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Delirio

“El fin de la vida es el propio desenvolvimiento, realizar la propia naturaleza perfectamente, esto es lo que debemos hacer. Lo malo es que las gentes están asustadas de sí mismas hoy día. Han olvidado el más elevado de todos los deberes: el deber para consigo mismo.” Estas palabras, de “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, son puestas en boca de lord Henry Wotton, quien considera que influir sobre otra persona es inmoral, porque le quita sus pensamientos naturales, la convierte en eco de una música ajena. “El valor nos ha abandonado”, se lamenta lord Wotton. La gente no solamente es influenciada por personas y medios; antes busca diligentemente ser influenciada. Gobernadas por el terror social y por el terror religioso buscan en otros las certezas que necesitan para vivir.
Ha sido siempre una minoría la que no tiene miedo de pensar en forma independiente y que busca respuesta a las preguntas y enigmas de su tiempo. Los que han esquivado el oficio del pensamiento crítico son influenciados por aquella minoría que se convierte – por defecto o por diseño – en la conductora de la sociedad.
Es asombroso cómo en el entorno cristiano impera esta falta de valor, esta carencia de audacia para realizar la propia naturaleza. El éxito de audiencia que tienen los materiales y espacios dedicados a la orientación y ayuda para una vida mejor es la prueba más contundente de esta ausencia de valor propio. Es una triste paradoja el que la libertad que supone el ethos cristiano no se traduzca en un pensamiento libre. Es una ironía que “la mente de Cristo” – que debería orientar a la grey y alentarla a una visión consciente de su propio medio y el del mundo circundante – no alcance siquiera para una idea aproximada de lo que está aconteciendo en el mundo.
El observador perceptivo queda perplejo con las preguntas que la gente formula a los consejeros de los medios cristianos. Son inquietudes tan básicas sobre lo que debería ser la vida del creyente que uno está obligado a concluir que ni siquiera el “examinadlo todo” ha tenido lugar en la mente de la inmensa mayoría como para poder llegar a “retener lo bueno”.
Como si todo lo anterior fuera poco, uno termina finalmente abrumado por la “honda gratitud” con que la audiencia consultante abraza las respuestas otorgadas
(En la fotografía, un detalle del segundo piso de la casa de Ernest Hemingway en Key West, Florida)

No sé si me explico

Algunos estudiosos dicen que el grupo de los doce apóstoles y sus seguidores hicieron temblar a un imperio cuya metrópoli, Roma, contaba en esa época con alrededor de 700.000 habitantes. Si uno quiere jugar un poquito a las matemáticas, podría inferir que cada apóstol influyó significativamente sobre unas 15.000 personas, sólo en ésa parte del mundo.

Hoy la población del mundo supera los 6.000 millones de habitantes; se supone una cantidad de cristianos equivalente a unos 1.200 millones. Es decir, cada cristiano tendría la hipotética responsabilidad de influir significativamente al menos en cinco personas, disponiendo además (a diferencia de nuestros pobres antepasados cristianos) de transporte supersónico, Internet, medios mundiales de comunicación, dinero y formidables recursos institucionales.

Sin embargo, nunca antes en toda la historia de los últimos dos mil años, los cristianos han tenido tan poca influencia en el orden de cosas en el mundo como hoy. Suele preguntar el Dr. Jeffrey de León en sus conferencias: “¿Me estoy explicando o no me estoy explicando?”  En otras palabras: ¿Qué parte de tan poca influencia en el mundo de hoy no entienden?

Acabo de ver en Netflix el documental The True Cost que muestra descarnadamente el verdadero costo que pagan los esclavos laborales en el mundo subdesarrollado para que el primer mundo disponga de ropa a bajo costo. Hace un tiempo vi en HBO otro documental – The plastic planet – sobre el efecto que el plástico está teniendo en la vida del planeta. Hace unas semanas vi el documental El 16° jugador que da un ejemplo cómo un hombre al mando de una nación – Nelson Mandela – modeló un ejemplo conmovedor de lucha para reconciliar a blancos y negros en Sudáfrica. Podría mencionar decenas de documentales que ejemplifican la lucha que hay que dar para entender el mundo en que vivimos, para influir en él para bien, para mostrar el verdadero amor a la gente en necesidad.

¿Qué tienen en común todos esos documentales? Ninguno de ellos ha sido realizado por ministerios cristianos interesados en cambiar el mundo. Ellos están ocupados en sus cosas, importante sólo para ellos. Y los pocos ejemplos que se pueden mostrar de gente que desea alcanzar el mundo para cambiarlo realizan producciones que sólo son entendidas o interesantes para gente que ya cree.

¿Me estoy explicando o no me estoy explicando?

Delirio de libertad

El fin de la vida es el propio desenvolvimiento, realizar la propia naturaleza perfectamente, esto es lo que debemos hacer. Lo malo es que las gentes están asustadas de sí mismas hoy día. Han olvidado el más elevado de todos los deberes: el deber para consigo mismo.” Estas palabras, de “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, son puestas en boca de lord Henry Wotton, quien considera que influir sobre otra persona es inmoral, porque le quita sus pensamientos naturales, la convierte en eco de una música ajena. “El valor nos ha abandonado”, se lamenta lord Wotton.La gente no solamente es influida por personas y medios; antes busca diligentemente ser influida. Gobernadas por el terror social y por el terror religioso buscan en otros las certezas que necesitan para vivir.

Ha sido siempre una minoría la que no tiene miedo de pensar en forma independiente y que busca respuesta a las preguntas y enigmas de su tiempo. Los que han esquivado el oficio del pensamiento crítico son influidos por aquella minoría que se convierte – por defecto – en la conductora de la sociedad.

Es asombroso cómo en el entorno cristiano impera esta falta de valor, esta carencia de audacia para realizar la propia naturaleza. El éxito de audiencia que tienen los materiales y espacios dedicados a la orientación y ayuda para la vida es la prueba más contundente de esta ausencia de valor propio. Es una triste paradoja el que la libertad que supone el ethos cristiano no se traduzca en un pensamiento libre. Es una ironía que “la mente de Cristo” – que debería orientar a la grey y alentarla a una visión consciente de su propio medio y el del mundo circundante – no alcance siquiera para una idea aproximada de lo que está aconteciendo en el mundo.

El observador perceptivo queda perplejo con las preguntas que la gente formula a los gurús de los medios institucionales. Son inquietudes tan básicas sobre lo que debería ser la vida del creyente que uno está obligado a concluir que ni siquiera el “examinadlo todo” ha tenido lugar en la mente de la inmensa mayoría como para poder llegar a “retener lo bueno”.

Como si todo lo anterior fuera poco, uno termina finalmente abrumado por la “honda gratitud” con que la audiencia consultante abraza las respuestas otorgadas.

El ingrediente más importante

La sal es una combinación de minerales utilizados, desde hace tres mil años, para conservar la carne y que ésta no llegue a un estado de putrefacción. Otra de sus funciones, y que ahora también está vigente, es la de dar sabor a los alimentos que el hombre consume.

En primer lugar, debemos notar que la sal hace completamente diferente la comida y mantiene su sabor distintivo al ponerla en los alimentos. No adquiere el sabor de la comida a la cual se la agrega, sino que la comida queda saborizada por la presencia de la sal. Y es que un plato por más que esté preparado con las mejores carnes, verduras, etc. si no tiene la cantidad apropiada de sal no podrá tener el mismo sabor ni ser degustada de la misma manera.

Esta comparación nos sirve para darnos cuenta porqué  Dios nos dijo “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.” Mateo 5:13

Esto es porque debemos hacer la diferencia a donde sea que vayamos y ser esa sal que contagie a los demás con obediencia, conducta, principios,  etc., pero sobre todo con  el amor de Dios. Que seamos aquello que le dé ese sabor y ese sentido a quien lo necesite, haciendo que conozcan a Cristo a través de nosotros.

Tal vez hemos estado cumpliendo mal la labor encomendada y hemos estado amargando la vida de otros o dejando que nos influyan y nos cambien para mal.

Que no sea el mundo el que nos dé el sentido, sino que Dios a través de nosotros llegue al corazón de quienes están en nuestro entorno.

“Buena es la sal; más si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros.” Marcos 9:50

Hoy te invito a que cumplas con tu propósito de hijo(a), seamos nosotros quienes le den el sabor a la vida de los demás. Si no ¿cuál sería nuestra misión acá en la tierra?

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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