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El tiempo y el destino

Es niebla y sombra el porvenir / Sólo hay recuerdo en la añoranza / La vida vuelve a sonreír / Que recordar es revivir / Que el tiempo y el destino / Detengan su camino / Y aquel cariño al evocar / Podrá un instante eternizar

(El tiempo se detiene, canción de Salvatore Adamo)

Esta y otras canciones de Salvatore Adamo acompañaron nuestros sueños románticos de la adolescencia a fines de los sesenta y comienzos de los setenta. No les voy a infligir (al menos hoy) mis recuerdos porque ustedes sin duda que tienen los suyos y deben ser, como todos, un poco de dulce y un poco de agraz.

Lo que me convoca hoy es la frase Que el tiempo y el destino detengan su camino. Desde los comienzos del andar humano por este mundo nos ha intrigado el arcano del tiempo y su posteridad, el destino; una buena frase para armar un cuento: El tiempo y su posteridad, el destino.

¿Qué es el tiempo? ¿Es una idea o una cosa? ¿Existe efectivamente o nosotros lo inventamos para poder armar la crónica de nuestro viaje? Recordar, nos dicen, es volver a pasar por el corazón. Los antiguos, los muy antiguos digamos, no tenían conocimiento del cerebro ni de que allí se alojara nuestra conciencia; para ellos todo pasaba por el pecho y las entrañas. ¿Y no será que también lo armamos al tiempo para proyectar hacia alguna parte nuestros sueños y deseos?

Otra gente nos dice que el pasado no existe – es sólo memoria; que el futuro tampoco – es sólo ilusión. Que existe sólo el instante. Que las primeras palabras de este texto ya no son una cosa sino apenas un dato abstracto.

Pero nos fascina la idea de que antes de ahora y después hay algo concreto, algo existente que es nuestra historia para atrás y nuestra posibilidad para adelante. ¿Quién no ha soñado con la máquina del tiempo? Charles Dickens hizo un cuento maravilloso con esta idea haciendo viajar al viejo Ebenezer Scrooge por su pasado y por su futuro.

Lo concreto es que exista el tiempo o no, el cuerpo y la mente nos convocan continuamente a recordar esa sentencia de Pablo Neruda: La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. / Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

El cuerpo y las neuronas no mienten. Tan fieles que son…

Zafiro

El cuarto se impregna de pronto de un aroma dulce y penetrante. Mi mamá se prepara para ir a la iglesia y se da un leve y coqueto toque de esencia de heliotropo. Aunque todavía no soy muy consciente de esas cosas, es como si el aire se cargara de cierta sensualidad. Entro un rato después en su dormitorio y flota aún algo de esa espesa fragancia.

No es sino hasta mucho después, en un texto de Oscar Castro – La vida simplemente – que encuentro un correlato de esa memoria. Una de las protagonistas de la novela usa perfume de heliotropo. Nunca antes ni nunca después volví a sentir ese aroma.

Cuando era adolescente conocí dos perfumes para hombre. Flaño, que aún existe y cada vez que voy a Chile me lo traigo para revivir ese permanente y discreto encuentro con mi perdida juventud. El otro, lamentablemente desapareció para siempre: Atkinson’s English Lavender. Era para mí la reina de todas las fragancias y me abrió el camino del encuentro con la lavanda, que fue, es y será mi último, definitivo romance.

Estos recuerdos me llevan naturalmente a Zafiro. Entré a esta tienda de fragancias una mañana pensando encontrar algo que fuera al menos parecido a Atkinson’s. Formado en el mundo clásico de los 70s y los 80s, siempre tengo la sensación que una perfumería es preferentemente cosa de mujeres. Así que, suponiendo que estoy algo ruborizado, le cuento a la señorita mi historia con la colonia de lavandas. Más tarde me entero que ella – Romina – es la dueña. Me facilita las cosas con un trato agradable y creativo.

Una vez me consiguió un agua de toilette de lavanda que me trae la memoria de Atkinson’s. Le pregunto a una de mis colegas de la oficina qué le parece esta adquisición. Me dice sin disimulo alguno: “Tienes olor a Procenex” (un líquido perfumado para limpiar pisos).

Entonces vuelvo a la tienda y por primera vez, herido en mi fuero interno, me busco alguna esencia de esas que anuncian en la televisión con musculosos caballeros y exuberantes mujeres vestidas de blanco en un lujoso barco con las velas al viento.

¿Por qué usamos perfume? Les dejo la respuesta que arroja internet: Te hacen oler bien. Mejora tu autoestima. Mejora tu humor. Atraes. Ayuda a tu memoria (!?). Te ayuda a relajarte.

Si no me creen, vayan a Zafiro y pregunten a Romina… si viven en mi ciudad, claro.

Tu primer recuerdo podría ser una mentira…

La mayoría de personas pueden evocar sus años de infancia; sin embargo, la memoria a veces nos juega una mala pasada y los recuerdos se hacen cada vez más difusos. La Dra. Julia Shaw afirma que todos nuestros recuerdos son, en realidad, una ilusión porque nuestra memoria puede ser manipulada. Esto ha sido confirmado por un reciente estudio publicado en la revista Psychological Science*, en donde se sostiene que los recuerdos de casi la mitad de la población son ficticios.

Un grupo de investigadores estudiaron a 6641 personas, de las cuales el 38.6% aseguraron tener recuerdos de los 2 años o menos, mientras que 893 dijeron recordar cuando tenían menos de un año. En promedio, los investigadores creen que los recuerdos de los adultos tienen es a partir de los tres o tres años y medio de edad; por lo cual, las respuestas de estas personas los sorprendieron.

A los participantes de esta investigación se les pidió contar su primer recuerdo que no estuviera basado en una historia familiar ni fotografías. Los científicos analizaron el lenguaje y otros detalles de los supuestos recuerdos y descubrieron que los recuerdos del 40% de las personas es mentira. Los autores sugieren que esos recuerdos ficticios se forman en base de lo que otros dicen que ocurrió, ya sea a través de anécdotas y conversaciones familiares, videos o fotografías. Con el tiempo, toda esa información recopilada se forma en un recuerdo que las personas creen que es una experiencia propia. El profesor Martin Conway, Director del Centre for Memory and Law at City, en la Universidad de Londres y co-author de la investigación manifestó que “cuando a las personas se les dice que sus recuerdos son falsos, a menudo no lo creen. Esto en parte debido al hecho de que los sistemas que nos permiten recordar cosas son muy complejos, y no es hasta que tenemos cinco o seis años que formamos recuerdos parecidos a los adultos, debido a la forma en que se desarrolla el cerebro y debido a nuestra comprensión madura del mundo.”

Por otra parte, es importante señalar que otros factores importantes intervienen en la memoria. Por ejemplo, ha sido comprobado que los eventos traumáticos o extremadamente dolorosos pueden ser bloqueados por el cerebro para proteger la integridad del individuo. Por lo tanto, no se debe tener en poco las primeras vivencias de un niño y la manera en que se desarrolla con su entorno.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

*Akhtar, S., Justice, L., Morrison, C., & Conway, M. (2018). Fictional First Memories. Psychological Science, 095679761877883. doi: 10.1177/0956797618778831

Enumeraciones imprescindibles

Expresiones que documentan distintas instancias del hablante – imaginario o real, a estas alturas ya no interesa mucho. Imitación de los estados de la mensajería instantánea y de la red social, las pasamos a detallar como un inesperado ejercicio de la imaginación y fiel registro de los devaneos de un hombre en busca de sentido.

La absoluta importancia del café con leche y las tostadas con mermelada de duraznos entre las ocho y las nueve de la mañana, sea en Amélie o Susana Marzola. El cubrecama de hilo que compré en Termas de Río Hondo para cubrirme las rodillas mientras trabajo en la noche en estos implacables días de frío. La clase de teología los lunes a la noche con Eliana vía Zoom y la asombrosa revelación de emeth y el hesed. La caminata anti estrés por el parque frente a mi casa, detrás de la estación del tren.

El progresivo desguace de los bultos de la ingrata memoria que se ponen en una bolsa de consorcio y se donan a los buscadores de tesoros extraños y antigüedades diversas. Las ficciones de los sueños con sus espesos argumentos y sus escenas surrealistas que se volatilizan en el instante mismo del despertar. Las antiguas ganas de no tener más ganas que entran en ruta de colisión con las ganas de tener ganas que a veces emergen especialmente a la medianoche. La loca búsqueda del Santo Grial de la paz – loca porque si existiera sería un solo Grial y ya estaría secuestrado por algún viajero o alguna viajera que tuvo la fortuna o la viveza de llegar antes.

La cámara fotográfica Canon Rebel EOS 6i. El caloventor para abrigar un poco la pieza. El pago de la factura del gas. Las seis tacitas de café de cerámica blanca que se pueden poner en el microondas. Los inciensos y sahumerios de Nag Champa que aportan una nota exótica a la habitación. El abrigo de Go North de doble acolchado. El colador de aluminio que resuelve los profundos problemas que se suscitan al cocer unas manzanas y unos tallarines.

La soledad asistida, los martes en blanco, los nuevos viernes sociales, el puré de calabaza, la noche recostada al lado derecho, la marea de la duda, las Ficciones de Borges (otra vez!), una libretita para anotar los gastos diarios, el suplemento Ideas de La Nación  y un nuevo proyecto de Instituto de Estudios Latinoamericanos.

Nombrar

Nombrar una cosa es reconocer su existencia como separada de todo lo demás que tiene un nombre; es conferirle la dignidad de la autonomía al mismo tiempo que afirmar su pertenencia al resto del mundo nombrable.

(María Popova en Brain Pickings)

Mandrágora, ajonjolí, helecho, buganvilia, lavanda, níspero, en el mundo de plantas y semillas. Budapest, Hapuna Beach, Baltimore, Bialet Massé, Cartagena de Indias, el desierto del Neguev, en lugares. Amelie, Rigoletto, Esmeralda, Marzola, Coronados, Bourbon, en los cafés. Cien Años de Soledad, Ilusiones Perdidas, Las Islas, Cisnes Salvajes, Memorias de una Joven Formal, el Mundo de Ayer, en los libros. Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, La Carta en el Camino, Volver a los Diecisiete, Canción Amarga, No te Salves, en los poemas. Samba pa Ti, Una Blanca Palidez, Angie, Wild Horses, Imagine, One and Only, en la música.

En todos estos nombres hay estaciones de la vida que recuerdo y que vivo, instantes eternos en la memoria o visitaciones reiteradas. Nomenclatura de la existencia que asocia a un nombre la enorme diversidad de las cosas que soy, que tengo, que veo y que sueño.

El epígrafe es una pequeña gran reflexión de María Popova en How Naming Confers Dignity Upon Life and Gives Meaning to Existence (De cómo nombrar confiere dignidad a la vida y otorga significado a la existencia), artículo que aparece en su publicación semanal Brain Pickings. “Es transformar su ser extraño en familiaridad, lo cual es la raíz de la empatía”, agrega. Singularizar algo al mismo tiempo que unirlo a la totalidad de la vida.

Cuando Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo, creó animales domésticos, toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales, ese es su nombre (Génesis 2:19). Esta asignación le vino después de la tarea de labrar y guardar la tierra.

Nombramos cosas que fueron creadas originalmente y nombramos cosas que hemos creado nosotros: cosas, personas, animales, obras de arte, lugares. Es la única manera de poder identificarlas pero también la posibilidad de constatar su esencia y la relación que tienen con nuestro ser y con nuestra circunstancia.

¡Tomar fotos afecta tu memoria!

La gran mayoría nos hemos acostumbrado a tomar fotografías de aquellos momentos que queremos atesorar. Guardamos y publicamos fotos que capturaron la esencia de algo especial en nuestras vidas; sin embargo, estas acciones podrían afectar la memoria de nuestros cerebros.

Un estudio publicado en la revista Psychological Science1, a través de un experimento, demostró que tomar fotografías de un evento puede ser de beneficio en ciertos aspectos y en otros no. Las conclusiones a las que llegaron son que:

  • Tomar fotografías te ayuda a recordar mejor los aspectos de la escena dentro de la fotografía, pero no de los detalles que se encuentran fuera de ella.
  • Al tomar fotos puedes reconocer aspectos externos de las fotografías (sonidos, olores, etc.) mucho mejor que las personas que no toman fotos.
  • Las personas que toman fotografías recuerdan más lo que ven que lo que escuchan, en comparación a los que no fotografían nada.

Por otra parte, otro estudio2 publicado en la misma revista llegó a conclusiones diferentes. Hicieron un experimento en donde se llevó a un grupo de participantes a un tour en un museo de arte. A algunos se les dio cámaras y a otros no. Después del tour, los investigaciones determinaron que si los participantes tomaron una fotografía de varios objetos, ellos recordaba menos detalles y objetos. En contraste, aquellas personas que no tomaron fotografías podían recordar fácilmente los objetos y la ubicación de cada uno dentro del museo.

Ambos estudios, aunque contradictorios, comprueban que tomar fotografías sí tiene un efecto en nuestra memoria; sin embargo, no se puede afirmar categóricamente si esto es positivo o negativo. Las fotografías nos permiten conservar momentos en el tiempo y son un recordatorio de algo que consideramos importante, pero si se convierte en una distracción o barrera que impide que disfrutemos la vida, entonces puede ser un problema aún más grave. La tecnología es nuestra amiga, pero debemos utilizarla con sabiduría.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

1Barasch, A., Diehl, K., Silverman, J., & Zauberman, G. (2017). Photographic Memory: The Effects of Volitional Photo Taking on Memory for Visual and Auditory Aspects of an Experience. Psychological Science, 28(8), 1056-1066. doi: 10.1177/0956797617694868
2Henkel, L. (2013). Point-and-Shoot Memories. Psychological Science, 25(2), 396-402. doi: 10.1177/0956797613504438

Educación (Notas)

“…desde Platón hasta acá sabemos que hay invariables en la educación, como el lugar de la memoria, del esfuerzo, de la repetición.”

(Charles Torossian, matemático, investigador, Inspector General de la Educación Nacional de Francia)

Después de muchas décadas de proyectos educacionales “progresistas” y “modernos”, Francia está regresando a las viejas tradiciones de la educación. Encima, acabo de leer que por ley prohibirá, a partir de septiembre de este año, el uso de celulares en las aulas a los escolares hasta los 15 años.

Los defensores de los novísimos sistemas educacionales – novísimos porque surgieron después de miles de años de educación – pondrán en el grito en el cielo por este atropello a la razón: ¡Cómo es posible que se vuelva a poner en uso la memoria, el esfuerzo, la repetición!

Hacer una copia, memorizar la lección para el día siguiente (cómo olvidar “La tertulia de la señora pata”), repetir hasta la saciedad las tablas de multiplicar, resolver casos de matemáticas usando el modelo problema-raciocinio-ejecución-respuesta, todos los santos días de lunes a viernes. Ir a la biblioteca, hacer notas en tarjetas, redactar, escribir a mano en hojas oficio y presentar ante la clase un trabajo de investigación cada mes. Leer libros en su versión original, presentar un reporte escrito de la lectura y disertar sobre un capítulo escogido cada vez que le tocara a uno en la lista del libro de clases.

Lo anterior es más o menos el modelo impuesto durante mi educación primaria y secundaria. Con diversos matices y resultados, toda mi generación fue afectada por estas prácticas. Salvo algunos pocos casos, no por ello menos significativos, no recuerdo que alguno de mis compañeros y compañeras resultara con traumas insolubles en su vida personal, familiar y laboral a causa de estos tormentos escolares. La mayoría de ellos estudiaron hasta el fin del secundario y un tercio de ellos o más terminaron estudios superiores y se desempeñan – o desempeñaron – con alguna ventaja en su trabajo.

“Resulta desalentador que los estudiantes, tras doce años en el aula, salgan sin entender lo que leen o sin poder hacer simples operaciones de abstracción matemática… El aprendizaje está en la persona. Lo que está en todos lados es la información, pero el conocimiento es otra cosa… No puedo saber para qué sirve la información si no tengo una estructura que me permita entender lo que está escrito. Y eso lo da la escuela… La televisión, Google, Twitter y Facebook no van a darlo, por más que tengan toda la información.” (Guillermo Jaim Etcheverry, Presidente de la Academia Nacional de Educación de Argentina)

Meditaciones crepusculares

Las tres eras que parecían tan definidas a veces se mezclan un poco. El tiempo juega con la memoria, despinta el rastro de las últimas alegrías y estaciona un dolor recurrente en las rodillas. No era todo tan claro a fin de cuentas. Las conclusiones se debilitan con los golpes de la duda. Los recientes optimismos se disuelven en el mar de la evidencia. Para algunas cosas definitivamente es tarde.

Ciertos entusiasmos del cuerpo ya no encuentran eco y la mirada muere en el techo. Las manos hallan alguna ocupación en el libro y a veces, más tristemente, en los botones del control remoto. La mente rememora antiguas exploraciones y encuentra de tanto en tanto algunos rincones hasta ahora ignorados; pero son vetas pequeñitas, los últimos vestigios de la gran minería del pasado. Se halla refresco en algunos párrafos leídos pasada la medianoche y terminan siendo un suave inductor del sueño.

En estos últimos años las grandes broncas ya no tienen que ver con los importantes acontecimientos del pasado sino con la cola del Cobro Express y el escape libre de las motos, impune destructor  de la última paz que nos quedaba, herramienta homicida de una fauna que abandona los últimos vestigios de lo humano.

Con la vejez no es que tenés bronca, me dice una alumna; es miedo directamente. No le da vueltas al asunto, me doy cuenta. Habrá que dejar el tema de lado por un tiempo, supongo. A nadie le interesa la filosofía geriátrica. O les incomoda, me pregunto. En fin, este es solamente un breve resumen del estado de cosas.

Habrá que poner un par de cuadros en la pared de la salita y comprar media docena de vasos y tazas. Creo que con eso será suficiente para completar el menaje necesario. La reducción de los artilugios de la vestimenta ya está casi terminada y sólo falta deshacerse de un par de zapatos y unas remeras. Otro asunto importante es borrar una enormidad archivos innecesarios y seguramente una cantidad de fotografías que no tienen nada más que decir.

Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar… Yo, para todo viaje —siempre sobre la madera de mi vagón de tercera—, voy ligero de equipaje.

(Antonio Machado)

Un día en la escuela

(Una historia verdadera)
Todos los alumnos están formados en el patio del Instituto A***. Es una mañana fría. La señorita R*** está orgullosa de sus alumnos, todos flamantes con sus buzos del Instituto. Por años ha disfrutado de esa disciplina escolar que debe, según ella, caracterizar lo “anglo”. Va a dirigir unas palabras al grupo, arengándoles a una vida de ejercicio y desarrollo corporal integral, cuando la ve.
Es una niña de unos ocho años, de pelo castaño claro, ensortijado. Viste un pantalón de buzo descolorido y una remera blanca. La maestra pierde un poco la compostura, en realidad. La altera esta niña medio tontona, hija de misioneros evangélicos, que no se ajusta a las exigencias del colegio.
La llama adelante. La pone enfrente de todos y dice: “Quiero que miren todos a A***, que es la vergüenza de este colegio”. La hace volver a la fila e inicia ufana su clase de Educación Física.
Treinta años después, A*** está sentada a la mesa en la casa de sus padres. Por alguna razón la conversación gira hacia aquel episodio, tantas veces relatado y tan vergonzoso. Pero esta vez recuerda otro “aporte” de aquella maestra a su autoestima: “Un día se programó una visita a un circo de esos que se suelen poner en la esquina de General Velásquez con Alameda. Yo no tenía los $ 200 que había que pagar para ir. Entonces se fue con todos los alumnos y me dejó sola en la sala. Una profesora pasó por el pasillo y me vio. Me preguntó por qué estaba sola y le dije que porque no tenía el dinero no había podido ir al circo. Ella me tomó de la mano y me dijo: Vamos niña, yo te pago… y fui al circo”.
Escribimos esta memoria mínima como un homenaje – más allá del tiempo – para A***, que sufrió las vergüenzas de ser la hija de gente pobre. Para ella, esta pequeño esbozo de reparación a su honra infantil.
También como un reproche – algo tardío en verdad – a una educadora que, al menos en una época de su vida, no supo, no quiso o no pudo tener una mínima consideración hacia una alumna en desventaja y que no fue capaz de comprender que debía haber tratado con los padres, que no esperaban caridad y que se esforzaban por pagar un buen colegio.
(Se me ocurre pensar que hoy la señorita R*** habría sido denunciada en las redes sociales y tal vez suspendida de su cargo con una severa anotación en su carpeta. Son otros tiempos…)

Cuando la tarde cante

Qué difícil era pensar en la orilla del agua, los cerros cercanos, el viento y las hojas caídas. En el centro de la ciudad evocar la soledad de la montaña era casi imposible. Sólo se oía el ruido de las sirenas de las ambulancias o la policía, el tren que cada cuatro o cinco horas cruza las avenidas y los parques, las motos con sus insolentes escapes libres.

Cada tanto, la memoria de la penúltima casa del pueblo acudía para mitigar un poco el cansancio de las cosas cotidianas. Había estado ahí por unos meses y se le antojaba ser el último lugar donde había experimentado una paz casi perfecta. ¿Cómo era la frase de la doctora Betancourt? “Hay que envejecer para apreciar la paz.”

Es verdad que la tranquilidad tiene más que ver con el estado de la conciencia. El sentimiento de no tener cuentas pendientes es un tesoro invaluable difícil de encontrar. Siempre hay alguna arista, algún asunto que terminó mal, una cuestión inconclusa que inquieta el espíritu, una materia que disuelve el sueño y transforma las noches en un desierto blanco y estéril.

Sin embargo, el rumor del agua en el río o el lago, el viento y el sol que se desmadejan entre los pinos, las nubes que anuncian una tormenta benigna apaciguan el ardor de las jornadas y ralentizan la maquinaria de los pensamientos. Abren la puerta a la plegaria, propician el encuentro con la reflexión, invitan a la razón a reconocer el camino donde se perdieron cosas importantes y se adquirieron algunas tristezas imborrables.

La ciudad apura los pasos, apretuja los deberes, multiplica la rutina, vacía de energía la acción creadora. Repiquetea sus demandas, altera los sentidos, llena la mente de cuidados y alarmas. Se vuelve a revisar si uno cerró con llave la puerta de entrada, se olvida un teléfono o una billetera en la mesa del café.

Hace unos días leí unas palabras de Arthur Rimbaud que bien pueden considerarse un corolario para estos pensamientos peregrinos, o una expresión un poco más bella de la esperanza:

“Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, herido por el trigo, a pisar la pradera; soñador, sentiré su frescor en mis plantas y dejaré que el viento me bañe la cabeza.”

Memoria del recuerdo

Pero hay memorias que permanecen. Ancladas mucho más profundamente en la mente que un par de anteojos de sol o un enchufe de computadora conforman el corpus de la vida; explican lo que uno es y actúan como fiscal acusador frente a los intentos presentes de parecer que no somos lo que en realidad somos.
A veces sorprende la persistencia de esos registros. Volví hace unos días a pasar frente a la antigua Escuela 39 (hoy Colegio Palestino). Entré por primera vez por su ancho portal hace cincuenta y seis años. No pudiendo resistir la vista de una enorme cancha de fútbol (de tierra por supuesto), Carlos Cáceres sacó una manzana del bolsón y jugamos una pichanga que duró dos minutos porque la fruta se deshizo en mil pedazos, tanta era nuestra emoción por ese espacio increíble que se abría para nuestros próximos recreos. Ahí, por una sola gloriosa vez en mi infancia, metí un gol en medio de esos partidos en que jugábamos cincuenta chicos, todos corriendo al mismo tiempo detrás de la pelota. Como decía a media voz el tío Carlos en medio de la noche insomne: “¡Momentos que nunca volverán…!”
¿Para qué sirven esas memorias tan antiguas? ¿Para tomar conciencia de cuán lejos está el tiempo en que no teníamos remordimientos? ¿Que la vida era todavía una hoja en blanco y estábamos, aunque sin tener mucha conciencia de ello, en condiciones de elegir cómo queríamos que fuera?
¿O para hacernos ver qué lejos estamos de esa energía vital, de esa fuerza para emprender lo que quisiéramos porque no había heridas ni deterioros insanables? ¿O bien para que sepamos que las cosas bellas, las que duran, permanecen porque no son producto de nuestras locuras, de nuestra arrogancia, de nuestra torpeza fundamental?
Tal vez se quedan ahí como ejemplos de lo que deberíamos hacer y de lo que deberíamos evitar. Un manual viviente que busca iluminar nuestro presente, que nos dice que si entendemos bien las cosas no tendríamos por qué tropezar dos veces en la misma piedra.
Algunos de esos recuerdos nos alegran; otros nos entristecen. Otros simplemente tiñen de sepia la imagen de nuestro tiempo, aportan una melancolía que enriquece la palabra y de paso, nos aleja de la brutalidad material de la maquinaria de los días y devienen tesoros a los cuales acudir cuando nos abruma la pobreza de nuestras acciones.

Memoria del olvido

El cargador de la computadora. Los lentes ópticos de sol. El teléfono celular local, un libro que debía entregar por encargo, un lápiz Parker. La dirección y el teléfono de una persona que tenía que ver la mañana del sábado. Estas son algunas de las cosas que he ido olvidando en los lugares que he visitado en estos días. Algunas me las enviaron por correo, otras he tenido que regresar a buscarlas. Incluso, he tenido que hacer llamadas para dar explicaciones por las consecuencias que derivan de tales olvidos.
Intento resolver en silencio la bronca que me produce esta debilidad. Me explican que puede ser el estrés o el cansancio. O nada más mi inveterada distracción. En mi fuero interno temo que no sea otra cosa que los síntomas del tiempo, de los años, de las incursiones incansables a las que he sometido mi cabeza desde que tengo uso de razón. Mauricio me dice que no me preocupe, que él me lleva a buscar las cosas que olvidé; total son días festivos, las rutas están despejadas y se puede ir y volver en menos de una hora. Mi cuñada me consuela con la idea que hasta ahora, por lo menos, no me he olvidado de mi cabeza.
Alguna vez leí que cuando uno es joven olvida cosas pero no les da importancia: unas llaves, un botón, una camisa; pero que con el tiempo la pérdida o el olvido de estos objetos se convierte en un conflicto existencial, una lucha con el orden que uno quisiera que hubiera en todo lo que uno hace. Otra vez leí que en una ocasión Albert Einstein puso en el buzón del correo un cuaderno, una libreta de apuntes y un lápiz en vez de la carta que había llevado para enviar. Dadas las enormes distancia que tengo con Einstein en términos de inteligencia y con la juventud, tales experiencias no me consuelan en modo alguno.
Por el contrario, hay hechos o situaciones que uno ha vivido que permanecen en la memoria con una persistencia a veces dolorosa, no importa si ocurrieron el año pasado o cuando tenía diecisiete años. Me propongo leer algún artículo que dé cuenta de las razones de este silencioso pero inquietante acontecimiento y espero rendirles cuenta de los hallazgos y conclusiones del caso.
Por ahora no queda más que desearles un venturoso – e inolvidable – año nuevo.

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