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Leer y pensar

A propósito de Del acto de pensar, artículo publicado esta semana aquí, quisiera explorar algunas ideas sobre la forma en que la mayoría de los cristianos lee la Biblia. No, no estoy rompiendo el voto autoimpuesto de no reflexionar sobre textos bíblicos. Me propongo hacer unas observaciones sobre las metodologías que comúnmente se usan para la lectura.
Hay quienes antes de salir a sus quehaceres leen unos versículos devocionales – de los Salmos, por ejemplo. Antes se usaba el libro, hoy el teléfono. Otras personas leen solamente los versos que el predicador va a desarrollar en el mensaje central de la iglesia el domingo a la mañana o a la noche. Yo solía hace muchos años atrás memorizar un versículo diario hasta que me di cuenta que igual me los iba olvidando al pasar de los días. Otras personas la leen según un cronograma que permite completarla en un año. Y por último hay quienes leen los pasajes necesarios para hacer las tareas del instituto o seminario donde están estudiando.
Hay un elemento común en todas estas formas de lectura: la aplicación práctica directa. La lectura servirá para seguir las palabras del predicador y situarlas en la propia experiencia; o para irse pensando por un rato en la bendición prometida en el versito leído antes de salir de casa; o se ha de utilizar esa lectura para escribir un ensayo o para responder las preguntas de un examen en el instituto; o bien se memorizan ciertos versos para ser usados como escudo contra las artimañas del enemigo.
Por cierto hay algún ejercicio del pensamiento en todas estas acciones. Pero no son propiamente el acto de pensar al que hacíamos referencia en el artículo pasado. Pensar la lectura implica realizar un esfuerzo por comprender no sólo el contexto histórico, social o espiritual en el cual lo que se lee fue escrito. También hay que buscar una perspectiva, una mirada global, el hilo que une todo lo leído. Hay que establecer relaciones entre las diversas cosas que se han leído sobre un mismo tema o personaje. Hay que discriminar entre lo que corresponde estrictamente a las palabras habladas por Dios y a las palabras dichas o escritas por los protagonistas o autores del texto. Hay que dialogar, cuestionar, preguntar y aprender a relacionar todo ese trabajo con el aquí y el ahora.
Algo sé: al Espíritu Santo le agrada sobremanera colaborar con este esfuerzo…
(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Del acto de pensar

… (D)edicó su vida, con sus aciertos, errores y polémicas, a la labor cotidiana de entender, alertar e invitar a los demás a ejercer el oficio del pensamiento. Porque el acto de pensar, cuando se lo toma en serio, no es un fin en sí mismo: es una herramienta vital para la supervivencia colectiva, escribe Tomás Borovinsky en un breve homenaje al intelectual búlgaro Tzvetan Todorov.
Es posible que haya gente que se interese en pensar sin otra consecuencia que el placer personal de hacerlo. Pero la mayoría de las personas que conozco y aquellas sobre las cuales he leído evidencian en su acto de pensar un compromiso a que las cosas mejoren en la vida y en la sociedad.
Por eso me resulta cada vez más foráneo el entorno de las iglesias porque dentro de ellas no veo manera de ejercer el pensamiento en forma libre e independiente. La institución reclama – a veces sutilmente, otras no – lealtad a la declaración de fe, a la doctrina, a la disciplina interna. El propósito de ese orden de cosas no es otro que disponer de un contingente de personas que asientan, obedezcan, apoyen y propaguen la misión. Y de paso, la financien.
Por eso dentro de las instituciones se estimula sólo la lectura de libros que haya escrito el líder o aquellos textos que siguen la línea del imaginario corporativo (si es que estimula alguna lectura). Conozco muy pocos cristianos que leen ensayos, novelas, cuento, poesía, filosofía. O que miren películas que planteen cuestiones de conciencia como la muerte, la opresión o el abuso contra la mujer. O que participen en espacios que se propongan ayudar a la gente necesitada sin esperar a cambio ninguna decisión de fe. O que hagan preguntas más profundas e incisivas a los contenidos de la enseñanza o a la interpretación de la Biblia.
Observo que la mayoría de las personas en las instituciones cristianas se sienten cómodas sin involucrarse en ninguna de las actividades descritas arriba. Están complacidas que alguien les haya ahorrado la tarea de pensar en lo que leen y en lo que creen; y al abrigo de esa anuencia disfrutan periódicamente de su cuota de comunión, liturgia devocional y paz personal.
Pensar, como era la convicción de Todorov, es una herramienta para la supervivencia. Pero no una supervivencia precaria, con la cabeza apenas fuera del agua. Más bien una existencia plena, responsable, solidaria, respetuosa y decidida.
Nada más. Nada menos.

El plan

Volviendo a mi flagelante costumbre de meterme en líos quisiera ofrecer algunos pensamientos sobre aquello de que “Dios tiene un plan para tu vida”. Menudo conflicto, porque la mayoría de los evangélicos sostiene esto con una fortaleza evidentemente más emocional que conceptual.

Esta convicción se sostiene en una variedad de versículos de prueba, costumbre bastante arraigada en nuestros círculos, esto es, sustentar una idea en apoyos de versículos aislados en vez de una fundamentación que se sostenga en todo el texto.

Cuando era estudiante universitario, cumplía horario como administrador de una biblioteca de la Facultad de Ingeniería. A veces me tocaba pasar a máquina los apuntes de los profesores. En el área de Administración de Empresas se enseñaba PERT/Camino Crítico, Carta Gantt y SOP (Study Operation Plan). Eran sistemas de control de avance de los proyectos. La idea era entrenar a los ingenieros para que aseguraran el cumplimiento del plan operativo, fuera construir una represa o desarrollar un sistema de información para una fábrica de carrocerías para buses de pasajeros. Todos estos conceptos provienen de la mentalidad estadounidense o europea. Es casi imposible hallar el origen de estos conceptos en las culturas africanas, orientales o latinas. Es un atributo propio de los “occidentales”.

Esta orientación a la rigurosidad en el cumplimiento de un proyecto fue introducida – según yo – a la teología y la enseñanza bíblica. El numen occidental no pudo sino atribuir a un plan todo lo que Dios hace, convirtiéndolo así en una especie de súper manager, un gerente estelar que se pasa el día chequeando cómo va desarrollándose el plan que tiene con cada uno de sus hijos y también con el mundo entero.

Soy consciente de cuánto puede molestar a la audiencia que cuestione una doctrina considerada intocable. Es tan reconfortante saber que todo está orquestado y definido por una mente perfecta y que todo lo que sucede es ni más ni menos que el desarrollo del plan que a cada uno le ha sido asignado.

Me parece que así la espontaneidad, el descubrimiento, la sorpresa, la novedad y el aprendizaje que le da sentido a lo humano – entendido como imagen de Dios – todo ello se licúa en la continua y estricta verificación de que el plan se está cumpliendo y en la intervención soberana del administrador para corregirlo cuando se sale del curso previsto.

Para pensar, no para armar una guerra…

Meditaciones esdrújulas

Soñábamos que éramos inmortales. Que alcanzaríamos el mundo en nuestra generación. Construíamos espacios para pensar y dialogar. Nos educábamos en las ideas que cambiarían nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Eramos, según el decir de Serrat, asquerosamente jóvenes.
Esperábamos que la gente comprendiera nuestro proyecto. La alentábamos a leer, a escribir, a pensar, a entender el mundo y sus razones. Veíamos venir en nuestra imaginación un río de novedad, una temporada de cambio, una reforma fundamental.
Creíamos que nuestra palabra tenía el poder de transformar. Confiábamos que los esfuerzos desplegados darían paso a una nueva generación de gente. Teníamos fe en los dirigentes y en las instituciones. Estábamos seguros que desde dentro se produciría la crisis saludable que abriría puertas y despejaría el camino del futuro.
Escribíamos. Tal vez, más allá de nosotros, harto después de nuestro tiempo, la crónica de nuestra gesta y de nuestro pensamiento volvería a encender corazones y mentes. Plasmábamos en el papel el mapa de los sueños. No veríamos nada ahora a lo mejor, pero alguna vez, en un más allá desconocido, seríamos informados que las semillas sembradas habían germinado en una cierta generación omega.
Reíamos, de eso hace ya muchos años. Estábamos empapados de optimismo. Sentíamos la juventud como herramienta central. Nos alegrábamos de estar vivos y de que esa generación fuera la nuestra. Estábamos contentos de existir.
Fracasamos sin excusas. Las cosas no eran como parecían. No sabíamos conducir. No articulamos estrategias adecuadas. Nos desilusionamos no sólo de los otros sino que, finalmente, de nosotros mismos. Eramos mortales, ilusos, egoístas. Nos fuimos agotando lentamente. Los años pasaron la factura y la maquinaria de los cuerpos acusó el desgaste.
Hablábamos al principio en estrados y asambleas. Más tarde lo hacíamos en cenáculos escondidos, en tertulias maratónicas. Finalmente nos quedamos con pequeñas audiencias de tanto en tanto, para ganarnos un poco la vida y quemar los últimos cartuchos.
Llorábamos. Lo aprendimos en la suma de los días, cuando el cielo se fue desplomando sobre nuestras cabezas y nunca más nos olvidamos de llorar. Conocimos en persona el lenguaje de la tristeza.
Desesperábamos a veces. Hartas veces. Lo que había sido claro y transparente se volvía confuso y errático. De vez en cuando nos abrigaba alguna esperanza. Todavía de repente nos arropa un poquito.
Confiábamos – a veces todavía confiamos – en algunos milagros. Es posible que todavía en alguna esquina, inesperadamente, los sueños nos vuelvan a encontrar.

Información y conocimiento

La clave hoy no es tanto pensar sino sentir. La gente no quiere comprender sino estar informada.

Esta es una observación extraída del libro “La Educación desde la Comunicación” de Jesús Martín Barbero, una lectura que debería ser obligatoria para maestros y comunicadores (en realidad para cualquier persona que quiera entender el mundo que vivimos hoy).

Existe la engañosa idea de que estar informado es igual a conocer y entender la realidad. En realidad, lo que leemos o escuchamos como información es un resumen de lo que ha escrito un periodista o un editor, quien ya ha hecho una lectura previa y una interpretación de los hechos acorde con su cosmovisión y con los intereses del medio para el que trabaja. Así, la información es cierta información, una representación mediada. Si consumimos noticias en lugar de examinar contenidos, terminamos pensando en aquello que los conductores de los medios quieren que pensemos; que consideremos noticia lo que ellos quieren que creamos que es noticia. Eso por una parte.

Por otra, leer o escuchar noticias solamente agrega información en nuestra cabeza si no discriminamos los contenidos. ¿Nos están contando toda la noticia? ¿Qué contenidos están dejando fuera o están editando? ¿Cuál es la orientación política, filosófica, cultural o moral del medio? Nunca los medios de comunicación son neutrales. Siempre intentan hacernos creer que son objetivos, pero eso no es posible. La realidad siempre es filtrada por creencias y convicciones.

El conocimiento es algo muy distinto. Francis Schaeffer, notable pensador cristiano, solía decir que educación no es acumulación de información sino la capacidad de ver las relaciones que la información y los contenidos tienen con todos los aspectos de la realidad. En este sentido, advertía, muy pocos individuos son educados.

La mayoría de las personas no está interesada en pensar. La velocidad de la vida, la hiper especialización de la educación moderna, los medios digitales (con su más alto exponente, el smart phone) además de las presiones del trabajo, la familia y la vida urbana utilizan la mayor parte de la energía diaria de la gente. Así que a la noche lo único que las personas quieren saber es qué está pasando en la ciudad y en el mundo y luego conectarse a algún programa de farándula para reírse de la estupidez humana y de sí mismas.

La información ha reemplazado al conocimiento igual que la charla banal a la buena conversación.

Sejuela

“Si el café tarde te produce insomnio, si ingerir algunos líquidos te hacen ir directo al baño, si te parece que todo está muy caro, si te alteran los gritos de los niños jugando o de la música a todo volumen, si la comida picante te irrita, si la televisión te adormece, si en todas partes te dicen “señor” y a donde vayas prefieres los zapatos cómodos y llevas un suéter por si acaso”, dice entre otras cosas un mensaje que me enviaron, “es que sufres de sejuela: se jue la juventud…” Había otras situaciones descritas; las que les transcribo aquí definitivamente me reflejan.
Como todos suelo recibir mensajes así. La mayoría sólo ocupa mi cabeza el momento en que los leo; otros me hacen pensar algo. Este capturó mi interés porque, de un modo más gracioso que el que he usado para transcribirlo, se refieren a un tema del que me he ocupado antes aquí.
Lo he hecho con un tono sombrío demás a veces. Pero la verdad es que tiene su lado simpático. Por ejemplo, la sutil pérdida de la memoria reciente y la distracción. Encuentro a una joven madre en la tienda a la que fui a comprar unos pantalones. Nos quedamos mirando y estoy seguro que ella me reconoce, sabe mi nombre, sabe que soy de otro país y que he sido cliente por años de la tienda donde trabajaba. Pero mi cabeza no registra nada más que una vaga memoria de algo que posiblemente se ve en sus ojos o en la expresión de su cara. Así que la encaro y le digo directamente sé que nos conocemos pero no me acuerdo para nada de dónde ni cuándo. Las más de las veces las personas se ríen. Afortunadamente.
Salgo de la casa y al llegar a la calle del edificio donde vivo, no puedo registrar el momento en que cerré la puerta con llave. No me atrevo a seguir. Regreso y me aseguro que esté cerrada. Así que ahora, al salir y cuando me acuerdo, hago algún gesto o movimiento que me haga recordar que sí lo hice.
Hemos estado conversando de varias cosas en la oficina o en la casa de mis amigos; de pronto le pregunto a alguien algo como “Y qué pasó con tal cosa…?” Me miran con cara de extrañeza y me dicen: “¡De eso es lo que hemos estado hablando los últimos diez minutos!”

El origen de los dioses

“Hágannos dioses que vayan delante de nosotros.”
Dígannos lo que hacer. Tenemos miedo. No queremos tener hambre. No queremos tener sed. No queremos morir. No queremos saber. No queremos pensar cosas difíciles. Cuéntennos cosas agradables. Muéstrennos futuros promisorios. Queremos que nos vaya bien. Queremos un buen pasar. No queremos pelear ninguna guerra. Asegúrennos nuestras inversiones. Provéannos lo que necesitamos, todos los días. Nos hace falta una figura a la que mirar. Invéntenla si es necesario pero queremos a alguien que nos conduzca.
Entonces se concertaron los consejeros de la mesa chica, los asesores de imagen, los publicistas y los medios masivos para construir salvadores o salvadoras para el rebaño asustado. Les atribuyeron títulos, crearon emotivas historias familiares, les dotaron de diplomas imaginarios, escribieron crónicas de grandes hazañas, les dieron un nombre, una plataforma, un partido, una denominación, una facción, lo que fuera para galvanizar los sentidos del pueblo atemorizado.
Invirtieron enormes sumas en videos y audios promocionales, cantos institucionales, desfiles, globos y banderas. Escribieron discursos encendidos, contrataron espacios de radio y televisión, coparon las calles y avenidas con letreros y consignas. Inventaron enemigos internos y externos, señalaron traidores, dividieron las aguas, colocaron funcionarios claves en posiciones estratégicas. Construyeron un idioma, inventaron palabras, rebautizaron antiguos conceptos y se apropiaron de sus significados para siempre.
Hicieron alianzas, destruyeron antiguas coaliciones y escribieron de nuevo la historia. Anunciaron con grandes titulares la segunda independencia, la salvación definitiva, el fin de las viejas tradiciones, el mundo nuevo, la dinastía de los mil años. Formularon planes quinquenales, diseñaron proyectos formidables, construyeron represas gigantescas, aeropuertos colosales e inmensos desarrollos industriales.
Y como los dioses no mueren los diligentes asesores tejieron la historia sin fin de la sucesión y la continuación del proyecto. La maquinaria de la propaganda trabajó sin interrupción, organizó las exequias, alabó las innumerables virtudes del dios que fue y las del nuevo dios porque cuando el dios ha muerto viva el dios.
Las cosas nunca cambiaron mucho para la inmensa mayoría pero al menos hubo orgullo colectivo, una saga que contar, una memoria que exaltar, un norte al que mirar porque las generaciones condenadas al miedo no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra…

Pensar

Me agrada detener la ansiedad de los sonidos y las imágenes. Apago el televisor, el teléfono, el reproductor de música e invito al silencio a adueñarse del cuarto. Entonces es necesario permitir al cuerpo guardar respeto a ese huésped que tan pocas veces dejamos entrar y que tanto nos otorga. El silencio abre la puerta a la conciencia de uno mismo, a esa inmensa pequeñez que somos y que nos deja tomar distancia de nuestra contingencia, de nuestra absorbente inmediatez.
Hay quienes hacen este ejercicio para “acallar los pensamientos.” Para mí es al contrario. Busco la quietud para pensar con cierto reposo. Para pensar en el orden, en el tiempo y en los asuntos que yo quiero, no los que imponen el trabajo, la iglesia, las relaciones sociales, los medios. Siempre estamos en el lado de las consecuencias, de los efectos; tan pocas veces en el lado de las causas. Tan pocas veces originamos nuestras propias ideas. Raramente cuestionamos. Es tan infrecuente nuestra disposición a mirar las cosas en perspectiva.
Por eso siempre estamos necesitando guías, clarificadores y conductores. Por eso ese prurito de escuchar lo que otros dicen. Y por eso es que tantas personas están controladas, manipuladas por los sistemas que operan los poderes temporales. Por supuesto que es importante conocer otras fuentes. Pero rechazo firmemente que esas fuentes pretendan controlarme y decirme cómo tengo que hacer las cosas.
Pensar en silencio lo vivido, oído y visto me parece una extraordinaria manera de entender y ganar así libertad. Para la libertad de conciencia es preciso ganar conciencia de la libertad. Y esa conciencia viene de pensar. Después de ese ejercicio, la pasión y el entusiasmo hallarán su mejor expresión.
Tampoco se trata de pensar cualquier cosa. Toda la gente piensa, esté o no en quietud y silencio. En qué uno piensa tiene que ver con qué es lo que uno consume con los ojos y con los oídos y en qué temas uno ocupa esas habilidades. La conciencia no opera en un vacío; requiere ser abastecida, ser informada. Hay una importante radio de noticias en Chile cuyo lema es: “Quien no es informado no puede tener opinión.” Pero si no piensa, no discrimina, no analiza, no selecciona, no establece relaciones apropiadas entre todo lo que recibe como información, la opinión de esa persona será, ni más ni menos, la que los editores de los noticieros quieren que tenga.

Deja a Dios ser Dios

Conocemos las características de Dios: omnipresente, omnisciente, omnipotente y una de las características que tal vez a muchos les cuesta creer, es que es sobrenatural.

De boca decimos que Dios actúa de forma sobrenatural pero, ¿en realidad lo creemos? Cuando suceden cosas difíciles de creer, que nuestro sentido común y la lógica no logran asimilar, llegamos a pensar que eso no es real o incluso llegamos a decir que Dios jamás actuó así.

Estamos muy encasillados en la forma en que Jesús actuó y la forma en que el Espíritu Santo interviene en nuestros tiempos, pero existen momentos y circunstancias en los que Dios actúa de una manera como nunca antes lo hizo y nuestra incredulidad, nuestra duda, sale a luz y decimos que eso no es de Dios.

¿Por qué no dejas a Dios ser Dios? No esperes a que Dios actúe como tú crees o tu lógica espera. La Palabra dice “Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado.” 1 Corintios 2:9 (DHH)

En la historia de la gran pesca los discípulos se sujetaban a lo que sucedía regularmente y como conocedores de la materia manejaban la teoría de que sólo se podía pescar en la noche. Pero ese día sucedió lo sobrenatural; Jesús, de día, logró que pescaran mucho más de lo que imaginaron, tanto que llenaron dos barcas. (Lucas 5:1-6)

Es así que Dios actúa, de forma sobrenatural. Deja de esperar que haga lo que quieres o que sea de la forma que soñaste, Dios es Dios y no tiene porqué actuar de la manera pensada por los hombres si no como es Él, sobrenatural e inigualable.

Si estás anhelando algo de Dios, ten mucha fe y verás que te sorprenderá, actuará en tu situación y en tu vida de forma que jamás alguien podría imaginar.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Comunicación: El Qué versus El Cómo

“La vida está hecha de relaciones” es una frase que sostengo cada vez que hablo con colegas, algunas de ellas sacan lo mejor y  otras no tanto, pero así se va formando nuestro carácter.

De niños nuestra ingenuidad nos lleva a decir cosas fuera de lugar, nadie nace con sentido de ubicación… pero si no lo vamos tratando con el tiempo, llegaremos a una adolescencia donde  “decir lo que pienso” y “largar cosas sin pensar” se vuelve prácticamente lo mismo.

No somos responsables de lo que el otro interpreta, pero sí de lo que decimos… y sobre todo el cómo lo decimos.¿Has reflexionado alguna ves en estas frases?

  • Si me hubiese dicho exactamente lo mismo, pero en otro tono, el final hubiera sido distinto.
  • Dije lo que pensaba pero no de un buen modo.

Si te ha pasado, es porque el problema no radica en qué mensaje queremos dar, sino como lo hacemos.
Cada uno tiene un carácter particular y vive un proceso distinto. Sin embargo, esas no son excusas para “mal” decir lo que intentamos comunicar.

Saber expresarse es todo un arte, y para ello necesitamos:

– Entender que el mundo gira muy rápido, lo que uno siembra eso también cosecha.
– Si nos encontramos en una discusión, no ponerse en la misma postura que la otra persona cuando se grita. De esa forma no nos escuchamos.
– Establecer los límites con respeto y serenidad.
– No contestar de la misma forma que la otra persona lo está haciendo (si no quieres jugar al ping pong, no devuelvas la pelota).
– Ubicarnos en tiempo y forma en el lugar donde estamos hablando, incluso si es en una ambiente familiar.  Lo que dices puede causar un efecto inesperado.
– Exponer un punto, no es lo mismo que hacer pensar a otra persona de la misma manera… “Cuando dos personas piensan igual, hay una que no esta pensando”. Respetar la opinión del otro, sin intentar cambiarla
– Recordar que nuestras palabras pueden convertirnos en personas de influencia o terminar siendo uno más del montón.

Puede que a esto respondas “no me interesa lo que la gente de piensa de mi” y es muy válido también, pero recuerda que si tú estás aquí es por un propósito. No olvides que  cuando Dios te hizo, lo fue a su imagen y semejanza, por ello, hay una reputación que debes cuidar. 

Lo que sale de nuestra boca puede generar vida o muerte, cerrar o abrir puertas por eso, debemos ser conscientes de que nada de lo que digamos queda sin peso sobre el oído de otras personas.

Lo que decimos y hacemos viene como resultado de lo que pensamos, si todo eso es en armonía entonces podremos ser ÍNTEGROS (la coherencia entre lo que digo y lo que hago)

 

Enemigos de Humo

Muchos lo llaman paranoia, otros, delirio de persecución pero  la verdad es que muchas personas viven atemorizadas por enemigos de humo. Tal vez sea hora de dejar de vivir amedrentados por cosas que ni siquiera ocurrirán.

Podemos recordar la historia en la que Jacob quien usurpó la identidad de su hermano para recibir la bendición de su Padre, después huyó de su casa y fue perseguido por su hermano durante mucho tiempo. Jacob incluso le enviaba regalos a Esaú para que éste no lo matara.

Jacob creía que su hermano estaba lleno de rencor, odio, con ansias de venganza. Vivía y dormía atemorizado por algo que él creía que sucedería encuanto lo encontrara Esaú, y más aún cuando le dijeron que éste estaba llegando acompañado de  400 hombres.

Esto puede compararse con nuestras relaciones con otras áreas como la familia, los amigos, negocios, trabajo, la salud, etc. Estamos atemorizados por lo que puede salir mal o pasar, esto es porque no están en nuestro control y creemos siempre lo peor.

Pero, ¿Qué sucedió cuando Esaú encontró a Jacob? Todo lo que él pensaba que pasaría, no sucedió. Al contrario la Biblia nos cuenta lo que aconteció: “¿Y qué eran todos esos rebaños y esas manadas que encontré en el camino? preguntó Esaú. Son un regalo, mi señor, para asegurar tu amistad contestó Jacob. Hermano mío, yo tengo más que suficiente dijo Esaú. Guarda para ti lo que tienes. No insistió Jacob, si he logrado tu favor, te ruego que aceptes este regalo de mi parte. ¡Y qué alivio es ver tu amigable sonrisa! ¡Es como ver el rostro de Dios!” Génesis 33:8-10 (NTV)

Podemos ver que ese temor era en vano, su hermano lo estaba buscando porque lo quería de regreso, no le guardaba rencor y lo había perdonado.

Dejemos de vivir llenos de temor, creyendo cosas que no son reales, vivamos confiando en que Dios está en control, que nuestro Padre tiene misericordia si sabemos reconocer nuestras fallas.

Aparta de ti todo miedo y todo pensamiento negativo que hace que no puedas descansar tranquilo o que puedas vivir plenamente como Dios quiere.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Objetos perdidos

Cuestiones que fuimos olvidando o que ya no nos importaron más porque así es la vida. O es que nos pasaron tantas cosas que las fuimos dejando en el camino. Puede ser que fuimos adquiriendo otros objetos y tiramos lo que nos pareció inútil. Materiales caídos en desuso, que descuidamos o perdimos, ya no sabemos cuándo ni cómo…

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La apropiada perspectiva, los espacios permitidos, la buena crianza, los secretos a salvo, la lealtad observada, la espera distendida, el amor tal cual, los silencios, el amparo asegurado, la confianza honrada, la mirada comprendida, la diferencia reconocida, la pausa que alivia, el respeto sagrado.

El perdón imprescindible, la ardiente paciencia, la soledad necesaria, el beneficio de la duda, las palabras oportunas, la luz de la inocencia, la armonía de la conversación, el asombro, la belleza de pensar, la duda razonable.

La sencillez de la pregunta, el cansancio feliz, el corazón valiente, la paz, el sueño profundo, la serena reflexión, la vida examinada, el arte de escuchar, el valor de darse cuenta, el tesoro del tiempo, el oficio de ser.

Las lecciones de la historia, la conciencia social, la responsabilidad pública, el otro que está ahí, los requerimientos de la justicia, la libertad de la verdad, la acción solidaria, los deberes igual que los derechos, la política de los principios, la voz de los sin voz.

El sonido del viento entre los eucaliptus, la memoria sutil de la lavanda, el cielo azul, el agua limpia de los ríos, la importancia del atardecer, el solemne silencio de las estrellas, la luna inmaculada, los misterios de la neblina, el sobrio mensaje de las hojas muertas, el aire puro.

La voz eterna de los libros, los pasajes secretos de la música, la sugestión de la pintura, la palabra del poeta, la exploración de otros universos, los profetas laterales, la gramática, la ortografía, la sintaxis.

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Lo que se ha perdido, lo que se debería haber perdido, lo que se ha conseguido y ha satisfecho por error, lo que amamos y perdimos y, después de perderlo, vimos, amándolo por haberlo tenido, que no lo habíamos amado; lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos; lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción” (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego).

 

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