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Sin título

Amigas y amigos que siguen estos artículos además de los audios que publico cada semana en YouTube suelen preguntarme por qué no pongo títulos más atrapantes siendo que el contenido siempre es agudo y hasta provocativo.

Como decía un antiguo profesor mío en la universidad: “Excelente pregunta”. No sabría decir si mi respuesta va a resultar tan excelente.

Soy publicista de profesión, así que entiendo la importancia de un buen título o de una novedosa frase comercial. Cuando he debido realizar alguna pieza publicitaria he tenido eso en cuenta y no pocas veces la propuesta ha sido feliz y efectiva.

La cuestión es que respecto de estos espacios he elegido exponer ideas alternativas a una audiencia poco acostumbrada al pensamiento crítico y al análisis detallado de los hechos de la vida.

Entonces desde el título he querido dejar en claro que la invitación es a leer o escuchar algo serio. Colocar frases atractivas no forma parte de ese objetivo. Hay miles de libros de autoayuda y conferencias multitudinarias sobre el éxito inmediato y la felicidad on demand destinados a captar clientes. Este no es el lugar para eso.

El otro asunto es que aunque el título sea novedoso y atractivo el contenido no lo es. Casi nunca. Excepto quizá cuando me dejo llevar por la prosa poética: la contemplación de algo tan importante como una hojita movida por el viento o el sol que reverbera en el verano a las seis de la tarde entre los álamos.

Sigo rechazando la tentación de lo espectacular, lo sensacional, lo bufonesco. Por cierto reditúa más. La gente sigue lo livianito, lo efímero, lo que está a flor de piel. Y ya dije que eso no es mi campo de trabajo.

Mi trabajo, mi vocación y mi deber es – y seguirá siendo – que al menos una parte de la audiencia se quede con preguntas y no con respuestas livianas y de fácil digestión. Seguiré siendo un extraño en la era de los mensajes cortos, los videos impactantes y los memes que resumen la vida y el humor en una foto más diez palabras.

Eso, al menos hasta que el cuenco de cristal se rompa junto a la fuente y la luz de mi vida presente sea apagada.

Hasta entonces, no deberán guiarse por el título de mis palabras sino por el contenido. Después, ya no me será posible decir nada…

Tantas ideas

“Otra pregunta es de dónde saqué las ideas para tantas historias. Me la plantean continuamente.

La respuesta es que al cabo de medio siglo de elaborar ideas, el proceso se vuelve automático e incontenible.”

(Isaac Asimov, en la Introducción del volumen II de sus Cuentos Completos)

Esta mañana en Amélie, donde desayuno con café y libros, tomé al azar el ejemplar del libro mencionado y en su introducción Isaac Asimov se refiere a su profusa producción literaria. A la fecha de esas palabras ya había escrito cientos de cuentos y de libros y miles de ensayos relacionados con la ciencia.

Comenté esto en la red social que uso y mencioné que era posible que eso mismo me motivara a escribir el artículo de hoy. Y aquí está.

Hace años una amiga de Alemania leyó una vez un pequeño relato mío titulado “Cortado”. Contaba ahí lo que pasa desde que se pide un café cortado hasta consumirlo mientras se escribe en una servilleta o se mira pasar a la gente. Recuerdo que me pidió que se lo enviara por correo (electrónico, por supuesto).

De vuelta, me preguntó cómo hacía para ver y describir tantas cosas en algo tan simple como un café. Le respondí algo parecido a lo que dice Asimov en su libro: “al cabo de medio siglo de elaborar ideas, el proceso se hace automático e incontenible.”

En este blog y en un par de libros por ahí he escrito, entre muchas otras cosas, sobre la lavanda, la buganvilla, los helechos después de la lluvia en la cuesta de Los Añiques, un perro callejero, el arroz graneado con pollo a la campesina, la habitación de un hotel, una pera que me regalaron una vez en Cali,  unas zapatillas recién lavadas.

He contado sobre una parada de autobús en medio del desierto a las tres de la mañana, una charla con mi hija Paula que quiere saber qué significa “como peces viajamos al olvido”, un viaje en auto al sur con mi hermano David en el que me preguntó si era feliz o la vez que mi mamá, poco antes de morir, se miró las manos y dijo en voz baja: “Cuántos panes habrán amasado estas manos…”

La vida no pasa para mí. O pasa, pero me deja imágenes, sensaciones, impresiones, imprecisiones y turbulencias que bien valen un artículo, un poema o una pequeña prosa que tocará alguna vez a alguien.

Breve… pero bueno

Lo bueno, si breve, dos veces bueno

(Baltasar Gracián, Oráculo Manual y Arte de Prudencia)

“Excuse el Discreto de embarazar y mucho menos a grandes personajes, que viven muy ocupados, y sería peor desazonar a uno de ellos que todo lo restante del mundo. Lo bien dicho se dice presto.”  Con estas y otras palabras explica Baltasar Gracián su sentencia sobre la brevedad del texto. En los días que vivió, el Siglo de Oro (siglo 17) de la literatura española, efectivamente había un exceso de verbo y florituras que oscurecía el significado de las cosas o simplemente era un cansancio a los ojos.

En la universidad nos hacían presentar un tema a la clase en sólo cinco minutos como un ejercicio para la brevedad y la precisión. Mientras menos tiempo había que exponer hallábamos que era más difícil preparar la presentación. Es que no sólo debía ser breve: debía ser bueno.

Asistí por un tiempo a una iglesia cuyo pastor predicaba una hora y cuarenta y cinco minutos los domingos a la noche. “Soy de tiro largo”, aducía no porque le preocupara el cansancio de su audiencia sino para explicarse. Yo solía levantarme y salir a dar un paseo – no muy breve – por la plaza enfrente del templo pensando: “Si no lo dijo en media hora, ya no lo dijo… O ya lo dijo, pero se está repitiendo”.

Estos dos ejemplos renuevan la validez de las palabras de nuestro autor. Sin embargo, si hubiera vivido en nuestra época y le tocara leer los comentarios que siguen a un posteo de Twitter u otras redes similares, se habría aterrado. En 280 caracteres se puede desparramar tal cantidad de basura, odio y estupidez que el pobre Gracián pediría a gritos regresar al siglo 17. En este mundo “social” la brevedad no es, ni con mucho, algo bueno. Umberto Eco decía que hay grandes y bellas breves ideas, por ejemplo “Ama a tu prójimo como a ti mismo” pero que hay poquísima gente en el mundo que puede acuñar tales joyas con esa mínima extensión.

Hace un tiempo, en un seminario de capacitación para comunicadores propuse que para escribir y presentar grandes ideas en poco espacio es necesario haber sido entrenado en las grandes extensas ideas; es decir, haber leído y haber pensado un buen poco. Resumir grandes ideas es un arte porque al reducir la cantidad de palabras tiene que conservar intacto su poder y ser comprendidas por la mayoría.

Breve… pero bueno.

La Biblia: Historias de otros para nosotros…

Hay promesas que Dios hizo, por lo menos a un israelita en el Antiguo Testamento de que sería sanado si oraba por sanación y ocurrió así, pero eso no se convierte automáticamente en un principio universal. No tenemos razón y mucho menos el derecho de creer que si hiciéramos exactamente lo que Dios le dijo en la Biblia a alguien que hiciera, vamos a tener los mismos resultados. Y por eso necesitamos a los que han estudiado la Biblia, los pastores, para que nos expliquen esas cosas. Ellos nos ayudan a interpretar y a aplicar la Palabra de Dios a nuestras vidas hoy día. Siempre a través de la visión y del mensaje de Jesús.

Me preocupa lo fácil que tendemos a olvidar ese hecho cuando hablamos acerca de la Biblia. Por ejemplo, cuando leemos acerca de las promesas de Dios de bendecir y proteger a Israel de sus enemigos, nos encanta adoptar y adaptar esas promesas como para nosotros. A veces eso no tiene nada de malo y es correcto, pero no es correcto cuando nos hace olvidar de qué se trataba la historia original.

La Biblia es una colección de historias escritas por un grupo de gente del Medio Este acerca de cómo se les reveló Dios a esa gente y los equipó para que llevaran el mensaje de Jesucristo al resto del mundo. Esto significa que mucho de lo que leemos en la Biblia no es acerca de nosotros, pero al final si es a menudo y misteriosamente dirigido a nosotros. Porque como ellos a quienes estaba dirigido el mensaje, somos seres humanos, con fallas y virtudes.

El punto de este artículo es que a veces tenemos que ver las cosas desde lejos, entenderlas bien, para poder adentrarnos, y hacerla parte de nosotros.

Yo siempre he dicho que la Biblia es el manual que Dios nos dejó para vivir mejor esta vida y aprender pronto que debemos preocuparnos más por la vida que vamos a vivir con Él, con Dios al irnos de esta dimensión, de este mundo. Mientras más tiempo dedicamos a leerla, más la tendremos en nuestra mente y más la entenderemos en nuestro corazón.

Lo mas importante es que la Biblia carga la verdad más importante que debemos conocer acerca de Dios, Su Creación y si, Su plan para reconciliarnos con Él a través de Jesucristo. Si no sabes acerca de ese plan y quieres ponerte al día, escríbeme a [email protected]

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Dos momentos

Inclinado frente al silencioso altar de la capilla, el joven musita unas palabras ininteligibles. Viste el uniforme de los Caballeros Azules. Dentro de unas horas, su Batallón emprenderá viaje por tierra y mar hacia la Santa Ciudad que ha sido tomada, le han dicho, por los Combatientes Orientales. Han desafiado así el orgullo de los Señores Ultramarinos, han mancillado el honor de su fe y de sus más profundas convicciones históricas.

El joven pide a su dios fuerzas para la hora crucial, para que frente al enemigo tenga el valor de matar y adelantar así la misión suprema de la restauración de todas las cosas. Matar es un alto precio pero digno de pagar por el honor de su dios. Si llega a enfrentar la muerte, tiene la seguridad de que entrará glorioso en los aposentos del Alto Señor y gozará de su favor eterno, junto a tantos compañeros que cayeron junto a él en semejante empresa.
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Con el rostro tocando el suelo, el joven se inclina y se levanta varias veces. Alza sus manos, pronuncia unas palabras en un idioma ininteligible y vuelve a inclinarse hasta que su frente otra vez toca el suelo. Viste las ropas comunes de su aldea. A la entrada del templo ha dejado las armas y su calzado. Dentro de algunas horas saldrá en una misión secreta y suicida. Le han encomendado una tarea atroz y está dispuesto cumplirla. Antiguos enemigos han arrebatado las vidas de muchos de sus amigos y parientes. Han asolado ciudades y aldeas. Han impuesto su cultura extraña y secular por todo el continente. Ha asumido, por lo tanto la noble tarea de matar y morir en un momento dramático y solemne. En el mismo instante de que su cuerpo sea consumido por la muerte entrará en la morada de los dioses y recibirá inexpresables y eternas recompensas.
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Dos momentos. Dos historias, dos preguntas, dos juicios, dos opiniones, dos ideas, dos posibilidades, dos opciones, dos culturas, dos explicaciones frente a la historia humana.

A veces parece que nada cambia…

Miedo al debate

“Que qué chicos iban a ser los panelistas, Que cuántos y de dónde. Que cómo se eligieron. Que qué temas pensaban tocar. Que el tiempo era poco para describir las propuestas. Que si se transmitía en vivo, que qué medios iban a estar, que cuál era el orden de las exposiciones.”
(Edgardo Litvinoff, Los chicos, un remedio para el miedo de debatir, La Voz del Interior, 28 de septiembre de 2017)

Siete candidatos a los comicios legislativos de octubre en Argentina fueron convocados para responder preguntas de unos veinte estudiantes (de unos 16 años la mayoría) que votarán por primera vez en el país.
Debería sorprendernos el grado de aprensión de los candidatos, la mayoría de ellos bastante fogueados en lides electorales. No nos cierra esa preocupación teniendo en cuenta que ni siquiera debatirían, solamente responderían preguntas.
Lo extraño es que los adultos solemos decir que los chicos de hoy no leen, que no comprenden textos complejos, que al menos la mitad de ellos abandonará el secundario, que no saben articular consistentemente sus ideas ni por escrito ni verbalmente. ¿De dónde, entonces, la angustia?
¿Sería que el grupo de estudiantes, seleccionado previamente, tendría un nivel de conocimiento y comunicación superior al promedio, por lo cual sus preguntas no tendrían nada que ver con la superficialidad de la discusión política de bares, pasillos y sets de televisión?
¿Sería que tendrían que enfrentar a jóvenes que, hartos de políticos corruptos e incumplidores, ya no compran el discurso típico, no se dejan envolver por la demagogia de las frases hechas y no son manejables como la masa que es seducida por la cosa emocional?
¿O sería que esta nueva raza de políticos, desacostumbrada hace mucho al entendimiento y al debate de ideas de fondo y al oficio político serio, manejados por astutos agentes de marketing, asesores de imagen y consultores expertos en discursos, se sentiría amedrentada por jóvenes a los cuales no es posible chamullar como hacen con la inmensa mayoría?
Tal vez ninguna de las anteriores. Habría que preguntarle a los candidatos…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Palabras nuevas

“El jefe comunal destacó que este es un paso muy significativo desde lo simbólico y desde la concreción de una medida” (las cursivas son mías). Así leo en un periódico de la ciudad y pienso: ¿Qué quiere decir que es muy significativo “desde” lo simbólico y “desde” la concreción de una medida?
Nos queda la rara sensación de que el remedio parece ser peor que la enfermedad – siendo la enfermedad la diaria inmolación de la palabra en el altar de los nuevos medios de comunicación y las redes llamadas “sociales”. Exigidos los nuevos profesionales del periodismo a escribir y hablar bien, en lugar de enriquecer su vocabulario con la lectura, la reflexión y el pensamiento crítico, asimilan a su trabajo nuevas palabras e ideas-resumen que ahorran considerablemente el trabajo de elaborar un relato rico y variado. “Desde” es una palabra nueva – por así decir – para referirse al contexto en que un hecho ocurre. Cierta actividad se aborda “desde lo lúdico”, nos cuenta animadamente nuestra amiga profesora de tercer grado.
Cuando en un hecho delictivo están involucrados funcionarios de la política, la magistratura o la policía, los periodistas hablan de un “confuso incidente”; si en el mismo hecho participa un sujeto cualquiera entonces es un asalto, un homicidio, una violación.
Otro joven periodista se refiere a cierto escándalo público como un hecho “deleznable”, queriendo decir seguramente “repudiable”. Deleznable significa algo que se disgrega fácilmente, que es inconsistente y por eso no se aprecia. Queda para la academia – o la anécdota – preguntar cómo un hecho repudiable se deshace fácilmente o se disgrega. Algunos diccionarios han aceptado esta nueva connotación de la palabra pero no representa adecuadamente lo que se quiere comunicar.
Un comunicador se defiende públicamente de una acusación diciendo que aquello es “un infundio sin fundamento”; desconoce el joven especialista en comunicación que infundio quiere decir, precisamente, sin fundamento.
Mi amigo Angel, de Más Vale Tarde en CVCLAVOZ dice que va a “sonar” una canción. Lejos están los días en que un presentador decía que iba a colocar, a poner o a hacernos escuchar una canción. Lo que yo ignoraba es que “sonar” ya se ha instalado como palabra nueva.
¿Qué más digo? Porque me faltaría tiempo y espacio para las nuevas palabras, como wasapear – un periodista de una revista local termina su artículo dejándonos el wasap del entrevistado, etiquetarte, dame like, se viralizó, ubícame en Face.
Todo esto, sumado al ruido de los escapes libres de autos y motos, los conductores que no respetan los tiempos de los semáforos y la canícula húmeda de febrero.
Peor para mí…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Me pregunto

Creo que sería valioso allegar algunas otras consideraciones en torno al artículo anterior “No me preguntes” y a la conversación sobre el tema que mantuvimos Angel y yo en Más Vale Tarde en CVCLAVOZ. Hubo un interesante aporte de ideas de la audiencia que resumiré:

No conviene generalizar: hay muchas iglesias que sí entregan un sólido apoyo educativo a sus miembros; por diversas razones hay algunas personas que no quieren aprender o no toman con seriedad lo que reciben.
En respuesta, alguien mencionó que al mismo tiempo no debería generalizarse y decir que todas las iglesias entregan un sólido fundamento educativo; hay muchos lugares donde eso no ocurre.
También se mencionó que algunas personas, teniendo un buen fundamento educativo en su iglesia, igual buscan ampliar su perspectiva y por ello envían preguntas a los medios cristianos. También se dijo que para otros era más cómodo hacer ciertas preguntas que no desearían sean conocidas directamente por sus líderes o maestros.

La naturaleza de la iglesia obliga a dispensar a sus miembros una adecuada y consistente educación cristiana. Apacentad la grey de Dios no es una blanda recomendación: es un mandato ineludible. Por ello, sería interesante que los maestros y educadores cristianos se preguntaran por qué tanta gente de sus comunidades pregunta cuestiones tan básicas en los medios cristianos.
Por otra parte, nos sigue preocupando que la temática de las preguntas y consultas siga siendo tan autoreferente: mi familia, mi vida cristiana, mi futuro, mi dinero, mis relaciones personales.
¿No hay interés en explorar cuestiones que vayan más allá de los rudimentos como reclama alguien en Hebreos 5:11 y siguientes versículos? ¿No tienen los cristianos inquietudes y preguntas respecto de la crisis económica, la corrupción, la violencia, el abuso y trata de personas, cultura, educación, crisis social, relaciones internacionales, cambio climático, nuevos perfiles de familia, la legislatura, la justicia, las relaciones entre empleados y patrones, el impacto de las nuevas tecnologías de información en la captura y gestión del conocimiento o sobre el arte? ¿No nos interesa nada el mundo que nos rodea? ¿No nos preocupa el comprender lo que pasa desde una perspectiva cristiana y aportar ideas nuevas y estimulantes a la sociedad en donde vivimos?
¿O es que seguimos creyendo – erróneamente por cierto – que nuestros asuntos son lo más importante y que las cosas que llamamos mundanas deben atenderlas otros porque nosotros no somos de este mundo?

Me pregunto.

Meditaciones esdrújulas

Soñábamos que éramos inmortales. Que alcanzaríamos el mundo en nuestra generación. Construíamos espacios para pensar y dialogar. Nos educábamos en las ideas que cambiarían nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Eramos, según el decir de Serrat, asquerosamente jóvenes.
Esperábamos que la gente comprendiera nuestro proyecto. La alentábamos a leer, a escribir, a pensar, a entender el mundo y sus razones. Veíamos venir en nuestra imaginación un río de novedad, una temporada de cambio, una reforma fundamental.
Creíamos que nuestra palabra tenía el poder de transformar. Confiábamos que los esfuerzos desplegados darían paso a una nueva generación de gente. Teníamos fe en los dirigentes y en las instituciones. Estábamos seguros que desde dentro se produciría la crisis saludable que abriría puertas y despejaría el camino del futuro.
Escribíamos. Tal vez, más allá de nosotros, harto después de nuestro tiempo, la crónica de nuestra gesta y de nuestro pensamiento volvería a encender corazones y mentes. Plasmábamos en el papel el mapa de los sueños. No veríamos nada ahora a lo mejor, pero alguna vez, en un más allá desconocido, seríamos informados que las semillas sembradas habían germinado en una cierta generación omega.
Reíamos, de eso hace ya muchos años. Estábamos empapados de optimismo. Sentíamos la juventud como herramienta central. Nos alegrábamos de estar vivos y de que esa generación fuera la nuestra. Estábamos contentos de existir.
Fracasamos sin excusas. Las cosas no eran como parecían. No sabíamos conducir. No articulamos estrategias adecuadas. Nos desilusionamos no sólo de los otros sino que, finalmente, de nosotros mismos. Eramos mortales, ilusos, egoístas. Nos fuimos agotando lentamente. Los años pasaron la factura y la maquinaria de los cuerpos acusó el desgaste.
Hablábamos al principio en estrados y asambleas. Más tarde lo hacíamos en cenáculos escondidos, en tertulias maratónicas. Finalmente nos quedamos con pequeñas audiencias de tanto en tanto, para ganarnos un poco la vida y quemar los últimos cartuchos.
Llorábamos. Lo aprendimos en la suma de los días, cuando el cielo se fue desplomando sobre nuestras cabezas y nunca más nos olvidamos de llorar. Conocimos en persona el lenguaje de la tristeza.
Desesperábamos a veces. Hartas veces. Lo que había sido claro y transparente se volvía confuso y errático. De vez en cuando nos abrigaba alguna esperanza. Todavía de repente nos arropa un poquito.
Confiábamos – a veces todavía confiamos – en algunos milagros. Es posible que todavía en alguna esquina, inesperadamente, los sueños nos vuelvan a encontrar.

Check Out

Las grandes ideas fluyen con pasión frente a la silenciosa audiencia. La intensidad, como siempre, corresponde a la urgencia del tiempo, a la inminencia de los acontecimientos. Todo está ocurriendo demasiado rápido y se reduce el espacio del pensamiento previo a la acción. Así es siempre. Luego vienen el asombro, las preguntas, las palabras que, imprecisas, dan cuenta del tremendo impacto que han producido en sus cabezas. Por supuesto, también hay que tomarse fotos que circularán por unos días en las llamadas “redes sociales” y que son el único contacto que tengo con esa monstruosidad del siglo presente.
Entonces viene el regreso. Volver a empacar y dejar esa habitación que por cuatro o cinco días fue casa y refugio. Me encariño siempre con esos espacios. A veces digo que si tuviera mucho dinero me gustaría vivir en un hotel. Lo perfecto de esos lugares es que parece que todo el mundo se conoce y se saluda pero uno está perfectamente a salvo de las obligaciones sociales. Me hace acordar de Descartes, que confesaba que solía hablar con el jardinero o la portera de una manera cordial y cariñosa pero de temas absolutamente sin importancia para él, manteniendo así incólume su verdadera intimidad.
De nuevo el camino, las esperas en aeropuertos y terminales. La necesaria pero imprescindible soledad, con sus notas de dulce y de ceniza. La consuetudinaria y prosaica realidad. El reencuentro con las sombras. La mirada un poco turbia. El peso insoportable de la conciencia. La enorme brecha entre el decir y el ser. El golpe artero y secreto de la memoria que reporta disciplinadamente los fracasos, los malentendidos y las miserias de las relaciones rotas después del infinito y las estrellas.
Ese continuo malestar porque no cierran las respuestas dadas, las explicaciones, los sólidos argumentos, las imprecaciones recibidas. Esa alteración que confunde los pensamientos y agita, a veces en mala hora, los sentimientos. Esa sensación indefinible de hastío, de enorme sin sentido. Suele, por algunos días, quedarme la impresión de la inutilidad de la palabra hablada, de una inconmensurable pérdida de tiempo porque la inmensa mayoría no tiene tiempo para abstracciones, pensamiento crítico o miradas analíticas.
Cierro mi maleta, doy una última mirada por si olvidé alguna cosa, entrego la llave y me pierdo en la inmensidad de una ciudad desconocida camino al aeropuerto.
Misión cumplida hasta otro imprescindible e idéntico encuentro…

Litigios de la opinión

Después de tantos meses me doy cuenta que no es muy agradable que este espacio se encuentre en la sección de opinión de este sitio web. Si bien me otorga un amplio espacio para reflexionar sobre temas de variada índole, cada día me convenzo más que la reputación de la opinión roza continuamente la superficie del suelo. No está del todo abatida en el descrédito porque de tanto en tanto aparece algo bello, potente y articulado que salva el día – y no me estoy refiriendo a mis artículos, eso que quede claro.
Hace un tiempo comenzó a circular en mi país una palabra que buscaba describir a una generación emergente de chilenas y chilenos que hablaban en televisión de todos los temas imaginables con un desparpajo, un histrionismo y una falta de rigor intelectual abismante. Eran los “opinólogos”. A este calificativo siempre lo consideré un intento de darle legitimidad a una impresentable hemorragia de puntos de vista que demandaban urgentemente alguna logía, es decir un estudio sistemático y documentado. Por una ironía de la televisión la palabrita quedó apenas como una etiqueta que revelaba que la persona opinante no solamente no tenía el conocimiento requerido para esa función sino que su juicio pesaba casi siempre menos que un discreto puñado de plumas.
La opinión llevada a su más precaria expresión de integridad conceptual campea en el mundo de las redes sociales. Cualquier persona conectada repiquetea sobre un teclado con abreviaturas y espeluznantes errores de ortografía y sintaxis lo que se le venga a la cabeza en materias tan diversas como política, economía, cultura, ciencia, medios de comunicación, deportes, entretenimiento, cocina, jardinería, tendencias o vida urbana. Por cierto sus inefables comentarios no son más que la repetición ad nauseam de lugares comunes, copiado y pegado o, a lo más, vómitos de bilis opinológica de profunda raigambre social.
Más asombro produce el que haya gente que al participar de esta retahíla de imprecisiones, falacias y mínimos manejos conceptuales se sienta protagonista legítima de la ubicua y enorme plataforma del conocimiento compartido, la libre expresión de las ideas y el enriquecimiento del pensamiento – de nuevo – social.
Como en todos los asuntos importantes de la vida y para tranquilidad de la audiencia susceptible, terminemos diciendo que hay nobles y estimulantes excepciones lo cual, como siempre afirmamos por estos rumbos, no hace más que confirmar la veracidad de estas sombrías realidades.

Intrascendencias

Palabra irritada e irritable, frases en borrador, ideas hipertensas, pensamientos sin editar. Algunas broncas acumuladas, varias impertinencias intencionadas, instalaciones subrepticias en los agujeros del sistema. Temblores involuntarios del alma, cavilaciones de la mente trasnochada, constataciones diversas, residuos reciclados. Palabras cruzadas con asuntos internos, locuras en clave, enigmas indesarmables, encriptaciones de la rabia y artilugios enmascarados.

El afán por la palabra perdida se explica en la ventanilla de cobro: Sísifo con facturas por pagar. Tantas veces va mi cántaro al agua que a veces alguien lo bebe. No para de llover y el agua… ¿qué pasó con el agua? La parte de mí que te extrañaba salió a buscarte pero no te encontró, así que esa parte de mí se acogió a retiro voluntario y definitivo. Por lo mismo, mis sueños se han tornado bastante secos – sin dejar de ser dramáticos las más de las veces. Recordé que había olvidado que el tiempo vuela, pero mi cuerpo tiene una memoria espectacular.

Alguien dijo que el infierno son los otros; algunos nos esmeramos en ser los otros. Ya nadie espera a Godot: el tiempo es un lujo del que ni los vagabundos pueden disfrutar. A veces, renunciar es la forma más valiente de combatir; otras, es un miserable desperdicio. Lo mismo sucede con el silencio. No somos hijos del rigor: somos tataranietos. La soledad es la eminencia gris del poeta (no tiene mucho que ver pero suena bien).

La propaganda del miedo provee mano de obra incondicional. ¿Por qué los que sirven a la gente necesitan fueros, declaraciones patrimoniales y dispositivos de seguridad? Los indignados que no pueden salir a la calle no aparecen en las noticias pero igual están hartos. La verdad sufre violencia y los ciudadanos se hacen los lesos: que se encarguen las “fuerzas del orden”. Si uno lo mira bien, eso de los walking dead no es tan ficticio. Los gritos del silencio se camuflan en la chimuchina de las plataformas. El discurso y el sermón continúan sin parar mientes en el tedio.

Las cosas ya no son lo que son sino lo que parecen en las pantallas de los celulares. Alimentos light, Cultura chatarra. El tedioso concierto de las noticias iguales en todos los canales. Tal vez habría que considerar que no siempre el silencio otorga; a veces no es más que cansancio.

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