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Café y danish 1

Café y danish

Mi doctor termina de examinarme y tras su severo escritorio dictamina: “Tienes que dejar todo lo irritante”.

“Todo lo he dejado, doctor, y más. Excepto el café. Y no creo que pueda. Le prometo reducirlo pero no me pida que lo deje.”

El café con leche y las tostadas al desayuno son la obertura del día. No importa si será una jornada gris, emocionante, desafiante o aburrida. Es absolutamente imprescindible.

A una edad en que he debido ajustar la dieta, la actividad física – y otras actividades, permítaseme el café. Es todo lo que pido. Aunque sea menos.

Así, Amelie es el café donde empieza casi la totalidad de mis días en esta ciudad. Ese ritual marca el sentido de mis próximas horas y con eso me basta. La vida tiene sus afanes, pero que comiencen al salir de ahí.

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Mi amiga Claudia me lleva al café Alexander, a pasos del Cristo, en Santa Cruz, Bolivia. “Te va a gustar”, me asegura.

Y tiene razón. Tiene la atmósfera justa, la luz, los colores, los cuadros, las chicas que atienden a las mesas, el aroma inconfundible de café y lo que se le ocurra a uno en dulce y salado.

En la carta veo una masita dulce que me atrae: Danish. Hay que remitirse a la fotografía aquí. No puedo describirlo tan bien como se ve y como sabe. Así que elijo café con leche y danish.

Y entonces se produce esa conexión que tengo con Amelie. Tal vez haya otros lugares lindos en la ciudad, pero éste es el lugar para mí y ahí quiero volver cada vez que se pueda. Durante mi breve estadía regresamos tres o cuatro veces. Mi lugar para café y danish en Santa Cruz; no hace falta más.

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Nunca puedo esquivar la pregunta que me hago casi todos los viernes cuando incluyo aquí un escrito no convencional, un mini ensayo no técnico.

¿De qué puede valer contar estas cosas? En este mundo metalizado, mediatizado, hiperconectado, acelerado, ¿cómo puede la descripción de un desayuno o de una hora selecta en un café citadino aportar valor a la vida?

Tal vez recordándonos que el ser es la esencia de todo. Que el hacer y el sentir no tienen valor alguno si no provienen del interior de nosotros, de lo mejor que tenemos.

Digámoslo una vez más. La vida tienen sus afanes. Pero que comiencen después del café con leche… Y el danish en este caso.

Amanecer en Santa Cruz 2

Amanecer en Santa Cruz

El sol de la mañana se desmadeja entre el follaje de los mangos que la ventana deja ver. Es demasiado temprano para trabajar y demasiado tarde para las ensoñaciones. En este minuto lo único posible es el silencio.

Una bronquitis persistente apaga un poco el ardor de la palabra. Reservo lo que puedo la voz para la presentación  de esta noche. He pensado tanto en lo que decir al pequeño grupo que se reunirá en el living de la casa de mi amiga.

Persuadir. Interrogar. Provocar a una expectante audiencia a salir a la intemperie porque vivir bajo el paraguas de los paradigmas es cómodo y no hay que pensar casi nada.

El aroma del café y las tostadas me ayudan a reencontrar un poco la paz. Siempre se agita mi cabeza cuando lo que debe ser dicho se tiene que decir.

El cielo se va nublando un poco pero todo está tibio y sereno. La mente se aplaca un poco y entiendo que el camino es largo y entramos a tientas casi en un territorio desconocido.

Hablo en voz baja pero audible, cosa que hago todas las mañanas. Les pregunto imaginariamente a las personas que estarán presentes qué va a pasar si el fin de los tiempos se tarda indefinidamente.

¿Para qué están preparados? ¿Qué orientaciones fundamentales han provisto a las nuevas generaciones? ¿Cómo van a sobrevivir en la vorágine del cambio ya que por siglos se han marginado de la conducción de los procesos sociales?

Mi amiga y anfitriona me envía un mensaje que dice algo como “cosas que ojo nunca vio y oído no oyó”. Lo pienso de un modo distinto, la verdad. Es casi seguro las cosas que estas personas van a oír de mí no las han oído nunca. No me estoy jactando. Sólo me sigue doliendo que así sea.

La dura costra del conocimiento adquirido al entrar en la comunidad de los creyentes es resistente a la pregunta. Concluye que las cosas son como son porque así están escritas desde antes de la fundación del mundo y me entra una como ardiente rebeldía porque no es así.

La verdad tiene la frescura y la versatilidad del encuentro constante. No es estática. Es fibrosa, abismante, sorprendente. Porque como algún viejo profeta dijo, “conoceremos y proseguiremos en conocer”.

Prosigamos. Es la propuesta que pienso en este amanecer en Santa Cruz de la Sierra, aquí en Bolivia…

Irse y regresar 3

Irse y regresar

Me he querido ir varias veces. Y siempre, de un modo u otro, he debido regresar. Por un tiempo viví mi exilio voluntario en una cabaña. He aquí lo que pasó:

Vuelvo a ver la cabaña. Conserva ese aire único que tuvo desde el principio. Me acerco a través del pasto descuidado y los cardos crecidos. Al frente don Pascual sembró esta vez gladiolos; algunos destellos rojos en medio de la maleza me recuerdan, de un modo imperfecto sin duda, las amapolas en el trigo de Pablo Neruda.

El mundo de ayer se agita en su sueño patinado de polvo y telarañas. Quiero abrir alguna ventana pero los rieles de madera están atascados. Un polvo de años empaña los vidrios y el aire adentro tiene ese olor oxidado del tiempo y la soledad. El viejo sofá, unos pisos altos, las sillas con asiento de estera, una vieja alfombra manchada y los recuerdos que se desperezan de su dejadez.

Sentado frente al ventanal sucio se ve que la tarde ya no tiene más que hacer por hoy y se retira sin hacer ruido. Unos últimos chispazos de sol se entreveran con el follaje de los álamos y al cabo de una hora la penumbra ya ha disuelto todo y no quedan más que siluetas en la oscuridad.

Hubo una vez allí aroma de Flaño y rumor de palabras. Todavía la esperanza tenía sentido y valor. La ropa limpia doblada en las repisas, el café, la cama tendida y la soledad, que entonces era un blasón, una enseña irreverente y desafiante. El proyecto suponía posible el vigor creativo. Frente a la ventana del dormitorio estaba el escritorio y fluían las ideas al amor de la música y los sueños.

Una noche de mayo el cielo se vino abajo y por todas partes llovió el desastre, la tormenta brutal. Hubo goteras inmensas en medio de la sala y el corazón se anegó en estúpidas lágrimas. Es peligroso ser pobre y viejo. En este mundo no hay segunda oportunidad para los desertores del sistema. Sin seguro médico y habiendo dejado de cotizar para el retiro no era posible la ilusión de la libertad definitiva.

Hubo que irse y regresar a la galera y los dictados institucionales. Con la valijita negra, el cuadrito con la leyenda “Mi mundo privado” y la mochila de cuero hubo que abandonar, tal vez para siempre, la cabaña…

Cosas buenas 4

Cosas buenas

– Pero al final esta sombra es una cosa que pasa. Incluso las tinieblas deben pasar. Un nuevo día vendrá. Y cuando el sol brille será aún mayor su brillo. Esas fueron las historias que permanecieron contigo. Significaban algo, incluso si eras muy pequeño para entender por qué. Pero pienso, señor Frodo, que entiendo. Ahora lo sé. Las personas en esas historias tuvieron muchas chances de volver a atrás, pero no lo hicieron. Siguieron adelante porque se estaban aferrando a algo.

– A qué nos estamos aferrando, Sam?

– Hay cosas buenas en este mundo, señor Frodo. Y vale la pena luchar por ellas.

(Diálogo de Sam y Frodo en El Señor de los Anillos: El retorno del Rey)

Hay días que tengo, como Sábato, una “esperanza demencial” en la bondad humana. Me siento iluminado por las palabras de aquella canción de Raphael, “Digan lo que digan”:

Es mucha más la luz que la oscuridad… Hay mucho, mucho más amor que odio… Y (los hombres) luchan por el bien no por el mal.

Tal vez, de vez en cuando debamos pensar en las cosas buenas a las que se refiere Sam cuando todo parece perdido en los tramos finales de El Retorno del Rey.

Pensemos no en las cosas que son buenas para nosotros, sino en lo que el mundo que nos rodea necesita desesperadamente: agua, comida, vivienda, salud, educación, justicia, paz, libertad. Para mucho más de la mitad del mundo estas cosas no alcanzan o directamente no están disponibles.

Entonces viene la segunda parte de las palabras de Sam: vale la pena luchar por ellas. Pasamos mucho tiempo pensando y hablando de estas cosas. Parece que hace rato es el tiempo de involucrarse personalmente para que alcancen a más personas. Aferrarse a esa lucha. Creer en la posibilidad de los pocos logrando lo imposible.

Esa es la esperanza que proponen la película Matrix, la canción Imagina de John Lennon, el discurso Yo tengo un sueño de Martin Luther King, el libro Mi nombre es Malala de Malala Yousafzai, el Hacia un mundo sin pobreza de Muhammad Yunus, la película El niño que domó el viento.

Dos pequeños hobbits, las más impensadas de las criaturas de la Tierra Media, se juegan la vida para destruir el poder de Sauron y extender un poco más la vida, para mejorar los días, para volver a creer que las cosas malas al fin pasarán.

De mi locura 5

De mi locura

De médico, de poeta y de loco todos tenemos un poco” es un adagio que debo haber oído cuando era un adolescente.

Cuando decidí hace ya muchos años abandonar mi trabajo como publicista y abrazar la profesión misionera, uno de mis más importantes clientes me dijo: “El mundo necesita médicos del alma”, dándome así en cierto modo su bendición.

De mis inclinaciones a la poesía – a la prosa poética más bien – dan cuenta los cientos de páginas que he escrito hasta hoy, la mayoría conservadas en secreto y en formol por razones de fuerza mayor.

Quienes han seguido hasta aquí en este blog mis desbordes podrán concordar que de loco también tengo un buen poco. Así que el proverbio en cuestión me calza bastante bien y pretendo dedicar unas líneas a este intrigante asunto de la no tan incipiente locura que me habita.

Si la locura es esa inclinación constante a creer que un día los pequeños, los arrinconados, los marginados, los pocos, pueden arrebatar a los poderosos del dinero y de las jerarquías el mango de la realidad y pintar de colores la cara del mundo, estoy loco.

Si la locura es poder percibir esa reverberación que el sol de la tarde produce en los parques en el verano y maravillarse de ese halo de irrealidad que lo inunda a uno cuando está justo a contraluz y el tiempo es un interminable y estático segundo, estoy loco.

Si la locura es resistir la precariedad del discurso de los dirigentes y aquella inefable incapacidad que tienen para entrar en contacto con la realidad saliéndose de sus confortables teoremas, sus cinco pautas y sus trece declaraciones de principios, estoy loco.

Si la locura es negarse para siempre a hacer reverencias y cantar las alabanzas de los ídolos, los líderes ministeriales, los dignatarios y las personalidades y hacerles en cambio preguntas impertinentes o simplemente abandonar el recinto, estoy loco.

Si la locura es maravillarse con el aroma de las lavandas y las buganvillas, enamorarse de la profesora de francés a los quince años y quemar de grande todas las naves contra toda lógica porque ha llegado la hora de salir en busca de uno mismo aunque cueste la vida, estoy loco.

Si la locura es haber llegado hasta aquí a pesar de que las muchas razones de peso que hay para haberme retirado antes en forma perentoria, estoy loco

Definitiva e insanablemente loco…

¿Amar al mundo? 6

¿Amar al mundo?

De tal manera amó Dios al mundo fueron unas palabras que comentamos en un artículo anterior. Me quedé pensando de qué manera nosotros seguiríamos el ejemplo de Dios. ¿Cómo aman los cristianos al mundo?

Antes que nada habría que señalar que los cristianos – en general – aman primero lo propio, lo de ellos. Primero Jesús. Después su familia. Después los hermanos y hermanas de su comunidad cristiana (hay veces que no queda tan claro si aman más a la institución o a las personas).

Después, los hermanos y hermanas de otras comunidades cristianas. A sus conferencistas preferidos, a sus músicos o “salmistas”, a sus autores favoritos de libros y a todo aquel que viva y proclame lo cristiano.

Yendo ya a lo de afuera: aman al mundo, pero uno hallaría ciertos niveles:

Primero, a todos aquellos que nombran a Dios aunque no sean personalmente creyentes. Después, a toda la gente que hace bien las cosas, que ayuda a otros y que se porta bien aunque, dicen ellos, el que las hagan no los va a salvar.

Luego, a todos aquellos que escuchen el mensaje, sin atacar al mensajero. No como ocurrió a aquel misionero que fue muerto a flechazos en la isla de North Sentinel en la bahía de Bengala – hoy hay una encendida discusión a nivel institucional sobre si es un mártir o fue una persona tremendamente imprudente. En seguida vendrían los regímenes autoritarios que prohíben y o persiguen a los cristianos.

Bien al final de la lista (según la modesta experiencia de este observador) estarían las personas que pecan en lo sexual, esto es, adúlteros, fornicarios y homosexuales. También, en sintonía con los tiempos actuales, a quienes adhieren a la ideología de género. Podrían hallarse aquí también los que promueven el aborto, el divorcio, la eutanasia y asuntos parecidos. Estas personas serían un poco más amadas por los cristianos si dejaran esas posturas. Entrarían en la categoría general de las personas no creyentes pero que se portan bien.

Parece haber una suerte de gradualidad en la forma y en la cantidad de amor que los creyentes otorgan al mundo. Como de más a menos. La cuestión es que en ciertos casos el amor se corta en alguna parte.

Así que otra vez: ¿a quiénes amamos?, ¿cómo los amamos? ¿los amamos en realidad?

Juan 3:16 no parece admitir una gradualidad como se lo explica Jesús a aquel importante creyente.

De tal manera 7

De tal manera

“Porque de tal manera amó Dios al mundo…”

(Juan 3:16)

“De tal manera” puede leerse en dos sentidos. Puede significar así, de este modo; su propósito sería explicar cómo es o cómo se hace cierta cosa. Puede entenderse también como tanto, mucho; expresaría la intensidad o la cantidad de una acción o un sentimiento.

Así que podemos leer estas palabras de dos maneras:

De este modo, así amó Dios al mundo, o

Tanto amó Dios al mundo

Para los cristianos este es el versículo evangelístico por excelencia. Yo diría que adquirió status mediático en el Campeonato Mundial de Fútbol de Estados Unidos en 1994. En las graderías un grupo de cristianos desplegaba en cada partido un cartel con la leyenda “John 3:16”.

Curiosamente, estas palabras no fueron dichas por Jesús a una multitud de inconversos ni tampoco en su discurso conocido como el Sermón del Monte. Ha sido alguna tradición institucional o académica que las han trasladado, me parece, al ámbito de la evangelización.

Estos conceptos fueron dirigidos a un destacado dirigente religioso. Puesto en términos de hoy sería algo así como un obispo, un doctor en divinidad, un maestro o doctor de la Palabra, un pastor de alto rango; en otras palabras, no era un inconverso.

Así que, ¿por qué Jesús diría estas palabras a un conocedor profundo del texto sagrado y dirigente importante de la institución religiosa?

Porque este hombre, que vino secretamente a Jesús para indagarlo, carecía de algo fundamental: el conocimiento activo del amor de Dios por lo cual tampoco podía otorgarlo a la gente que representaba.

De modo que, me parece a mí, lo que Jesús está diciéndole es: Estimado, te voy a explicar por qué a pesar de todo lo que sabes, tu vida está vacía de auténtico sentido y por eso has venido a verme: a la gente se la ama como Dios amó al mundo. Se la ama poniendo la vida. Se la ama mucho. Y no sólo a los que son del grupo sino a todos, incluyendo a los que están afuera, ¿me explico?

Permítanme entonces sugerir que Juan 3:16 no es un versículo para decirlo a los que no creen en Jesús. Está dirigido a nosotros, a los creyentes, como un recordatorio esencial de cómo se debe amar y cuánto se debe amar a la gente, aunque no se convierta nunca…

Tal vez entonces la gente podría ver a Dios y ser cautivada por Él.

Fe que obra 8

Fe que obra

La fe que Paula Bonhoeffer manifestaba hablaba por sí sola; vivía en los actos y era evidente en la forma en que ponía los demás por delante de sí misma y enseñaba a sus hijos a hacer lo mismo

(Eric Metaxas, Bonhoeffer)

Sólo la fe, pero no la fe sola” resume las palabras del epígrafe y pone fin, me parece, a aquella vieja discusión sobre la fe y las obras.

La completa biografía de Dietrich Bonhoeffer abordada por Metaxas deja ver que la influencia de su madre tuvo efectos sobre él hasta el temprano final de su vida. Otro pasaje ilustra aún mejor el punto:

Durante el surgimiento de los nazis, ella empujó a su hijo, con todo respeto aunque firmemente, a conseguir que la iglesia viviera lo que afirmaba creer pronunciándose abiertamente en contra de Hitler y de los nazis y emprendiendo acciones contra ellos.

En efecto, finalmente Bonhoeffer fue ejecutado por los nazis por haber participado en un complot para asesinar a Hitler.

Cuando se discute acerca de las obras que deben acompañar a la fe se piensa invariablemente en la asistencialidad: hogares de rehabilitación, operativos de salud, reparto de alimentos y ropa, ayuda humanitaria.

Siendo éstas buenas obras no completan el ejercicio de la fe activa. El caso de Bonhoeffer es paradigmático. Se involucró en un plan para quitar la vida a uno de los más sanguinarios personajes de la historia moderna.

La fe que obra va más allá de la filantropía y el humanitarismo. Invoca una acción directa en los asuntos políticos, sociales, económicos y culturales en tanto éstos afecten la vida de las personas más vulnerables.

La fe que obra es de este mundo. Es afectada por la opresión, la injusticia, la violencia contra mujeres y niños, la miseria, la corrupción, la destrucción del medio ambiente, el maltrato animal.

Y se ocupa, por lo tanto, de responder con acciones directas para la solución o al menos la mejoría de las condiciones de vida de miles y eventualmente millones de personas.

La fe que obra no es vanidosa, no es narcisista, no se alaba a sí misma de hacer el bien como los ricos del tiempo de Jesús que daban sus limosnas para ser vistos de la gente.

La fe que obra es silenciosa, efectiva, constante. No publica boletines informativos sobre su trabajo ni presume en redes sociales.

Pero sus resultados estarán a la vista de todos.

Derecho de “exclusividad” 9

Derecho de “exclusividad”

“Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico sino los enfermos” (Mateo 9:12 RV60)

Cuando Jesús llamó a Mateo compartió la mesa con publicanos y pecadores demostrando la importancia de su misión en esta tierra. Los fariseos que estaban atentos a este hecho comenzaron a juzgar y a decirles a los discípulos, “¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?”

A veces algunos creyentes se comportan así, comienzan a juzgar a otras personas que hablan de Jesús basados en la apariencia, sin comprender a lo que también fuimos llamados: a ser sal en esta tierra y a compartir las Buenas Nuevas del Evangelio con todas las personas y más con los que son esclavos del pecado para que puedan conocer la libertad que en Cristo pueden hallar.

Al escuchar lo que los fariseos dijeron Jesús respondió que los sanos no necesitan médico sino los enfermos. Jesucristo vino a salvar a los pecadores, no simplemente por los que se creen buenos; el Salvador vino a dar vida y vida en abundancia.

Lucas 19.10 RV60: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

Todas las personas necesitan conocer que Dios les ama, que Jesús dio su vida para darles vida eterna y esperanza, que nadie tiene derecho de exclusividad ya que el conocimiento de la verdad en Cristo está abierto a todo el mundo.

¿Haces algo para que los que te rodean puedan conocer a Jesucristo?

Por Carlos E. Encinas

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Lo definitivo 10

Lo definitivo

El concepto de texto definitivo pertenece a la religión y al cansancio.

(Jorge Luis Borges)

Se dice que llega un momento en que hay que quitar el manuscrito de las manos del autor y enviarlo a la imprenta o nunca lo publicará.

Lo definitivo es una idea que nos seduce en todos los sentidos. Queremos tenerlo todo claro. Queremos abarcarlo todo. Creemos que ya está, que no hay nada más que decir o hacer.

Somos atraídos por la perfección de las ideas. Nos tranquiliza eso de que todo está definido. Qué bueno sentir que estamos en lo verdadero y en lo correcto. Qué gratificante estar parados en lo indiscutible y total.

Es típico de la religión este concepto: “Creo lo correcto, lo que hay que creer. No hay nada más”. Y típico, como dice Borges, del cansancio. No tenemos ganas de explorar más profundo.

Por eso tienen tanto éxito los devocionales y los pancitos de vida. Ahí está todo clarito. Hay que hacer esto o aquello y ya está. No hay para qué complicarse tanto.

El problema es que encerrar cosas cambiantes y complejas en un conjunto de máximas y versos nos convierte en sujetos irrelevantes para la mayoría y – peor – arrogantes.

La física cuántica nos ha hecho ver que la materia no es estática, que conjuga todas las posibilidades, que es una tendencia. El átomo no es algo finalizado ni permanente.

Pero por estos rumbos no es políticamente correcto afirmar que lo definitivo no es finalmente estático. Le endilgarían a uno el verso ese de que el que duda es como las olas del mar…

Una profesora me dijo el otro día que pensara en esto: tal vez las cosas cambian para que nunca cambien. O sea, el cambio no sería contrario a lo permanente sino sólo su manera de ser.

Cuando Jesús dijo de tal manera amó Dios al mundo no lo estaba diciendo a los perdidos sino a un profesional experto en la Palabra. ¿No le estaría diciendo que amando se encuentra a Dios? Digo, ¿hay una sola y definitiva manera de entender un verso?

De nuevo: por eso debe ser que Borges dice que la idea de lo definitivo es propio de la religión… y del cansancio.

Viejo año nuevo 11

Viejo año nuevo

Una tormenta de lluvia y viento se ha descargado esta mañana. El día de ayer ha sido abrumadoramente caluroso y una vez más me quedo asombrado de la tremenda diversidad de este clima pampeano y la velocidad con que cambia su talante.

Se diluyen las ganas de cualquier cosa. Se quedaría uno sentado en Amélie todo el día, leyendo diarios y libros, escribiendo o nada más mirando a la gente que entra y sale con su variedad de temas y costumbres.

Ya nadie parece querer más. El año se termina y vuelve de nuevo esa ridícula idea de que el uno de enero cambia todo y se hace nuevo y distinto. La gente quiere irse de vacaciones después de cenas, brindis y buenos deseos.

Me voy al norte, me voy a las sierras, me voy a Bariloche, me voy a Buzios, dice la gente con la que hablo. Yo no me voy a ninguna parte. Me quedo en mi territorio blanco y marrón, en un rincón escondido de la ciudad, en mi edificio de casi un siglo. Y espero…

No sé qué rayos espero. A veces tengo ganas de todo y más frecuentemente ganas de nada. La lluvia me entra en el alma y el viento me transporta a un no lugar donde no hay que explicar nada, no hay que creer nada, no hay que negociar con nada ni con nadie.

Y me sigue asombrando, entre tantas otras cosas, esa tranquilidad que tienen los que están seguros, los que se sienten ya confirmados para saecula saeculorum. Ese como desparpajo de dar por descontado todo porque ellos ya la tienen clarita y lo único que queda esperar es el desenlace del conflicto de los siglos. Así, no se tienen que preocupar del sentido de las cosas, del destino del mundo, de la desmadrada tragedia de los otros que no son parte del proyecto. “¡Mala suerte para ellos – dicen – pues, así no más es la cosa!”

Por eso la tormenta de esta mañana me importa. Me saca de mi no lugar y me mete en el estado de las cosas. Y en que no haya paz, ni justicia, ni orden, ni alcance para todos. Y en lo que puede pasarle a los otros, a aquellos con los cuales no me une más que la singularidad de la raza, el destino común en esta gota de barro en el universo que es nuestra tierra.

Viejo año nuevo.

Manos que dan... 12

Manos que dan…

“Cristo es quien va uniendo a cada miembro de la iglesia, según sus funciones, y quien hace que cada uno trabaje en armonía, para que la iglesia vaya creciendo y cobrando más fuerza por causa del amor.” Efesios 4:16 (TLA)

Muchas veces hemos escuchado decir: “Misiones se hace con las manos de los que dan, con las rodillas de los que oran y con los pies de los que van”. Si bien es cierto que no todos tenemos el llamado ni la disposición para dejar, familia, trabajo y ciertas comodidades a cambio de aceptar toda clase de persecuciones por causa del Evangelio, de todas formas, es necesario tener en claro, que si no vamos personalmente a la obra misionera, todavía podemos y debemos participar en ella.

Es importante orar por las misiones y ofrendar para su sostenimiento y desarrollo. Pero creo que nadie puede sentirse ajeno a la necesidad de compartir el Evangelio hasta lo último de la tierra. De los tres grupos que hablábamos al principio, ¿en cuál te encuentras tú? ¿Eres de los que van, de los que ofrendan para las misiones, o de los que oran por ellas?

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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