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Amor que transforma

Había en una escuela un muchacho tan indisciplinado que el maestro, después de haberle aconsejado  y castigado muchas veces sin resultado, tuvo que, finalmente, expulsarlo.

Al día siguiente, acudió la madre del muchacho a suplicar al maestro que lo admitiera de nuevo:

  • Me es imposible – contestó este- Su mal ejemplo hace malos a los otros niños. No puedo permitir que vuelva.
  • Pero, señor, ¿qué será de él? Si usted no lo readmite irá de mal en peor y será un miserable. ¡Tenga compasión de esta pobre madre!

Ante los ruegos insistentes de la triste mujer, el maestro se conmovió. Sin embargo, sabía que la readmisión del muchacho malo volvería a ser causa de disgustos y malos ejemplos, lo cual él no podía consentir. Finalmente, una idea le vino a la mente.

  • Si yo vuelvo a admitir al niño – dijo dirigiéndose a los demás muchachos- ¿Hay alguien entre ustedes que quiera ser su fiador?

Después de unos minutos de silencio en que sólo se oían los sollozos  de la madre, se oyó una vocecita:

  • Yo, señor.
  • ¿Tu, Tomás? – Preguntó el maestro. ¿Sabes qué es ser fiador de tu compañero?
  • Sí, señor, que si él se porta mal, yo sufriré el castigo.
  • ¿Y estás dispuesto a ello?
  • Sí, señor.
  • Bien, pues que se siente a tu lado el muchacho.

La madre se fue y el incorregible muchacho se sentó a lado de su fiador.

Ese día no hubo castigo para  Tomás, ni tampoco al día siguiente. Después de aquel momento un cambio maravilloso se operó en el muchacho mayor, siendo su conducta cada vez más satisfactoria.  Consideraba como cuestión de honor que su pequeño fiador no fuese castigado por culpa de él, y lo que ni las amonestaciones y castigos del maestro ni las lágrimas de la madre habían podido lograr fue conseguido por la actitud de su pequeño compañero.

Con el tiempo el muchacho llegó a ser ayudante en la escuela y más tarde misionero en el África, donde pasó el resto de su vida hablando de aquel otro Fiador que llevó el castigo de nuestros pecados,  cuyo amor y sacrificio es el único móvil capaz de transformar nuestras vidas.

No son pocos los casos de niños, y aún personas adultas, que cambian su comportamiento cuando son tratados con amor. En este caso, el muchacho que tenía un comportamiento problemático, vio cómo había alguien dispuesto a sacrificarse para que él tuviera nuevamente la oportunidad de asistir a  la escuela.

¿No te ha pasado que cuando alguien te ama te esfuerzas por ser mejor cada día y procuras no decepcionarlo?

Ese mismo debe ser nuestro comportamiento hacia Dios, quien por amor a nosotros mandó a su Único Hijo para que asumiera las consecuencias de nuestras faltas y transgresiones y muriera en una cruz por amor. Él siendo inocente se encargó de pagar nuestras culpas.

“En esto consiste el amor verdadero: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados” 1 Juan 4:10  (NTV)

Si realmente hemos entendido el mensaje de amor de Dios, procuraremos no sólo retribuirle su amor siendo buenos hijos suyos, sino que haremos lo mismo por los demás, demostrándoles con nuestros actos que los amamos más allá de sus defectos e imperfecciones. El amor puede mucho más que las reprensiones o los castigos y prueba de ellos son los millones de personas que cambiaron al experimentar el amor de Dios y del prójimo.

El amor es uno de los instrumentos más poderosos que tenemos para transformar la vida de los demás. ¡No esperes más, ve y ama como Jesús nos enseñó!

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

En equipo

Cuentan que hace muchos años, un organista muy famoso fue a una gran ciudad para dar un doble concierto en la Sala del Palacio de la Música. Era en los días cuando los órganos tenían que moverse con las manos, con fuelles, por lo que se buscó a un muchacho muy fuerte para tal trabajo.

El músico dio su primer recital y el entusiasmo de los asistentes fue bien notado por sus fervorosos aplausos. Al concluir su saludo, el músico  sintió que le tiraban de su levita y vio que era el muchacho de los fuelles quien, con una sonrisa le dijo:

   – ¡Qué bien lo hicimos!

   – ¿Qué estás diciendo? ¿Qué es esto de “bien lo hicimos”? ¿Qué has hecho tú?- le respondió el músico burlándose del joven.

   – Ah, perdón, yo creía… – dijo el  muchacho mientras se apartaba.

Al día siguiente llegó el segundo recital. El organista había guardado la mejor pieza para la despedida. Era la misma partitura queriendo expresar qué es una tempestad, y este era precisamente su nombre.

Pero cuando estaba tocando se dio cuenta de que los fuelles fallaban. El músico, enfadado, ladeó la cabeza y dijo al muchacho:

   – ¡Por favor… sopla fuerte, chico!

   – Bueno, soplaré más fuerte…. Pero el concierto lo hacemos ente los dos, ¿sí o no?

   – ¡Sí, claro que sí! ¡Sopla, sopla… o estoy… estamos perdidos!

El recital fue un éxito extraordinario y el organista acabó por abrazar a su ayudante a la vista de todos.

Al igual que en este recital, sucede en la iglesia, donde somos un solo cuerpo y nadie es mayor que el otro, sino que todos tenemos una función que nos ha sido encomendada.

Así mismo, en muchas áreas de nuestra vida tratamos de ser como este famoso organista, queremos hacer las cosas solos, que la gente nos reconozca y alabe nuestro trabajo y olvidamos a los demás, a la gente que está respaldándonos,  que forma parte del equipo.

No hay nadie que pueda salir adelante solo, todos tenemos personas que  trabajan visiblemente con nosotros o que lo hacen en tras escena, otros en silencio, y quizás sin que lo sepamos, nos respaldan con sus oraciones.

Pero lo más importante es recordar que no podríamos hacer nada sin Dios, si pensamos dar el mejor recital de nuestra vida, sin considerarlo, lo único que encontraremos es un gran fracaso. Dios es quien mueve los fuelles para que podamos cumplir nuestro propósito y es de necios ignorar su palabra y pretender hacer todo por nuestra cuenta.

“Podemos hacer nuestros propios planes, pero la respuesta correcta viene del Señor. La gente puede considerarse pura según su propia opinión, pero el Señor examina sus intenciones. Pon todo lo que hagas en manos del Señor, y tus planes tendrán éxito.” Proverbios 16:1-3 (NTV)

Reconoce a Dios en todos tus caminos y permite que Él te guíe para que puedas ver cómo todo lo que haces es prosperado y alcanzarás el propósito con el que fuiste creado.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

La fortaleza de la salvación.

Dardwin era un muchachito que vivía en la región montañosa de Escocia. Era muy flaco y debilucho, sus piernas eran delgadas como las de un ciervo, tenía  los ojos casi escondidos tras sus pómulos y ya no le parecía gracioso que su mamá cuente el número de sus costillas cada vez que se sacaba la camisa.

Su padre era un herrero con grandes habilidades en el manejo del metal y, a diferencia de su hijo, tenía una voz firme y brazos gruesos, sus rojizos cabellos y su mirada penetrante le daban el aspecto de ser un hombre riguroso, pero la verdad es que amaba mucho a su familia y sobre todo a su hijo.

Un día la mamá de Dardwin lo envió a recoger agua del río y algunos frutos silvestres del bosque, con la intención motivarlo a hacer actividades que lo ayudaran a vencer sus miedos: primero fue por el agua y luego se adentró al bosque por los frutos, pero unos cuervos salieron de entre los arbustos y le hirieron en la cabeza, dejándolo sin más remedio que soltar todo lo que llevaba en las manos para cubrirse y salir corriendo.

Llegó a casa y les contó a sus padres lo que había ocurrido. Pero más allá de las heridas que tenía, notaron que sus miedos e inseguridades habían aumentado. Esto no se podía quedar así, pensó su papá; entonces fue de inmediato a trabajar a su taller sin parar hasta altas horas de la noche.

Al día siguiente, al despertar, Dardwin vio un yelmo junto a su cama. Era hermoso y brillante, pero lo mejor era que estaba hecho justo a su medida y tenía su nombre grabado en el interior. De inmediato se lo puso y modeló por su habitación, viéndose en el espejo se sentía poderoso y capaz de derrotar a cuanto enemigo se le acercara.

Bajó a desayunar y le dio gracias a su padre dándole un abrazo. Casi a medio día su madre le pidió que fuera al río a recoger agua y al boque por frutos silvestres. Dardwin simplemente asintió con la cabeza, tomó un balde, una cesta y cuando estaba a punto de salir por la puerta, su madre le preguntó si no olvidaba nada mientras sostenía su yelmo.

El muchacho se lo puso al instante y se fue marchando como un soldado enviado a la guerra. Sacó agua del río y al adentrarse en el bosque, los cuervos volvieron a atacarlo. Dardwin cuchaba los picotazos pero ya no le causaban daños, se sacudía y los cuervos se alejaban por un momento y, aunque volvían a atacarlo, él  ya no tenía miedo porque estaba protegido.

Recogió todo lo que pudo y salió corriendo. Casi podía escuchar trompetas y tambores de guerra entonando himnos triunfales por su hazaña, su mente no paraba de imaginar proezas bélicas mientras agitaba una rama en el aire. Regresó a casa con la autoestima renovada y feliz de haber cumplido con su deber.

Desde ese día Dardwin siempre se ponía su yelmo para salir y poco a poco, ese chiquillo debilucho e inseguro cambió físicamente, sus temores se habían extinguido y se volvió más fuerte.

Esta es la historia de un muchacho, pero podría ser la de un hombre mayor, la de una mujer o la de cualquier persona que parece no tener fuerzas para nada porque se ha convencido de ser débil. Pero el yelmo de la Salvación del que habla Efesios 6:17, nos permite proteger nuestra mente, lugar donde almacenamos todas las promesas y mandamientos de Dios.

Cuando intentamos movernos en una dirección, los cuervos atacan con sus filudos picos sobre nuestra cabeza: Las palabras hirientes llegan y las noticias malas se presentan y, por si eso no fuera poco, nuestra propia naturaleza caída nos tiene convencidos de una aparente inferioridad.

Pero al protegernos con el yelmo de la Salvación, nuestra mente está resguardada de todo pensamiento que quiera alejarnos de Dios. Recuerda que el Sacrificio de Jesús nos ha dado Salvación, esa es la prueba máxima de Su amor hacia nosotros.

“Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.” 1 Tesalonicenses 5:8 Versión Reina-Valera 1960

Nunca dejes de ponerte el yelmo de la Salvación.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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