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Bajar la velocidad

“Vivimos una época de patologías masivas, como las crisis de pánico, la depresión, la ansiedad, que no son patologías simplemente síquicas, sino de la relación comunicacional”.

(Franco Berardi, pensador italiano en entrevista al diario español El País)

“La intensificación infinita de la información repercute en las capacidades críticas de comprensión”, dice Berardi en otra parte de la entrevista. Este cúmulo abrumador termina afectando el cerebro, los nervios, la mente y las emociones.

La velocidad de la información nos expone a masas inmensas de datos que no podemos procesar completamente. Pero al mismo tiempo requiere de nosotros respuestas, como es el caso de los cientos de mensajes que recibimos.

Por un lado tenemos entonces la marea de textos, audios y videos. Por el otro, la exigencia de responder a estos estímulos.

Es inevitable: esta enorme presión comunicacional termina afectando nuestra capacidad de analizar e interpretar la realidad de una manera comprensiva. Este efecto se traslada a nuestra vida cotidiana y produce los efectos mencionados en la cita al inicio de esta nota.

Cada día aparecen nuevos estudios que dan cuenta de las transformaciones que las tecnologías de información están produciendo en nuestra forma de pensar y de encarar la realidad.

El conocimiento y el aprendizaje, el manejo del tiempo, el pensamiento crítico, las relaciones personales y el rendimiento laboral son algunas de las dimensiones afectadas por la nueva comunicación.

Es el vértigo de la nueva realidad. La velocidad nos está matando porque no estamos diseñados para correr todo el tiempo. Los períodos de intensidad deben ser sucedidos por momentos de repliegue.

En otras palabras, bajar la velocidad.

¿Cómo hacerlo? Este parece ser el misterio escondido desde que aparecieron los primeros teléfonos celulares con su sistema de SMS, porque han roto todas las barreras: el sonido, el tiempo, el espacio.

Tomemos dos datos: el hombre apareció en la tierra, digamos, hace unos cuarenta mil años. El primer celular fue lanzado al mercado en 1983.

Es decir, durante unos treinta y ocho mil años la gente pudo construir civilizaciones, arte, música, relaciones humanas productivas (al mismo tiempo, claro, guerras, incendios y contaminación).

El peso de esta evidencia dice que no moriremos instantáneamente si no podemos tener un teléfono celular a la mano. Que podríamos igual tener una vida más o menos plena.

Pero no exageremos: no hay necesidad de tirarlo. Simplemente, bajemos un poco la velocidad, usémoslo menos tiempo y mejoremos nuestra salud mental y la de los otros.

Masivo y singular

Por mucho tiempo he tenido la sospecha – no la divulgo tanto porque no le encuentro suficiente sustento textual – de que las ciudades no fueron una idea original de Dios. Por supuesto, tampoco creo que el plan fuera andar desnudos por ahí toda la eternidad comiendo frutas, hierbas y miel silvestre. Se me ocurre que habría espacio para el amor a la tierra y oportunidad para el desarrollo de la cultura, el arte, la vida comunitaria.

Lo concreto es que la ciudad, ya convertida en enorme conglomerado humano, dio origen a hechos sociales no tan deseables como el hacinamiento, la pobreza extrema a cuadras de la riqueza extrema, la crisis manifestada en piquetes y protestas, la delincuencia, diversas contaminaciones y otras violencias. En algún pasaje bíblico leí la expresión “ciudad que traga a sus moradores”.

En el siglo XIX algunos estudiosos comienzan a hablar de la aparición de la “masa” y la “cultura de masas”, una instancia en la que particularmente las mayorías en desventaja económica y social se manifiestan en los diversos campos de la vida pública. Los reclamos por mejores condiciones de vida y de trabajo por una parte y más tarde por el ingreso a la información, el entretenimiento y a otras expresiones de la cultura, fueron marcando la presencia determinante de la “masa” en el acontecer social.

Hay muchas reflexiones que se pueden hacer en torno a esta irrupción de las “mayorías”. Umberto Eco hablaba de “apocalípticos e integrados” para caracterizar a quienes veían este fenómeno como algo negativo que deterioraría la cultura y a los que lo consideraban como un paso adelante, hacia un progreso político, social y económico para todos y todas.

Los medios de comunicación de masas son un resultado de este devenir. Aportan un espacio en el cual la gente se informa, se entretiene y – si eso fuera posible – se educa. La crítica de los “apocalípticos” ha sido que por su condición de masivo, el medio necesariamente tiene que ser liviano; no puede darse el lujo de profundizar porque la exigencia es actualidad, espontaneidad e inmediatez. Lo que hoy es noticia y sensación mañana es archivo. Y eso, dicen, deteriora la cultura.

Es imposible sustraerse hoy a la presencia de los medios. Son casi omniscientes debido a los teléfonos celulares. La pregunta que nos haremos más adelante es si podemos movernos entre lo singular y lo masivo o nos quedaremos en un solo lugar.

Claridad

En un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder

(Yuval Noah Harari, 21 Lecciones para el Siglo XXI)

Cuando estaba en la universidad el concepto predominante era Información es Poder. Quien poseía información relevante, fueran gobiernos, servicios de inteligencia, medios de comunicación o grupos económicos, podían controlar importantes segmentos de la vida de un país.

Harari, conocido por sus libros Sapiens y Homo Deus, comienza un nuevo volumen con esta potente declaración. La información ya no está reservada sólo a los que detentan el poder; ha traspasado fronteras y ha inundado aparatos y sistemas mundialmente. Hoy el problema no es falta de información, es su exceso. Demás está decir que la mayor parte de esa información no es relevante, es sólo masiva.

Presenté la nota anterior, Evangelio Sencillo, para intentar explicar que la sencillez, con todo lo noble que puede ser en ciertas esferas, es insuficiente para comprender el entorno en que vivimos e influir en él con alguna ventaja. Esto es especialmente importante para los creyentes, que sostienen que su misión central es alcanzar el mundo.

Es verdad, la gente es idéntica a sí misma desde que apareció en la faz de la tierra. Las cuestiones fundamentales que la definen son comunes a todas las razas. Sin embargo, los problemas que la afectan y que la consumen son completamente nuevos. El riesgo del desempleo frente a la automatización, las fallas recurrentes del proyecto liberal, el terrorismo, la crisis ecológica, las noticias falsas e internet han dado forma a un universo difícil de comprender.

Claridad, dice Harari, es la clave. Y ése es el desafío de quienes no sólo desean saber cómo enfrentar el mundo que se nos ha venido encima sino más: cómo influir en él, si es eso posible. Es como aquella parábola de Jesús: saber separar la cizaña del trigo. ¿Quién nos dirá qué es lo realmente importante y hacia dónde dirigirnos? ¿Quién va a aclararnos nuestra posición y nuestra misión?

Alguien respondió así a estas y otras preguntas que formulé: “A mí me vas a encontrar orando a los pies de la cruz”. Es una bella, yo diría poética, frase. Cualquiera que comparte la fe de Cristo se siente conmovido. Piensa algo como, “¡Aprende, Benjamín!”

Sin embargo, hay que decir que se necesitan líderes que comprendan el mundo que vivimos, aporten claridad para saber qué es lo esencial y qué no, y nos propongan acciones efectivas.

Y orar, claro…

Educación (Notas)

“…desde Platón hasta acá sabemos que hay invariables en la educación, como el lugar de la memoria, del esfuerzo, de la repetición.”

(Charles Torossian, matemático, investigador, Inspector General de la Educación Nacional de Francia)

Después de muchas décadas de proyectos educacionales “progresistas” y “modernos”, Francia está regresando a las viejas tradiciones de la educación. Encima, acabo de leer que por ley prohibirá, a partir de septiembre de este año, el uso de celulares en las aulas a los escolares hasta los 15 años.

Los defensores de los novísimos sistemas educacionales – novísimos porque surgieron después de miles de años de educación – pondrán en el grito en el cielo por este atropello a la razón: ¡Cómo es posible que se vuelva a poner en uso la memoria, el esfuerzo, la repetición!

Hacer una copia, memorizar la lección para el día siguiente (cómo olvidar “La tertulia de la señora pata”), repetir hasta la saciedad las tablas de multiplicar, resolver casos de matemáticas usando el modelo problema-raciocinio-ejecución-respuesta, todos los santos días de lunes a viernes. Ir a la biblioteca, hacer notas en tarjetas, redactar, escribir a mano en hojas oficio y presentar ante la clase un trabajo de investigación cada mes. Leer libros en su versión original, presentar un reporte escrito de la lectura y disertar sobre un capítulo escogido cada vez que le tocara a uno en la lista del libro de clases.

Lo anterior es más o menos el modelo impuesto durante mi educación primaria y secundaria. Con diversos matices y resultados, toda mi generación fue afectada por estas prácticas. Salvo algunos pocos casos, no por ello menos significativos, no recuerdo que alguno de mis compañeros y compañeras resultara con traumas insolubles en su vida personal, familiar y laboral a causa de estos tormentos escolares. La mayoría de ellos estudiaron hasta el fin del secundario y un tercio de ellos o más terminaron estudios superiores y se desempeñan – o desempeñaron – con alguna ventaja en su trabajo.

“Resulta desalentador que los estudiantes, tras doce años en el aula, salgan sin entender lo que leen o sin poder hacer simples operaciones de abstracción matemática… El aprendizaje está en la persona. Lo que está en todos lados es la información, pero el conocimiento es otra cosa… No puedo saber para qué sirve la información si no tengo una estructura que me permita entender lo que está escrito. Y eso lo da la escuela… La televisión, Google, Twitter y Facebook no van a darlo, por más que tengan toda la información.” (Guillermo Jaim Etcheverry, Presidente de la Academia Nacional de Educación de Argentina)

La palabra en su laberinto

“En la mayoría de los casos de personas hablando con otras, la comunicación humana no puede ser reducida a información. El mensaje no solamente implica, sino que es una relación entre el que habla y el que escucha. El medio en el cual el mensaje es instalado es inmensamente complejo, infinitamente más que un código: es un idioma, una función de una sociedad, una cultura, en todo lo cual el lenguaje, el que habla y el que escucha están involucrados.”

(Ursula K. Le Guin, Hablar es escuchar)

En las últimas semanas me ha correspondido enviar varios correos electrónicos a una gran cantidad de personas. En un primer caso, más de la mitad de los correos fueron devueltos porque el remitente cerró su cuenta, está inactiva o inhabilitada. Esto, pese a que continuamente estamos recomendando a las personas que nos ayuden a mantener actualizados sus datos.

En otros casos la respuesta recibida contiene preguntas que están respondidas en el correo original. Deducimos de esto que o no han leído todo el documento o no lo han comprendido.

Digamos en descargo nuestro que los mensajes enviados están diseñados de una manera directa y clara; al menos eso nos parece después de haberlo sometido previamente a la revisión de uno o más de nuestros colegas.

Me intrigan dos cosas en esta experiencia: una es que casi todas las personas a las que dirigimos estos mensajes son comunicadores que operan un medio masivo cristiano. La otra es que como cristianos se espera que conozcan adecuada y ampliamente un documento escrito de unas 980 páginas que es el fundamento verbal de lo que creen: la Biblia.

En ambos casos, la palabra el instrumento crítico y fundamental de su trabajo. ¿No deberían, por lo mismo, tener un dominio mínimo de la palabra para comunicar en forma efectiva? Por otra parte, ¿no deberían tener, en tanto comunicadores públicos, un manejo suficiente del documento escrito que sirve de base a su fe – la Biblia – que contiene más de 770.000 palabras?

Como en todas los ámbitos de la vida, hay saludables y honrosas excepciones a esta cuestión. Pero como hemos dicho tantas veces aquí, tales excepciones confirman la veracidad del hecho.

“… El medio en el cual el mensaje es instalado es inmensamente complejo, infinitamente más que un código: es un idioma, una función de una sociedad, una cultura…”

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Todo cambia. O nada…

Nada nuevo bajo el sol.

Esta antigua noción desafía frontalmente la idea que tiene la gente respecto del cambio tecnológico y cultural que caracteriza a nuestra era. Domina en el imaginario colectivo la percepción de que vivimos una época sin igual en la historia humana. Crece la ansiedad por estar al día. Nos afanamos por comprender el manejo de aparatos y dispositivos. Nos sumergimos en el universo virtual para recapturar el encanto perdido de la comunicación real. Participamos en cursos y seminarios orientados a transformar la conducta y desarrollar altos estándares de productividad y liderazgo. Nos informamos de las tendencias culturales y las seguimos fervientemente para sentirnos incluidos.

No es de sorprenderse por qué estamos tan estresados. Por qué nos sentimos tan desajustados. Tan perdidos respecto de qué es lo que realmente queremos hacer con nuestras vidas y con nuestro futuro. Nunca jamás hubo tanta información que afectara nuestros sentidos. Jamás nos sentimos tan interpelados para hacer esto o aquello a fin de estar dentro, porque estar fuera es de perdedores.

Por supuesto, para profesionales del comportamiento humano, gurús, maestros de todas las categorías imaginables, artistas populares, ídolos y celebridades, estos son buenos tiempos. Que alguien ponga un poco de orden, que ofrezca alguna certeza, que garantice algo por lo menos; para ellos, mucha tribuna y excelentes honorarios.

Urge una mirada retrospectiva, sin duda. Que busquemos algo de perspectiva en medio de este atosigante presente de imágenes, alaridos publicitarios, últimos gritos de la moda y siempre cambiantes tendencias sociales.

Habría, me parece, que regresar a las cuestiones fundamentales de la existencia, que se encuentran en el imaginario humano desde los albores de la vida. Todas las civilizaciones han tenido códigos que buscan interpretar las relaciones humanas y a pesar del tiempo y la distancia entre ellas, se encuentran asombrosas similitudes. Estas semejanzas aluden a lo que intentamos decir en esta nota: el hombre es idéntico a sí mismo desde que apareció en la faz de la tierra. No importa cuánto hayan cambiado las condiciones externas, la economía, la cultura y la tecnología. Frente a las presiones de la vida, será siempre el mismo y responderá siempre la misma manera: con grandeza o con maldad.

Alzar un poco la mirada del asfixiante momento, reposarla en la pradera del tiempo y refrescarse con la memoria de que no hay nada nuevo bajo el sol: una buena recomendación para no desesperar.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

La palabra rota

En el principio era la palabra. Por ella fueron hechos los mundos. Era el misterio revelado de la vida y del amor, tanto así que se dejó romper pero volvió a vivir para instalarse de nuevo como posibilidad de redención, como promesa, como camino para los encuentros, como relato del tiempo y de las cosas humanas.
Entonces aparecieron los mundos virtuales de internet, los mensajes instantáneos, las redes sociales y los smartphones, y la palabra fue atropellada, recortada, empequeñecida, abreviada. Las generaciones atosigadas de información se volvieron a los ídolos de la imagen que atraviesa la vida a velocidades vertiginosas.

Y la palabra fue cayendo en el olvido…

Hace unas semanas envié un mensaje a más de quinientos asociados con el asunto “Solicita ayuda e información” presentando dos peticiones en forma relativamente breve; digo relativamente porque había que desarrollar un poco la petición de ayuda e información.
Las respuestas que logramos al final no representan más del 10% de los destinatarios. Eso por una parte. Por otra, la absoluta mayoría quienes han respondido expresaron su deseo de ayudar pero no dijeron una sola palabra acerca de la información solicitada, lo cual me hace ver que, con mucho, leyeron la primera parte del mensaje. Parece que eran demasiadas líneas como para hacerse cargo de ambos temas. Muchas “palabras”…
La solución inevitable es reducir al mínimo el contenido de los mensajes para obtener respuestas. Pero eso duele porque los destinatarios en cuestión son comunicadores cristianos. Personas que se proponen, que se han preparado o que cayeron en el campo de los medios de comunicación; lo que es más trágico es que son medios de comunicación que se supone tienen la misión de transmitir uno de los mensajes más potentes, más complejos y mas profundos de la realidad humana. Un mensaje que requiere el uso y el dominio maestro de la palabra para poder sonar con ventaja entre la estridencia y la chimuchina de miles y miles de otros medios competitivos y poderosos.
Más del cincuenta por ciento de los correos enviados fueron devueltos porque las direcciones ya no existen o tienen buzones llenos de mensajes. En otras palabras, nuestros comunicadores nunca nos “comunicaron” oportunamente que habían cambiado sus direcciones y así ayudarnos a mantener un contacto fluido y productivo con ellos.
¿Hay esperanza – suplico una respuesta – para la palabra entre nosotros, para quienes la misión es precisamente la Palabra?
¿O también está rota entre nosotros?

Todos los excesos son malos

Hoy son las elecciones de Estados Unidos, y la verdad, mañana va a ser un alivio poder ver los noticieros sin las repeticiones de propagandas electorales. Sobre todo éstas elecciones que han estado tan reñidas y con tanta información negativa de ambos candidatos. Y justamente ayer leía un artículo que decía que las noticias son dañinas para uno y que dejar de leerlas o escucharlas nos haría más felices.

Estoy de acuerdo en que de vez en cuando hay que tomar un descanso de las noticias, porque están pasando cosas tan terribles, que nos pueden afectar anímicamente durante mucho rato. Esto es así para las personas muy sensibles. Pero pienso que es importante estar informados de lo que está pasando en el mundo a diario. Aunque sea un corto mirar de los acontecimientos en las mañanas antes de salir a la calle es saludable a mi parecer.

Obvio, que si te afectan para continuar tu día, tienes que hacer una pausa. Pero ¿qué tal si sale una noticia muy importante, como de tránsito, que informa que la vía por la que tienes que circular a tu trabajo está cerrada por un choque terrible y tienes que tomar otras vías? Entonces lamentarías no haber escuchado las noticias.

Como todo en la vida, esto tiene su lado bueno y su lado negativo. Pero en estos casos mi respuesta siempre es que: “todos los excesos son malos”. Siempre uso esa frase, incluso en las relaciones, porque sucede que hay personas que dicen que les gusta el romanticismo y entonces una persona que las quiere conquistar se desborda en demostraciones románticas… y daña la relación. Porque al igual que te puede gustar mucho la pizza, pero si la comes tres veces al día por una semana, la terminas aborreciendo, ¿cierto? Igual si se exceden en demostraciones románticas, te saturan, te empalagan.

Volviendo al tema de las noticias y los acontecimientos diarios, entonces, concluyo que es muy bueno verlos, pero no hay que obsesionarse con ellos. Si estamos todo el tiempo pendientes de lo que está ocurriendo en el mundo, puede ser que descuidemos otras cosas igualmente importantes. Y si sabemos que nos afectan las noticias a nivel anímico, pues tenemos que tomar conciencia del efecto que nos causan y dejar de verlas por temporadas. ¡Mas no del todo…pues sería un exceso y no estaríamos informados!

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Misterio

“Cuán insulso y tedioso sería el mundo sin misterio”, dice el maestro Ibn Sina para conformar a su discípulo Jesse ben Benjamin, afligido por el misterio que rodea a las enfermedades incurables. Son palabras adecuadas para su tiempo: es una escena de la película “El médico”, ambientada en la Edad Media. Suenan extrañas para nuestra época que, embriagada de información, inundada de imágenes y sonidos, no parece reconocer límites al conocimiento.
Se dice, Si no lo sabes, googléalo, o Seguro que hay un tutorial en YouTube. Tal vez sea ésta la razón por la que la mayoría de los estudiantes experimentan el aburrimiento en las clases. ¿Qué puede enseñar un profesor que ellos no puedan hallar en internet? Quizá sea también la explicación de por qué el abúlico espectador navega por los 900 canales que tiene disponible en su conexión de televisión satelital y no se detiene en ninguno donde pueda disfrutar de un documental, un espectáculo o una buena película.
Todo está ahí, disponible a un clic de distancia. Ahíta de estímulos audiovisuales, nuestra generación parece haber perdido la capacidad de asombrarse. Ya no tenemos la maravillosa experiencia de la perplejidad frente al misterio y lo desconocido. Por eso mismo, como escribí hace unos días, el salvaje degollamiento online de un grupo de prisioneros fue apenas una nota marginal en los grandes canales de noticias, ocupados por los últimos desnudos de la Kardashian o los premios anuales a la televisión.
Reconocer lo inexplicable es en cierto modo admitir nuestra incapacidad de comprender la complejidad del universo, un primer paso hacia la cordura, hacia el sobrio dimensionamiesto de nuestra humanidad. No somos infinitos.No sabemos todo. No podemos todo. Hay realidades que están más allá de nuestra comprensión y, por lo mismo, son imposibles de manipular.
La ilusión de las poderosas máquinas inteligentes, el acceso instantáneo a inmensas masas de información, la enormidad de recursos de toda índole no alcanzan a resolver ni mitigar la profundidad del misterio, la abrumadora realidad de lo desconocido y de lo imposible.
Nos haría bien pensar más frecuentemente en esta simple y concluyente verdad.

Información y conocimiento

La clave hoy no es tanto pensar sino sentir. La gente no quiere comprender sino estar informada.

Esta es una observación extraída del libro “La Educación desde la Comunicación” de Jesús Martín Barbero, una lectura que debería ser obligatoria para maestros y comunicadores (en realidad para cualquier persona que quiera entender el mundo que vivimos hoy).

Existe la engañosa idea de que estar informado es igual a conocer y entender la realidad. En realidad, lo que leemos o escuchamos como información es un resumen de lo que ha escrito un periodista o un editor, quien ya ha hecho una lectura previa y una interpretación de los hechos acorde con su cosmovisión y con los intereses del medio para el que trabaja. Así, la información es cierta información, una representación mediada. Si consumimos noticias en lugar de examinar contenidos, terminamos pensando en aquello que los conductores de los medios quieren que pensemos; que consideremos noticia lo que ellos quieren que creamos que es noticia. Eso por una parte.

Por otra, leer o escuchar noticias solamente agrega información en nuestra cabeza si no discriminamos los contenidos. ¿Nos están contando toda la noticia? ¿Qué contenidos están dejando fuera o están editando? ¿Cuál es la orientación política, filosófica, cultural o moral del medio? Nunca los medios de comunicación son neutrales. Siempre intentan hacernos creer que son objetivos, pero eso no es posible. La realidad siempre es filtrada por creencias y convicciones.

El conocimiento es algo muy distinto. Francis Schaeffer, notable pensador cristiano, solía decir que educación no es acumulación de información sino la capacidad de ver las relaciones que la información y los contenidos tienen con todos los aspectos de la realidad. En este sentido, advertía, muy pocos individuos son educados.

La mayoría de las personas no está interesada en pensar. La velocidad de la vida, la hiper especialización de la educación moderna, los medios digitales (con su más alto exponente, el smart phone) además de las presiones del trabajo, la familia y la vida urbana utilizan la mayor parte de la energía diaria de la gente. Así que a la noche lo único que las personas quieren saber es qué está pasando en la ciudad y en el mundo y luego conectarse a algún programa de farándula para reírse de la estupidez humana y de sí mismas.

La información ha reemplazado al conocimiento igual que la charla banal a la buena conversación.

Crónica de una pasión II

El libro es reducido a la condición de objeto cuando se lo mira como puro proveedor de conocimiento, y se le roba así una parte esencial de su propósito. Porque cuando habla no es sólo para hacernos saber algo; espera de nosotros una respuesta, una devolución, un diálogo. Sí, cuando habla, no es una exageración. En sus páginas está buena parte, si no toda, la vida del hablante, el autor. El libro abre una puerta para que entre a nosotros y nosotros a ella o a él. Es una conversación posible.

De todas las virtudes que tiene el libro, destaco aquella de activar la imaginación. En las imágenes, fijas o en movimiento, no hay misterio, sólo un goce terminal: está todo ahí. La palabra escrita provoca a construir el universo propuesto a imagen y semejanza de quien lee y se modifica en el tiempo. Por eso los libros releídos, especialmente aquellos de la juventud, ofrecen nuevas posibilidades. Plasmamos en ellos nuestra propia experiencia. Descubrimos matices hasta ahora escondidos a la mirada antes inexperta.

Mucho se ha hablado y escrito acerca de la obsolescencia del libro físico en la era de la información. Es conocida por la audiencia mi aversión a la virtualidad, ese mundo detrás del cual no hay más que unos y ceros y más atrás sólo partículas imantadas sobre un disco metálico. No sé si llegará el día – apocalíptico – en que no se imprimirán más libros. La única certeza que tengo y que me alienta es que es bastante probable que eso ocurra después de mis días y seré librado de tal abominación.

No tengo cuenta de cuántos libros he comprado, perdido, prestado y cuántos nunca devolví. Pero me pasa con los libros lo mismo que con el hotel de la revista “Condorito”: dos se van, tres llegan. Se me hacen viejos amigos. Leales. No se ofenden si no los miro por años. Al abrirlos de nuevo, continúan ofreciéndome su invaluable tesoro de palabras.

Al final del día, éstas son sólo divagaciones de un lector ya bastante atardecido. Si el libro deja de existir, espero de todo corazón que las generaciones jóvenes encuentren otros recursos – los que sean – para superar el estado primitivo de la supervivencia y trascender… aunque sea un poco.

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