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El dios primitivo

Cuando estaba en tercero de primaria, la señorita Ruth nos enseñaba que la Prehistoria era aquel período que iba desde la aparición del hombre hasta la invención de la escritura. Sólo muchos años después me enteraría yo que esas formas de segmentar la historia fueron un invento de la modernidad, obsesionada con el orden racional de las cosas.

Nos contaba mi inolvidable maestra que en esa era oscura el hombre primitivo, temeroso del trueno, de las tormentas, de las bestias enormes y de los enemigos invisibles se fue construyendo un panteón de dioses a los cuales apaciguaba con sacrificios, sahumerios y plegarias.

A una de las conclusiones que hube de llegar en esta accidentada travesía por saber un poco más acerca de nosotros es que después de cuarenta mil años de historia hay muy poca diferencia entre la gente que vivió en el amanecer del tiempo y los días presentes. Han cambiado los aspectos externos como las tecnologías, los recursos materiales y cierto grado de conocimiento acerca de todo. Pero la naturaleza de las personas permanece fiel a su original.

A donde quiero llegar con estos preliminares es que a nuestros dioses, no importa de qué religión o filosofía trascendental se trate, los invocamos por las mismas razones que el hombre de las cavernas.

A quien quiera que le pregunte usted por qué adora a éste o a aquel dios, le dirá que es porque le da tranquilidad de espíritu, le ofrece una vida más allá de las muerte, le sana de sus enfermedades, le responde sus plegarias, la abre puertas de trabajo, le cuida de catástrofes y pestilencias, le acompaña cuando sale de viaje o va a sus labores, porque es el único dios verdadero y no hay otro, porque no hay ninguna otra explicación a la existencia sino la que le ofrece su dios.

Valdría la pena decir que no sólo los dioses de la religión otorgan estos dones. Para mucha gente que se declara ajena a toda forma de creencia sobrenatural, sus dioses son el trabajo, el dinero, el sexo, la fama, las drogas, la adrenalina de las actividades extremas. Son dioses de otra índole que consuelan, gratifican y alegran, más allá de las naturales consecuencias de abusar de su “adoración”.

Lo que iguala a todos los dioses es que la gente los busca para recibir de ellos algo, no para darles algo.

¿No le resulta familiar..?

¿Qué guía tu vida?

Esto dice el Señor, Redentor, el Santo de Israel: “Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña lo que te conviene y te guía por las sendas que debes seguir.” Isaías 48:17 (NTV)

Que hermoso es saber que Dios está dispuesto a enseñarnos y guiarnos, pero ¿acudimos a Él en busca de sus consejos y dirección para nuestra vida o preferimos ignorarlo y seguir adelante según nuestro conocimiento?

Jesús nos enseña que no todo el que le dice “…Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de su Padre que está en los cielos.”(Mateo 7:21)

¿Cómo saber que estoy haciendo la voluntad de Dios en mi vida? Por medio de la palabra de Dios. 2 Timoteo 3:16 (NTV) dice que: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto.”

Lo que Dios nos dice y enseña en su palabra es para nuestro bien y para no equivocarnos en nuestras decisiones. Ignorarlo sólo hará que el pecado gobierne nuestra vida y nos lleve a la muerte. En cambio, si dejamos que Dios nos hable y guíe nuestras vidas por medio de su palabra, no sólo alegraremos al Señor, sino que recibiremos muchas bendiciones por obedecer. Y el conocimiento que tengamos nos llevará a hacer todo lo que a Él le agrada. Además, estaremos preparados para discernir las enseñanzas, costumbres, prácticas del mundo y de las religiones.

Por ejemplo, hay muchas personas que se denominan “cristianos” o “seguidores de Jesús” pero practican y siguen las costumbres que la Biblia no enseña.

Hay quieres rinde culto a ídolos pensando que eso agrada a Dios, pero la biblia dice: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.” Mateo 4:10 y también en (Isaías 44:6-20) nos enseña paso a paso la necedad de postrarse ante ídolos hechos por manos humanas.

Por otro lado la palabra de Dios nos revela en detalle cómo Jesucristo es el único intermediario entre Dios y los hombres (1Timoteo 2:5, Hechos 4:12, Hebreos 8:6, Hebreos 9:15) y; sin embargo, el mundo y las religiones piensan que también la virgen María, algunos apóstoles o santos pueden ser el medio para la salvación y comunión con Dios.

Te animo a leer (Romanos 1:18-32) ahí entenderás como las personas comenzaron a inventar ideas necias sobre Dios pensando agradarle con esos actos.

Mi pregunta es: ¿Cuántas veces acudimos a la Biblia para verificar que todo lo que nos dicen o enseñan es correcto?

Quizás te denomines cristiano (a), pero si sigues practicando las costumbres que las religiones enseñan; de esa forma no entrarás en el reino de los Cielos.

Que a partir de hoy la palabra de Dios sea tu guía y la que te enseñe a vivir una vida correcta y agradable a Dios.

Oremos:

“Gracias Dios amado porque me enseñas y siempre quieres lo mejor para mí. Por favor, corrígeme en tu amor y tu Palabra para hacer tu voluntad. Toma control de mi corazón para hacer tu obra y nunca dejes que me pierda en las costumbres y tradiciones de este mundo. Si hasta hoy he estado practicando cosas que no están en tu palabra, perdóname y dame una nueva oportunidad. A partir de hoy mi guía será tu palabra y no lo que me digan los demás. Toma mi vida y has tu voluntad en mí. En el nombre de Jesús, amén.”

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Humanismo, nada más

Política humanista: el votante es el que mejor sabe lo que le conviene. Economía humanista: el cliente siempre tiene la razón. Estética humanista: la belleza está en los ojos del espectador. Etica humanista: si hace que te sientas bien, ¡hazlo! Educación humanista: ¡piensa por ti mismo!
(La revolución humanista, en Homo Deus, Yuval Noah Harari)

Este es, según Y.N. Harari en su último y magnífico libro Homo Deus, el mandamiento primario del humanismo: crear sentido para un mundo sin sentido. Las cinco afirmaciones que encabezan esta columna están ilustradas por fotografías que resumen la definitiva victoria del humanismo en todos los órdenes de la vida, incluso el religioso.
Hubo una época en que el cristianismo opuso férrea resistencia al avance de la idea humanista. Pero sólo bastó un poco de tiempo para obligarlo a replegarse: es imposible escapar a la sugestión de que el cumplimiento de los anhelos humanos aquí en la tierra es perfectamente posible. La gente creyente de cualquier religión, que secretamente no abandona la idea de un plan cósmico, tiene un margen de realización mayor: puede ser feliz en esta vida y más tarde en la vida eterna.
¿Por qué afirma el autor que el humanismo nos manda crear sentido para un mundo sin sentido? Porque habiendo abandonado la idea de un plan cósmico – que le confería sentido y unidad a la vida -, el feroz materialismo convertiría a las criaturas humanas en puro objeto. Así, el humanismo devino religión; su propuesta universal busca abastecer las esperanzas, los anhelos, las preguntas de toda la gente. En suma, darle validez a la singularidad humana.
Esta versión fortalecida del humanismo va a ser muy difícil de superar. En la política, la economía, la religión, la ciencia, el arte, el entretenimiento y en todo emprendimiento humano se fortalece y crece porque encuentra un ambiente propicio: todos queremos más. Más salud, más cosas, más entretención, más paz y seguridad. El sistema social existe para eso. Es ubicuo, inescapable, penetrante y cercano a lo absoluto. Es el dios nuestro de cada día.
Parafraseemos a Francis Crick: Al hombre, en tanto hombre, le decimos: ¡Aleluya!

Buscar a Dios

Es curioso cómo casi todos los cristianos definen la oración, el ayuno, la lectura de la Biblia y la meditación en un lugar privado: buscar a Dios. Lo que quieren significar es poner la mente en Dios de una manera dedicada.
Las palabras son una cosa rara: a veces dicen una cosa pero quieren significar otra muy distinta. Buscar, según cualquier definición confiable, es “hacer lo necesario para encontrar a una persona o cosa.” ¿Cómo esto puede tener sentido cuando la persona buscada es Dios? ¿No está en todas partes? No está escondido ni habita un lugar remoto.
Lo veo como una expresión más de ese continuo desplazamiento de la persona humana hacia el centro de todo: Busco a Dios para que, cuando lo encuentre, me responda, me consuele, me ayude, me traiga paz de mente y de espíritu. La característica central de toda religiosidad es la idea de la persona humana elevándose de algún modo hacia la divinidad para lograr de ella algo. El evangelio es algo completamente distinto: es Dios descendiendo a nosotros; no hay esfuerzo humano que pueda producir esto, no hay nada que buscar.
Otra fuente de donde parece proceder esta noción (recordamos eso del “único y personal Salvador”) es el individualismo que predomina en las culturas centrales de donde proviene la mayor parte de la teología y la enseñanza cristiana. Teniendo resuelta toda clase de necesidades materiales y disponiendo de una enorme batería de certezas fabricadas por la economía y la religión es natural que se hayan puesto ellos al centro de todo y a Dios como un servidor, pero no tan expuesto como un sirviente por lo cual hay que buscarlo.
Suena noble y bello escuchar a alguien decir que va a retirarse a un lugar privado para orar y ayunar para buscar a Dios. No vamos a promover aquí ninguna cruzada contra esta práctica. Sólo aportamos una mirada critica, siempre necesaria por estos rumbos.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

¡La fe te hace más saludable!

Para mantenerse saludable, los expertos recomiendan consumir alimentos saludables y hacer ejercicio. Sin embargo, un estudio reveló que la fe es vital para el funcionamiento adecuado del cerebro y, como él es el órgano que conduce a todo el cuerpo, este hallazgo nos abre los ojos a la manera en que tratamos nuestra salud.

Andrew Newbeg y Mark Waldman hicieron una investigación de cómo el creer en Dios afecta a nuestros cerebros, y llegaron a la conclusión que:

La fe es la cosa más importante que una persona necesita para mantener un cerebro neurológicamente sano. De hecho, creemos que la fe es más esencial que el ejercicio, especialmente a la luz de la investigación acumulativa que muestra cómo la duda y el pesimismo pueden acortar su vida por años.

Newberg y Waldman aseguran que la fe fortalece un circuito único en el cerebro que mejora la memoria, la cognición, reduce la ansiedad, incrementa la conciencia social y la empatía. Ellos también estudiaron el efecto de la oración y concluyeron que mejora la fe y “libera poderosos neurotransmisores que aumentan su sentido de alerta, claridad, conciencia y tranquilidad.” A este estudio también se le suma el estudio realizado por Harvard T.H. Chan School of Public Health que reveló que ir a la iglesia tiene efectos en la esperanza de vida.

Por lo tanto, la fe, la oración y la asistencia a la iglesia no solo son formas que nos ayudan a conectarnos con Dios, sino que también tienen un gran impacto en nuestro cuerpo físico.

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Verano del ’59

“Luz de vida celestial, fuego de divino amor, brilla en mi corazón. ¡Ven, inspírame fervor! A cantar ayúdame, dignamente en honor al Cordero que murió por salvar al pecador.” Es domingo a las tres de la tarde hace cincuenta y siete años. Afuera, el calor reverberante de la siesta. Adentro nosotros, niñitos de la Escuela Dominical. Traje, pantalones cortos con suspensores, camisa blanca, corbata y zapatos lustrados. Cantando el himno para empezar, como todos los domingos a la siesta, la Escuela Dominical.
Antes de salir de casa los hijos del vecino nos habían invitado a la pileta. Ellos, con remeras, pantalones cortos, sandalias y la toalla. Nos miraban sin entender por qué estábamos vestidos así: “No podemos. Tenemos que ir a la iglesia”.
Nos arrodillamos para encomendar a Dios el servicio. Pero yo no oro nada. Miro aquel pedacito de cielo azul brillante que entra por las ventanas altas del templo, lleno de promesas de juego y libertad. Miro a mi alrededor: hermanos y hermanas oran de rodillas, todos al unísono con ese tono lastimero con el que oran algunos pentecostales, como si sufrieran.
Casi siempre se cantaba ese himno para empezar la Escuela Dominical que se llevaba a cabo con adultos y niños juntos. Los compases arrastrados no evocaban para nada la pasión fervorosa de la devoción. Pasados los años, pienso en la ironía de la letra que suplica: “¡Ven, inspírame fervor! A cantar ayúdame”. Por supuesto: es difícil estar emocionado con la liturgia un domingo de caluroso verano a las tres de la tarde, a menos que venga alguna ayudita de arriba.
Pero sobre todo me golpeaba, ya tan temprano a los seis o siete años, el tedio de la liturgia. Siempre lo mismo, hasta el hartazgo. Las variaciones sobre el mismo tema ad infinitum. Ya entonces me hería esa obsesión de la gente por atender a esa necesidad de religión que al parecer todos llevamos dentro y que cristaliza en el culto.
Pienso ahora que la liturgia, por más efervescente que sea, termina en el tedio por una simple razón: Religión no es otra cosa que el intento de las criaturas humanas por ascender hacia el Creador. Lo que no entenderemos nunca es que cualquier comprensión más o menos acertada de Dios es exactamente lo contrario: Él descendiendo a nosotros. Todo intento “hacia arriba” termina siendo vano y agotador.
Otro tema para pensar el domingo a la tarde…

La compleja trama

“¿Usted cree que le puedo ayudar? le pregunta el psicólogo a su paciente, un importante banquero europeo que espera en arresto domiciliario los resultados de un juicio de gran impacto público en su contra. “¿Que si usted puede salvarme?”, responde el hombre. “Voy a revelarle una importante conclusión a la que llegué recientemente: nadie puede salvar a nadie. Por una razón muy simple: nadie quiere salvarse.” Es posible que este diálogo, seguramente algo novelado para una película, haya ocurrido efectivamente. El banquero y el caso en su contra son reales y todo terminó con su importante carrera pública.
Que nadie quiera salvarse es una afirmación algo exagerada y por supuesto incorrecta políticamente por estos rumbos. Pero la mirada cruda y honesta con que el protagonista contempla el mundo del que es parte trasunta más verdad de la que estaríamos dispuestos a reconocerle. En alguna parte de la trama reflexiona sobre el idealismo con el que muchas personas inteligentes y promisorias comienzan su carrera y cómo éste se va desmoronando con el paso de los años. Las luchas internas de la institución, la ambición y las enormes debilidades del carácter humano van minando el optimismo con el que uno encara la vida cuando todavía no es confrontado con su lado oscuro.
Si uno ensaya esa mirada sobre las instituciones – políticas, sociales, económicas, culturales y religiosas – un poco más allá del discurso y se remite a la experiencia, no pocas veces toca pensar que los actos humanos parecen reflejar un absoluto desprecio por la salvación, no en el sentido que lo explica la religión sino en relación con el interés mayor de la sociedad. El daño que la gestión de sus dirigentes y miembros causan a la fe pública, a la confianza, a la seguridad y a la tierra lo tienta a uno a pensar que la comunidad humana misma no desea otra cosa que cometer suicidio.
El mundo es más complicado de lo que parece. En gran medida es sórdido y ajeno. Las fuerzas que luchan por su control y por su destrucción no tienen oídos ingenuos. Por lo mismo, el mensaje para tocarlo y estremecer su conciencia no puede ser simplista, azucarado, mágico. Debe entrar en la esfera del conflicto, penetrar su complejidad, comprender su lógica y construir puentes para la comprensión de una salvación que no se logrará con cuatro pasos y una plegaria tipo “Repita conmigo…”

Bajo perfil

“Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.”
Este relato del evangelio de Lucas está lleno de sorprendentes implicaciones. La más reveladora es que los piadosos miembros del templo de Dios, al oír algo que les desagradó, en lugar de proponer un debate o algún tipo de instancia de mediación, no dudaron en agarrar al supuesto ofensor y llevarlo hasta la cima de un monte para matarlo (las cursivas son mías para resaltar la seriedad de la acción).
Uno tiene que agradecer hoy que en nuestros países la religión, incluyendo el cristianismo evangélico, no sea una teocracia; de otro modo, hace mucho tiempo que algún celoso grupo de creyentes me hubiera fusilado en algún oscuro callejón de la ciudad por decir cosas ofensivas para su fe.
La segunda implicación es la posibilidad de desaparecer en medio de una turba furibunda. Sé que al creyente promedio le agrada más la idea que Jesús echó mano de sus capacidades divinas para desaparecer porque eso se ve mejor en el imaginario popular. Pero se me ocurre otra explicación mucho menos dramática pero sugerente: Jesús tenía una apariencia tan común que una vez que dejaba el lugar elevado desde donde solía hablar y se metía en el gentío simplemente desaparecía porque era igual a todos. En algún momento se debe haber zafado de sus captores y se mezcló con la gente.
Eso sería impensable para los dirigentes y personajes cristianos famosos hoy. Destacados en cuanta red social existe, invitados estelares de congresos, festivales y conferencias, rodeados de fornidos guardaespaldas que sólo permiten una o dos selfies o autógrafos, los cristianos famosos de hoy (cantantes, apóstoles, congresistas o autores) jamás podrían tener un perfil tan bajo como para desaparecer de la vista con sólo abordar el metro o caminar por la vereda de una avenida populosa de la ciudad.
Me hace un poco de gracia leer que habiendo sanado a una persona, Jesús le encarga rigurosamente que no diga nada a nadie. Hoy los milagros de sanidad salen en televisión, se ejecutan en grandes asambleas y se publican en todos los órganos oficiales del ministerio.
Pompa y circunstancia: algo tan ajeno al bajo perfil del Señor…

¡La Decisión es Tuya!

Hay muchas personas que cuando de Dios hablamos, no pueden creer que: ¡Dios se ponga bravo con quienes deciden a conciencia hacer algo que no está bien! Que quede claro: Él se molesta, y a veces también castiga, sí, ¡para que aprendamos!

Si alguien nos hace daño con intención, acaso ¿no nos molestamos? Por supuesto, sólo que en el caso de Dios, no se molesta porque le hagamos daño a Él. No podemos hacerle daño a Él. Se molesta, porque nos estamos haciendo daño nosotros mismos. Lo que viene después, no es castigo divino. ¡No! Lo que viene después es la consecuencia de nuestras decisiones, de nuestras acciones. Tenemos que tomar responsabilidad por lo que hacemos. Ya basta de culpar a Dios o de buscar a quién culpar. Dios nos dio libre albedrío. De eso se trata. Él nos deja y si no consultamos con Él, si decidimos hacer algo que sabemos le puede disgustar, lo más probable es que luego sintamos las consecuencias. Esas consecuencias pueden ser rebote directo de nuestras acciones y también pueden ser cosas que Dios permita que pasemos, como una dura prueba, para formarnos.  A Dios nadie lo burla ni lo confunde. Nosotros sabemos muy bien cuando estamos haciendo algo incorrecto. Desde que lo pensamos ya lo sabemos. Está en nosotros tomar acción para detenernos nosotros mismos. Eso es el auto control, la madurez. Eso es lo que voluntariamente nos hace decidir lo correcto, lo que nos hace controlar nuestros impulsos, nuestra carnalidad. Así como un fuego comienza con una pequeña chispa y un aguacero con una gota de agua, nuestras malas acciones comienzan con un pensamiento, con un deseo. Si queremos complacer a nuestro Padre, apenas vemos que vamos a resbalar, nos tenemos que arrepentir y pedirle perdón y hasta solicitar Su ayuda para no caer.

Nuestro Dios es muy claro en lo que está bien y en lo que no. Y nos dejó Su guía para enterarnos, la Biblia. Leerla a diario nos fortalece, nos llena de conocimiento, sabiduría y prudencia.

Hoy día no dejo de leerla, pues es el libro que nos aleja del pecado, y por eso, el malvado nos quiere alejar de ese libro. No lo dejes. A través de la Biblia nos comunicamos mejor con nuestro Creador, lo conocemos más; y al final, eso es lo que Él desea, que tengamos una relación estrecha diaria con Él. No una “religión”.

¿De quién es la culpa?

Hoy estoy muy entusiasmado por que iniciaré  una nueva serie de editoriales que pretenden desafiar algunas creencias o dogmas que a veces damos como doctrinas bíblicas.

Recientemente revisaba una interesante noticia en la internet (noticiacristiana.com) donde se indicaba que los miembros de la comunidad ortodoxa de Rusia ejercería presión religiosa al gobierno del presidente Vladimir Putín para que apruebe nuevas leyes que obligue a la empresa estadounidense de tecnología portátil más importante del mundo, a remover la famosa manzana de su logotipo mundialmente conocido. La institución eclesiástica recomienda que cambien la imagen actual por una figura muy simbólica para los cristianos de todo el planeta.

Los integrantes de la Iglesia Ortodoxa están reclamando que dicha compañía de computadoras, teléfonos, procesadores de música, se sujete a su reclamo y hagan lo que ellos dicen, si desean seguir vendiendo sus equipos en este país del continente asiático . Como dato intrigante y noticioso, es importante señalar que esta organización sacra, fue responsable y en gran medida ayudó a la re-elección del Sr. Putin en su campaña electoral durante el 2012. Fuentes fidedignas aseguran que la presión que ejerce la membresía ortodoxa hacia el gobierno ruso, producirá la aprobación de nuevos reglamentos gubernamentales que evidenciarán que la empresa Apple comete actos blasfemos, antirreligiosos, y ofensivos hacia los valores espirituales de la nación rusa.

¿Por qué una MANZANA MORDIDA es la raíz de esta controversia?

Bueno, al parecer  en esencia esta fruta como logotipo utilizada en  Apple desde el 1976,  es el combustible de esta disputa religiosamente caliente. Durante 35 años, y  de manera ininterrumpida el diseño de una manzana mordida ha sido el ícono de marca registrada para esta empresa de influencia mundial.

Según la cultura popular y dentro de algunas comunidades religiosas, una manzana es utilizada en muchas ocasiones para representar el fruto que trajo la desgracia a la humanidad por causa de la decisión de Adán y Eva en desobedecer la recomendación de no comer del árbol del bien y del mal. Es interesante ver que se ha establecido como enseñanza bíblica que fue una manzana, cuando realmente el tipo de fruta que comieron los primeros esposos no se menciona en el relato del Edén que presenta la Biblia. No obstante en la próxima edición voy a presentar datos del origen de la manzana mordida en la imagen de Apple; del por qué la Iglesia Ortodoxa de Rusia recomienda que la cambien por una cruz, y de donde surge la afirmación de utilizar la manzana como doctrina religiosa.

Este precedente que persigue establecer la Iglesia Ortodoxa en Rusia, debe llevarnos a reflexionar en lo siguiente:

  •  ¿Debe la Iglesia como representante de Cristo en la tierra, involucrarse en movimientos puramente partidistas y legalistas?
  • ¿Es peligroso para la sociedad la combinación del partidismo y el legalismo?
  • ¿Que sugiere esta declaración de Cristo? cuando dijo y citó:  “Darle al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios”

Finalmente, debemos recordar que el fundamento de nuestras motivaciones debe ser la convicción en lo que fue establecido por Jesucristo. El dejó muy claro toda la doctrina divina que debe regir nuestra vida y nuestra conducta ante cualquier asunto, sea político, financiero, social, o familiar. Su ejemplo fue su carta de presentación, y hoy todavía tiene vigencia. Haya sido una manzana o no, el fruto que mordieron Adán y Eva no fue la causa de la maldición para la humanidad, sino la desobediencia a Dios y su voluntad humana para desafiar la recomendación divina de hacer lo que no se debía hacer.

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¡Lo mejor de la vida para ti y los tuyos!

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