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Por qué no

¿Por que no escribes un libro?

He escuchado esta preguntas muchas veces. Viene de amigos que me conocen hace mucho tiempo y de personas que oyen mis conferencias, toman mis clases o leen lo que escribo.

En 1995, casi literalmente con sangre, sudor y lágrimas, publiqué “Impresiones”, un discreto intento de prosa poética que pasó con pena y sin gloria. Tomó cinco años vender un par de cientos de ejemplares.

En 1999, por no haber aprendido la lección, me atreví a hacer un segundo intento con “Entrelíneas”, en el que compilé una serie de libretos de un programa de comentarios de actualidad que hacía en una radio de alcance nacional. Esa experiencia fue un poco más gratificante pero solamente porque tuve el apoyo publicitario de la emisora y un buen canal de distribución.

Dos décadas después y con la saludable perspectiva del tiempo arribé a la conclusión que no publicaría otro libro. Los motivos no tendrían espacio en este limitado artículo así que he de remitirme a dos o tres asuntos de cierta importancia.

El libro tiene la particularidad de detener en el espacio y en el tiempo lo que uno pensó y dijo. Ahí están las palabras impresas y no importa si uno arribó a otras conclusiones y cambió, ahí está el libro: “Pero tú dijiste…” Es como aquellos políticos que hace cuarenta años tuvieron un desliz sexual o se sacaron una foto con el dictador. La inmensa mayoría no perdona. No importa cuánto tiempo pasó ni cómo tu vida ha mejorado; tú lo hiciste, tú lo dijiste. Es verdad que a veces no es más que la hipocresía de la opinión pública y el morbo de los medios de comunicación, pero ahí está.

Hace mucho tiempo que pienso diferente de lo que escribí hace veinte años. Igual, no fue tanta gente que lo vio pero yo sé lo que escribí.

Por otro lado la vida de uno es como esos libros. Hice y dije muchas cosas y muchas personas nunca lo olvidarán. A quienes lastimé tal vez quieran perdonarme – o no. Pero siempre podrán decir: “Tú hiciste esto, tú dijiste esto”. Lo mismo vale para quienes piensen que lo que hice o lo que dije fue genial. Así que el libro no es necesario. Hay suficiente documentación, personas, audios y escritos que atestiguan lo que quieran atestiguar.

En efecto, otro libro no es necesario.

Masivo y singular

Por mucho tiempo he tenido la sospecha – no la divulgo tanto porque no le encuentro suficiente sustento textual – de que las ciudades no fueron una idea original de Dios. Por supuesto, tampoco creo que el plan fuera andar desnudos por ahí toda la eternidad comiendo frutas, hierbas y miel silvestre. Se me ocurre que habría espacio para el amor a la tierra y oportunidad para el desarrollo de la cultura, el arte, la vida comunitaria.

Lo concreto es que la ciudad, ya convertida en enorme conglomerado humano, dio origen a hechos sociales no tan deseables como el hacinamiento, la pobreza extrema a cuadras de la riqueza extrema, la crisis manifestada en piquetes y protestas, la delincuencia, diversas contaminaciones y otras violencias. En algún pasaje bíblico leí la expresión “ciudad que traga a sus moradores”.

En el siglo XIX algunos estudiosos comienzan a hablar de la aparición de la “masa” y la “cultura de masas”, una instancia en la que particularmente las mayorías en desventaja económica y social se manifiestan en los diversos campos de la vida pública. Los reclamos por mejores condiciones de vida y de trabajo por una parte y más tarde por el ingreso a la información, el entretenimiento y a otras expresiones de la cultura, fueron marcando la presencia determinante de la “masa” en el acontecer social.

Hay muchas reflexiones que se pueden hacer en torno a esta irrupción de las “mayorías”. Umberto Eco hablaba de “apocalípticos e integrados” para caracterizar a quienes veían este fenómeno como algo negativo que deterioraría la cultura y a los que lo consideraban como un paso adelante, hacia un progreso político, social y económico para todos y todas.

Los medios de comunicación de masas son un resultado de este devenir. Aportan un espacio en el cual la gente se informa, se entretiene y – si eso fuera posible – se educa. La crítica de los “apocalípticos” ha sido que por su condición de masivo, el medio necesariamente tiene que ser liviano; no puede darse el lujo de profundizar porque la exigencia es actualidad, espontaneidad e inmediatez. Lo que hoy es noticia y sensación mañana es archivo. Y eso, dicen, deteriora la cultura.

Es imposible sustraerse hoy a la presencia de los medios. Son casi omniscientes debido a los teléfonos celulares. La pregunta que nos haremos más adelante es si podemos movernos entre lo singular y lo masivo o nos quedaremos en un solo lugar.

Preguntas necesarias

(Estas preguntas estaban dirigidas a periodistas y directivos de medios de comunicación en un encuentro reciente en Nicaragua. No llegamos a dialogar sobre ellas porque la situación local obligó a suspender el evento. Hoy las estoy presentando a un grupo de Comunicadores en Neuquén,  Argentina. Son un estímulo para el debate)

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¿Puede hoy el medio de comunicación ser un agente de influencia virtuosa de la sociedad La tríada clásica del medio era informar, educar y entretener. Hoy es principalmente entretener e informar. Educar, en el sentido más completo, ya no es su objetivo. ¿Crees que se puede recuperar el equilibrio?

¿Cómo contribuir a aumentar el uso de internet con fines educativos? Más del 80% de la gente la usa sólo para entrar en redes sociales. Los expertos dicen que conocimiento es información más reflexión.

¿Cómo superar el efecto negativo de internet sobre el verdadero conocimiento? ¿Cómo harían ustedes para utilizar internet y las redes sociales para educar a la gente, más allá de entretenimiento y la información?

¿Cómo desafiarán ustedes el hecho que casi el cincuenta por ciento de los estudiantes secundarios de este continente son analfabetos funcionales, es decir, no comprenden lo que leen y no pueden expresar adecuadamente sus ideas? Esto es bastante común también entre estudiantes universitarios y profesionales.

Mas de la mitad de la población del mundo no tiene acceso a internet, aunque tengan celulares. ¿Cuántas personas en su país no tienen acceso a internet? ¿Qué puedes hacer para incorporarlos?

¿Cómo van a contribuir ustedes a superar el tema de las noticias falsas que puede destruir no sólo vidas individuales sino comunidades y naciones?

¿Qué van a hacer ustedes para neutralizar el tema de bullying o acoso violento que se da principalmente de Facebook?

¿Qué van a hacer ustedes desde los medios de comunicación para educar a la gente en la participación cívica, sea comunitaria, política, micro o mediana empresarial?

Se dice que internet y las redes sociales han democratizado las sociedades. Afirmo que eso es una falacia. Los creadores de las redes sociales, ¿son verdaderamente “demócratas”? ¿Les interesa que la gente se conecte y cree redes de influencia? ¿No será que en realidad les interesa más ganar miles de millones con la venta de sus bases de datos a publicistas y gestores políticos? ¿Cómo contribuirían ustedes a democratizar la internet?

¿Cuánto es libre en verdad el usuario de internet y redes sociales y cuánto es manipulado por algoritmos y noticias falsas?

Preguntas necesarias

(Estas preguntas estaban dirigidas a periodistas y directivos de medios de comunicación en un encuentro reciente en Nicaragua. No llegamos a dialogar sobre ellas porque la situación local obligó a suspender el evento. Su objetivo era estimular el diálogo. Las transcribimos aquí para un diálogo imaginario…

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¿Puede hoy el medio de comunicación ser un agente de influencia virtuosa de la sociedad? En su época clásica, la tríada clásica del medio era informar, educar y entretener. Hoy es principalmente entretener e informar. Educar, en el sentido más completo, ya no es su objetivo. ¿Cómo se debería recuperar ese equilibrio?

¿Cómo contribuir a aumentar el uso de internet con fines educativos? Más del 80% de la gente la usa sólo para entrar en redes sociales.

¿Cómo superar el efecto negativo de internet sobre el verdadero conocimiento? ¿Cómo harían ustedes para utilizar internet y las redes sociales para educar a la gente, más allá de entretenimiento y la información?

¿Cómo desafiarán ustedes el hecho que casi el cincuenta por ciento de los estudiantes secundarios de este continente son analfabetos funcionales, es decir, no comprenden lo que leen y no pueden expresar adecuadamente sus ideas? Esto es bastante común también entre estudiantes universitarios y profesionales.

Mas de la mitad de la población del mundo no tiene acceso a internet, aunque tengan celulares. ¿Cuántas personas en tu país no tienen acceso a internet? ¿Qué puedes hacer para incorporarlos?

¿Cómo van a contribuir ustedes a superar el tema de las noticias falsas que puede destruir no sólo vidas individuales sino comunidades y naciones?

¿Qué van a hacer ustedes para neutralizar el tema de bullying o acoso violento que se da principalmente en Facebook?

¿Qué van a hacer ustedes desde los medios de comunicación para educar a la gente en la participación cívica, sea comunitaria, política, micro o mediana empresarial?

Se dice que internet y las redes sociales han democratizado las sociedades. Afirmo que eso es una falacia. Los creadores de las redes sociales, ¿son verdaderamente “demócratas”? ¿Les interesa que la gente se conecte y cree redes de influencia? ¿No será que en realidad les interesa más ganar miles de millones con la venta de sus bases de datos a publicistas y gestores políticos? ¿Cómo contribuirían ustedes a democratizar la internet?

¿Cuánto es libre en verdad el usuario de internet y redes sociales y cuánto es manipulado por algoritmos y noticias falsas?

¿Validar la esperanza?

Una pequeña acción, aunque no cambie el mundo, valida la esperanza. Hay amor. Algo así dice al final de la película una de las protagonistas de Paradise, que relata una de las miles de historias que se vivieron en los campos nazis de exterminio en la Segunda Guerra Mundial.

Validar la esperanza. En un café en esta mañana otoñal, busco el sentido de esta frase. Acabo de leer el periódico local que da cuenta del asesinato demencial de un chofer de microbús, la muerte salvaje de un señor que regresaba en su bicicleta a la casa y recibió una bala mortal en medio de una guerra de narcos, de las contradictorias versiones sobre el ataque químico a supuestos terroristas en Duma y de la pobreza abyecta en la que viven millones de personas en este país donde vivo ya hace varios años.

Hay esperanza, hay amor. ¿Y de qué sirvió eso a esas personas que murieron estúpidamente, personas que salían cada mañana al trabajo, a la escuela, a buscar algo para comer y que se encontraron en medio de la maldad de otros, completamente ajena a ellos? Estoy harto de escuchar que “fue plan de Dios, así es la vida, todas estas cosas ocurren por algo” y liviandades de similar calibre que lo único que hacen es ayudar a la gente común a descreer cada vez más de dioses y religiones fundamentales.

¿Cómo validar la esperanza cuando muchos de los militantes de la fe, la esperanza y el amor (1 Corintios 13:13) están más ocupados en ampliar sus enormes edificios de culto, adquirir la última generación de equipamiento multimedia, inaugurar sus modernos y sofisticados medios de comunicación – para multiplicar un mensaje que hace tiempo no tiene eco en la inmensa mayoría de la gente común – y viven obsesionados con la paz interior, la solución de sus problemas internos y la seguridad de la vida eterna?

¿Cómo validar a esperanza cuando a nadie le importa nada, cuando vivimos completamente ausentes de los otros (ocupo la primera persona del plural porque no me hago el loco), cuando andamos igual de desorientados como aquellos a quienes se supone tenemos que orientar con alguna verdad trascendente, cuando no tenemos otra motivación que ver cómo nos las arreglamos para ser felices, para encontrar pareja, mantener o cambiar la que tenemos, cuando…? Usted nómbrelo.

¿Cómo, me pregunto, validar la esperanza?

Cosa tan rara

Oigo que hay una perturbación en la fuerza. Una película que se basa en un cuento concebido originalmente para niños contiene, me explican, una escena de índole homosexual. Mi gente evangélica, como tantas otras veces, ha lanzado voces, quejas, llamados a boicot y otros anatemas sobre los productores del filme.
Repasé mentalmente algunas de las grandes batallas que mi gente ha dado en el pasado contra las manifestaciones de la cultura llamada secular: conciertos de rockeros heavy metal, una gaseosa vinculada con la iglesia satánica, el baile nacional en los colegios (cueca, en mi país), las películas de El Hobbit, El Señor de los Anillos y Harry Potter, además de las denominadas “valóricas”: la donación de órganos, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, la eutanasia, el aborto – terapéutico o no -; y la enumeración sigue, amenazando agotar las cuatrocientas palabras de este artículo.
En estas batallas ha pasado la cosa más rara: todas, casi sin excepción, se han perdido. Aunque intento que mi capacidad de asombro nunca muera, voy perdiendo el suspenso más y más porque es tan obvio que así sucederá siempre por la razón más simple que se puedan imaginar: mi gente sale a pelear contra estas cosas cuando ya hace rato (meses, años, décadas) fueron instaladas en la sociedad vía lobbies, educación escolar o influencia cultural a través de los medios de comunicación.
Mientras todas estas tendencias culturales se resolvían en comisiones parlamentarias y los pasillos del poder, mi gente estaba preocupada de obtener personería de derecho público igual que la “otra iglesia”, exenciones de impuestos aduaneros, lugares reservados para construir sus templos en los nuevos desarrollos urbanos (igual que la “otra iglesia”), reuniones de alto nivel para decidir si una mujer puede subir al púlpito o entrar al templo con pantalones, comprar costosos medios de comunicación para hacer lo mismo que se hace dentro de las iglesias. También en esta enumeración gastaría mis benditas cuatrocientas palabras.
Otra cosa rara: siempre – con la excepción relativa de las valóricas – son asuntos que no tienen importancia alguna en comparación a los verdaderos problemas por los que sí luchar: corrupción en el poder político, en la legislatura, en la magistratura, pobreza, medio ambiente, inseguridad, discriminación, trata de personas, trabajo esclavo, injusticia social.
Como pueden ver, la película en cuestión no tenía ninguna importancia excepto como producción artística.

(Este artículo fue escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Palabras nuevas

“El jefe comunal destacó que este es un paso muy significativo desde lo simbólico y desde la concreción de una medida” (las cursivas son mías). Así leo en un periódico de la ciudad y pienso: ¿Qué quiere decir que es muy significativo “desde” lo simbólico y “desde” la concreción de una medida?
Nos queda la rara sensación de que el remedio parece ser peor que la enfermedad – siendo la enfermedad la diaria inmolación de la palabra en el altar de los nuevos medios de comunicación y las redes llamadas “sociales”. Exigidos los nuevos profesionales del periodismo a escribir y hablar bien, en lugar de enriquecer su vocabulario con la lectura, la reflexión y el pensamiento crítico, asimilan a su trabajo nuevas palabras e ideas-resumen que ahorran considerablemente el trabajo de elaborar un relato rico y variado. “Desde” es una palabra nueva – por así decir – para referirse al contexto en que un hecho ocurre. Cierta actividad se aborda “desde lo lúdico”, nos cuenta animadamente nuestra amiga profesora de tercer grado.
Cuando en un hecho delictivo están involucrados funcionarios de la política, la magistratura o la policía, los periodistas hablan de un “confuso incidente”; si en el mismo hecho participa un sujeto cualquiera entonces es un asalto, un homicidio, una violación.
Otro joven periodista se refiere a cierto escándalo público como un hecho “deleznable”, queriendo decir seguramente “repudiable”. Deleznable significa algo que se disgrega fácilmente, que es inconsistente y por eso no se aprecia. Queda para la academia – o la anécdota – preguntar cómo un hecho repudiable se deshace fácilmente o se disgrega. Algunos diccionarios han aceptado esta nueva connotación de la palabra pero no representa adecuadamente lo que se quiere comunicar.
Un comunicador se defiende públicamente de una acusación diciendo que aquello es “un infundio sin fundamento”; desconoce el joven especialista en comunicación que infundio quiere decir, precisamente, sin fundamento.
Mi amigo Angel, de Más Vale Tarde en CVCLAVOZ dice que va a “sonar” una canción. Lejos están los días en que un presentador decía que iba a colocar, a poner o a hacernos escuchar una canción. Lo que yo ignoraba es que “sonar” ya se ha instalado como palabra nueva.
¿Qué más digo? Porque me faltaría tiempo y espacio para las nuevas palabras, como wasapear – un periodista de una revista local termina su artículo dejándonos el wasap del entrevistado, etiquetarte, dame like, se viralizó, ubícame en Face.
Todo esto, sumado al ruido de los escapes libres de autos y motos, los conductores que no respetan los tiempos de los semáforos y la canícula húmeda de febrero.
Peor para mí…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Retorno

Back to the basics titulaba cierto gran timonel cristiano la conferencia destinada a nosotros, novatos soldados de la institución. Quiere decir algo como “regreso a las cuestiones básicas”. Era una buena charla en realidad; no recuerdo los detalles pero sí me quedó la idea de que hay ciertas cuestiones fundamentales permanentes a las que es saludable volver de tanto en tanto.

En la universidad nos dieron a leer el libro “La propaganda política” de Jean Marie Domenach. Por alguna razón me pegó fuerte esa lectura. Tenía apenas diecinueve años y la atmósfera política en mi país le otorgaba al libro un contexto formidable. Lo estoy leyendo de vuelta cuarenta y tres años después.

Fue escrito hace casi sesenta años. Los medios de comunicación imperantes eran el diario, la radio, la televisión y el cine. El campo de estudio abarcaba principalmente la historia de Europa y Estados Unidos desde fines de los años treinta. Pese a la distancia sideral que parece haber entre aquella época y nuestros días, me da la impresión que se estuviera refiriendo a las dos últimas décadas de la historia de América latina.

Hay ciertas ideas básicas acerca del hombre y del mundo que nunca cambian sin importar cuánto éstos hayan evolucionado. Y hay otras que no resisten el paso del tiempo porque no eran fundamentales sino que fueron formuladas en el vértigo del presente y merced a cierta tendencia a sacar conclusiones totalitarias sobre la realidad presente.

Escribí hace unos días cómo la idea de globalización se nos presentaba como la tendencia irreversible hacia la cual iba el mundo. Algo parecido pasó con aquello del fin de la historia y, en terrenos más cercanos a nosotros, el fin de los tiempos alrededor del año 2000. Pasó bastante agua bajo el puente y aquellas nociones quedaron convertidas más o menos en objetos de disección antropológica.

A modo de enjuague, les dejo estas palabras de Domenach:

        “De esta manera, la dislocación de los antiguos cuadros, el progreso de los medios de comunicación, la constitución de aglomeraciones urbanas, las amenazas de crisis y la guerra, a las que se agregan los múltiples factores de uniformación progresiva de la vida moderna, todo contribuye a crear masas ávidas de información, influenciables y susceptibles de reacciones colectivas y brutales. Al mismo tiempo las invenciones técnicas suministran los medios de actuar inmediata y simultáneamente en las masas nuevas.”

Algunas cosas nunca cambian…

El estado de las cosas

En un portal de noticias vi hace unos días el video de un grupo extremista islámico que muestra el degollamiento de varios prisioneros. Aún no me sobrepongo al horror que me produjo, tanto que a ratos aún me arrepiento de haberlo mirado. Pensé que se convertiría en una noticia que coparía las primeras planas y los titulares de los medios de comunicación. Pero la masa noticiosa está dominada por la cotidiana revisión de los problemas económicos, los escándalos de la farándula y las notas policiales. Hemos visto tanta ficción de violencia en el cine y en las series de televisión que ya no nos sorprende algo tan brutal. La costumbre de los efectos especiales nos ha consumido la posibilidad de asombro. Sin embargo, no eran trucos cinematográficos; fueron verdaderos asesinatos en línea con una elaborada producción profesional.
No he podido sacarme de la mente esas escenas atroces. Y me viene una desesperanza enorme. El horror no parece tener fecha de extinción. No proviene de las fuerzas naturales o de las máquinas. Es la mano humana en su máxima expresión de violencia. Es el corolario de toda la locura política, militar, económica y cultural que embarga nuestra civilización. Las luces del bien se van apagando irreductiblemente y parece cernirse sobre nosotros una era oscura y doliente.
La sal de la tierra y la luz del mundo parecen haberse haberse desvanecido hace mucho y es como si el deterioro de todas las cosas ya estuviera presente en estado absoluto entre nosotros. Pero no me malinterpreten. No intento sumar estos pensamientos al discurso de los últimos tiempos. Tengo otra lectura. Hago parte del “dictamen de minoría” que supone que hay mucho por delante antes del fin de todas las cosas, aunque no tengo la arrogancia de afirmar que lo que pienso es infalible ni defiendo mi posición con versículos selectos.
Pienso más bien en nuestra misión tan inconclusa. En nuestra ausencia feroz en todos los estamentos de la sociedad humana. En nuestro encogimiento social. En nuestros intereses tan egocéntricos y nuestros internos proyectos institucionales.
La vida pasa y se va deshaciendo frente a nosotros. Se va escapando como agua entre los dedos. No hay auxilio. No hay cambio. No hay una revolución a la vista que inaugure un tiempo de paz y justicia. Nos consolamos con nuestros planes y nuestros proyectos evangelísticos mientras la esperanza va desapareciendo lo mismo que la fe y el amor.

Información y conocimiento

La clave hoy no es tanto pensar sino sentir. La gente no quiere comprender sino estar informada.

Esta es una observación extraída del libro “La Educación desde la Comunicación” de Jesús Martín Barbero, una lectura que debería ser obligatoria para maestros y comunicadores (en realidad para cualquier persona que quiera entender el mundo que vivimos hoy).

Existe la engañosa idea de que estar informado es igual a conocer y entender la realidad. En realidad, lo que leemos o escuchamos como información es un resumen de lo que ha escrito un periodista o un editor, quien ya ha hecho una lectura previa y una interpretación de los hechos acorde con su cosmovisión y con los intereses del medio para el que trabaja. Así, la información es cierta información, una representación mediada. Si consumimos noticias en lugar de examinar contenidos, terminamos pensando en aquello que los conductores de los medios quieren que pensemos; que consideremos noticia lo que ellos quieren que creamos que es noticia. Eso por una parte.

Por otra, leer o escuchar noticias solamente agrega información en nuestra cabeza si no discriminamos los contenidos. ¿Nos están contando toda la noticia? ¿Qué contenidos están dejando fuera o están editando? ¿Cuál es la orientación política, filosófica, cultural o moral del medio? Nunca los medios de comunicación son neutrales. Siempre intentan hacernos creer que son objetivos, pero eso no es posible. La realidad siempre es filtrada por creencias y convicciones.

El conocimiento es algo muy distinto. Francis Schaeffer, notable pensador cristiano, solía decir que educación no es acumulación de información sino la capacidad de ver las relaciones que la información y los contenidos tienen con todos los aspectos de la realidad. En este sentido, advertía, muy pocos individuos son educados.

La mayoría de las personas no está interesada en pensar. La velocidad de la vida, la hiper especialización de la educación moderna, los medios digitales (con su más alto exponente, el smart phone) además de las presiones del trabajo, la familia y la vida urbana utilizan la mayor parte de la energía diaria de la gente. Así que a la noche lo único que las personas quieren saber es qué está pasando en la ciudad y en el mundo y luego conectarse a algún programa de farándula para reírse de la estupidez humana y de sí mismas.

La información ha reemplazado al conocimiento igual que la charla banal a la buena conversación.

Zona cero

Hace unos días escribí en esta columna el artículo “Hablo de política”. Era una modesta respuesta a una interrogante planteada por Angel Galeano respecto de la mentalidad los cristianos no nos metemos en política, postura que se impone a los medios de comunicación del mundo evangélico.
El título fue intencional. Era un intento de provocación a la actitud indolente de nuestro pueblo respecto de la gestión del gobierno y la legislatura. Como lo supuse, ha sido uno de los artículos con menos convocatoria. Hasta hoy que escribo estas líneas apenas ha superado la barrera de las sesenta lecturas cuando otros en menos de dos o tres días superan las noventa. Sé que esos números en la práctica son distintos pero muestran una tendencia.
La tendencia es la que he venido mostrando a través de decenas de artículos en este espacio. La mayoría de los evangélicos tienen un interés y una responsabilidad cero respecto de lo que sucede en la política, la economía y la cultura de sus países – aunque no ahorran comentarios sobre el pecado y la maldad del cuerpo social, atribuyéndolo por supuesto a la única causa que saben colegir: que la gente no ha entregado su corazón a Cristo.
Como digo siempre, con todo lo espiritual que suena esta explicación, termina siendo insuficiente y pusilánime. Insuficiente porque desconoce el bien que hay en la sociedad a pesar de los cristianos; pusilánime porque han abandonado la conciencia social que otros creyentes han mostrado con valor a través de la historia cuando la sociedad estuvo en grave peligro de destrucción; no se parapetaron en el “mensaje evangelístico” sino que salieron a la legislatura, a los tribunales, a la calle y a donde fuera necesario para denunciar lo malo y a trabajar codo a codo con la gente de buena voluntad para mejorar los días.
Fueron más dignos herederos de la tradición de los profetas bíblicos que con independencia del poder eclesiástico y del poder político asumieron la peligrosa responsabilidad de hablar en nombre de Dios a favor de los pobres y los oprimidos y en contra del latrocinio, la corrupción, el crimen y la violencia institucional.
Peligrosa porque a muchos les costó la vida, siempre a manos de los dirigentes que vieron amenazadas sus parcelas de poder y riqueza. A los monumentos levantados más tarde en honor de ellos, Jesús los exhibió como testigos contra los mismos que los asesinaron.

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