razón Archives | CVCLAVOZ

All posts in “razón”

¿Estamos locos?

¿Sabías que estás loco? La locura por lo general es definida como la ausencia del uso de la razón o del buen juicio, esta definición hace referencia a lo que la sociedad acepta como “normal“; entonces, cualquier actitud que salga de estos límites se considera una demencia.

En este sentido ¿Cuántas personas han sido catalogadas como locas por no ser comprendidas? La mayoría de los artistas son capaces de dejarlo todo por sus creaciones, por buscar un espacio en el mundo, sin importarles el qué dirán, sin ser entendidos por su propia familia o amigos, quizá podrías estar sintiendo algo parecido por seguir a Dios.

 “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” 1 Corintios 2:14 (RVR1960)

La palabra de Dios menciona que para las personas que no conocen a Dios, ser cristiano es “locura”, porque en realidad actuamos y pensamos de forma que está fuera del rango de lo normal.

Te daré algunos ejemplos: Nuestra vida gira en torno a la fe, no hemos visto a Dios, pero confiamos que existe; no vimos el cielo o el infierno, pero creemos que son reales; obedecemos sus mandamientos por agradar al Señor aunque eso nos cueste estar en contra de lo que muchos creen. Así mismo, perdonamos a los que nos han herido, aunque no se lo merecen, por amar a nuestros enemigos, por esperar milagros, confiar en sus promesas, por orar, porque preferimos morir por Cristo antes que negar nuestra fe.

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” 1Corintios 1:18 (RVR1960)

Es posible que muchos no nos comprendan, nos rechacen o humillen por creer en Dios, incluso nuestra propia familia o amigos, pero ten presente que si bien es una locura para la sociedad, para nosotros es “Poder de Dios”. Muchos no entienden porque no han sentido al Señor en su corazón, las nuevas fuerzas, la paz y el gozo que sólo viene de Él, no han visto las promesas cumplidas, su gracia y amor.

Por esta razón, si alguien te mira diferente por ser cristiano, no te sientas mal, ¡alégrate! Porque tú no eres normal, no eres como el resto, tú tienes el Espíritu Santo y por tanto, el poder de un hijo de Dios para alcanzar el propósito de tu existencia.

¡Somos locos por Jesús!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Cuando la tarde cante

Qué difícil era pensar en la orilla del agua, los cerros cercanos, el viento y las hojas caídas. En el centro de la ciudad evocar la soledad de la montaña era casi imposible. Sólo se oía el ruido de las sirenas de las ambulancias o la policía, el tren que cada cuatro o cinco horas cruza las avenidas y los parques, las motos con sus insolentes escapes libres.

Cada tanto, la memoria de la penúltima casa del pueblo acudía para mitigar un poco el cansancio de las cosas cotidianas. Había estado ahí por unos meses y se le antojaba ser el último lugar donde había experimentado una paz casi perfecta. ¿Cómo era la frase de la doctora Betancourt? “Hay que envejecer para apreciar la paz.”

Es verdad que la tranquilidad tiene más que ver con el estado de la conciencia. El sentimiento de no tener cuentas pendientes es un tesoro invaluable difícil de encontrar. Siempre hay alguna arista, algún asunto que terminó mal, una cuestión inconclusa que inquieta el espíritu, una materia que disuelve el sueño y transforma las noches en un desierto blanco y estéril.

Sin embargo, el rumor del agua en el río o el lago, el viento y el sol que se desmadejan entre los pinos, las nubes que anuncian una tormenta benigna apaciguan el ardor de las jornadas y ralentizan la maquinaria de los pensamientos. Abren la puerta a la plegaria, propician el encuentro con la reflexión, invitan a la razón a reconocer el camino donde se perdieron cosas importantes y se adquirieron algunas tristezas imborrables.

La ciudad apura los pasos, apretuja los deberes, multiplica la rutina, vacía de energía la acción creadora. Repiquetea sus demandas, altera los sentidos, llena la mente de cuidados y alarmas. Se vuelve a revisar si uno cerró con llave la puerta de entrada, se olvida un teléfono o una billetera en la mesa del café.

Hace unos días leí unas palabras de Arthur Rimbaud que bien pueden considerarse un corolario para estos pensamientos peregrinos, o una expresión un poco más bella de la esperanza:

“Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, herido por el trigo, a pisar la pradera; soñador, sentiré su frescor en mis plantas y dejaré que el viento me bañe la cabeza.”

Memoria del olvido

El cargador de la computadora. Los lentes ópticos de sol. El teléfono celular local, un libro que debía entregar por encargo, un lápiz Parker. La dirección y el teléfono de una persona que tenía que ver la mañana del sábado. Estas son algunas de las cosas que he ido olvidando en los lugares que he visitado en estos días. Algunas me las enviaron por correo, otras he tenido que regresar a buscarlas. Incluso, he tenido que hacer llamadas para dar explicaciones por las consecuencias que derivan de tales olvidos.
Intento resolver en silencio la bronca que me produce esta debilidad. Me explican que puede ser el estrés o el cansancio. O nada más mi inveterada distracción. En mi fuero interno temo que no sea otra cosa que los síntomas del tiempo, de los años, de las incursiones incansables a las que he sometido mi cabeza desde que tengo uso de razón. Mauricio me dice que no me preocupe, que él me lleva a buscar las cosas que olvidé; total son días festivos, las rutas están despejadas y se puede ir y volver en menos de una hora. Mi cuñada me consuela con la idea que hasta ahora, por lo menos, no me he olvidado de mi cabeza.
Alguna vez leí que cuando uno es joven olvida cosas pero no les da importancia: unas llaves, un botón, una camisa; pero que con el tiempo la pérdida o el olvido de estos objetos se convierte en un conflicto existencial, una lucha con el orden que uno quisiera que hubiera en todo lo que uno hace. Otra vez leí que en una ocasión Albert Einstein puso en el buzón del correo un cuaderno, una libreta de apuntes y un lápiz en vez de la carta que había llevado para enviar. Dadas las enormes distancia que tengo con Einstein en términos de inteligencia y con la juventud, tales experiencias no me consuelan en modo alguno.
Por el contrario, hay hechos o situaciones que uno ha vivido que permanecen en la memoria con una persistencia a veces dolorosa, no importa si ocurrieron el año pasado o cuando tenía diecisiete años. Me propongo leer algún artículo que dé cuenta de las razones de este silencioso pero inquietante acontecimiento y espero rendirles cuenta de los hallazgos y conclusiones del caso.
Por ahora no queda más que desearles un venturoso – e inolvidable – año nuevo.

El plan (2)

Dios tiene un plan maravilloso para tu vida, le dice en un momento a su compañera de asiento el entusiasta joven que le predica en el avión. Nunca sabremos si al final del viaje aquella sorprendida pasajera habrá hecho una decisión por Cristo según el manual de los creyentes sobre el evangelismo personal.
Hay muchas líneas de reflexión y de análisis crítico sobre el modelo predominante de compartir a Jesús. Me hago cargo – a medias no más – de lo incorrecto que es hacerlo, porque si hay una crítica válida que se puede hacer a los cristianos es su incapacidad para la autocrítica.
Quisiera detenerme, en el breve espacio que nos permite esta columna, en la noción de Dios tiene un plan. No se encuentra esta frase en los 31.104 versículos que tiene la Biblia. El par de veces que aparece a palabra plan, nunca alude a Dios; sí hay alusiones a cuáles sean los propósitos, los deseos, los sueños, los anhelos que tiene acerca de sus hijas e hijos. Pero no hay una sola línea que hable de un plan. “Plan” es una palabra moderna, creada por occidente, una civilización dominada por el utilitarismo, la razón práctica y la secuencia lineal de causa y efecto. Nótese que la palabra plan es incorporada en versiones contemporáneas y paráfrasis de la Biblia pero no existe en las versiones originales.
Es imposible saber certeramente, por el solo hecho de que Dios es el absolutamente Otro infinito, que tiene un plan matemáticamente diseñado para una persona. Uno podría, si quiere, suponerlo; pero afirmarlo con tanta certeza es bastante presuntuoso. Creo que es más humilde decir: “Dios tiene buenos propósitos para tu vida, buenos pensamientos, quiere lo mejor para ti.” Cualquier afirmación sobre un plan matemático no es más que una especulación, por supuesto agradable a los oídos y compatible con el programa educativo evangélico.
Y todo esto sin decir la presión que se coloca sobre la gente cuando se le instila la idea del plan para su vida. ¿Cuál será, precisamente? ¿Coincide con los anhelos o los sueños que yo tengo? ¿Y qué pasa si hago una decisión que esté reñida o no corresponda al plan? ¿Qué me pasará si no cumplo el plan?
Y tal vez sea mejor no comentar eso que suele decir la gente: “Todo fue plan de Dios”, para explicar tragedias o situaciones dolorosas en su vida.

(Este artículo fue especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Un paso al costado

Konrad Lorenz, naturalista europeo, cuenta que estuvo vigilando en un parque zoológico una lucha entre dos lobos que parecía mortal.

Finalmente, el mayor y más experimentado de los contendientes prevaleció y llevó a su oponente contra la reja donde podía hacer con él como quisiera. En ese momento el señor Lorenz observó un rasgo que él cree ha sido el medio otorgando por la Dios para evitar la extinción de muchas especies de animales. Abandonando la lucha el más pequeño de los lobos dio vuelta a su cabeza, exponiendo las partes vitales de su cuello a las fauces del lobo victorioso.

Los dos permanecieron como estatuas en esta posición por unos momentos, y entonces el vencedor dio media vuelta. “Debe ser un instinto implantado en la naturaleza de las fieras lo que impide al vencedor destruir al vencido cuando este se rinde voluntariamente”, declara el señor Lorenz.

La mansedumbre debería mover más fácilmente el corazón de un ser humano que el de un lobo aunque a veces no es así. En Mateo 11:21 Jesús  nos invita ser mansos y humildes para poder hallar descanso para nuestras almas: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (NTV).

Como humanos siempre queremos estar en lo cierto y ganar todas las discusiones o problemas que tengamos con los demás. Nuestro orgullo hace que prefiramos perder amistades o familia antes de ceder, creemos que tener la razón lo es todo y sacrificamos nuestra paz interior además de nuestra relación con las personas que amamos.

“No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” Romanos 12:17-19 (RVR 1960).

Olvida la ofensa, da un paso al costado y permite que Dios tome el control de la situación, Él es Juez Justo y  tiene cuidado de sus hijos. En cuanto dependa de ti busca la paz.

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Un asunto de ojos

Llenitos de ayer. Humedecidos de extrañar. Resistentes al olvido. Los párpados entornados reconstruyen la inmóvil materia de los recuerdos con la esperanza de un solaz escurridizo. Hurgando en la memoria por algún amaine para la tormenta feroz del insomnio. Que ahuyente por un rato el reproche de la conciencia. Un color, una transparencia lejana, un movimiento secreto y placentero.
El brillo de antes se apaga con los días. Se oscurece su continente cristalino y se va rodeando de arrugas y temblores. La dicha de ver se repliega y se apodera de su luz la tristeza del tiempo. Eran hermosas las formas, los medios tonos de la piel, el paisaje de los cuerpos tersos y livianos. Algarabía de espacios recorridos, lujo de mirar todo sin remordimiento.
Cuando navegaron la noche, las estrellas se ahogaron en su fondo claro. Cuando se consumieron de luz en el mediodía del desierto todos los espejismos fueron verdad. Cuando resbalaron por la vertiginosa cordillera naufragaron felices en la inmensidad de la nieve. Se recostaron en las eras, se embriagaron en los lagares, se hartaron en los hornos de barro, se abatieron a la hora de la siesta entremedio de los hualles y las moras.
Fueron compañeros sedientos de fantasía en los libros, los teatros y los cines. Abarcaron el horizonte del pensamiento en las pizarras de la academia y en los vetustos escritorios de las bibliotecas. Fueron dejando su fuerza en las inmensas páginas de los diarios de antes y por estos días en la pequeña pantalla del computador personal.
Lloraron ríos a la hora del naufragio y la querella. Se ahogaron en el adiós y se fueron secando de a poquito en el olvido porque no hay mal que dure cien años ni ojos que lo aguanten. Brotó en ellos también el manantial de la rabia y el desengaño, el desamparo y la violencia, el abandono y la feroz indiferencia. Exploraron territorios prohibidos, se detuvieron en la imagen clandestina, se cansaron de la repetida miseria de la soledad codificada.
Reviso hoy, tarde en la noche, la pesada bitácora de estos ojos, su crónica de pájaros y hojas, su reportaje capital de siluetas y fantasmas, su repertorio de verdad y emoción, sus eternos escarceos con la razón y la pasión.
Llenitos de ayer. Recelosos del presente. Ignorantes magistrales de las posibilidades del futuro…
Estos ojos.

La Discusión

Un hombre sordo contaba a un amigo suyo acerca de una discusión  de unos amigos de ambos.

     – ¿Sobre qué? – Le preguntó a gritos aquel a quien se lo contaba.

     – No lo sé, no pude oír una palabra.

     – ¿Y quién tenía la razón, Juan o Pedro?

     – ¡Juan! Contestó el sordo con firmeza.

     – ¿Cómo puedes saberlo, si no pudiste oír una sola palabra? – inquirió el amigo.

     – Pues… porque Pedro gritaba tanto y amenazaba mientras que Juan, con paciencia y sonriendo parecía que le decía: “¡No lo tomes así… seamos amigos… no peleemos, querido Pedro!. El que sabe vencerse a sí mismo es el que más probablemente tiene razón.

Cuántas veces por tener ideas diferentes, ante los nervios, la impaciencia y hasta ofuscados por el enojo hemos permitido que una cosa sin importancia nos robe la paz e incluso nos enfrente con las personas que amamos.

Existe una frase que dice: “Sé selectivo en tus batallas, a veces es mejor tener paz que tener la razón” y es verdad, no todas las cosas merecen que se rompan amistades, negocios e incluso familias por una pelea o discusión que muchas veces no tienen razón de ser y que en otras circunstancias, el motivo de la pelea sólo hubiera sido un intercambio de ideas  sin que llegara a más.

Gálatas 5:22, 23 nos muestra los frutos que deben reflejar nuestras vidas: “En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!” (NTV)

Antes de buscar contender o tener la razón, evalúa si realmente vale la pena que pierdas la paz por eso y si es algo verdaderamente importante que necesitas que la otra persona entienda, siempre es bueno recordar el consejo que hallamos en Proverbios 15:1 “La respuesta apacible desvía el enojo,  pero las palabras ásperas encienden los ánimos”. (NTV)

No permitas que una diferencia de ideas, un mal día, el enojo, el orgullo y las circunstancias adversas te lleven a pelear y destruir tu relación con quienes más amas e incluso sus vidas. Busca siempre la paz.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

De fantasía y realidad

“Esta chica está viviendo en fantasía”. Tal dictamen, formulado por el jefe de la comunidad en la que yo trabajaba en ese tiempo, tenía por objeto explicar la conducta trastornada de una señorita que había solicitado amparo entre nosotros; su estado la inhabilitaba para ser recibida. En efecto, ella presentaba síntomas inequívocos de un desorden psicológico que requería la atención de un especialista.

El diagnóstico del dirigente requiere otro análisis, sin embargo. Representa lo que muchas personas creen: que la fantasía es una desviación de la recta razón. De esta creencia se desprende casi inevitablemente la idea que los artistas y los creadores son personas perturbadas. Por esa razón, se piensa, el mundo debe ser administrado por personas racionales que entienden que la realidad es sólo lo que puede medir, cuantificar y comprobar.

Un excelente estudio sobre el lugar de la fantasía en el mundo y la vida se encuentra en el libro La historia interminable, de Michael Ende. Es una excelente versión de Alfaguara, con los dibujos de la edición original. Trata la historia de un niño bastante común que roba un libro de una tienda y lo lee escondido en un altillo del colegio donde estudia. Llega un momento de la trama en que el chico resulta ser parte de la historia y es absorbido por ella; allí se enfrenta no sólo con fantásticos seres y aventuras sino consigo mismo. En el instante supremo, entiende el enigma de su propia vida y regresa transformado al mundo cotidiano.

La fantasía es parte de la realidad. Como todos los atributos humanos, supongo que ha de vivirse en la perspectiva de toda la realidad. Tanto como la razón sin freno puede llevar a la destrucción de las personas y del mundo, así puede ocurrir con la fantasía. Pero eso no la proscribe. La fantasía en los colores, las formas, los sonidos, las imágenes, y las palabras completa la naturaleza de las cosas. La vida es más que trámites, metas, conceptos y convicciones.

Un poema, un cuento, una novela, una escultura, un cuadro, una canción, una película, una obra de teatro, un video, una fotografía y tantas otras formas de la imaginación pueden tocar con su magia las cosas humanas y amplificar su sentido. Arrojar la luz precisa allí donde la razón no alcanza. Descubrir en nosotros lo que ningún discurso o documento hubiera podido revelar.

Intermezzo

Entonces, después de haber transitado con uniforme por el territorio de la recta razón por algunos días, me fugo al país de Maricastaña, para regocijo de algunos y la impaciencia de otros. Porque como escribí una vez, siguiendo las palabras puestas en boca de una Quintrala legendaria, no quiero que nadie me tenga – como mi abuelo Ramón, eterno vagabundo hasta que se le rompió el esqueleto y la memoria. De raíces ya tuve bastante y de derroteros predecibles más que suficiente. Voy y vengo, entro y salgo, camino y me quedo quieto. Desarmo mis rutinas en secreto para que no me atrape el reflejo de mí mismo entre la cocina y el dormitorio. Regalo mi ropa y mis zapatos o sencillamente me olvido dónde los dejé.

Así que, señoras y señores, hoy no serán habidas aquí reflexiones infinitesimales acerca de la inmortalidad del cangrejo y la cuadratura del círculo; sólo queda el retintín del grito en el desierto, la palabra sin destino y la ñata calavera. No hay por dónde agarrar estas pobres palabras para que parezcan algo coherente. Apenas siquiera serán lunar extraño en el concierto de solemnes elucubraciones diseñadas para elevar los espíritus hasta inconcebibles alturas. La irónica textura del mensaje queda flotando en un limbo un poco triste y se diluye en un maremágnum de multitudinarias convocaciones, músicas oficiales y palabras políticamente correctas.

Así será hasta que de nuevo amanezca por el lado acostumbrado de la tierra y regrese el pulso de las preocupaciones de la profecía ardiente, implacable, urgente. Porque hay ciertas angustias que no se eligen, hay estremecimientos sin origen discernible aunque por ahí uno lo intuye en el rigor del insomnio. Entonces volverán las oscuras golondrinas a posarse sobre estos balcones apartados para ser contempladas por dos o tres anhelantes transeúntes que buscan otros sonidos, otras luces, otros pareceres, lejos de la chimuchina, de las algarabías de la nada y del rumor de ininteligibles jerigonzas.

La poesía es la misma

No dejen que los agoreros del fin ni los funcionarios del terror les quiten el amor por la poesía, porque ustedes la amaban antes de saber que la amaban, es decir, la amaban sin saber que la amaban. No dejen de pronunciarla y de estamparla en las bitácoras del exilio, en los calabozos del abandono, en las trincheras laterales, en la luz de sus cuadernos.

Porque la poesía es el grito del silencio, la voz amordazada, la pasión reprimida, la crónica valiente, el rostro de la mudez. Con ella combatimos las cuchillas de la razón y penetramos en el helado país del miedo. Se viste de overol en las usinas lo mismo que siembra en amores su palabra de miel.

La descubrimos andando los días de ayer, cuando teníamos el alma pura, la mente virgen y el cuerpo disponible. Se nos vino encima cualquier noche como lluvia de estrellas o en la orilla de los ríos como amparo de sauces. No sabíamos nombrarla, pero emergían de nosotros sus versos a borbotones, como risa loca de noviembre o primavera que sangra.

Los rigurosos cancerberos del idioma exploraron nuestras palabras, las separaron en trocitos y analizaron con severos milímetros su pronunciación autodidacta. Creían que nosotros íbamos a someter a sus decretos silábicos nuestra sangre, que íbamos a entrar en el uniforme de la academia. Pero no sabían que veníamos del hambre, del dolor, de la decepción, de la oscuridad, del grito y que para eso no hay escuela ni calendarios, no hay corrección política ni censura previa.

Los vigilantes, los diligentes epónimos examinaron el rigor doctrinal de nuestro grito a ver si la palabra se cuidaba de mundanos territorios y hacía pronunciadas reverencias al modelo y los edificios del sistema. Pero nada. Habíamos entrado en misteriosos callejones, tocábamos los cuerpos agitados, preparábamos ungüentos de papel para el dolor del siglo. Nuestro poema se confundía con editoriales y protestas, con clandestinas confabulaciones, harto de discursos y cadenas nacionales.

Aunque no está escrito así en ninguna parte, uno igual sueña: “Oísteis que fue dicho… pero yo os digo: Dejad a los poetas venir a mí y no se lo impidáis…”

Los locos

Suelen repetir ciertas palabras o frases como mantra, como oración sin destino, como conjuro contra la cordura: la guerra del Peloponeso, ajonjolí, y así sucesivamente, mandrágoras, porque era una gotita, mirá vos qué loco, y etcétera, etcétera, etcétera. En realidad, son parchecuritas caseros para el alma lastimada que no irritan la piel y se salen solos a la hora de la realidad.

Se quedan congelados frente a los veloces argumentos y los sofismas de la razón pura, a las preguntas a quemarropa. Nunca aprendieron a construir barricadas para defenderse de las evidencias empíricas y los pragmatismos del sistema y del tiempo presente.

Les cautiva la hojita que de allá para acá mueve el capricho del viento de la tarde. La reverberación del sol entre los álamos a las siete de la tarde en el verano les atraviesa la garganta y les humedece los ojos. Nunca están hartos del helecho húmedo de Trafún y de la planicie inerte de Atacama.

Los locos no presumen de banderas, de convicciones indestructibles, de teoremas para justificar la dictadura de las doctrinas y de los señores, de verdades inalterables, de consecuencias a ultranza ni de “¡ay Jalisco, no te rajes!” por la sencilla razón de que están locos.

Se olvidan de los nombres de las personas y de las últimas conversaciones por lo que frecuentemente hacen preguntas o afirmaciones sobre el tema que acaba de hablarse. Tienen manías prematuras, dientes atribulados, oídos cojos, manos temblorosas y una corbata que recibieron de regalo hace treinta años que nunca usan pero se rehúsan a tirarla o regalarla.

Según observadores y observadoras sagaces, suelen derrapar estrepitosamente y hacer lío con palabras, gestos o silencios inexplicables que no se condicen con la supuesta fortaleza de sus mentes brillantes, de modo que quedan serias dudas acerca de las mismas. No echan raíces en ninguna parte porque simplemente no pueden ni quieren. Se juran a sí mismos que esta vez sí que sí o que esta vez sí que no y nunca es así.

Debido a éstas y muchas otras razones, los locos son los prospectos menos recomendables para cualquier empresa seria y constante.

Por lo mismo: porque están locos.

(Ilustración: Old man with fishes)

Send this to a friend