lugares que ilustran bitácoras que no interesan a nadie. Fotografías que perpetuaron sonrisas desvanecidas hace mucho. Explicaciones que nadie ha pedido. Argumentos cansados en el tribunal de los otros. El hastío de los deberes habituales. La novedad de las funciones coyunturales.

El fin de las utopías que no es tal porque siempre estamos en ninguna parte.

Las máquinas multiplicadas, estandarizadas, miniaturizadas, omnipotenciadas, interconectadas – las máquinas. Los seres fragmentados, estandarizados, consumatizados, des-conectados, asimilados – los pobres seres.

La orgánica del cuerpo que se desestructura lenta, implacable. Los anuncios soterrados del sistema que acusa incipientes fallas. El progresivo retorno a la tierra. Repentinos espasmos asincrónicos de la vieja relojería del corazón. Intentos ingenuos por renovar la mecánica del movimiento. La brutal evidencia fisiológica. Es tan fácil comentar el cuerpo. Tiene tanto sentido.

Transparentar el acontecimiento de la existencia. Dar cuenta de sus simulacros. Hacer notar su constitutiva fragilidad. Temperar su infundado entusiasmo. Desnudarla de bisuterías y artilugios.

Recuperar algo el pesimismo tal vez no sea tan sombrío. La vida real tiene luces y sombras…

(Publicado en marzo de 2014)

Ida y regreso 11

Ida y regreso

La atracción del vacío regresa de tanto en tanto como ese vértigo que asalta en el balcón de un décimo piso. En medio del ruido de los días, en la refriega y el tumulto de los asuntos urgentes, en las exigencias que debe atender el ser expuesto, se insinúa el silencio, la oscuridad, una suerte de nada – no una nada total, imposible en la contingencia de esta patente humanidad – sino neblinosa, ahíta de silencio y misterio.

Retorna en la inercia de la pregunta sobre el sentido de las cosas vividas, del conocimiento adquirido, de los abandonos y finales de las cosas que se suponían permanentes. Vuelve con su suma de días, con su calendario ajado y amarillo. Abre una puerta lateral por la que se quiere uno escurrir como en aquellas fiestas de las cuales se escapa disimuladamente.

En la cocina en penumbras, reencontrado lugar secreto, afino mi deteriorado oído para escuchar, recuperar más bien, el habla del silencio intencionado. Porque hasta entonces los días pasan, proponiendo caminos, las posibilidades se presentan con sus requiebros seductores, los años se hacen más cortos, los dineros se van terminando, las opciones auténticas se reducen. Por qué rayos no son las cosas simples las que esta alma anhela. A la atracción del vacío se opone siempre la sugestión de un enganche fácil, de una inserción acelerada y eficiente en la ingeniería del presente con su matemática del éxito.

En esa nada imaginaria, como superficie lunar bajo un cielo sin estrellas, no hay preguntas ni urgencias. Hay un tiempo indescifrable, una calma inmóvil, un silencio restaurador. Abreva en ella el alma intranquila; duerme sin sueños, recupera sentidos, establece de nuevo su centro. Tal vez no sea más que otro artificio, un invento desesperado, pero ayuda.

Al regresar al amasijo de las jornadas, la vida resiste el golpe fiero de la realidad, recargada de perspectiva, con recuperada conciencia de la levedad de las cosas. Los espejismos se evidencian. La verdad del dolor y de la muerte confiere sentido a la existencia y ésta se concentra con más certidumbre en lo esencial.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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