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En Cristo no encontrarás rechazo

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” Juan 14:27 (RVR1960).

Muchos son los miedos que como humanos llegamos a sentir, uno de ellos, es el de ser rechazados por las personas que están en nuestro entorno. Por evitarlo, muchos llegan incluso a aparentar algo que no son, y se traicionan a sí mismos.

Hoy quiero decirte que eres tan valioso que Cristo te ama así como eres y por ello, dio Su vida en la cruz, para que seas salvo y aprendas a amarte como Él te ama, para que tengas paz y libertad. Acercarte a Él y permite que te haga libre de todo temor.

Por Cesia Serna

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

No dejes de buscar a Dios

Existen muchas razones por las cuales uno puede estar atemorizado, como perder a un ser querido, no creerse capaz de alcanzar alguna meta, ver un futuro incierto, etc. Si bien, estas razones ante nuestros ojos pueden ser valederas, en realidad sólo son obstáculos posibles de  superar si acudimos a la persona correcta.

“Busqué a Jehová, y él me oyó, Y me libró de todos mis temores”. Salmos 34:4 (RVR1960).

En el texto, el salmista escribe que buscó a Jehová y que fue Él quien lo libró de sus temores, su clamor fue oído.

A veces no podemos deshacernos de los miedos que tenemos porque no somos capaces de confiar y/o creer que Dios puede librarnos de ellos. Estamos tan inmersos en cómo nos sentimos y en tratar de resolver por nuestros medios las cosas, que olvidamos creer que Dios puede hacer por nosotros aquello que ya hizo por otras personas, como es el caso del salmista, de quien rescatamos que no existe duda en su aseveración; él indica que fue oído por Dios y como consecuencia fue librado, simplemente por haber recurrido al Señor.

Si has estado luchando con miedos o temores que no te dejan avanzar, es tiempo de dejar de poner tu mirada en ellos, y de tomar la mano de Dios quien te dice:

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” Isaías 41:10 (RVR1960).

El Señor dice “estoy contigo”, con Dios a tu lado no hay manera de que el temor te venza; recuerda que si Dios permanece en nosotros Su amor se perfecciona también en nuestras vidas, y el amor hecha fuera el temor. No dejes de buscar al Señor, fortalece tu relación con Él.

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” 1 Juan 4:18 (RVR1960).

Por Cesia Serna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿A qué le tienes miedo?

“No tengas miedo, María; Dios te ha concedido su favor —le dijo el ángel—. Quedarás encinta y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.” Lucas 1:30-31 | NVI |

Fue una gran sorpresa para Maria recibir la noticia de que pronto se convertiría en madre aún sin haber conocido varón. Quizá un sin fin de pensamientos pasaron por su mente: “no estoy preparada para hacerlo”, ¿Qué dirá José (su prometido) y qué dirán los demás? Muchos temores por enfrentar la esperaban, porque ante todo ello, en su vientre llevaría al Salvador de este mundo. Pero el ángel del Señor le había dicho que tenga calma, porque de todos sus temores Dios se encargaría de resolveros.

¿Cuántas veces Dios nos ha sorprendido con grandes retos por enfrentar en nuestras vidas? ¿Cuántas veces has perdido grandes bendiciones a causa del temor? Hoy quiero animarte a poner todos tus miedos en las manos de Dios. Es posible que por temor pienses que el mal ya te está alcanzando, sin embargo la Biblia dice lo contrario, que el bien y la misericordia nos seguirán todos los días de nuestras vidas y en la casa de Dios habitaremos por mucho tiempo. (Salmo 23:6 Parafraseado). No permitas que el temor detenga los sueños que Dios ha puesto en ti.

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

No temas ser rechazado

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” Juan 14:27 (RVR1960).

Muchos son los miedos que como humanos llegamos a sentir, uno de ellos, es el de ser rechazados por las personas que están en nuestro entorno. Por evitarlo, muchos llegan incluso a aparentar algo que no son, y se traicionan a sí mismos.

Hoy quiero decirte que eres tan valioso que Cristo te ama así como eres y por ello, dio Su vida en la cruz, para que seas salvo y aprendas a amarte como Él te ama, para que tengas paz y libertad. Acercarte a Él y permite que te haga libre de todo temor.

Por Cesia Serna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Temor?

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” Isaías 41:10 (RVR1960).

Las diferentes situaciones que a todos nos tocan vivir pueden llevarnos a albergar miedo o temor, es por ello que Dios nos dice que no temamos, que Él nos ayudará a seguir adelante y más aún que nos sustentará.

Para vencer el temor debemos confiar en Dios y amarlo porque “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” 1 Juan 4:18 (RVR1960).

Por Cesia Serna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Manzanal

“He aquí en definitiva la libertad, la única libertad pero también la más preciosa, de la que nos priva la cárcel: poder respirar así, poder respirar en un lugar como éste. Ningún alimento terrestre, ningún vino, ni siquiera el beso de una mujer, me resultan más dulces que este aire embriagado de flores, de humedad, de frescura … Dejo de oír el escape de las motocicletas, el aullido de las radios y la monserga de los altoparlantes … ¡Mientras se pueda respirar así, después de la lluvia, bajo un manzano, todavía vale la pena vivir!”

(Fragmento de La respiración en “Cuentos en Miniatura”, Alexander Solzhenitzyn).

Este precioso pasaje me remite sin transición alguna a una mañana lejana en el tiempo y remota en los mapas del mundo, cuando estudiaba un postgrado que nunca terminé. Había vivido hasta entonces bajo el despotismo iletrado – no ilustrado – de los epónimos diligentes. Por primera vez, con desgarradora claridad entendí que había sido un triste clon de fórmulas aprendidas y me decreté a mismo un estado de guerra permanente contra cualquier imposición conceptual. En cierto modo – la frase es muy cursi, es verdad -, fue como el primer día del resto de mi vida. Lloré horas tendido de espaldas debajo de unos manzanos silvestres, mi suéter quedó lleno de mocos y desde entonces respiro este aire distinto de una progresiva libertad.
Progresiva porque aquel fue apenas el comienzo. Los miedos y las costumbres tienen muchas vidas y no se dejan así no más. Las rejas más resistentes están en la cabeza. Cuarenta años de reglas institucionales se dejan sentir. Hace unos días me obligué a pedir permiso para no asistir a un servicio religioso en el sitio donde estaba de paso haciendo un trabajo profesional; no quería participar, pero no deseaba que se viera como falta de respeto mi evidente ausencia.
Mientras sigo leyendo las memorias de Simone de Beauvoir, me pregunto mil veces cómo es que dejé tanto tiempo que me controlaran la vida. Me martirizo con la idea de por qué no aflojé antes las amarras del ser. ¿No era desde siempre que sentía tan adentro el olor embriagante de la libertad, el magisterio danzante de las palabras y la urgencia de las cosas erizándome la piel todas las horas…?

Memoria del olvido

Un rayo de luz. Una ventana iluminada. Una mañana fresca. Un día promisorio. Un futuro posible. Una espera llenita de posibilidades. El comienzo de un viaje sin boleto de vuelta. Todos los recursos dispuestos sin seguros comprometidos. El prospecto de recuperar el tiempo perdido. Reestrenar la inocencia. Perfumar de lavandas la habitación del olvido.

El cansancio de la decepción. Los chantajes apenas perceptibles. La imposición del miedo. Los juicios sin misericordia. Las prioridades desarticuladas. Las frustraciones inconfesadas. La frialdad de los abrazos. El desapego de las tradiciones y las exigencias de la comunidad. Las ganas de no tener más ganas. El deber en lugar del querer.

Las palabras escritas que consumieron el tiempo. Las palabras habladas en el desierto. El monólogo triste. Las obligaciones financieras y sus odiosos recordatorios. Las charlas de café. El transporte público y la multitud en el centro de la ciudad. Los trámites, las consultas al médico, las llamadas pendientes. Las invitaciones declinadas.

Las ganas de volver a tener ganas. El reclamo de la piel. Los residuos de la pasión. Las ansiedades emergentes. El reparo de los cuerpos cercanos. Las ansias retenidas. La noche de brazos abiertos. De nuevo la madrugada que entra por la ventana. La mirada anhelante. Las frases inconclusas.

Eso fue. La vida sin miramientos. El reto de existir. Los años, a veces, pasan en vano y cobran la factura con recargo por atraso. La belleza y la miseria del ser. Todas las posibilidades y todos los miedos. Otras veces, los años son benignos y en lugar de cobrar te regalan un inesperado y hermoso bonus track.

La palabra escrita, cada vez más atribulada, rehén de la tristeza acumulada. El abandono del púlpito y el alejamiento de la banca. La enseñanza que resbala cada vez más por la cabeza inclinada de la persona cibernética que mira la pantalla del smartphone. El desinterés definitivo por las construcciones afectivas. El último rincón de la vida, con Netflix, los libros y el periódico del domingo.

El resto de la vida que sucede no más. Intensa, interesante, violenta, singular, atroz. Anduve por muchos caminos, visité muchas ciudades, conocí mucha gente, aprendí muchas cosas y olvidé no sé cuántas.

Así fue. Eso fue. Ya fue.

(Artículo escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

¿Cómo superar tus miedos?

Miedo a la oscuridad, al fracaso, a las alturas, a hablar en público, a las arañas, a la muerte, etc. Todos tenemos, o hemos tenido, alguna clase de miedo en nuestra vida; y esto es normal. De hecho, un estudio realizado por el Instituto de Investigación Statistic Brain, señala que el 90% de los miedos de las personas son cosas consideradas insignificantes, mientras que el 60% son eventos que nunca ocurrirán; y el 30% son hechos que sucedieron en el pasado y que no pueden cambiarse.

Algunas personas saben controlar sus temores y no dejan que éstos sean impedimentos en sus vidas; sin embargo, ¿qué sucede cuando nos volvemos esclavos a ellos? Hay muchas maneras de sobreponerse a los miedos y vencerlos. En los casos extremos de fobia, lo más recomendable es acudir a un especialista; pero si consideras que tienes la suficiente fuerza de voluntad para hacerlo por tu cuenta, entonces practica lo siguiente:

overcomefears01Identifica tu miedo:

En ocasiones, no todos los miedos son lo que creemos que son. Por ejemplo, algunos confunden el temor a las alturas con el miedo a caer. Esto quiere decir que no es un objeto en sí a lo que le temes, sino a un posible evento negativo que podría suceder.
Identificar correctamente tus miedos te ayudará a saber el área específica en la que debes trabajar; además, te dará una mejor perspectiva para comprenderte a ti mismo.

Descubre las causas:

Muchos miedos vienen como consecuencia de un hecho traumante del pasado. Si ése es tu caso, entonces consulta con algún consejero, pastor, o un especialista. Esta clase de temores podrían estar relacionados a otro tipo de problemas, y es mejor que no tomes acciones por tu cuenta. Si tu temor no se debe a un acontecimiento doloroso del pasado; entonces analiza si el origen es producto de tu imaginación que se ha ido a los extremos. Por ejemplo, hay personas que temen ser atacados por anacondas, pero en realidad, nunca han visto una en persona y es probable que jamás lo hagan. De esto se puede presumir que su miedo proviene de las cosas que han visto en películas, documentales u otros medios.

Una vez que descubras de dónde proviene tu miedo, podrás darte cuenta si en verdad es algo por lo que debas preocuparte, o si puedes superarlo.

Controla tu reacción:

Si estás en una situación donde enfrentas tu miedo, lo mejor es que mantengas la calma en todo tiempo. Cuando uno respira lentamente, hace que el cuerpo se mantenga en control y el cerebro no envíe señales al cuerpo para que se tense. Esto hará que te sientas relajado y tranquilo todo el tiempo. También debes cuidar tu mente y tener pensamientos positivos en todo momento. Otra cosa que puedes hacer es distraerte con música que te ayude a mantenerte enfocado o escuchar buen contenido que alimente tu alma, como por ejemplo, la que puedes disfrutar por CVCLAVOZ.

Busca ayuda:

Lo peor que puedes hacer es convertir tu miedo en un secreto. No te quedes callado y busca ayuda de alguien. La persona en quien confíes debe ser madura y debe tener la capacidad de aconsejarte con sabiduría. Si tienes recelo de confiar en una persona extraña, entonces habla con un familiar o amigo. También puedes acudir a un consejero, pastor, especialista, o si deseas, escribirnos a: [email protected]
Cualquiera sea la forma, lo importante es pedir ayuda y no enfrentar solo tus temores.

Ora:

Salmos 34:4 dice: “Le pedí a Dios que me ayudara, y su respuesta fue positiva: ¡me libró del miedo que tenía!” (TLA). Dios responde las peticiones de quienes se acercan a Él en oración. Sin embargo, no es solo cuestión de pedir, sino también de mostrar agradecimiento, incluso cuando parece que no obtenemos respuesta de su parte. Él conoce cuál es el mejor tiempo en el cual contestar nuestras súplicas.

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

La hermosa cautiva

              “He aquí en definitiva la libertad, la única libertad pero también la más preciosa, de la que nos priva la cárcel: poder respirar así, poder respirar en un lugar como éste. Ningún alimento terrestre, ningún vino, ni siquiera el beso de una mujer me resultan más dulces que este aire embriagado de flores, de humedad, de frescura … Dejo de oír el escape de las motocicletas, el aullido de las radios y la monserga de los altoparlantes … ¡Mientras se pueda respirar así, después de la lluvia, bajo un manzano, todavía vale la pena vivir!” (Fragmento de La respiración en “Cuentos en Miniatura”, Alexander Solzhenitzyn).
Este precioso pasaje me remite sin transición alguna a una mañana lejana en el tiempo y remota en los mapas del mundo, cuando estudiaba un postgrado que nunca terminé. Había vivido hasta entonces bajo el despotismo iletrado – no ilustrado – de los epónimos diligentes. Por primera vez, con desgarradora claridad entendí que había sido un triste clon de fórmulas aprendidas y me decreté a mismo un estado de guerra permanente contra cualquier imposición conceptual. En cierto modo (la frase es muy cursi, apelo a su indulgencia), fue como el primer día del resto de mi vida. Lloré horas tendido de espaldas debajo de unos manzanos silvestres, mi suéter quedó lleno de mocos y desde entonces respiro este aire distinto de una progresiva, costosa libertad.
Progresiva porque aquel fue apenas el comienzo. Los miedos y las costumbres tienen muchas vidas y no se dejan así no más. Las rejas más resistentes están en la cabeza. Cincuenta años de reglas institucionales se dejan sentir. Hace un tiempo me obligué a pedir permiso para no asistir a un servicio religioso en el sitio donde estaba de paso haciendo un trabajo profesional; no quería participar, pero no deseaba que se viera como falta de respeto mi evidente ausencia.
Mientras repaso algunas lecturas de Eduardo Galeano, se me ocurre volver a preguntarme cómo es que dejé tanto tiempo que me controlaran la vida. Me martirizo con la idea de por qué no aflojé antes las amarras del ser. No era desde siempre que sentía tan adentro el olor embriagante de la libertad, el magisterio danzante de las palabras y la urgencia de las cosas erizándome la piel todas las horas…?
Qué lejos de la realidad institucional cristiana está aquello de que la verdad os hará libres.
Libertad, esa hermosa cautiva…

Eso fue

Un rayo de luz. Una ventana iluminada. Una mañana fresca. Un día promisorio. Un futuro posible. Una espera llenita de posibilidades. El comienzo de un viaje sin boleto de vuelta. Todos los recursos dispuestos sin seguros comprometidos. El prospecto de recuperar el tiempo perdido. Reestrenar la inocencia. Perfumar de lavandas la habitación del olvido.

El cansancio de la decepción. Los chantajes apenas perceptibles. La imposición del miedo. Los juicios sin misericordia. Las prioridades desarticuladas. Las frustraciones inconfesadas. La frialdad de los abrazos. El desapego de las tradiciones y las exigencias de la comunidad. Las ganas de no tener más ganas. El deber en lugar del querer.

Las palabras escritas que consumieron el tiempo. Las palabras habladas en el desierto. El monólogo triste. Las obligaciones financieras y sus odiosos recordatorios. Las charlas de café. El transporte público y la multitud en el centro de la ciudad. Los trámites, las consultas al médico, las llamadas pendientes. Las invitaciones declinadas.

Las ganas de volver a tener ganas. El reclamo de la piel. Los residuos de la pasión. Las ansiedades emergentes. El reparo de los cuerpos cercanos. Las ansias retenidas. La noche de brazos abiertos. De nuevo la madrugada que entra por la ventana. La mirada anhelante. Las frases inconclusas.

Eso fue. La vida sin miramientos. El reto de existir. Los años, a veces, pasan en vano y cobran la factura con recargo por atraso. La belleza y la miseria del ser. Todas las posibilidades y todos los miedos. Otras veces, los años son benignos y en lugar de cobrar te regalan un inesperado y hermoso bonus track.

¿Quería ser mayor? Una vez quise. Venía del sur en un tren de noche y conocí a una chica. Yo tenía 13 años y ella 18. Olvidé su nombre. Recuerdo que me dijo que vivía en una calle llamada José Mariátegui en la comuna de San Ramón. El resto de la vida sucedió no más. Intensa, interesante, violenta, singular, atroz. Anduve por muchos caminos, visité muchas ciudades, conocí mucha gente, aprendí muchas cosas y olvidé no sé cuántas.

Así fue. Eso fue. Ya fue.

El manzano

“He aquí en definitiva la libertad, la única libertad pero también la más preciosa, de la que nos priva la cárcel: poder respirar así, poder respirar en un lugar como éste. Ningún alimento terrestre, ningún vino, ni siquiera el beso de una mujer, me resultan más dulces que este aire embriagado de flores, de humedad, de frescura … Dejo de oír el escape de las motocicletas, el aullido de las radios y la monserga de los altoparlantes … ¡Mientras se pueda respirar así, después de la lluvia, bajo un manzano, todavía vale la pena vivir!” (Fragmento de “La respiración” en Cuentos en Miniatura, Alexander Solzhenitzyn).
Este precioso pasaje me remite sin transición alguna a una mañana lejana en el tiempo y remota en los mapas del mundo, cuando estudiaba un postgrado que nunca terminé. Había vivido hasta entonces bajo el despotismo iletrado – no ilustrado – de los dirigentes religiosos. Por primera vez, con desgarradora claridad entendí que había sido un triste clon de fórmulas aprendidas y me decreté en mí mismo un estado de guerra permanente contra cualquier imposición conceptual. En cierto modo (la frase es muy cursi, es verdad), fue como el primer día del resto de mi vida. Lloré horas tendido de espaldas debajo de unos manzanos silvestres, mi suéter quedó lleno de mocos y desde entonces respiro este aire distinto de una progresiva libertad.
Progresiva porque aquel fue apenas el comienzo. Los miedos y las costumbres tienen muchas vidas y no se dejan así no más. Las rejas más resistentes están en la cabeza. Cuarenta años de reglas institucionales se dejan sentir. Hace unos días me obligué a pedir permiso para no asistir a un servicio religioso en el sitio donde estaba de paso haciendo un trabajo profesional; no quería participar, pero no deseaba que se viera como falta de respeto mi evidente ausencia.
Mientras sigo leyendo las memorias de García Márquez, me pregunto mil veces cómo es que dejé tanto tiempo que me controlaran la vida. Me martirizo con la idea de por qué no aflojé antes las amarras del ser.

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¿No era desde siempre que sentía tan adentro el olor embriagante de la libertad, el magisterio danzante de las palabras y la urgencia de las cosas erizándome la piel todas las horas…?

Así sucedió

Un rayo de luz. Una ventana iluminada. Una mañana fresca. Un día promisorio. Un futuro posible. Una espera llenita de posibilidades. El comienzo de un viaje sin boleto de vuelta. Todos los recursos dispuestos sin seguros comprometidos. El prospecto de recuperar el tiempo perdido. Reestrenar la inocencia. Perfumar de lavandas la habitación del olvido.
El cansancio de la decepción. Los chantajes apenas perceptibles. La imposición del miedo. Los juicios sin misericordia. Las prioridades desarticuladas. Las frustraciones inconfesadas. La frialdad de los abrazos. El desapego de las tradiciones y las exigencias de la comunidad. Las ganas de no tener más ganas. El deber en lugar del querer.
Las palabras escritas que consumieron el tiempo. Las palabras habladas en el desierto. El monólogo triste. Las obligaciones financieras y sus odiosos recordatorios. Las charlas de café. El transporte público y la multitud en el centro de la ciudad. Los trámites, las consultas al médico, las llamadas pendientes. Las invitaciones declinadas.
Las ganas de volver a tener ganas. El reclamo de la piel. Los residuos de la pasión. Las ansiedades emergentes. El reparo de los cuerpos cercanos. Las ansias retenidas. La noche de brazos abiertos. De nuevo la madrugada que entra por la ventana. La mirada anhelante. Las frases inconclusas.
Eso fue. La vida sin miramientos. El reto de existir. Los años, a veces, pasan en vano y cobran la factura con recargo por atraso. La belleza y la miseria del ser. Todas las posibilidades y todos los miedos. Otras veces, los años son benignos y en lugar de cobrar te regalan un inesperado y hermoso bonus track.
¿Quería ser mayor? Una vez quise. Venía del sur en un tren de noche y conocí a una chica. Yo tenía 13 años y ella 18. Olvidé su nombre. Recuerdo que me dijo que vivía en una calle llamada José Mariátegui en la comuna de San Ramón. El resto de la vida sucedió no más. Intensa, interesante, violenta, singular, atroz. Anduve por muchos caminos, visité muchas ciudades, conocí mucha gente, aprendí muchas cosas y olvidé no sé cuántas.
Así fue. Eso fue. Ya fue.

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