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Se verá que no

Harta de la complacencia y el talante indolente, el alma se subleva.

Escribe la crónica de la sangre, el relato de la injusticia, la historia de los pasillos donde la grey susurra su desamparo.

Pero es en vano.

Como decíamos cuando éramos chicos, “no hay coté”, no está el horno para bollos.

La multitud prefiere la paz de la soberana medianía. Al fin y al cabo, se dice a sí misma, las cosas siempre han sido como son.

Se alinea con las noticias y las tendencias de la red social, se divierte con memes y videos, deposita su voto al mejor postor porque vota al que le dé.

Traga discursos carismáticos, oxidadas consignas setenteras y televisión farandulera.

Transita por las anchas avenidas del sentido y el lugar común.

A la inmensa mayoría le irrita la provocación de la diferencia, la mirada otra, la confrontación del pensamiento y la exigencia de las letras.

Para la gente está bueno que las cosas cambien un poco para que todo siga siendo igual.

(Vive y deja vivir, no te metas, no agites el gallinero, no vayas donde no te llaman, vuelve a tu cubil, lobo estepario, rebelde malagradecido. Aquí las cosas marchan como deben, cada uno cumple su papel, todo marcha viento en popa y al final vamos a ganar y si no lo crees, peor para ti.)

Así que éste no parece ser mi lugar. Es más, a lo mejor no existe tal lugar y lo único que me pasa es que padezco una rara enfermedad que se me contagió una mañana debajo de unos manzanos silvestres.

Me iré entonces acurrucando al amparo de la poesía, compañera fiel igual que los libros. Me voy a apotincar en la temperada caricia del recogimiento y voy a buscar el abrazo cada vez más simpático de la soledad.

A lo mejor habría que hacer caso del consejo “No agites, hermano”.

Entonces, a hacer no más la pega de todos los días, seguir desayunando en Amélie (los domingos en Marzola) y aparentar que me quedo en el molde.

Un día, cuando me vaya, se verá que no.

Libro

Estaba ahí desde que abrí los ojos y entendí que estaba vivo. Era paisaje cotidiano, comida lateral para mi hambre feroz de ver, de sentir, de palpar, de ver más allá de muros y rejas. Se abría a mi apetito voraz de conocimiento y lo saciaba con países exóticos, comidas extrañas, inmensos nubios y embriagadoras odaliscas. Entré en las cavernas del centro de la tierra, navegué los mares ecuatoriales, entré en el territorio de los arapahoes, exploré los secretos del laboratorio de Baker Street y estuve en los campos de batalla de Trafalgar y Waterloo.

Conocí las vidas secretas de los grandes hombres de la política, la música y el arte. Exploré el espacio infinito y las primeras nociones de nuestro amigo satélite. Aprendí que los chinos inventaron los fuegos artificiales, el papel, la pizza y los fideos. Atravesé los hielos polares y anduve por desiertos entre beduinos, derviches y soldados de la Legión Extranjera. Experimenté los primeros temblores del inglés en el “National Geographic” impreso y me fasciné con las fotos de Lennart Nilsson del interior del cuerpo humano a mediados de los años sesenta.

Recorrí las mansiones señoriales y las casas pobres del París de Balzac y sus enormes descripciones que abrumarían a los famélicos navegantes de los 140 caracteres. Seguí la mirada de historiadores, ensayistas, periodistas, poetas, cronistas y, nobleza obliga, algunos inefables pintamonos* del heterogéneo mundo de las letras.

El libro me acompaña siempre; no es por nada, pero ese slogan era mío cincuenta años antes de que fuera pronunciado por CVCLAVOZ. Ha sido confidente, consolador, escape, conocimiento, esperanza, inspiración, conciencia social, asombro, risa, lágrimas y bronca acumulada por años de años.

En mi mesita de noche, sobre el estanque del inodoro, en la mochila, en la mesita del living, en el estante, en mi escritorio, el libro vigila mis variables condiciones climáticas internas y me propone su conversación silenciosa; lo acerco, lo leo, lo dejo y ahí está el libro, siempre disponible, sin publicidad engañosa, sin baterías que hay que recargar ni nuevas versiones que reemplacen las antiguas, sin comentarios no solicitados, sin mensajes que esperan una urgente respuesta. El tiempo nos hace más que ennoblecerlo si es bueno y hacerlo material de reciclaje si es malo. De todos los inventos humanos el que más me reconcilia con la raza es el libro.

El libro vive y deja vivir.

(*pintamonos: chilenismo para referirse a gente que no tiene nada que hacer ahí)

Lo digo pero ¿Cómo lo escribo?

A mayor cantidad de opciones para comunicarnos dentro del mundo ilimitado de las redes sociales, saber expresar el mensaje que deseamos compartir es importante.  Cada semana reviso temas relacionados a la comunicación virtual y entre todas las fuentes informáticas que hago referencia hallé una interesante publicación en la página de BBC Mundo sobre Twitter.  A continuación parte de la investigación revelada por ellos:

Sabemos que un mensaje enviado a través de Twitter no puede tener más de 140 caracteres, pero al margen de la longitud, si quieres que tus seguidores valoren tus mensajes hay otros elementos que tienes que considerar al escribir algún comentario en esta red social.  Fue la conclusión a la que llegó un grupo de investigadores después de analizar más de 43.000 comentarios en los que se decía si valía la pena –o no- leer un tuit compartido por algunas de las personas que siguen en Twitter.

“No con mucha frecuencia encontramos a seguidores que aprecien un tuit. Consideran que hay una gran cantidad de contenido que no vale la pena leer, por diferentes razones”, explica Michael Bernstein, profesor de Ciencias Computarizadas de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, e integrante del equipo que realizó el estudio.  En la investigación titulada “¿A quién le importa un tuit? se analizaron más de 21.000 cuentas de Twitter. Además de Bernstein, también participaron especialistas de las universidades de Carnegie Mellon y el Instituto de Tecnología de Georgia, en EE.UU., y de Southampton, en el Reino Unido.

Así que si quieres que los comentarios de tus seguidores con respecto a tus tuits sean positivos, ten en cuenta las siguientes recomendaciones:

No personalizar. Los usuarios entrevistados para el estudio expresaron su desagrado con quienes compartían información acerca de su vida personal. Por ejemplo, uno de los participantes comentó: “No me interesa lo que la gente está comiendo”, aludiendo a un tuit referido a ese tema.

Sin quejas ni saludos. Los mensajes que expresaban desagrado o molestia con algo tampoco fueron muy bien recibidos. Lo mismo ocurrió con tuits como: “Hola Twitter”. Para los usuarios, este tipo de mensaje no tiene contenido, lo consideran aburrido e inútil.

A la caza de la novedad. Twitter es considerado por quienes lo utilizan como un medio de información en tiempo real, y por esta razón, esperan encontrar información actualizada, no referencias a algo que ocurrió con anterioridad.  Los tuits que vale la pena leer, según los participantes en el estudio, son informativos. Y 48% estuvo de acuerdo con respecto a este punto. Reaccionaron con comentarios como: “Sí, vi eso a primera hora de la mañana” o “He leído el mismo tuit tantas veces…”.

Contenido original. Aparte de considerar el aspecto noticioso referido previamente, uno de los elementos que más importancia tiene para los participantes es la creatividad en la forma en que estructura el tuit. No se trata de repetir lo que otros ya han comentado, sino de aportar algo adicional.  Consideran que vale la pena leer aquellos que les permiten aprender, que causan intriga y que los invitan a averiguar más acerca del tema que se menciona. Al respecto hicieron comentarios como los siguientes: “Este titular me llama la atención”, “no sabía que esto estaba pasando, gracias por darme la información”. También fueron recibidos positivamente los tuits estructurados en forma de pregunta.

Claridad. Un elemento muy valorado es la facilidad con la que se puede entender un mensaje. Comentarios sin contexto, crípticos o difíciles de entender, fueron evaluados negativamente. El mensaje a transmitir tiene que ser muy claro.  Dentro de esta categoría se incluye compartir enlaces, entradas de blogs o fotos sin ninguna información adicional.

No abusar del símbolo de @ ni del #. El uso excesivo de la arroba y del hashtag se convirtió en una fuente constante de molestia entre quienes participaron en la investigación. “Muchos #, no puedo encontrar el contenido”, fue el comentario generalizado.  En lo que respecta a la @, la gente expresó su preferencia por el uso del mensaje directo o de la respuesta dirigida a esa persona utilizando @nombre del usuario, en vez de mencionarlo en el tuit.

Espacio para lo gracioso. Los mensajes que incluían algo cómico también fueron bien evaluados. Los investigadores descubrieron que el humor es una buena opción para compartir reflexiones y opiniones.

Finalmente, la idea del estudio lo resumo en la siguiente expresión:  “No es lo que digo sino como lo escribo”.

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¡Lo mejor de la vida para ti y los tuyos!

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