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Dos momentos

Inclinado frente al silencioso altar de la capilla, el joven musita unas palabras ininteligibles. Viste el uniforme de los Caballeros Azules. Dentro de unas horas, su Batallón emprenderá viaje por tierra y mar hacia la Santa Ciudad que ha sido tomada, le han dicho, por los Combatientes Orientales. Han desafiado así el orgullo de los Señores Ultramarinos, han mancillado el honor de su fe y de sus más profundas convicciones históricas.

El joven pide a su dios fuerzas para la hora crucial, para que frente al enemigo tenga el valor de matar y adelantar así la misión suprema de la restauración de todas las cosas. Matar es un alto precio pero digno de pagar por el honor de su dios. Si llega a enfrentar la muerte, tiene la seguridad de que entrará glorioso en los aposentos del Alto Señor y gozará de su favor eterno, junto a tantos compañeros que cayeron junto a él en semejante empresa.
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Con el rostro tocando el suelo, el joven se inclina y se levanta varias veces. Alza sus manos, pronuncia unas palabras en un idioma ininteligible y vuelve a inclinarse hasta que su frente otra vez toca el suelo. Viste las ropas comunes de su aldea. A la entrada del templo ha dejado las armas y su calzado. Dentro de algunas horas saldrá en una misión secreta y suicida. Le han encomendado una tarea atroz y está dispuesto cumplirla. Antiguos enemigos han arrebatado las vidas de muchos de sus amigos y parientes. Han asolado ciudades y aldeas. Han impuesto su cultura extraña y secular por todo el continente. Ha asumido, por lo tanto la noble tarea de matar y morir en un momento dramático y solemne. En el mismo instante de que su cuerpo sea consumido por la muerte entrará en la morada de los dioses y recibirá inexpresables y eternas recompensas.
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Dos momentos. Dos historias, dos preguntas, dos juicios, dos opiniones, dos ideas, dos posibilidades, dos opciones, dos culturas, dos explicaciones frente a la historia humana.

A veces parece que nada cambia…

Historias

“Aunque ocasionalmente los historiadores tratan de hacer profecías (sin éxito notable), el estudio de la historia pretende por encima de todo hacernos conscientes de posibilidades que normalmente no consideramos. Los historiadores estudian el pasado, no con la finalidad de repetirlo, sino con la de liberarnos del mismo.”
(La nueva agenda humana, en Homo Deus, Yuval Noah Harari)

Los pueblos que no conocen – o que olvidan – su historia, están condenados a repetirla es una frase que se atribuye a Confucio, a Cicerón y a George Santayana; es un misterio su verdadero origen. En la cita que encabeza esta columna aparece un poco distinta pero con la fuerza de siempre.
Algunas veces he citado aquí la tristeza que me produce que la gente cristiana tenga tan poco interés por la historia. Siendo ellos llamados a ser testigos de buenas noticias y de la inteligencia de Cristo en nuestro tiempo, deberían saber mejor que nadie de dónde venimos. Es difícil hallar mejor modo de entender por qué estamos donde estamos y cómo estamos.
El conocimiento cabal de la historia, no sólo de su pueblo sino de todo el mundo conocido, fue una característica sobresaliente de los profetas bíblicos. La profecía consiste más que nada en el entendimiento del tiempo presente y en la denuncia de las condiciones de la sociedad. No más del cinco por ciento de la profecía bíblica tiene que ver con el anuncio de acontecimientos futuros; todo lo demás es una descripción honesta de la realidad actual.
¿Por qué deberíamos tener tal conocimiento? Si vamos a dar buenas noticias a la generación presente (según tanto nos gusta decir a los cristianos) necesitamos mostrarles con claridad por qué son buenas. No hay manera de entender que algo es bueno si no se contrasta con su opuesto, con lo que es realmente malo. En mostrarnos eso la historia es generosa.
Es en este mismo sentido que promuevo y defiendo la idea de la lectura de la Biblia en forma sistemática y progresiva, aparte de los entendimientos que nos dan cursos bíblicos, institutos, seminarios, devocionales y predicaciones. Es un encuentro personal e intransferible con los pensamientos de Dios, con su manera de ser, con su percepción del mundo y de la vida.
Aunque hemos de reconocer, parafraseando unas palabras proféticas de Simón Bolívar, que quien propone estas cosas, ara en el mar.

Idas y venidas

Cuando se fue del país, metió todos sus libros en cajas de cartón y los guardó en una bodega. No sabía si algún día volvería para reencontrarse con ellos. Los tenía desde hacía tantos años. Lo acompañaron a través de los diversos umbrales que cruzó. Como su vida iba cambiando, iba dejando algunos atrás. Los quería pero ya no acompañaban sus búsquedas, sus nuevos anhelos. Otros, viejos como él, resistían el paso del tiempo y volvían a la mesita de noche o al gabinete del baño para que le devolvieran la esperanza del pensamiento, la pasión de la idea, la comezón de la creatividad.
Después, su vida se redujo a una habitación y cuatro valijas. Su dormitorio de anacoreta tenía algunas repisas que le sugirieron sacar sus libros del encierro. Los puso todos en el piso y los miró, con un cariño cansado, antiguo. Tantas cosas habían pasado desde entonces… Abría éste, hojeaba aquél, acariciaba ese otro. Después de algunas horas le vino, con una tibieza inesperada, una triste pero tranquila revelación. Ya casi no quedaban libros que le acompañaran en estos días. Había empezado a descreer tantas cosas. Se desprendía de la arrogancia de los sistemas integrados y racionales del pensamiento. Se había dado cuenta que las consignas y las frases de memoria, aprendidas de tanto libro doctrinal, no significaban nada para el dolor del mundo, para su propio dolor. Así, los fue poniendo a un lado para resolver qué hacer con ellos. Sentía que regalarlos era un poco cínico. Regalar un par de zapatos viejos no era lo mismo; cumplirían una función noble hasta que se terminaran de romper. Pero, ¿cómo le podría regalar a alguien un libro que, tarde o temprano, también lo decepcionaría?
Así que aquellos libros volvieron a la caja y tal vez un día, cuando terminara de morirse el poco romanticismo que le quedaba, haría una pila enorme y les prendería fuego. Al fin y al cabo son tan pocas ideas las que resisten el paso del tiempo y hay tanta lesera que nos distrae de lo verdaderamente importante.
¿Qué quedaba? Las ilusiones perdidas, La odisea, Mandela, Gandhi, El hombre y su poesía, La universidad en la historia de Chile, La república, Gabriela anda por el mundo. En su mesita de noche, junto a una Biblia antigua, irían parando, al menos por un tiempo, otros libros que le abrigarían un poco los escalofríos del alma.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Hablando claro

En contraste con la obsesión del yo y el enfoque en la circunstancia que supone la postmodernidad se halla la conciencia de los otros en el contexto de la historia que le da forma y carácter al mundo de hoy. En otras palabras, la época presente es egocéntrica e inmediatista en tanto que el cristianismo real nos empuja hacia los otros y se abre hacia el futuro.

Hay quienes resienten este lenguaje porque “no se entiende”, argumentan. ¿Por qué no habla clarito y simple, don Benjamín? Esta protesta me hace recordar siempre esas duras palabras de Jesús: “¿Saben ustedes discernir el aspecto del cielo, pero no pueden discernir las señales de los tiempos?”  Weather Channel, AccuWeather y otros canales del clima nos dicen exactamente cómo estará el tiempo hasta en los treinta días siguientes y nos informamos diligentemente de ello. Pero sobre qué significa el flujo de la cultura, qué sentido tiene eso para nosotros, cuál es la misión y la responsabilidad de los creyentes en la historia presente y futura a la luz de los acontecimientos pasados, sobre todo eso no tenemos ni idea.

Lo que es peor, no nos interesa averiguarlo. Estamos felices con nuestros devocionales online, la multitud de consejeros que tenemos disponibles en radio y televisión para que nos arreglen nuestros matrimonios, nuestras vidas financieras, nuestro estado emocional y psicológico; encima, tenemos nuestras liturgias dominicales donde somos elevados a la quinta potencia de la adoración y la contemplación. Somos protagonistas consumados del yo y del ahora.

Pero los otros en la historia constituyen, si uno entiende bien a Jesús, el objeto de la vida. Dejadas ya atrás las enseñanzas infantiles de los primeros pasos cristianos, deberíamos ocuparnos el resto de nuestras vidas en penetrar, influir, redimir lo que más que podamos a los otros y mejorar los días de la sociedad. No podemos pasar veinte años recibiendo las mismas enseñanzas sobre cómo perdonar o cómo tener una “relación personal con Dios”.

Salir de la esfera propia y de la propia circunstancia; dejar la obsesiva preocupación por nuestra felicidad y la de los nuestros para afrontar la desagradable tarea de hacerse cargo de lo que pasa afuera. Hay demasiado discurso, demasiado mensajito empalagoso sobre la religión cristiana, pero hay cero influencia, cero participación, cero cambio.

Como he dicho otras veces, sólo un cataclismo portentoso nos podría sacar de esta apatía, de esta indiferencia feroz hacia los otros en la historia.

Pero no se ve que vaya a ocurrir pronto.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Sierva de Dios

Hace muchos años en Suiza, en una universidad en la que proseguía estudios de postgrado, tuvimos un profesor visitante que presentó la serie “Tradiciones Intelectuales en Conflicto”,  una interpretación de la historia de occidente desde una perspectiva cristiana. Era una época en la que estaba leyendo mucho a Francis A. Schaeffer – “googléalo” – por lo que la mirada de aquel profesor me resultaba familiar.

Su aproximación a la historia era bastante radical. Solía decir cosas como “durante esos días Dios, a través de su siervo (aquí nombraba a una primera ministra o a un presidente) produjo un cambio en…” Recuerdo que algunos de nosotros estábamos escandalizados que se refiriera a esas personas como siervos de Dios considerando que tales personajes eran vistos como representantes de una tradición agresivamente conservadora. Y, según el entendimiento que teníamos de las cosas entonces, tampoco los considerábamos cristianos.

Hace unos días recordé al viejo profesor cuando vi la película “Verónica Guerin”. Cuenta la historia verdadera de una periodista irlandesa que se atrevió a investigar el narcotráfico que, en su época, era un serio y profundo problema social. Como siempre ocurre cuando los ocultos poderes de la corrupción amparan a las mafias, las consecuencias de su investigación le resultaron fatales. Sin embargo su trabajo motivó cambios profundos en la legislación irlandesa sobre la mafia y las ganancias generadas por el tráfico de drogas. Así que se me ocurrió pensar que, gracias a la acción de Dios a través de su sierva Verónica Guerin, la política hacia el tema de la mafia local cambió para bien de la sociedad.

Permítanme intentar una explicación. Creo que todas las acciones públicas que contribuyan a atacar los males sociales tienen mucho que ver con Dios porque El es la fuente de todo bien; todo lo que promueva justicia, paz, armonía social, protección de los débiles o desamparados es compatible con su carácter. Y todos aquellos que trabajan por esos bienes pueden perfectamente ser considerados ministros suyos, sean creyentes o no.

Si quienes se consideran hijas e hijos de Dios, ocupados en los asuntos internos de las instituciones cristianas, no contribuyen al bien público, no me sorprende que Dios intervenga en la sociedad a través de otras personas a fin de mejorar los días la gente y que merecen, creo, el adjetivo de siervas y siervos de Dios.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

¿Quieres ver agua en el desierto?

A veces, el problema que está delante de nosotros es tan grande que nos impide visualizar la solución con los ojos de la fe, así como a una persona sedienta le resulta difícil asimilar un oasis en medio de un desierto.

“Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido.” Hebreos 11:11 (RVR 1960).

Abraham recibió una promesa de parte del Señor, y esta era que su esposa iba concebir un hijo siendo una mujer mayor de edad o como la Biblia dice: “fuera del tiempo de la edad”. Seguramente, para los que lo rodeaban era complicado creer en el cumplimiento de esta promesa, y quizá hasta se burlaban de ellos, pero la fe que tenían les dio fuerza para recibir lo que esperaban.

Recuerda que: ¡Nada es imposible para Dios!

“Ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.” 1 Samuel 1:10-11 (RVR 1960).

Otro milagro que ocurrió por la fe se relata en la historia Ana, quien deseaba con todo su corazón tener un hijo, y al final recibió lo que deseaba: “ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente…” Ana era una mujer que clamaba a Dios porque tenía fe, sabía quién era Él y lo que podía hacer.

¿Tienes un problema demasiado grande? Este tiempo no te apartes del Señor, ni te desanimes de orar y estudiar su palabra ¡Al contrarío! Te aliento a acercarte a Dios con fe, así como Sara o Ana, confiando en Dios y clamando por tu petición.

 ¿Necesitas un milagro? ¡Entonces ten fe en el Señor!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Dios, afuera

“Baja a Dios de las nubes, llévalo a la fábrica donde trabajas, quita a Dios 
del madero y guárdalo dentro de tu corazón, saca a Dios de los 
templos donde lo encerraron hace tantos años y déjalo libre en las 
plazas y llévalo también al mercado de pueblo”
(Canción popular cristiana de los años ochenta)

Este tema se escuchó mucho en los años ochenta en Chile; fue una época romántica que soñaba con una revolución cristiana, una revuelta contra el iglesismo, esa inclinación de muchos creyentes a vivir dentro de su propio universo, sin contacto con el mundo real.
El fin de la historia es que no ocurrió lo que proponía la canción; la mayoría de los cristianos siguen inmersos en sus propias cosas y el tema quedó como un registro vintage, un nostálgico casete de hace treinta años.
Hace unos días, en la entrevista de los jueves en el programa “Más Vale Tarde” de CVCLAVOZ, dije: Yo busco a Dios en los periódicos del domingo. Fue una frase provocativa, por cierto; quería decir más bien extender la realidad de Dios en el mundo de afuera.
Es insostenible a estas alturas de la historia la postura de que no somos del mundo y por lo tanto la política, la economía, la cultura y los movimientos sociales no son asuntos de nuestra incumbencia. No se sostiene porque en la práctica todos los creyentes están inmersos en esas realidades: trabajan, tienen negocios, votan, miran televisión, escuchan las noticias, compran en los almacenes y en los centros comerciales, van de vacaciones, usan los bancos, las gasolineras, compran y venden propiedades, educan a sus hijos en las escuelas. Gente querida: Somos, estamos, en el mundo.
Dios tiene que ser visto ahí afuera. Es posible que no haya mayor devoción que ésta: ser testigos militantes del evangelio de Jesucristo precisamente donde se construye y se hace la realidad de las naciones; aportando ideas, contribuyendo a mejorar los días de las personas, ayudando a los que están en riesgo, sosteniendo a las minorías y a los excluidos del sistema.
Ya es un lugar común recordar que Constantinopla (Bizancio) cayó en manos del imperio otomano mientras en los monasterios de la ciudad los eruditos bíblicos discutían si los ángeles serían de género masculino o femenino o neutros.
Por eso decimos: Dios, afuera.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Seducción del liderazgo

“Desconfío de los líderes, de quien no duda, de quien cree saber, de quien piensa que puede conducir a otros.”
Alejandro Katz, editor y ensayista argentino

Frente a la multitud enardecida por la sed Moisés gritó: “¡Oíd, ahora rebeldes! ¡Os hemos de hacer salir agua de esta peña?” Esta simple conjugación del verbo hacer fue su perdición: le fue negada irrevocablemente la entrada a la tierra de promisión. Esa es la seducción del liderazgo: creer que pueden conducir a otros per se, por su propio carisma, por su propio poder; transmitir la idea de que tienen todo claro, que no tienen duda alguna.
Esta es una época de inmensa incertidumbre en la política, la economía, la cultura, las relaciones internacionales, la justicia y la ley, la familia, la iglesia, usted nómbrelo. Las cosas están resultando no ser lo que parecían. Los antiguos fundamentos se desploman, los conductores resultaron un fraude, los sistemas hacen agua por todos lados incluso aquellos inspirados en nobles ideales como la iglesia y la filosofía.
Es un tiempo propicio para la aparición de salvadores carismáticos, mandatarios autocráticos, proyectos totalitarios. La multitud, aguijoneada por inmediatas necesidades, está dispuesta a conferirles el necesario poder para que les solucionen sus problemas y todo por fin regrese a la normalidad. La historia es pródiga en ejemplos que muestran adónde terminan estas ingenierías sociales: la destrucción y en algunos casos el aniquilamiento del tejido social.
Un estudio de caso interesante que puede ser seguido en el libro de los Jueces (capítulos 6, 7 y 8) es la historia de Gedeón. Cuando fue llamado se expresó con una humildad sorprendente: argumentó ser joven, pobre, inadecuado. Pidió varias veces señales para estar seguro que estaba siguiendo la “perfecta” voluntad de Dios. Sin embargo, cuando se hizo fuerte comenzó a mostrarse arrogante y ególatra y con el tiempo infligió enormes sufrimientos no sólo a su vida personal sino a la nación entera.
La función del liderazgo es facilitar, ayudar, servir, mostrar opciones. Esa es una influencia que puede ser ejercida estando entre la gente. Por eso no confío en quienes demandan un puesto de conducción para hacerlo. Tarde o temprano van a ceder a la seducción del poder.
El efecto más liberador de la verdad es no depender de caudillos o figuras centrales para alcanzar los sueños de las personas y de la comunidad.

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

A mí primero

Cuando se enfrenta un tiempo difícil, la mayoría de las personas no sabe qué hacer o por dónde empezar para recibir respuesta del Señor. La historia de una viuda nos muestra claramente lo que Dios quiere que hagamos primero en un momento de necesidad:

“Vino luego a él palabra de Jehová, diciendo: Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente.

Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba. Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano.

Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir.

Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.” 1 Reyes 17:8-14 (RVR1960)

El Señor envía a Elías a pedir apoyo a una mujer viuda, ella era una persona en necesidad, tenía solamente un puñado de harina y un poco de aceite para preparar su comida, y después esperaría la muerte con su hijo; sin embargo, Elías le pide que ella primero sea obediente al Señor porque después le llegaría una gran bendición.

Cuando enfrentamos un tiempo de aflicción, generalmente ponemos nuestra necesidad en primer lugar, pero el Señor nos pide que antes de la necesidad esté la obediencia.

Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Mateo 6:33 (RVR1960)

Esta es una hermosa promesa del Señor: “busca primeramente el reino de Dios y lo que Él quiere y todo lo que necesitas vendrá por simple añadidura”. Por tanto, si estás enfrentando una situación difícil y necesitas respuesta, te animo a poner en primer lugar a Dios, a buscarlo en oración, en la lectura de la Palabra y en tu iglesia.

Recuerda que primero es Dios y después siguen las bendiciones.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

El gran divorcio

La filosofía se ve mayormente circunscrita a ciertos círculos y considerada por muchos como algo sin utilidad práctica. En nuestro medio evangélico su reputación decrece mucho más cuando se mira en el Nuevo Testamento que Pablo junta en una sola frase huecas sutilezas y tradiciones de hombres con filosofías (Colosenses 2:8). Aunque supongo que el apóstol no estaba descalificando a la filosofía donde él había abrevado cuantiosamente, la lectura que hace el público evangélico general concluye que la filosofía es algo hueco.
Como en tantos otros asuntos la mirada evangélica es errónea. Es esperable que cualquier filosofía vana sea descalificada por la gente, sea evangélica o no, por que es vana. Pero una hueca o vana filosofía no hace vana a toda la filosofía.
Hasta hace algunos siglos esta discusión sobre la validez de la filosofía en el pensamiento cristiano era absolutamente desconocida. En esos tiempos la filosofía era la teología y la teología era la filosofía. Cuando los primeros cristianos comenzaron a articular una visión cristiana del mundo y de la vida, la filosofía era la metodología natural de trabajo porque constituye el esfuerzo por hallar una verdad, un hilo conductor que le dé sentido a todas las cosas. Y ese precisamente es el interés de la teología; ambas disciplinas tienen un fin común.
A partir del siglo 16 – aunque algunos autores sugieren que fue antes – y por razones que no podríamos detallar aquí, se produce una progresiva separación que termina en un verdadero divorcio sin retorno entre teología y filosofía. Las consecuencias de esta ruptura han sido perjudiciales para ambas; para la filosofía porque se desprendió del marco de referencia de la palabra de Dios y para la teología porque fue abandonando la principal virtud de la filosofía que es indagar, preguntar, interpelar y devino dogma incuestionable.
Así la filosofía sacó a Dios del cuadro y sus exploraciones y conclusiones han dado forma al pensamiento laico de los últimos cinco siglos y que originó la modernidad y ahora lo que conocemos como la post modernidad. La teología se redujo a reflexionar sobre la salvación individual y sacó del cuadro todos los asuntos públicos, abandonando así una responsabilidad crucial en la historia, al menos en esta parte del mundo que llamamos Occidente.
Tal parece que este desafortunado divorcio no tiene horizonte visible de reconciliación. A algunos de nosotros no nos queda más que transitar entre una y otra para aportar lo posible.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Todo cambia. O nada…

Nada nuevo bajo el sol.

Esta antigua noción desafía frontalmente la idea que tiene la gente respecto del cambio tecnológico y cultural que caracteriza a nuestra era. Domina en el imaginario colectivo la percepción de que vivimos una época sin igual en la historia humana. Crece la ansiedad por estar al día. Nos afanamos por comprender el manejo de aparatos y dispositivos. Nos sumergimos en el universo virtual para recapturar el encanto perdido de la comunicación real. Participamos en cursos y seminarios orientados a transformar la conducta y desarrollar altos estándares de productividad y liderazgo. Nos informamos de las tendencias culturales y las seguimos fervientemente para sentirnos incluidos.

No es de sorprenderse por qué estamos tan estresados. Por qué nos sentimos tan desajustados. Tan perdidos respecto de qué es lo que realmente queremos hacer con nuestras vidas y con nuestro futuro. Nunca jamás hubo tanta información que afectara nuestros sentidos. Jamás nos sentimos tan interpelados para hacer esto o aquello a fin de estar dentro, porque estar fuera es de perdedores.

Por supuesto, para profesionales del comportamiento humano, gurús, maestros de todas las categorías imaginables, artistas populares, ídolos y celebridades, estos son buenos tiempos. Que alguien ponga un poco de orden, que ofrezca alguna certeza, que garantice algo por lo menos; para ellos, mucha tribuna y excelentes honorarios.

Urge una mirada retrospectiva, sin duda. Que busquemos algo de perspectiva en medio de este atosigante presente de imágenes, alaridos publicitarios, últimos gritos de la moda y siempre cambiantes tendencias sociales.

Habría, me parece, que regresar a las cuestiones fundamentales de la existencia, que se encuentran en el imaginario humano desde los albores de la vida. Todas las civilizaciones han tenido códigos que buscan interpretar las relaciones humanas y a pesar del tiempo y la distancia entre ellas, se encuentran asombrosas similitudes. Estas semejanzas aluden a lo que intentamos decir en esta nota: el hombre es idéntico a sí mismo desde que apareció en la faz de la tierra. No importa cuánto hayan cambiado las condiciones externas, la economía, la cultura y la tecnología. Frente a las presiones de la vida, será siempre el mismo y responderá siempre la misma manera: con grandeza o con maldad.

Alzar un poco la mirada del asfixiante momento, reposarla en la pradera del tiempo y refrescarse con la memoria de que no hay nada nuevo bajo el sol: una buena recomendación para no desesperar.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Mitología

El diccionario define esta palabra como un conjunto de cuentos históricos y relatos que forman parte de una determinada religión o cultura. Muchas veces estas narraciones ayudan a comprender las razones de ciertas prácticas o ritos de algún grupo de etnias que existieron hace mucho y se caracterizan principalmente por ser exageradamente fantasiosas, bastante imaginarias y poco creíbles.

Por ejemplo, los griegos tenían un dios para cada aspecto de la vida: el amor, la riqueza, la guerra, la paz, etc. Todos estos dioses vivían en un lugar llamado Olimpo y su líder era Zeus de quien se cuenta que junto con sus dos hermanos, Hades y Poseidón, derrocaron del trono a su padre Cronos.

En Roma la historia era distinta. Se decía que el príncipe de Dardania escapó de la destrucción de Troya cargando a su padre y a su hijo Ascanio. 40 años más tarde ese niño convertido en hombre y fundaría un pequeño reino llamado Alba Longa del que se hizo gobernante. Cuatro siglos después vendría a ser rey de aquel lugar Numitor quien fue destituido por su hermano Amulio, un hombre perverso que mató a todos los hijos varones herederos al trono y convirtió a su sobrina en sacerdotisa para que no tuviera descendientes. Pero Marte, el dios de la guerra se enamoró de ella y le dio dos hijos gemelos llamados Rómulo y Remo.

Ambos niños fueron llevados al bosque para ser abandonados pero un loba llamado Luperca y un pájaro carpintero los cuidaron, luego fueron encontrados por un criador de puercos quien los adoptó como suyos. Con el tiempo ambos gemelos se enteraron de la verdad y cobraron venganza devolviéndole el reino a su abuelo.

Los egipcios creían que el espíritu de los difuntos era conducido por Anubis hacia el lugar del juicio donde se pesaban en una balanza, en un extremo se paraba la persona juzgada y en el otro había una pluma que representaba a Maat, el dios de verdad, armonía y orden universal. Si el resultado era favorable el difunto era llevado ante Osiris quien los cuidaría eternamente, pero si era desfavorable era llevado a Ammit, representado como un ser mezcla de cocodrilo, león e hipopótamo que destruía los corazones malvados, impidiendo su inmortalidad.

Ahora bien, la Biblia cuenta que seiscientos mil hombres sin contar mujeres y niños, se encontraban acorralados entre el mar rojo y un ejército de egipcios preparados para matarlos. Entonces Dios le ordenó a un hombre llamado Moisés que levantara su vara, extendiera su mano y abriera el mar partiéndolo en dos, cuando así lo hizo las aguas se dividieron y todos pasaron como por tierra seca al otro lado, pero cuando los egipcios intentaron hacerlo el mar se cerró y perecieron ahogados.

Cuatro historias que a primera vista parecen de fantasía pero con una gran diferencia: las tres primeras no tienen ninguna prueba histórica y arqueológica que compruebe su veracidad, pero el relato de la Biblia sí contiene estos elementos convirtiéndolo en un documento histórico de confianza.

No son un mito personajes como Jesús, Abraham, Moisés, David, Daniel, José, etc. La Biblia también habla de lugares reales como Jerusalén, Egipto, Asiria, Babilonia, el río Éufrates, Belén, el río Nilo, etc. La mención de faraones, reyes, gobernante, líderes y otros  fueron verificados por muchos historiadores, y cuando algo llega a ser comprobado deja de ser un mito para convertirse en un hecho real.

Además las historias fantasiosas o los mitos no tienen el poder de transformar la vida de un hombre. No estamos hablando de una simple idea que aparece en la mente de algún fanático, se trata de un poder que llega a conmover las entrañas y los fundamentos de aquel que comienza a conocer a Dios a través de su palabra.

Salmos 119:160 dice: “Todas tus palabras se basan en la verdad; todas ellas son justas y permanecen para siempre.” Versión Traducción en Lenguaje Actual

La Biblia no es un libro de mitología.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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