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4 ventajas de leer ficción

Cuando se trata de la lectura, para muchos, leer ficción no tiene ventajas. No obstante, la ciencia ha demostrado que las novelas tienen efectos positivos en la vida real. Esto se ve claramente con la biblioterapia. Este tratamiento consiste en leer los libros en donde los protagonistas atraviesan los mismos problemas que uno. Dicha terapia busca mejorar la calidad de vida y ayudar a las personas a ver desde diversas perspectivas. Pero para disfrutar de los beneficios de la ficción no es necesario consultar con un biblioterapeuta. Cualquier persona puede gozar de las ventajas de leer ficción, las cuales son:

Ventaja de leer ficción #1: Mejora tu cognición social

Investigadores de la Universidad de Princeton, McGill y Harvard examinaron a las personas que tienen preferencia por leer ficción. Tras un análisis contrastado con la neurociencia, vieron que la lectura sí afecta el cerebro. Mientras los participantes del estudio leían, los estudiosos analizaban las neuroimágenes funcional. Después de examinarlas con detenimiento, llegaron a la conclusión de que los que leen ficción con mayor frecuencia tienen un mejor desempeño de cognición social.

La cognición social es la manera como nos relacionamos y vemos a los demás. Este proceso nos ayuda a interpretar las emociones de quienes nos rodean y a sentir empatía. Los lectores de ficción tienen mayores habilidades en esta área porque la lectura modifica el cerebro. Este cambio incrementa la empatía por los demás y mejora las relaciones sociales.

Ventaja de leer ficción #2: Cambia tu comportamiento

Un artículo publicado en la revista Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts reveló que las personas pueden ser más amables si leen ficción. Pero solo cuando se imaginan las escenas. Tras un estudio descubrieron que hay un gran poder en imaginarse las historias pues estas ayudan a que cambiemos nuestros patrones negativos de conducta.

Ventaja de leer ficción #3: Te hace más inteligente

Un artículo publicado en la revista Brain Connectivity explicó que leer ficción hace que se generen nuevas conexiones cerebrales. Algunas de ellas permanecen solo mientras se lee, pero otras duran hasta una semana. Los lectores asiduos de novelas tienen más conexiones cerebrales (duraderas) que el resto de las personas. Estas conexiones son prácticas en la vida real pues ayudan con situaciones similares y a analizar lo que ocurre en el presente. Un buen ejercicio para incrementar las conexiones cerebrales, recomendado por los estudiosos, es intentar adivinar cuál será el final de una novela.

Ventaja de leer ficción #4: Te hace vivir más

Un artículo publicado en la revista Social Science & Medicine sostiene que leer hace que la mente sea más aguda y es el mejor ejercicio para el cerebro. Se ha comprobado que no solo ayuda a prevenir el Alzheimer, sino que también alarga el tiempo de vida. Leer un libro a diario durante 30 minutos hace que una persona tenga 20% menos de probabilidades de morir, en comparación con aquellos que no leen.

Recomendación

Vencedor es un libro de ficción basado en la película más reciente de los hermanos Kendrick.
La vida del entrenador John Harrison cambia de repente cuando los sueños de llevar a su equipo de básquetbol al campeonato estatal son derribados por el peso de una noticia inesperada. Cuando la planta de manufactura más grande cierra sus puertas, cientos de familias se ven obligadas a dejar la ciudad y John se pregunta cómo él y su familia enfrentarán un futuro incierto. Después de aceptar renuentemente ser el entrenador de campo a través, John y su esposa, Amy, conocen a una inspiradora atleta que va más allá de sus límites en una jornada hacia el descubrimiento. Inspirada por las palabras y las oraciones de un amigo nuevo, John se convierte en el entrenador menos esperado ayudando a la corredora menos esperada para intentar lo imposible en la carrera más grande del año.

Lee el primer capítulo gratis, AQUÍ.



El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

–Tamir, D., Bricker, A., Dodell-Feder, D., & Mitchell, J. (2015). Reading fiction and reading minds: the role of simulation in the default network. Social Cognitive And Affective Neuroscience, 11(2), 215-224. doi: 10.1093/scan/nsv114
–Johnson, D., Cushman, G., Borden, L., & McCune, M. (2013). Potentiating empathic growth: Generating imagery while reading fiction increases empathy and prosocial behavior. Psychology Of Aesthetics, Creativity, And The Arts, 7(3), 306-312. doi: 10.1037/a0033261
–Berns, G., Blaine, K., Prietula, M., & Pye, B. (2013). Short- and Long-Term Effects of a Novel on Connectivity in the Brain. Brain Connectivity, 3(6), 590-600. doi: 10.1089/brain.2013.0166
–Bavishi, A., Slade, M., & Levy, B. (2016). A chapter a day: Association of book reading with longevity. Social Science & Medicine, 164, 44-48. doi: 10.1016/j.socscimed.2016.07.014

Libros escritos

Los libros que escribí, esas piezas de museo” es una frase que va a aparecer alguna vez en la red social que uso por estos días.

Es que no tengo otro pensamiento acerca de los libros que he escrito. No son malos (no adolezco de falsa modestia). Lo que pasa es que el que era cuando los escribí ya no soy.

El que fui entonces era mucho más indocumentado de lo que soy ahora. Lo sigo siendo, por supuesto, pero ahora tengo menos inocencia. Soy más escéptico. Dejé de creer algunas cosas. Empecé a creer en otras diferentes.

Eso suele espantar a quienes operan desde la firmeza de ciertas convicciones adquiridas hace mucho. A mí no me sucede tal cosa.

Escribí “Impresiones” en 1994. En 1999 me despaché con “Entrelíneas”. Cuando los miro hacia atrás encuentro que el primero era definitivamente ingenuo. El segundo era arrogante.

Me había prometido no publicar nada más. Lo que sí he hecho ha sido escribir innumerables notas de prensa, apuntes de clases y artículos para diversos blogs.

Hace un año compilé una serie de temas que dicto en las Jornadas de Capacitación de CVCLAVOZ bajo el título de “La palabra en su laberinto”. La rendición se ha debido a que muchas personas que me aprecian insisten en que esas cosas deben ser publicadas en bien de una cierta audiencia. Si se mira bien, no es una publicación muy original.

Se me ha ocurrido por la misma razón que debería publicar una selección de los artículos que escribo aquí. El tema por el momento está en estudio.

¿En qué sentido considero piezas de museo aquellos libros que escribí hace tanto? En que son una fotografía mía de hace 25 años.

Un cuarto de siglo es demasiado tiempo el pensamiento y la memoria. Si eso no hubiera cambiado no los consideraría una pieza de museo porque yo seguiría afirmando lo mismo. Creería que son vigentes. Pero eso sería la triste evidencia del congelamiento del ser. Yo mismo, junto a esos textos, sería una pieza de museo.

No pasa lo mismo con el poema. Es eterno. No está atrapado en la circunstancia. Habla a las personas de todos los tiempos. Por eso debe ser que la mayor parte de la profecía bíblica está escrita en forma de poemas. Se mantiene actual.

Eso me parece a mí, al menos…

Tantas ideas

“Otra pregunta es de dónde saqué las ideas para tantas historias. Me la plantean continuamente.

La respuesta es que al cabo de medio siglo de elaborar ideas, el proceso se vuelve automático e incontenible.”

(Isaac Asimov, en la Introducción del volumen II de sus Cuentos Completos)

Esta mañana en Amélie, donde desayuno con café y libros, tomé al azar el ejemplar del libro mencionado y en su introducción Isaac Asimov se refiere a su profusa producción literaria. A la fecha de esas palabras ya había escrito cientos de cuentos y de libros y miles de ensayos relacionados con la ciencia.

Comenté esto en la red social que uso y mencioné que era posible que eso mismo me motivara a escribir el artículo de hoy. Y aquí está.

Hace años una amiga de Alemania leyó una vez un pequeño relato mío titulado “Cortado”. Contaba ahí lo que pasa desde que se pide un café cortado hasta consumirlo mientras se escribe en una servilleta o se mira pasar a la gente. Recuerdo que me pidió que se lo enviara por correo (electrónico, por supuesto).

De vuelta, me preguntó cómo hacía para ver y describir tantas cosas en algo tan simple como un café. Le respondí algo parecido a lo que dice Asimov en su libro: “al cabo de medio siglo de elaborar ideas, el proceso se hace automático e incontenible.”

En este blog y en un par de libros por ahí he escrito, entre muchas otras cosas, sobre la lavanda, la buganvilla, los helechos después de la lluvia en la cuesta de Los Añiques, un perro callejero, el arroz graneado con pollo a la campesina, la habitación de un hotel, una pera que me regalaron una vez en Cali,  unas zapatillas recién lavadas.

He contado sobre una parada de autobús en medio del desierto a las tres de la mañana, una charla con mi hija Paula que quiere saber qué significa “como peces viajamos al olvido”, un viaje en auto al sur con mi hermano David en el que me preguntó si era feliz o la vez que mi mamá, poco antes de morir, se miró las manos y dijo en voz baja: “Cuántos panes habrán amasado estas manos…”

La vida no pasa para mí. O pasa, pero me deja imágenes, sensaciones, impresiones, imprecisiones y turbulencias que bien valen un artículo, un poema o una pequeña prosa que tocará alguna vez a alguien.

Le sigo pidiendo a Dios

Hace unos años escribí aquí el texto “Sólo le pido a Dios”. Por cierto, saben que así se titula una canción de León Gieco.

En aquella ocasión pedí públicamente algunas cosas que debían – y deben – ser vistas como un libre ejercicio del arte literario y de la poesía. Qué era real en esos petitorios no era ni será explicado.

Así que pensé en renovar aquel ejercicio para el beneplácito de alguna audiencia y cierto malestar de otra.

Le sigo pidiendo a Dios…

El libre y continuado ejercicio de la libertad. El agradable y temperado servicio de la paz. Decir con más desplante y fuerza la verdad acerca de lo que pienso. Seguir destruyendo de este modo el imperio del miedo y del control.

Poder irme alejando de lo poco que deseo, pese a que ya lo deseo bien poco. Amistarme con  el rigor del cuerpo adverso, aceptarlo con un poco más de paciencia. Resistir la tentación de los “años dorados” y el “corazón joven” y reconocerme en el tiempo que vivo. Que pueda acordarme de los tiempos lindos recientes, no sólo de aquellos de los años sesenta o setenta.

Una ordenanza municipal que prohíba y haga cumplir la prohibición del uso de escapes libres en motos y automóviles. Cafés y restoranes donde no haya más televisores ni música estridente. Semáforos adecuados para peatones para que no tengan que adivinar en qué momento poder cruzar la calle. Un hogar lindo para los perros de la calle.

Una cabaña cerca del río y de un pueblo donde haya cafés y libros. Fresca en verano, tibiecita en invierno. Con una galería al frente para sentarme a mirar las montañas y sentir el viento entre los eucaliptus o los álamos

Una considerable cantidad de cuadernos de tapas negras y hojas amarillas sin líneas. Una provisión permanente de café en grano. Poder recuperar los libros que tengo esparcidos por varios lugares y tenerlos en un solo lugar.

Un living grande donde reunirnos con amigas y amigos a hablar de libros, de cine, de música, del mundo real y hacer planes. Y llevarlos a cabo hasta donde sea posible.

Un amigo o una amiga que siempre pueda llevarme en auto porque no quiero manejar. Un teléfono que me sirva principalmente… para hablar por teléfono.

En algún otro capítulo de estas peticiones me he de referir a mis deseos finales. Por ahora no es necesaria semejante preocupación.

El ocaso del pensamiento

“No estamos haciendo de internet una extensión de nuestros cerebros; estamos dejando que reemplace nuestra capacidad de pensar”.

(Nicholas George Carr, premio Pulitzer estadounidense)

Estas palabras están citadas en un artículo semanal de don Julio Petrarca, Defensor de los Lectores del diario Perfil de Argentina.

Incluye don Julio otra cita que pertenece a Umberto Eco, una admonición a uno de sus nietos un poco antes de morir:

La memoria es un músculo igual que los de las piernas. Si no lo ejercitas, se atrofia y te conviertes en un discapacitado mental. Es decir, un idiota”.

Así que parece evidente que existe una estrecha relación entre memoria, pensamiento e internet.

Cuando estaba en la universidad la novedad era que los profesores nos permitían usar una calculadora para el examen de Estadística aunque, advertían, tendríamos diez minutos menos que los chicos que no las usaban. Justo, me parece.

Desde entonces, y luego con la llegada de los teléfonos celulares, fuimos perdiendo la habilidad de hacer operaciones aritméticas simples o recordar números telefónicos sin apoyo de aparatos.

Tanto cambiaron las cosas que hoy se considera algo así como un “crimen” pedagógico pedirles a los escolares que memoricen, que tomen dictados o que hagan una copia diaria a mano.

Así nos ha ido.

Menos del 50% de las personas comprenden contenidos de relativa complejidad (instrucciones para armar un mueble modular, instalar un equipo electrónico o preparar una suspensión antibiótica).

Prácticamente desapareció la noción de comprensión de lectura, la redacción de documentos simples o hacer una presentación oral.

No es mi intención aquí abominar de internet o de los teléfonos celulares. Han resuelto enormes dificultades de trabajo y comunicación.

Lo que no han logrado es mejorar la calidad de la comunicación entre las personas y, lo que es más grave, han reducido peligrosamente la capacidad del pensamiento crítico y del análisis.

Es interesante constatar que muchos jóvenes continúan leyendo libros y nos apresuramos a celebrar eso.

Lo triste es que constituyen un magro porcentaje y pocos tienen la capacidad de ofrecernos un resumen o una reflexión de lo que han leído.

Leer continúa siendo uno de los mejores modos de entrenar la memoria y el pensamiento. Sea en papel o e-books el libro continuará otorgando un espacio para imaginar, observar, preguntar, discutir y sobre todo disfrutar de la belleza de pensar.

Mujeres y libros

Yo seré la última. Nadia Murad.

Sabactani. Eliana Valzura

No hay silencio que no termine. Ingrid Betancourt.

Estupor y temblores. Amélie Nothomb.

El cuento de la criada. Margaret Atwood.

Chicas bailarinas. Margaret Atwood.

La vejez. Simone de Beauvoir.

Memorias de una joven formal. Simone de Beauvoir.

Mi vida junto a Pablo Neruda. Matilde Urrutia

El corazón del tártaro. Rosa Montero.

La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero.

La casa de los espíritus. Isabel Allende.

La lista que precede es una parte de los muchos libros leídos que han sido escritos por mujeres. Me faltan obras de Simone Weil, Marguerite Duras, Angeles Mastretta, Alejandra Pizarnik, María Luisa Bombal, Malala Yousafsay, entre otras.

No tengo la más mínima pretensión de presumir de lo que leo. Por lo demás, tal cosa no tendría mucho sentido en un universo de personas que carecen del hábito de leer libros “no cristianos”.

Intento nada más señalar el valor que tiene leer libros escritos por mujeres. Creo que es difícil que los hombres puedan retratar más vívidamente lo que sienten y piensan las mujeres acerca de ellas mismas y de ellos. Es verdad: hay algunos autores que se han acercado algo. Algo.

La lista que presento incluye relatos autobiográficos o ficciones que desde diversos puntos de vista y en distintos escenarios revelan mucho más de lo que nos gustaría admitir.

Mujeres que se  han atrevido y que han considerado imprescindible revelar un hecho común: el maltrato de los hombres hacia las mujeres.

Con diversos matices, desde lo más sutil hasta lo simplemente horroroso, estos relatos retratan el daño que los hombres han causado a las mujeres por milenios.

El efecto que semejante conducta hacia las mujeres tiene en la historia de la humanidad difícilmente puede ser relevado aquí.

Entiendo que vivimos en una cultura que busca imponer criterios acerca de cómo se deben definir y describir los asuntos llamados de género. No es éste el interés de estas pocas líneas. Hay enorme cantidad de otras plataformas donde se puede llevar a cabo tal discusión.

Aquí no se trata más que de una propuesta de lecturas para que los hombres que leen esta nota comiencen a ver cosas sobre las cuales probablemente no han pensado nunca. Me parece poco posible comprender solo por mí mismo lo que es ser y lo que siente una mujer.

Podríamos asomarnos y mirar lo que dicen en sus libros.

Edades

Entre los veinte y los sesenta y cinco años me di cuenta que cuarenta y cinco no son nada y son todo.

Transité la distancia que hay de tarde en tarde a de nunca en nunca. Es posible que valga más nunca que tarde. Con el tiempo la vida – y últimamente los medicamentos – ya me caben en una valija y la mochila.

Los libros que no voy a escribir los voy a donar a la biblioteca de Nunca Jamás. Los que he comprado los voy dejando en mis residencias de paso. Los que escribí devienen modestas muestras de museo.

Ya regalé todos mis antiguos trajes y corbatas. Tiré sin más trámite algunos aparatos inútiles. Voy adquiriendo la manía de reducir cada vez más las cosas de mi propiedad.

De todas las edades posibles quizá termine prefiriendo la que no he vivido aún: Tarifa reducida, elevadores exclusivos y servicios especiales en el Metro. Atención gratuita en los centros de salud del Estado. Cajas preferenciales en bancos, supermercados y centros de pago. Para algo que sirva la vejez.

La vida, ese monumento a la fragilidad. La loca pasión de la esperanza. La insanable inutilidad de los rencores. La persistencia de los incompetentes altamente entusiastas. La consuetudinaria presencia de la soledad y el placer de su compañía.

Los inevitables y trágicos residuos del sistema. La pesadilla de la ciudad que nunca duerme. Los desamparos y la intemperie. El sublime desparpajo con el que los hechos desmienten el discurso. Un pesimista es un optimista con experiencia, escuché el otro día en una película.

El alivio de viajar sin mucho equipaje. El gusto adquirido. Los lugares comunes, esos salvavidas contra la importunidad. Los riesgos calculados y los otros. Las cosechas tardías. Las cosas juzgadas. El amparo, a veces. Los números en azul, también a veces.

La tentadora atracción del no hacer nada. La grata condición de pasajero en tránsito. La dulzura de las pocas amistades que uno logró conservar o adquirir. Mis listas de reproducción, esa serie de notas al pie de Samba pa ti. Mi lapicera y mi cuaderno, nunca superados por aparato alguno.

Debéis disculpar: somos muchachas del campo […] fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos del campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, violaciones, pestilencias, no hemos visto nada.” (Italo Calvino, El caballero inexistente).

Las mejores frases de Luis Palau

Luis Palau es uno de los evangelistas más influyentes y representativos de Latinoamérica y del mundo. Durante más de 50 años, ha trabajado arduamente para que muchas personas conozcan a Jesús personalmente. De su larga trayectoria hay palabras que él impartió e impactaron a millones. Estas son algunos de las frases más destacadas de Luis Palau:

≪Si una persona no recibe a Cristo no puede estar reconciliada con Dios; si no está reconciliada con Dios, de hecho vive en un vacío espiritual. Viviendo en el pecado, vive perdido.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪El amor se revela en el servicio. El amor es aquello que me hace buscar el bien de la otra persona. Eso es amor.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪Hijos de Dios somos todos los que hemos invitado a Cristo a nuestro
corazón por la fe. No porque vayamos a una iglesia, no porque leamos la Biblia, no porque digamos que somos una persona buena.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪Soñamos con el amor, pero practicamos muchas veces el odio, el desprecio y la crítica.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪¿Qué es deleitarse en Dios? Es estudiar la Biblia sistemáticamente. Es dejarse controlar y manejar internamente por Cristo, quien vive en nosotros. Es hablar con Dios en cualquier situación. Es cantar y alabarle al Señor. Es servir a Cristo y evangelizar a otros. Es obedecer sus mandatos.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪Comprendí que el secreto para ser un cristiano victorioso no radicaba en la dependencia de mí mismo sino en la completa dependencia del todopoderoso Señor Jesús resucitado, quien estaba en mi corazón.≫

Libro Sí a la vida

≪La Biblia nunca minimiza la gravedad del pecado, sino que magnifica la gracia de Dios para perdonarlo.≫

Libro Sí a la vida

≪Cuando las tormentas de la vida parecen abrumadoras, Dios desea que experimentemos su perfecta paz.≫

Libro Sí a la vida

≪La oración es amistad con Dios, sencillamente, dos amigos que conversan.≫

Libro Sí a la vida

≪Cuando Dios quiere bendecir a su pueblo, primero lo mueve a orar, a entablar un diálogo con Él.≫

Libro Sí a la vida

≪La gente se derrumba física y emocionalmente porque se
rehúsa a perdonar a otros.≫

Libro Sí a la vida

≪Cuando crecemos en la fe y llegamos a la madurez, las cosas van haciéndose más claras sin necesidad de luchar ni discutir, porque de manera gradual y dosificada vamos conociendo a Dios en la profundidad de su Persona.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

≪Yo no quiero ser conocido como un cristiano que no hace sino como un cristiano que disfruta de la vida porque Cristo es su glorioso salvador, un cristiano que goza de comunión con Dios.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

≪La paz de Dios en nuestro corazón es como el árbitro. Mientras todo esté bien entre mi Dios y yo, no se oirá nada alarmante. Si oigo el silbato en el corazón, algo anda mal.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

≪Si un cristiano siente dudas en cuanto a decir o hacer algo, lo mejor es estarse quieto. […] Si el corazón está latiendo con demasiado nerviosismo, es mala señal, y el cristiano no debería avanzar en el camino.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

*Fotografía obtenida de Wikipedia.

Mañana

Mañana va a ser el mediodía del resto del día que queda por vivir. Porque todavía queda algún tiempo antes del ocaso. Un poco antes, el crepúsculo está llano a otorgar algunos sueños, aunque no son muchos.

Será el día para celebrar el aniversario de la tristeza remitida y el jubileo de algunas horas bendecidas que aún quedan por ahí. Tampoco son muchas.

Mañana todavía los libros serán amados porque siempre hablan. Seguirán abriendo puertas y ventanas para que entre luz.

Habrá tiempo todavía de echarse bajo alguna sombra o arrellanarse en un viejo sillón de mimbre para releer los clásicos de siempre y también alguna novedad como “Amar amares” de Eduardo Galeano.

Mañana será el instante de recordar el futuro que se había soñado y que no fue. Para matizar se hará presente la memoria de algunos segundos emocionados, del aroma de alguna piel, de la tarde entre los álamos.

Se decretará el exilio de los miedos, las vergüenzas y las culpas. El amor, si sirvió para algo, cubrirá multitud de pecados. Por lo menos.

Mañana habrán crecido los hijos de los hijas y aparecerá algún bisnieto, precoz producción de algún nieto o nieta que no ajustó a los estándares de los viejos. Igual serán amados, aunque sea incluso a prudente distancia. Por razones de vivienda, digo.

Mañana tal vez algunos de ustedes recordarán las cosas que fueron escritas aquí. Para criticarlas porque no correspondían a la realidad o para amarlas porque hablaban para y por ustedes.

Los obituarios serán, seguramente, algo exagerados. O descarnadamente auténticos si aparece en las exequias alguien que tiene secretos que revelar.

Mañana las iras serán temperadas, las penas se replegarán al rincón más lejano del alma y los dolores devendrán incienso para el sacrificio de la tarde.

Se cerrarán los libros, algunas deudas serán pagadas y otras quedarán para siempre incobrables, para alegría de éstos y gran enojo de aquéllos.

Mañana me voy a unir a mis ancestros. Al abuelo Juan Bautista. A la abuela Aurora que se arrancó de la casa a los catorce años para fugarse con el abuelo Ramón – que tenía cuarenta. A mi papá, para proseguir una larga conversación pendiente.

Sobre todo, con el tío Carlos, padre y maestro, anciano venerable, epónimo de grandes eventos a quien le contaré seguramente de los avances de la ciencia y de los más recientes editoriales de El Mercurio.

Mañana…

Apariciones e inventos

Decía la señorita Ruth que la prehistoria era el período que iba desde la aparición del hombre hasta la invención de la escritura.

Era, para mis ocho años, una proclamación audaz al mismo tiempo que una invitación a desplegar mis fantasías.

La aparición del hombre atraía mi imaginación de modo superlativo. Mis evangélicos padres me llevaban a una iglesia en la cual el paradigma incontestable era que la criatura humana había sido creada del polvo de la tierra por la mano del mismísimo Dios.

A mí, inocente todavía del mandato de dogmas y ontologías, eso de la “aparición” me encantaba. Pienso que mi amada profesora jamás se enteró del influjo de sus palabras: ¿De dónde había venido el hombre? ¿Cómo apareció, de pronto, así nomás? ¿Dónde apareció? ¿Por qué apareció?

Sólo un chico de tercer grado de primaria con una imaginación desbordada puede sumergirse en el mar de posibilidades que entraña una aparición.

Más tarde sería testigo ocular de las peleas a muerte entre los creacionistas de los seis mil años y los evolucionistas de los millones. La discusión devino guerra eterna entre académicos y teólogos y la grieta, como en la política y el futbol, no se cerraría jamás.

Yo me quedé con la belleza de las palabras: un día, en la madrugada brumosa de los tiempos en un lugar profundo y misterioso el hombre simplemente apareció.

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De pronto, una mujer – la prefiero a un hombre – se levantó y se dirigió solemnemente al grupo sentado alrededor de la fogata: “Tengo una idea: inventemos la escritura.”

La palabra ya se ejercía en esos tiempos con bastante propiedad. Pero quedaba en el aire, suspendida en el éter como pompas de jabón. Y desaparecía: “¿Cómo era que decía mi madre que había parido seis hijos?”

Así que se concertaron para atraparla, para conjurar su huidiza existencia. La fijaron para siempre en la piedra, en el muro, en la madera, en la piel, en el papiro, en el papel.

Le otorgaron una materialidad que hizo posible transportarlas al futuro, inmóviles pero vivientes, llenas de mundos y de vidas.

Arrebatada del aire se quedó para siempre la palabra entre nosotros.

Ningún aparato ni ningún artificio virtual la destruirá jamás.

Por los siglos de los siglos habitará entre nosotros aunque sea vista y venerada sólo por nostálgicos octogenarios que la descubrieron hace añares en el papel y en la tinta de viejos libros amarillentos.

Arte de vivir

Llamamos pensamiento al esfuerzo que hace el hombre para adivinar o prever, combinando símbolos e imágenes, los efectos que producirán sus actos entre las cosas reales.

(El arte de pensar, en el libro “Un arte de vivir” de André Maurois)

Una vez vino un señor a mi casa a ver unos libros que yo quería vender. Eran mis días de locura y de pobreza y pensaba liquidar una parte de la biblioteca que me había legado el tío Carlos. El comprador era un personaje avanzado en años, de mirada serena y movimientos pausados. Después de un rato eligió un solo libro. Quise regalárselo pero no me lo permitió. En un momento dijo algo que nunca olvidaré: “Basta mirar algunos títulos para saber de qué persona se trataba su tío Carlos.” Hasta hoy pienso que debí preguntarle a qué se refería pero era demasiado joven e impaciente. Hoy daría no se qué con tal de saberlo, pero aquel señor hace mucho tiempo que no debe estar entre nosotros.

Uno de los autores favoritos del tío era André Maurois. Por lo cual, a los diez o doce años yo ya había leído Ariel o la vida de Shelley, Los silencios del coronel Bramble, Balzac, Disraeli y Climas.

Hoy, vencido por el deseo de la relectura, conseguí uno de los libros que más recuerdo y atesoro: Un arte de vivir, en el cual elabora algunas páginas sobre el pensamiento, el amor, el trabajo, el mando y la vejez.

Y me quedo al iniciar este viaje de regreso al viejo André con la frase consignada al principio de estas líneas: adivinar o prever los efectos de nuestros actos entre las cosas reales. ¿Se puede hallar una manera más preciosa de definir el arte de pensar? Siempre reducimos el pensamiento a una actividad racional. Pero Maurois vincula el ejercicio de la mente con la vida, con las “cosas reales”. A veces nos cansa la abstracción de los pensadores; nos devanamos los sesos tratando de entender qué rayos es lo que quieren decir y cómo eso se relaciona con la existencia cotidiana. Seguramente los entendidos lo captarán. Pero no nosotros.

En cambio, el señor André habla con una claridad, una pureza, una como ingenuidad que nos abraza y nos conmueve. Anoche le decía a algunos amigos que lo que me cautiva de él es que habiendo escrito este libro hace más de sesenta años, su mirada nos sumerge en el presente con una lucidez que orienta y tranquiliza.

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