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El ocaso del pensamiento

“No estamos haciendo de internet una extensión de nuestros cerebros; estamos dejando que reemplace nuestra capacidad de pensar”.

(Nicholas George Carr, premio Pulitzer estadounidense)

Estas palabras están citadas en un artículo semanal de don Julio Petrarca, Defensor de los Lectores del diario La Voz del Interior de Córdoba, Argentina.

Incluye don Julio otra cita que pertenece a Umberto Eco, una admonición a uno de sus nietos un poco antes de morir:

La memoria es un músculo igual que los de las piernas. Si no lo ejercitas, se atrofia y te conviertes en un discapacitado mental. Es decir, un idiota”.

Así que parece evidente que existe una estrecha relación entre memoria, pensamiento e internet.

Cuando estaba en la universidad la novedad era que los profesores nos permitían usar una calculadora para el examen de Estadística aunque, advertían, tendríamos diez minutos menos que los chicos que no las usaban. Justo, me parece.

Desde entonces, y luego con la llegada de los teléfonos celulares, fuimos perdiendo la habilidad de hacer operaciones aritméticas simples o recordar números telefónicos sin apoyo de aparatos.

Tanto cambiaron las cosas que hoy se considera algo así como un “crimen” pedagógico pedirles a los escolares que memoricen, que tomen dictados o que hagan una copia diaria a mano.

Así nos ha ido.

Menos del 50% de las personas comprenden contenidos de relativa complejidad (instrucciones para armar un mueble modular, instalar un equipo electrónico o preparar una suspensión antibiótica).

Prácticamente desapareció la noción de comprensión de lectura, la redacción de documentos simples o hacer una presentación oral.

No es mi intención aquí abominar de internet o de los teléfonos celulares. Han resuelto enormes dificultades de trabajo y comunicación.

Lo que no han logrado es mejorar la calidad de la comunicación entre las personas y, lo que es más grave, han reducido peligrosamente la capacidad del pensamiento crítico y del análisis.

Es interesante constatar que muchos jóvenes continúan leyendo libros y nos apresuramos a celebrar eso.

Lo triste es que constituyen un magro porcentaje y pocos tienen la capacidad de ofrecernos un resumen o una reflexión de lo que han leído.

Leer continúa siendo uno de los mejores modos de entrenar la memoria y el pensamiento. Sea en papel o e-books el libro continuará otorgando un espacio para imaginar, observar, preguntar, discutir y sobre todo disfrutar de la belleza de pensar.

Mujeres y libros

Yo seré la última. Nadia Murad.

Sabactani. Eliana Valzura

No hay silencio que no termine. Ingrid Betancourt.

Estupor y temblores. Amélie Nothomb.

El cuento de la criada. Margaret Atwood.

Chicas bailarinas. Margaret Atwood.

La vejez. Simone de Beauvoir.

Memorias de una joven formal. Simone de Beauvoir.

Mi vida junto a Pablo Neruda. Matilde Urrutia

El corazón del tártaro. Rosa Montero.

La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero.

La casa de los espíritus. Isabel Allende.

La lista que precede es una parte de los muchos libros leídos que han sido escritos por mujeres. Me faltan obras de Simone Weil, Marguerite Duras, Angeles Mastretta, Alejandra Pizarnik, María Luisa Bombal, Malala Yousafsay, entre otras.

No tengo la más mínima pretensión de presumir de lo que leo. Por lo demás, tal cosa no tendría mucho sentido en un universo de personas que carecen del hábito de leer libros “no cristianos”.

Intento nada más señalar el valor que tiene leer libros escritos por mujeres. Creo que es difícil que los hombres puedan retratar más vívidamente lo que sienten y piensan las mujeres acerca de ellas mismas y de ellos. Es verdad: hay algunos autores que se han acercado algo. Algo.

La lista que presento incluye relatos autobiográficos o ficciones que desde diversos puntos de vista y en distintos escenarios revelan mucho más de lo que nos gustaría admitir.

Mujeres que se  han atrevido y que han considerado imprescindible revelar un hecho común: el maltrato de los hombres hacia las mujeres.

Con diversos matices, desde lo más sutil hasta lo simplemente horroroso, estos relatos retratan el daño que los hombres han causado a las mujeres por milenios.

El efecto que semejante conducta hacia las mujeres tiene en la historia de la humanidad difícilmente puede ser relevado aquí.

Entiendo que vivimos en una cultura que busca imponer criterios acerca de cómo se deben definir y describir los asuntos llamados de género. No es éste el interés de estas pocas líneas. Hay enorme cantidad de otras plataformas donde se puede llevar a cabo tal discusión.

Aquí no se trata más que de una propuesta de lecturas para que los hombres que leen esta nota comiencen a ver cosas sobre las cuales probablemente no han pensado nunca. Me parece poco posible comprender solo por mí mismo lo que es ser y lo que siente una mujer.

Podríamos asomarnos y mirar lo que dicen en sus libros.

Edades

Entre los veinte y los sesenta y cinco años me di cuenta que cuarenta y cinco no son nada y son todo.

Transité la distancia que hay de tarde en tarde a de nunca en nunca. Es posible que valga más nunca que tarde. Con el tiempo la vida – y últimamente los medicamentos – ya me caben en una valija y la mochila.

Los libros que no voy a escribir los voy a donar a la biblioteca de Nunca Jamás. Los que he comprado los voy dejando en mis residencias de paso. Los que escribí devienen modestas muestras de museo.

Ya regalé todos mis antiguos trajes y corbatas. Tiré sin más trámite algunos aparatos inútiles. Voy adquiriendo la manía de reducir cada vez más las cosas de mi propiedad.

De todas las edades posibles quizá termine prefiriendo la que no he vivido aún: Tarifa reducida, elevadores exclusivos y servicios especiales en el Metro. Atención gratuita en los centros de salud del Estado. Cajas preferenciales en bancos, supermercados y centros de pago. Para algo que sirva la vejez.

La vida, ese monumento a la fragilidad. La loca pasión de la esperanza. La insanable inutilidad de los rencores. La persistencia de los incompetentes altamente entusiastas. La consuetudinaria presencia de la soledad y el placer de su compañía.

Los inevitables y trágicos residuos del sistema. La pesadilla de la ciudad que nunca duerme. Los desamparos y la intemperie. El sublime desparpajo con el que los hechos desmienten el discurso. Un pesimista es un optimista con experiencia, escuché el otro día en una película.

El alivio de viajar sin mucho equipaje. El gusto adquirido. Los lugares comunes, esos salvavidas contra la importunidad. Los riesgos calculados y los otros. Las cosechas tardías. Las cosas juzgadas. El amparo, a veces. Los números en azul, también a veces.

La tentadora atracción del no hacer nada. La grata condición de pasajero en tránsito. La dulzura de las pocas amistades que uno logró conservar o adquirir. Mis listas de reproducción, esa serie de notas al pie de Samba pa ti. Mi lapicera y mi cuaderno, nunca superados por aparato alguno.

Debéis disculpar: somos muchachas del campo […] fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos del campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, violaciones, pestilencias, no hemos visto nada.” (Italo Calvino, El caballero inexistente).

Las mejores frases de Luis Palau

Luis Palau es uno de los evangelistas más influyentes y representativos de Latinoamérica y del mundo. Durante más de 50 años, ha trabajado arduamente para que muchas personas conozcan a Jesús personalmente. De su larga trayectoria hay palabras que él impartió e impactaron a millones. Estas son algunos de las frases más destacadas de Luis Palau:

≪Si una persona no recibe a Cristo no puede estar reconciliada con Dios; si no está reconciliada con Dios, de hecho vive en un vacío espiritual. Viviendo en el pecado, vive perdido.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪El amor se revela en el servicio. El amor es aquello que me hace buscar el bien de la otra persona. Eso es amor.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪Hijos de Dios somos todos los que hemos invitado a Cristo a nuestro
corazón por la fe. No porque vayamos a una iglesia, no porque leamos la Biblia, no porque digamos que somos una persona buena.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪Soñamos con el amor, pero practicamos muchas veces el odio, el desprecio y la crítica.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪¿Qué es deleitarse en Dios? Es estudiar la Biblia sistemáticamente. Es dejarse controlar y manejar internamente por Cristo, quien vive en nosotros. Es hablar con Dios en cualquier situación. Es cantar y alabarle al Señor. Es servir a Cristo y evangelizar a otros. Es obedecer sus mandatos.≫

Libro ¿Con quién me casaré?

≪Comprendí que el secreto para ser un cristiano victorioso no radicaba en la dependencia de mí mismo sino en la completa dependencia del todopoderoso Señor Jesús resucitado, quien estaba en mi corazón.≫

Libro Sí a la vida

≪La Biblia nunca minimiza la gravedad del pecado, sino que magnifica la gracia de Dios para perdonarlo.≫

Libro Sí a la vida

≪Cuando las tormentas de la vida parecen abrumadoras, Dios desea que experimentemos su perfecta paz.≫

Libro Sí a la vida

≪La oración es amistad con Dios, sencillamente, dos amigos que conversan.≫

Libro Sí a la vida

≪Cuando Dios quiere bendecir a su pueblo, primero lo mueve a orar, a entablar un diálogo con Él.≫

Libro Sí a la vida

≪La gente se derrumba física y emocionalmente porque se
rehúsa a perdonar a otros.≫

Libro Sí a la vida

≪Cuando crecemos en la fe y llegamos a la madurez, las cosas van haciéndose más claras sin necesidad de luchar ni discutir, porque de manera gradual y dosificada vamos conociendo a Dios en la profundidad de su Persona.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

≪Yo no quiero ser conocido como un cristiano que no hace sino como un cristiano que disfruta de la vida porque Cristo es su glorioso salvador, un cristiano que goza de comunión con Dios.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

≪La paz de Dios en nuestro corazón es como el árbitro. Mientras todo esté bien entre mi Dios y yo, no se oirá nada alarmante. Si oigo el silbato en el corazón, algo anda mal.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

≪Si un cristiano siente dudas en cuanto a decir o hacer algo, lo mejor es estarse quieto. […] Si el corazón está latiendo con demasiado nerviosismo, es mala señal, y el cristiano no debería avanzar en el camino.≫

Libro Crecimiento dinámico: las tres etapas de la vida cristiana

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

*Fotografía obtenida de Wikipedia.

Mañana

Mañana va a ser el mediodía del resto del día que queda por vivir. Porque todavía queda algún tiempo antes del ocaso. Un poco antes, el crepúsculo está llano a otorgar algunos sueños, aunque no son muchos.

Será el día para celebrar el aniversario de la tristeza remitida y el jubileo de algunas horas bendecidas que aún quedan por ahí. Tampoco son muchas.

Mañana todavía los libros serán amados porque siempre hablan. Seguirán abriendo puertas y ventanas para que entre luz.

Habrá tiempo todavía de echarse bajo alguna sombra o arrellanarse en un viejo sillón de mimbre para releer los clásicos de siempre y también alguna novedad como “Amar amares” de Eduardo Galeano.

Mañana será el instante de recordar el futuro que se había soñado y que no fue. Para matizar se hará presente la memoria de algunos segundos emocionados, del aroma de alguna piel, de la tarde entre los álamos.

Se decretará el exilio de los miedos, las vergüenzas y las culpas. El amor, si sirvió para algo, cubrirá multitud de pecados. Por lo menos.

Mañana habrán crecido los hijos de los hijas y aparecerá algún bisnieto, precoz producción de algún nieto o nieta que no ajustó a los estándares de los viejos. Igual serán amados, aunque sea incluso a prudente distancia. Por razones de vivienda, digo.

Mañana tal vez algunos de ustedes recordarán las cosas que fueron escritas aquí. Para criticarlas porque no correspondían a la realidad o para amarlas porque hablaban para y por ustedes.

Los obituarios serán, seguramente, algo exagerados. O descarnadamente auténticos si aparece en las exequias alguien que tiene secretos que revelar.

Mañana las iras serán temperadas, las penas se replegarán al rincón más lejano del alma y los dolores devendrán incienso para el sacrificio de la tarde.

Se cerrarán los libros, algunas deudas serán pagadas y otras quedarán para siempre incobrables, para alegría de éstos y gran enojo de aquéllos.

Mañana me voy a unir a mis ancestros. Al abuelo Juan Bautista. A la abuela Aurora que se arrancó de la casa a los catorce años para fugarse con el abuelo Ramón – que tenía cuarenta. A mi papá, para proseguir una larga conversación pendiente.

Sobre todo, con el tío Carlos, padre y maestro, anciano venerable, epónimo de grandes eventos a quien le contaré seguramente de los avances de la ciencia y de los más recientes editoriales de El Mercurio.

Mañana…

Apariciones e inventos

Decía la señorita Ruth que la prehistoria era el período que iba desde la aparición del hombre hasta la invención de la escritura.

Era, para mis ocho años, una proclamación audaz al mismo tiempo que una invitación a desplegar mis fantasías.

La aparición del hombre atraía mi imaginación de modo superlativo. Mis evangélicos padres me llevaban a una iglesia en la cual el paradigma incontestable era que la criatura humana había sido creada del polvo de la tierra por la mano del mismísimo Dios.

A mí, inocente todavía del mandato de dogmas y ontologías, eso de la “aparición” me encantaba. Pienso que mi amada profesora jamás se enteró del influjo de sus palabras: ¿De dónde había venido el hombre? ¿Cómo apareció, de pronto, así nomás? ¿Dónde apareció? ¿Por qué apareció?

Sólo un chico de tercer grado de primaria con una imaginación desbordada puede sumergirse en el mar de posibilidades que entraña una aparición.

Más tarde sería testigo ocular de las peleas a muerte entre los creacionistas de los seis mil años y los evolucionistas de los millones. La discusión devino guerra eterna entre académicos y teólogos y la grieta, como en la política y el futbol, no se cerraría jamás.

Yo me quedé con la belleza de las palabras: un día, en la madrugada brumosa de los tiempos en un lugar profundo y misterioso el hombre simplemente apareció.

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De pronto, una mujer – la prefiero a un hombre – se levantó y se dirigió solemnemente al grupo sentado alrededor de la fogata: “Tengo una idea: inventemos la escritura.”

La palabra ya se ejercía en esos tiempos con bastante propiedad. Pero quedaba en el aire, suspendida en el éter como pompas de jabón. Y desaparecía: “¿Cómo era que decía mi madre que había parido seis hijos?”

Así que se concertaron para atraparla, para conjurar su huidiza existencia. La fijaron para siempre en la piedra, en el muro, en la madera, en la piel, en el papiro, en el papel.

Le otorgaron una materialidad que hizo posible transportarlas al futuro, inmóviles pero vivientes, llenas de mundos y de vidas.

Arrebatada del aire se quedó para siempre la palabra entre nosotros.

Ningún aparato ni ningún artificio virtual la destruirá jamás.

Por los siglos de los siglos habitará entre nosotros aunque sea vista y venerada sólo por nostálgicos octogenarios que la descubrieron hace añares en el papel y en la tinta de viejos libros amarillentos.

Arte de vivir

Llamamos pensamiento al esfuerzo que hace el hombre para adivinar o prever, combinando símbolos e imágenes, los efectos que producirán sus actos entre las cosas reales.

(El arte de pensar, en el libro “Un arte de vivir” de André Maurois)

Una vez vino un señor a mi casa a ver unos libros que yo quería vender. Eran mis días de locura y de pobreza y pensaba liquidar una parte de la biblioteca que me había legado el tío Carlos. El comprador era un personaje avanzado en años, de mirada serena y movimientos pausados. Después de un rato eligió un solo libro. Quise regalárselo pero no me lo permitió. En un momento dijo algo que nunca olvidaré: “Basta mirar algunos títulos para saber de qué persona se trataba su tío Carlos.” Hasta hoy pienso que debí preguntarle a qué se refería pero era demasiado joven e impaciente. Hoy daría no se qué con tal de saberlo, pero aquel señor hace mucho tiempo que no debe estar entre nosotros.

Uno de los autores favoritos del tío era André Maurois. Por lo cual, a los diez o doce años yo ya había leído Ariel o la vida de Shelley, Los silencios del coronel Bramble, Balzac, Disraeli y Climas.

Hoy, vencido por el deseo de la relectura, conseguí uno de los libros que más recuerdo y atesoro: Un arte de vivir, en el cual elabora algunas páginas sobre el pensamiento, el amor, el trabajo, el mando y la vejez.

Y me quedo al iniciar este viaje de regreso al viejo André con la frase consignada al principio de estas líneas: adivinar o prever los efectos de nuestros actos entre las cosas reales. ¿Se puede hallar una manera más preciosa de definir el arte de pensar? Siempre reducimos el pensamiento a una actividad racional. Pero Maurois vincula el ejercicio de la mente con la vida, con las “cosas reales”. A veces nos cansa la abstracción de los pensadores; nos devanamos los sesos tratando de entender qué rayos es lo que quieren decir y cómo eso se relaciona con la existencia cotidiana. Seguramente los entendidos lo captarán. Pero no nosotros.

En cambio, el señor André habla con una claridad, una pureza, una como ingenuidad que nos abraza y nos conmueve. Anoche le decía a algunos amigos que lo que me cautiva de él es que habiendo escrito este libro hace más de sesenta años, su mirada nos sumerge en el presente con una lucidez que orienta y tranquiliza.

Nostalgia del futuro

Un espacio entre el cielo y la tierra. Tal vez una cabaña a la orilla del río, en medio de la montaña, lejos pero cerca. Arboles gigantescos, álamos o eucaliptos que desenreden el viento en las tardes de verano. También sería bueno una galería abierta que se convierta en platea para “catear” la luna tarde en la noche y donde despejar de tanto en tanto un vaso de vino.

Una charla improvisada sin reclamos ni tomas de razón; sólo estar ahí y dejar que la cabeza desagüe su diluvio de pensamientos atrasados. Alterar apenas la conciencia para detectar si algo uno ha aprendido o se tiene que tropezar en lo mismo de nuevo. Tener la presencia de ánimo para deshacer los malos tratos que uno le propinó a los inocentes y a los no tanto. Desbrozar con pausada dedicación la hierba que anduvo creciendo en el caminito de la amistad – si fuera posible.

Una cierta disposición a dejar – o disminuir – las cosas que hacen mal: el enojo, el azúcar, la pena, las harinas, el remordimiento, algunos vicios innecesarios, el resentimiento, el sedentarismo (¿Por qué me cuesta tanto todavía adoptar el gusto de caminar los cerros y las orillas?), la soledad, más allá de su medida recomendable, digamos. Y cosas así…

Paciencia y más compasión con las cosas que no van a cambiar nunca o se van a demorar mucho en ser diferentes. Sensibilidad para captar las que ya están cambiando y humildad para reconocerlas. Disposición a colaborar con quienes tienen las ganas pero no los recursos. Acompañar a otros en sus tareas y más generosidad con el tiempo propio.

Anaqueles para los libros de todos los tiempos y para los nuevos. Más horas para leer y menos para mirar series y noticias. El papel, el papel que nada ni nadie podrá cambiar para mí aunque un día ya no haya más documentos materiales y todo sea nubes y soportes virtuales. Tiempo para las librerías de viejo o la sección de “baqueteados” de Expolibro donde se hallan pequeños grandes tesoros, como el del otro día cuando encontré Climas de André Maurois.

Finalmente, menos, mucho menos ropa y zapatos, menos artefactos, muebles y aparatos. La comida y la bebida justa. Las ventanas, la luz del día, los cuadros absolutamente necesarios. Y desde el principio de los tiempos de mi vida hasta el último día, el silencio. El silencio respetable, señorial, educado, sensible, oportuno…

El libro fiel

Estoy por concluir los Cuentos de John Cheever, un volumen de casi ochocientas páginas que explora los estereotipos de la cultura de la clase media de los Estados Unidos de la posguerra y hasta entrados los sesenta y revela además las grandezas y miserias de una cultura opulenta que no se alcanza a redimir a sí misma.

Hace unos días me compré el Ulises de James Joyce, otro mamotreto de novecientas páginas, uno de los libros – dicen – más difíciles de leer. Cuando estaba en la universidad uno de mis amigos que estudiaba filosofía lo estaba leyendo y no podía creer que todas esas páginas describían un solo día en la vida de Leopold Bloom.

Y acabo de terminar Chicas bailarinas de Margaret Atwood. Conocí a esta autora canadiense por Los cuentos de la criada, libro que leí por recomendación de un artículo de crítica literaria. Son historias de mujeres en diversos momentos y circunstancias de la vida. Reflejan la soledad, la sensibilidad herida, la mirada crítica al mundo del hombre al que resiente por su penosa condición de referente incompleto.

¿Para qué seguir leyendo tanto libro? ¿De qué sirve todo eso en un mundo que lee cada vez menos y que vive sumergido en la seducción de la audiovisualidad y la obsesión de la red social, esa falsa comunidad como la llama Jeffrey de León?

Para mí hay muchas razones. El libro acompaña en silencio. Está disponible en cualquier momento. No hay que recargarle las baterías y no se hace obsoleto cada dos años. Educa, informa, entretiene. Amplía el universo de la mente y de las palabras. Ahonda en la naturaleza humana y explora lo intrincado de los sentimientos, las mezquindades y las noblezas de la raza.

Notifica a la conciencia de que no todo tiene que ver con la salvación y la vida eterna. Que hay más asuntos en los cuales hay que ocuparse. Confronta nuestra visión del mundo y de la vida y la expone a sus más severos críticos – a ver si somos capaces de explicar qué es lo que no creemos y por qué no lo creemos – materia en la que la mayoría de la gente está reprobada.

Pero sobre todo el libro es fiel. Lo puede uno leer tres veces y siempre enseña, consuela, conmueve, sirve. Y todo, ya dije, en silencio. Todo eso, aparte de la Biblia, de la cual ya he mencionado su importancia y valor en mi vida.

Amélie

No me acuerdo si lo descubrí yo solo o alguien me dio el dato hace más de una década: Amélie. Café+libros. Con notas de la película, fotografías de lugares, libros, diarios y revistas. Me dijeron que uno podía hojear los libros “sin compromiso” acompañados con una lágrima o un cortado en jarrito. Aunque sé que existían hace mucho yo nunca había estado en un lugar donde ese placer fuera posible.

Afuera, unas mesitas con unos toldos rojos. Adentro, un reparo, un refugio contra el ruido desmesurado de la ciudad. Algo de Norah Jones, Amy Winehouse o jazz, bajito, respetuoso de las conversaciones y de la tranquilidad que uno busca. Claro, a veces hay alguien que habla a cajas destempladas pero no todo es perfecto en la vida. No hay televisores (gracias a Dios!) Luego, uno recorre en silencio, despacito, los estantes de libros: Juveniles, Autoayuda, Literatura Ficción, Cocina, Infantiles, Juegos Didácticos.

El lugar justo para comenzar el día, no importa si es invierno o verano: café con leche, tostadas, jugo y mermelada de duraznos. Nos ponemos al día brevemente con Ivana, Mony o Ruth acerca del clima, algunos achaques que me acompañan desde un tiempo a esta parte, comentarios acerca de un viaje reciente. Entonces me remito los diarios del día, escribo un artículo, respondo unos correos, contesto un par de mensajes. O simplemente no hago nada. Mirar a la gente es un gusto adquirido, una vidriera de talantes, estados diversos del ser, comparaciones involuntarias.

En las paredes verdes hay cuadros de Amélie, la protagonista de la película, reproducciones de diversos lugares del mundo, dibujos de Tute y otros. En una mesa, bajo la cubierta de cristal alguien dejó en una servilleta una nota para Karina donde dice algo que tiene que ver con la magia.

Entré en muchos cafés en el mundo. Pero en el Amélie me fui quedando poco a poquito. Leí una vez que uno puede ver muchos lugares en el mundo pero sólo puede amar aquellos sitios en los cuales se queda un tiempo. O para siempre.

Así que, sin pretensión alguna, sólo para registrar la crónica de este cariño que se ha ido ahondando con los días, les dejo esta viñeta de Amélie, libros+café.

En Villa María, por cierto…

Los (irreductibles) hechos de la vida

Las notables ausencias en momentos absolutamente necesarios. La inveterada costumbre de esperar lo que no va a llegar de ninguna manera. Creer que la vida se describe en un poema y tres memes. Las citas de libros que nunca se leyeron. La presunción del saber que nunca fue. El dolor de los pensamientos que nunca constituyeron hechos de la realidad. Las expectativas ajenas que nacieron seguramente en un deseo legítimo pero absolutamente infundado.

El abultado patrimonio de la vergüenza y el miedo. Las pasiones que duraron un verano y algunos días de invierno. Las facturas reclamadas que pasaron a la categoría de incobrables. El pasado que nadie puede borrar. La vieja costumbre de tener ganas de no tener más ganas. El desconsuelo de los días que nunca volverán. La demoledora realidad del cuerpo presente.

Yo nunca tuve diez perritos, sí un gato que bauticé Percival Phillips McGregor y que después de unos meses supe que era gata y le cambié el nombre a Percy Belle. Nunca tuve un Austin Mini, sí una Mitsubishi L100 que servía para todo y a veces para nada. Nunca estuve en París ni me saqué una foto con la Torre Eiffel detrás, sí una noche dormí en una carpa de beduinos en el desierto del Neguev, lo cual me pareció – y me sigue pareciendo – una de las experiencias preferidas a la hora de los recuerdos.

La experiencia de los demás que nunca será nuestra experiencia y que por eso compararla es absolutamente inconducente. Los abultados argumentos para tratar de justificar lo que es imposible justificar. Las maneras en que escamoteamos el momento de responder por nuestros despropósitos y nuestros pecados. La íntima convicción de que las cosas no van a resolverse así como así.

¿Y si al final las cosas no terminaran como nos han dicho que van a terminar? ¿Ah?

Y para finalizar, unas palabras escogidas al azar en el diario del domingo:

Vargas Llosa reivindica el pluralismo como necesidad práctica de supervivencia: “(Es) la única garantía que tenemos de que el error, si se entroniza, no cause demasiados estragos”

(La Nación, Ideas, pág. 3, 29 de abril de 2018)

(La fotografía representa el irreductible anhelo de viajar como antes)

Descarga gratis el libro “Una Nueva Vida”

Con el motivo de la celebración el Día Internacional del Libro, en la radio cristiana CVCLAVOZ estamos ofreciendo a nuestra audiencia la oportunidad de descargar gratis el libro Una Nueva Vida de Rebeca Segebre. Este libro es una guía para todas aquellas personas que quieran conocer más de Dios y no sepan por dónde comenzar. Una Nueva Vida ayuda a sus lectores a dar los primeros pasos hacia una vida renovada de la mano de Jesús y a comprender el plan de Dios para cada persona.

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