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¿Quieres ser grande?

A veces se han iniciado guerras por alcanzar la grandeza y el reconocimiento, esto parte de conseguir un triunfo en este mundo, pero Jesús nos muestra una forma diferente de lograr este propósito y no se compara a todo lo que hemos observado con el pasar de la historia.

Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” Mateo 20: 25-28 (RVR 1960)

En este pasaje Jesús nos enseña que para tener un reconocimiento por parte del Señor primero debemos ser siervos, así como Jesús, que no vino para que le sirvan, sino para servir y salvar a la humanidad. Sólo los que asuman el hecho de “servir a otros” alcanzarán la grandeza.

Una lección valiosa que debemos aprender es que los pensamientos del Señor son totalmente diferentes a los nuestros, por eso, nos puede parecer raro que la persona que “sirva” en realidad sea alguien grande, porque pensamos que al servir a otros somos inferiores, pero según la Palabra de Dios esto no es así y lo demostró Jesús con su ejemplo.

En resumen, si quieres ser grande primero debes seguir los pasos de Cristo ¿En qué sirves? Si aún no has dado el paso de servir, entonces aun eres pequeñito en el reino de Dios, te falta dar un paso muy importante para crecer ¿Estás dispuesto a seguir a Cristo?

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Lugares

Lugares comunes. Lugares preferentes. Lugares inolvidables. Cosas maravillosas o terribles tuvieron lugar. Ese no es tu lugar. Mi lugar en el mundo. No hay más lugar. Yo no haría eso si estuviera en tu lugar

Algunos especialistas sugieren que el verdadero origen de la palabra lugar se encuentra en la lengua romance y significa “pequeña población establecida en el claro de un bosque”. Eso me pareció sumamente atractivo y me propuse explorar algunos diversos lugares que conozco.

El lugar de la soledad. Me tomó años reconocerlo y acostumbrarme a su paisaje reposado y algo lejano. No es un sitio fácil. No tiene buena reputación para la mayoría y te suelen recomendar que no te quedes a vivir ahí. Pero hallé parajes felices en su territorio y adquirí el hábito de permanecer allí horas. Y días a veces.

Ese no es mi lugar. He ido reconociendo muchos sitios que no son ya más mi lugar. La chimuchina, el ruido de motores, tubos de escape, televisores y músicas a todo volumen, gente hablando a gritos en bares y aeropuertos. Los estadios, los conciertos multitudinarios, las marchas, las fiestas concurridas.

Estate en tu lugar. Hay sitios en las instituciones cristianas donde no puede entrar el pueblo. A través de largos pasillos y puntos de seguridad se llega a un pequeño living al que sólo tienen acceso los guardaespaldas y los allegados del poder. Sólo para personas VIP. El domingo a la noche el líder había predicado acerca del amor de Dios para el mundo. Esto es real. Lo viví en una mega iglesia en una ciudad sudamericana hace tres o cuatro años.

No hay lugar. Porque llegamos tarde. No teníamos gente conocida que nos diera una credencial para entrar. Sólo cupieron personas recomendadas por el jefe, parientes con ventaja, gente bonita que no desentona, de color grato a la vista y bien vestidos.

Cosas maravillosas y terribles tuvieron lugar. A veces me siento tentado a escribir unas memorias de mi largo peregrinaje por tierras evangélicas. He presenciado maravillas del amor, la renuncia y la pasión por el mundo. He presenciado y oído historias horribles perpetradas por personas que predican el amor de Jesús. Pero me dicen: Yo no haría eso si estuviera en tu lugar. Se tendrán que relatar entonces en voz baja en oscuros tabucos a los cuales algunos noctámbulos se autoconvocan movidos por la bronca, la tristeza y el desamparo, tarde en la noche.

¿Por qué no puedo?

Cuántas veces nos hemos preguntado ¿Por qué no puedo…? Tal vez has fracasado muchas veces y posiblemente es porque estás olvidando un aspecto muy importante.

La Palabra de Dios dice: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.” Juan 15:4-5 (LBLA)

Jesús hace una comparación para que comprendamos su enseñanza y menciona que Él es la vid y nosotros las ramas. El sembrador espera que de las ramas salgan hermosos frutos; así mismo, nuestro Padre celestial espera que nosotros demos frutos, pero este objetivo sería imposible si estuviéramos separados de Él.

Es absurdo esperar frutos de una rama que ha sido arrancada de su planta, la misma se secará prontamente porque no tiene fuente de vida. Asimismo, no podemos esperar algo del Señor si estamos lejos de Él, simplemente nuestra muerte espiritual.

¿Estás cerca o lejos de Dios? Si estás lejos de Él no podrás dar frutos por más esfuerzos o sacrificios que realices ¿escuchaste a algunas personas decir “no puedo cambiar”? La realidad es que separados de Dios no podremos alcanzar el carácter de Cristo, tampoco fortaleza o alguna bendición que queramos de lo alto.

Este tiempo te animo a acercarte al Señor, pero no por lo que puedas recibir de Él, sino por quién es y por agradecimiento, después conocerás su misericordia.

¿Qué quieres de parte del Señor?

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Divididos

Imaginen una conversación en la mesa sobre homosexualidad y Biblia –permítanme la libertad de ponerlo así–. A los pocos minutos descubrimos dos puntos de vista. Uno se remite rigurosamente a textos que condenan sumariamente tal estilo de vida. El otro propone una mirada más considerada a la luz del análisis social.

Me retiro de la mesa para alejarme de una posible confrontación y pensando que aquí hay un buen tema para hoy. No sobre las orientaciones sexuales, aunque es un tema de mucha actualidad. Me refiero más bien a esta polaridad que existe cuando la conversación deriva hacia la política, el fútbol, la religión o las tendencias culturales.

Mencioné que la discusión era sobre el punto de vista de la Biblia. Y no pude menos que recordar a fariseos y saduceos. Esa gente sí que tenía diferencias de opinión ¡sobre las mismas cosas!

Los saduceos eran miembros de la clase alta, se vinculaban con el poder político, incluso con el imperio y aparentemente eran bastante deslenguados.

Los fariseos eran rigurosos observantes de la letra de la ley, provenían de las clases medias y tenían bastante distancia con el poder político.

En el lenguaje de la cultura popular unos eran progresistas y los otros conservadores. Aquéllos de la izquierda y éstos de la derecha. Tolerantes e intolerantes. Azules o colorados. Verdes o celestes. Duros o dialogantes. Y la lista continúa…

Por ejemplo, los saduceos no creían que había resurrección y los fariseos sí. Los fariseos abominaban del contacto y de la relación con el poder político del imperio y los saduceos estaban muy cercanos al mismo.

¿Se pueden imaginar las discusiones que tendrían considerando que ambos grupos sostenían que sus puntos de vista estaban respaldados por las Escrituras? Por cierto, el asunto es mucho más antiguo y no parece que las cosas vayan a cambiar en el corto plazo.

Lo triste es que cuando estas disputas se relacionan con la gestión de un país los resultados se sienten en la economía o en la convivencia social. Por eso no hay peor división que aquella de la política.

Allí se diluye toda posibilidad de una oposición responsable y constructiva. No hay esperanza de un acuerdo que, trabajando las diferencias por el bien mayor de la nación, mejore las condiciones de vida de todos.

En semejante ambiente sólo ganan los que tienen el poder y la plata.

Los demás serán finalmente consumidos por la división.

Poder invisible

El noventa por ciento de la gente que circula por las redes sociales son “merodeadores”, es decir están al acecho a ver qué sale en la red y dónde pueden meter su opinión.

El nueve por ciento del contingente son contribuyentes esporádicos; a veces escriben o publican alguna imagen o video.

El uno por ciento es el que establece la agenda, es decir, los que determinan qué se discute.

(Les recomiendo investigar “Desigualdad Participativa”, una teoría desarrollada por Jakob Nielsen, quien observó esta enorme desproporción en la forma en que la gente participa en las redes).

Tal vez haya que reiterar esto: más del noventa por ciento opina y discute. El uno por cierto determina sobre qué temas se opina y se discute: ellos son los generadores de contenido.

El que algo sea tendencia no es lo fundamental. Lo más importante es que hay un grupo de gente que crea y fomenta esa tendencia. En inglés se llama trendsetters (algo así como instaladores de tendencias).

Las estadísticas más actualizadas nos informan que hay un poco más de tres mil millones de usuarios de redes sociales.

Imaginen esto: apenas treinta millones de personas son las que determinan los temas sobre los que la mitad del mundo va a hablar y opinar.

Una buena cosa para reflexionar sería: ¿Quiénes manejan este poder invisible que determina los contenidos? ¿De dónde son y desde dónde hacen su trabajo? ¿Para quién o quiénes trabajan: gobiernos, partidos políticos, empresas, grupos de presión social, minorías? ¿Qué propósito las guían? ¿Lo hacen gratuitamente o les pagan – y cuánto? ¿Qué grado de acceso tienen a la información privada de los usuarios?

Innumerables veces he expresado aquí que – por lo general – sólo hay dos posibilidades: dirigir uno su propia vida o vivir siendo dirigido por otros. Pensando en forma independiente y documentada o seguir la corriente de la cultura predominante, respondiendo a sus exigencias y propuestas consciente o inconscientemente.

No hay nada más engañoso en la era presente que la idea de la libertad. La idea de que la gente decide es en la mayoría de los casos una ilusión.

Las redes sociales, los medios de comunicación, la publicidad, la propaganda, el discurso político y religioso y otros dispositivos de persuasión determinan en gran medida lo que la gente decide hacer.

Pensemos en cómo escapar al influjo arrollador de redes y los medios y ejercitarse en el rigor del pensamiento crítico.

Instrumentos

Para cumplir su propósito, Ahab debía emplear instrumentos; y de todos los instrumentos que se emplean en este mundo sublunar, los hombres son los que se estropean más pronto

(Herman Melville, Moby Dick)

Conté hace un tiempo que encaré la tarea de leer Ulysses de James Joyce. Leí en el sitio The Conversation que este libro de Herman Melville y el de James Joyce tenían cierta relación:

“…Se han convertido en textos sagrados que el Occidente moderno ha sometido a un extenso escrutinio buscando en ellos su propio secreto.”

Así que empecé Moby Dick y dejé por un rato el Ulysses, aquel inmenso acorazado literario.

 

La primera noción de instrumento la tuve en la iglesia. Los hermanos decían que uno era instrumento en las manos de Dios, que el Señor había tomado a un instrumento para hablar o que miráramos a Jesús, no al instrumento.

Por eso colegí que Dios era el Instrumentista Supremo. Sin embargo, habiendo visto a través de los años que las personas “usadas” solían reflejar muy poco de Su carácter, llegué a abrigar serias dudas de tal oficio.

Quizá sea por lo que dice Ismael – el narrador del libro de Melville: los hombres se estropean muy pronto. La gente digamos, para no contender por asuntos de género.

Pensemos por un instante en el estropicio: puede ser por abuso del empleador, lo cual es bastante frecuente. Sacar el máximo de las personas sin retribuirles adecuadamente es un hecho que se encuentra en los más variados lugares: empresa, partidos políticos, iglesias.

Claro, las cosas se estropean también cuando los instrumentos quieren dar el mínimo y obtener lo máximo. Pero en este caso sus manejadores simplemente los despiden o, usando la analogía de Orwell en 1984, los vaporizan.

Usar la palabra instrumento para referirse a las personas es harto inadecuado. Reduce la personalidad a un recurso que puede ser usado hasta que ya no sirve más. Se puede reparar unas cuantas veces pero finalmente hay que tirarlo.

Las máquinas, las herramientas, los cubiertos y otros utensilios son instrumentos. Las personas son la parte esencial de todo, el quid del asunto.

Pero estamos bastante lejos de los comienzos. El poder y el dinero, movilizados por motivos egoístas (el eje del mal), han diluido la fuerza de las cosas.

Habría que discrepar, ofrecer crítica, rehusarse. Utilizar el instrumento de la protesta. O de la rebeldía si las cosas se ponen difíciles.

Eje del mal

Un eje, dicho en términos bastante simples, es una vara cilíndrica que une dos extremos en los cuales generalmente hay ruedas.

Se habla de un eje en el lenguaje de los medios para ejemplificar la colaboración entre dos o más poderes que producen determinadas consecuencias en la sociedad.

En la Segunda Guerra Mundial se hablaba del eje Berlín-Roma. Algún presidente acuñó hace algunos años la expresión el eje del mal para referirse a ciertos países considerados enemigos.

Ayer a la tarde regresaba a mi casa y se me ocurrió pensar en una posible nueva connotación para este último concepto: cuando el dinero y el poder se conjugan para obtener beneficios a costa de explotación, destrucción y muerte podríamos hablar de un eje del mal.

Dinero y poder, juntos, son una fuerza prácticamente invencible. Se potencian mutuamente. Cuando fuerzas malignas tienen – u obtienen – el dinero necesario, precisan – y no pocas veces gozan – de la colaboración de gobernantes, políticos y jueces para actuar con impunidad.

(Hay fuerzas de dinero y poder que actúan con benevolencia, por supuesto. Es sólo que su volumen es inmensamente menor. Y es preciso que dejemos establecida la salvedad para continuar con el argumento).

Es necesario agregar un detalle fundamental a la hora de reflexionar sobre este eje del mal. Para mover las ruedas, un eje necesita estar conectado a una fuerza que mediante ciertos engranajes echa a andar el sistema.

Poder y dinero no pueden funcionar solos. Necesitan una fuerza que los ponga en movimiento. Esa energía es la voluntad humana.

Efectivamente, este eje del mal es un constructo humano. Seamos más precisos: es un constructo puesto en marcha por seres humanos sin piedad, sin misericordia, egoístas y codiciosos.

Gente que esté dispuesta tomar el poder y mantenerse en él a sangre y fuego. Gente que esté dispuesta a destripar el planeta con tal de obtener la riqueza de sus emprendimientos globales y locales. Gente que no se detenga ante nada, incluso la destrucción de sus congéneres con tal de ganar.

La única fuerza que puede contrarrestar este mal es aquella de la gente buena (pido su indulgencia por usar esta expresión; tiene solamente un propósito ilustrativo).

La gente buena sería la esperanza. Que se concertara y construyera un eje del bien que se introduzca en los resquicios del poder y del dinero.

Pero, como ya hemos dicho, la gente buena está ocupada en sus propias cosas.

¿Quién es más valioso?

En el devocional anterior a este escribí sobre el compromiso genuino que los discípulos tenían con Jesús, a tal grado que daban su vida misma por Él. En esta oportunidad quisiera hacer énfasis en la vida y muerte de Esteban:

Esteban, hombre lleno de la gracia y del poder de Dios, hacía grandes prodigios y señales milagrosas entre el pueblo.” Hechos 6:8 (NVI).

La Biblia nos presenta a Esteban como un hombre de Dios, lleno de su gracia y poder, aquel a quién acudían las personas necesitadas porque realizaba prodigios y milagros; podemos compararlo a la obra que hizo Jesús cuando estaba en la tierra y, de la misma manera, también sufrió una muerte injusta.

 “Al oír esto, rechinando los dientes montaron en cólera contra él. 

Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios. — ¡Veo el cielo abierto —exclamó—, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios!

Entonces ellos, gritando a voz en cuello, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron sobre él, lo sacaron a empellones fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Los acusadores le encargaron sus mantos a un joven llamado Saulo.

Mientras lo apedreaban, Esteban oraba. —Señor Jesús —decía—, recibe mi espíritu. Luego cayó de rodillas y gritó: — ¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! Cuando hubo dicho esto, murió.” Hechos 7:54-60 (NVI)

Esteban fue acusado con mentiras por algunos líderes religiosos de ese tiempo, y sin recibir un juicio justo fue apedreado por la multitud. Lo increíble en este triste final es que antes de morir Esteban se mostraba fuerte, incluso al igual que nuestro Señor, pidió que esa transgresión contra él no fuera tomada en cuenta por su padre Dios.

Si bien Jesús estaba rodeado de una multitud de personas, recuerda que solamente tenía doce discípulos; esto debido a que son pocos los que realmente aceptan pagar el precio. Para Esteban su vida no era tan importante como cumplir el propósito del Señor ¿Quién es más importante para ti?

Si te has alejado porque dices: “no me valoran, me miran feo o me han tratado mal, me he traslado de casa y ahora vivo lejos, no es cómodo, etc.” entonces estás considerando tu vida más valiosa que el Señor y si fuera el caso estás desobedeciendo el primer mandamiento. Te animo a empezar de nuevo y decidir ser un discípulo de Cristo.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Testifica de su amor…

“pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes; y serán mis testigos, y le hablarán a la gente acerca de mí en todas partes: en Jerusalén, por toda Judea, en Samaria y hasta los lugares más lejanos de la tierra.” Hechos 1:8 (NTV)

Este pasaje nos dice que a través del Espíritu Santo recibiremos poder para testificar del amor de Dios, si hay alguien en tu familia, en tu trabajo, en tu colegio o en tu comunidad que no ha oído acerca de Jesús, asegúrate de mostrar Su amor con tu actitud. Sé sensible ante la necesidad de las personas y dispón tu corazón para recibir dirección del Espíritu Santo y así puedas ser un instrumento de Dios en sus manos.

No es difícil compartir el mensaje de salvación, simplemente muestra el camino: Jesús.

Por Ruth Mamani

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Dios o el Estado?

En la nota anterior propuse, siempre en la forma tan breve que permite el espacio, que el abandono de Dios siempre supone su reemplazo por otra fuente de autoridad y provisión; en los últimos siglos ese rol ha sido asumido por el Estado.

Los voceros del Estado no dicen: “Ahora nosotros somos Dios” pero se comportan tal cual. Y la gente no dice: “Ahora el Estado es nuestro Dios” pero actúan como si fuera. Por eso protestan si hay problemas de trabajo, salud, seguridad, educación, abastecimiento de bienes y servicios. Protestan porque el Estado debe garantizarles tales cosas.

Los creyentes cristianos afirman que la fuente de su seguridad, su paz y su bienestar es Dios; incluso hacen referencia a ciertos nombres asignados al Jehová del Antiguo Testamento: Nissi, Shalom, Jireh, Shammah, Tskidenu, Rapha, que se refieren a las características, dones y bienes que provienen de El, tales como paz, provisión, salud, protección.

Pero a la hora de las realidades los creyentes también parecen absorbidos por la creencia en el Estado-Dios. Y se suman a las protestas, reclaman sus derechos y si las cosas no andan bien buscan como todos un “salvador”, esa persona que repondrá los “principios y los valores perdidos”, que restaurará la nación a sus fuentes originales y que será baluarte de la paz y la seguridad.

No les perturban, al parecer, los costos que puede traer en el mediano y largo un “salvador” de esas características. En la seguridad de que recuperarán sus valores y los beneficios prometidos no pensarán en qué derechos y valores de otras personas serán abolidos y arrasados. Lo importante, piensan ellos, es recuperar “lo nuestro”.

Como mencioné al finalizar la nota anterior la historia nos muestra con meridiana claridad lo que ocurre cuando los cristianos hacen sociedad con el poder. Lo que suelen ganar en derechos y posición lo pierden en libertad, en humildad y en credibilidad. Casi siempre terminan siendo tanto o más arbitrarios que el poder al cual, en alianza con otros, defenestraron.

En realidad la pregunta ¿Dios o el Estado? no es una buena pregunta. Las opciones binarias casi nunca son justas. Tal vez haya que preguntarse de qué manera Dios (a través de sus hijas e hijos) y el Estado pueden operar en acuerdo y colaboración para mejorar, al menos en cantidades decentes, la vida de las personas en este mundo ancho, complejo y ajeno…

Desafiar el poder

¡Si los pueblos supieran usar los pulmones como vos, los dictadores se las verían realmente en figurillas!

(Mafalda, una tira cómica de Quino)

En una ilustración que vi el otro día la pequeña Mafalda le habla a su nuevo hermanito que ha llorado a todo pulmón en la cuna. Cualquier exploración en internet sobre Mafalda va a dejarles ver la aguda ironía con la que Quino reflexiona sobre el mundo y la vida.

Cuando vi el dibujo no pude sino recordar unas palabras del protagonista de la película “V por Venganza” (V for Vendetta, en inglés): El pueblo no debería temer a sus gobernantes, los gobernantes deberían temer a su pueblo.

¿Por qué los dictadores y los autócratas permanecen en el poder? La respuesta obvia es porque controlan las fuerzas armadas, la justicia, las leyes y han neutralizado a los medios de comunicación. Pero sobre todo porque controlan el poder militar. Cualquier conato de rebelión será aplastado por la fuerza de las armas.

Sin embargo, hay instantes en la historia en que los pueblos, a pesar de su indefensión, se levantaron y a precio de muerte conquistaron su libertad. De algún modo se organizaron y a pesar de toda desventaja disolvieron el poder.

En una escala menor, en instituciones compuestas por personas organizadas bajo alguna estructura suele replicarse un estado de cosas parecido. Un grupo conducido por un líder carismático controla todo y se fortalece con una serie de instrumentos ya clásicos en el estudio de las tiranías: culto a la personalidad del líder, un discurso hegemónico que se afirma como verdad única, la construcción de un enemigo común que desafía la existencia misma de la institución, el control financiero sumado a la recolección compulsiva de los aportes en dinero de los miembros. 

Resulta intrigante la sumisión de tanta gente a tan pequeño grupo de personas. A veces lo que parece es que las personas llegaron a convencerse a sí mismas que el poder que las controla es natural y que la discrepancia, además de inútil, es mala. Es decir, el mayor poder de control ya no es externo sino que, habiendo conquistado la mente, se hace interno. El discurso proveniente de arriba ha conquistado definitivamente el pensamiento y erradicado la disidencia y la duda.

Queda para la reflexión lo que podría suceder si las personas antes de desafiar al poder pudieran confrontar su propio pensamiento y abrirse paso hacia su liberación.

Proteger el poder

(Cualquier semejanza con la vida real es completamente intencional)

Los vigilantes ejercen impecablemente su magisterio en el perímetro de las instituciones. Tienen sus agentes en medio de las asambleas. Sus diligentes comisarios están atentos a la gramática de los discursos y el tono de las conversaciones. Sus censores revisan cuidadosamente posteos y publicaciones sociales. Itinerarios, agendas, tiempo libre y amistades son objeto de minucioso escrutinio.

¿Cuál es el motivo de tan intensas actividades? Proteger el poder reinante. Asegurar larga vida a las instituciones. Conservar la solidez de la estructura. Proteger los sólidos intereses materiales, la fama y el prestigio de los dirigentes. Fortalecer la línea de mando.

Para justificar su tarea, los vigilantes invocan entre otras cosas los sagrados postulados constituyentes, el bienestar de la mayoría, el orden establecido, la tradición, el sentido común, la paz y la estabilidad. Se declaran protectores de la verdad, defensores de la libertad, paladines de la justicia, guardianes del saber, garantes del correcto conocimiento de las cosas.

Serán los llamados a negociar, en primera instancia, con los disidentes. Citarán a los extraviados a sus solemnes tribunales y procederán a la delicada tarea de persuadirlos a que abandonen sus peligrosas posturas. La institución los necesita, les dirán. Es verdad, los líderes son siempre un poco rebeldes y la institución será fortalecida con esa pasión. Pero deben entender que hay que cuidar algunas cosas muy importantes. Hay que usar siempre un tono respetuoso. Hay que observar los estatutos, las leyes fundamentales que dan sentido y dirección a la institución. Y, muy importante, tienen que entender que la mayoría de las personas está contenta con el actual estado de cosas; ¿para qué perturbarles con ideas que a lo mejor ni siquiera entienden? El mucho pensar no es tan bueno hay veces…

Si los rebeldes son persuadidos, se habrá ganado una batalla más a favor del status quo y los vigilantes pueden regresar satisfechos a sus labores habituales. Pero si persiste el clima de disidencia, los vigilantes deberán mezclarse con la inmensa mayoría a fin de advertirles que un peligro se cierne sobre la institución y que deben evitar el contacto con los provocadores. Casi siempre los vigilantes ganan y la institución permanece.

Pero si la institución llega a estar realmente en peligro, medidas de mayor contundencia son requeridas y para entonces ya no son los vigilantes quienes se harán cargo. Para estas ocasiones, las instituciones tienen sofisticados y complejos sistemas de eliminación.

Es cuestión de mirar a la Historia…

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