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El que ama es nacido de Dios

“Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” 1 Juan 4:7-8 (NTV)


Cuando aceptas a Jesús en tu corazón, Dios se convierte en el dueño y Señor de tu vida, eso quiere decir que tu manera de vivir cambia y la primera característica que aparece en ti o debería reflejarse es el amor.


Es imposible que digas que eres cristiano(a) y no reflejes amor. Cuando vas a la piscina y te sumerges en ella sales empapado de agua, de la misma manera cuando te sumerges en la presencia de Dios sales impregnado de Su amor, porque Dios es amor.


Seguramente conoces el refrán: “de tal palo, tal astilla”, para los hijos de Dios es: “De tal Padre, tal hijo(a)” Por lo tanto, aquello que debe caracterizarte es el amor, porque eso demuestra que el Señor está en tu vida y mantienes una relación de comunión con Él.


Pregúntate: ¿Reflejo el amor de Dios en mi vida? ¿Trato a las personas con amor? ¿En mi familia me conocen por ser una persona llena del amor de Dios? ¿Cómo reacciono cuando alguien me lastima?


Si realmente Dios está en tu corazón vas a amar de igual manera a todos, incluso a aquellos que te lastimen, pues nuestro Señor Jesucristo nos dio el ejemplo y no dejó de amar a nadie. Él amó incluso a aquellos que lo rechazaron y cuestionaron.


“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.” 1 Juan 4:20-21. (NTV)


Si reconoces que te cuesta amar, hoy es un buen día para ir a la presencia de Dios y llenarte de Su amor. Si luchas para perdonar y amar a los que te lastimaron, dile al Señor que sane tu corazón y llene de su Espíritu.


El amor es muestra de que Dios habita en tu corazón.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

No guardes rencor a tus padres

“Cuando oren, perdonen todo lo malo que otra persona les haya hecho. Así Dios, su Padre que está en el cielo, les perdonará a ustedes todos sus pecados” Marcos 11:25 (TLA).

Hay hijos que han tenido que soportar situaciones traumáticas como el maltrato o la violencia de sus padres. Los recuerdos dolorosos pueden durar años guardados en el corazón provocando rencor y falta de perdón.

Sin embargo y más allá de la gravedad de estos hechos traumáticos, es necesario perdonar, tanto para la sanidad personal de las heridas como para mantener una saludable relación con Dios. El rencor trae amargura a nuestro corazón, afectando la relación con Él.

¿Quieres tener un corazón feliz? Perdona, pues el perdón es parte del proceso de sanidad.

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¡Perdona y sentirás paz!

“de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.” Colosenses 3:13 (NVI).

Recordemos que el costo de nuestro pecado es algo que no podemos pagar pero Dios a través de su gracia nos da Su perdón. Cuando no queremos perdonar a las personas que nos dañaron, nuestra vida se llena de amargura y resentimiento. Por eso, no esperes a que te pidan perdón, da tú el primer paso, perdonando de la misma forma que Dios te perdonó.

Al perdonar, sentirás que una gran carga se va de tu vida y recibirás paz en tu corazón, lo cual hará que te sientas mejor con Dios y contigo mismo.

¡Animo, da el primer paso y perdona!

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Qué hacer cuando no soportas a tu jefe

El trabajo –además de ser satisfactorio y de provecho para tu salud– es una fuente de ingreso que te permite solventar las necesidades y gastos. Sin embargo, a veces te encuentras con un obstáculo que entorpece tu rendimiento: la relación con tu jefe. Cuando no te llevas bien con ellos y la relación se vuelve más y más tensa, es difícil que tu centro laboral se convierta en un lugar al que desees asistir con alegría. Es más, un estudio1 demostró que si te sientes a gusto en un empleo se refleja en tu productividad y bienestar general. Esto significa que debes tener una buena relación con tus colegas y compañeros del trabajo, pero ¿qué puedes hacer si tu jefe es insoportable?

Cuando su forma de ser es desagradable

Una investigación2 encontró que las personas son más felices cuando muestran su verdadera personalidad en el trabajo. Esto es porque permite que las personas mejoren sus conexiones personales, formen relaciones con otros y deshagan sus mentes de pensamientos no deseados. Además, aquellos que expresan sus verdaderas formas de ser experimentan menos ansiedad y estrés, mejor satisfacción laboral y tienen un mayor compromiso con su posición. Por otra parte, esto también puede ser contraproducente pues pueden desagradar a los demás. Es decir, si un jefe muestra sus rasgos de la personalidad abiertamente, puede ser amado o rechazado por sus empleados.

Si te desagrada la personalidad o forma de ser de tu superior, lo que puedes hacer es:

  • Ser tolerante: No puedes esperar que todos sean iguales a ti. Tampoco puedes cambiar a tu jefe. Lo que sí puedes hacer es respetarlo y ser de buena influencia en su vida para ayudarle a ser mejor.
  • Conversar con él o ella: A menudo las personas actúan sin saber cuánto afectan a los demás. Si hay un comportamiento que te perjudica, hiere o desagrada es mejor que se lo hagas saber. La intención de esto no es atacar ni poner en riesgo tu empleo, sino dialogar con sabiduría y llegar a un acuerdo y entendimiento mutuo.

Cuando abusa de su poder

Abraham Lincoln dijo: «si quieres probar el carácter de un hombre, dale poder». Mucha gente utiliza el poder y la posición que tiene para menospreciar y abusar de los demás. Si ése es el caso que estás viviendo y tu jefe te:

  • insulta o utiliza un lenguaje vulgar u obsceno contigo,
  • humilla con sus palabras o acciones,
  • obliga a hacer cosas que no son parte de tus funciones laborales,
  • utiliza para sus propios intereses,
  • hace insinuaciones sexuales,
  • discrimina por algún motivo,
  • pide que trabajes de más y te paga lo mismo,

Entonces está abusando de su cargo y no es algo que debas tomar a la ligera. En este caso lo que puedes hacer es:

  • Conversar: El primer paso para solucionar un problema es la comunicación personal y verbal. Puedes tomar medidas extras de precaución (llevar un testigo, grabar la conversación, etc.), dependiendo de la clase de persona que sea tu jefe.
  • Dejar una constancia por escrito: La existencia de un documento que prueba tus quejas es un seguro que te protege y además te defiende. Si la situación no se solucionó cuando conversaron, éste es un mejor recurso.
  • Buscar otro empleo: No tienes por qué soportar el abuso laboral. Puedes buscar la ayuda de un ente superior  (alguien de mayor rango o quejarte en las oficinas del gobierno) y dejar constancia de lo que ocurre en tu trabajo. Esto te servirá como referencia cuando busques otro empleo y también alertará a otros que quieran postular al mismo trabajo.

Cuando lleva sus problemas personales al trabajo

La vida laboral y la personal deben estar separadas. No obstante, muchos llevan sus problemas de la casa al trabajo y viceversa. Hay personas que se desquitan con otras por problemas que no tienen nada que ver con la situación. Si eso es lo que hace tu jefe, lo que puedes hacer es:

  • Orar: Nunca sabrás la magnitud de sus problemas, pero Dios sí. La Biblia dice que debemos orar por aquellos que nos hacen mal (Mateo 5:44, Lucas 6:28). Por lo tanto, antes de juzgar y criticar sus acciones, ora por esa persona y pídele a Dios que le dé Su paz.
  • Decirle la verdad: Puede que tu jefe desconozca que su actitud afecta la productividad de su trabajo; si le explicas sabiamente este punto, él o ella aprenderá a no dejar que sus problemas de casa interrumpan el ambiente laboral.
  • Ofrecer tu ayuda: Los gestos sinceros son siempre bienvenidos. Ofrecer tu ayuda puede ser un paso para que tu jefe se sobreponga ante sus problemas y mejore su humor en el trabajo.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

1Wright, T., & Cropanzano, R. (1997). WELL-BEING, SATISFACTION AND JOB PERFORMANCE: ANOTHER LOOK AT THE HAPPY/PRODUCTIVE WORKER THESIS. Academy Of Management Proceedings, 1997(1), 364-368. doi: 10.5465/ambpp.1997.4988986
2Rice University. Be yourself at work -- It's healthier and more productive: Disclosing non-visible stigmas to co-workers leads to a happier life. ScienceDaily. Recuperado el 26 de febrero de 2019, de www.sciencedaily.com/releases/2019/02/190225105109.htm

¡Rompe tus ataduras!

“El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura?” Isaías 58:6 (NVI).

La voluntad de Dios es que seamos libres de todo yugo, esto a través de la fe en Jesús y del Espíritu Santo que transforma y limpia, el ayuno es un arma espiritual de mucho poder que nos permite derribar fortalezas que son difíciles de destruir.

Quizás albergas en tu corazón sentimientos negativos, como la amargura o rencor por el daño que te han hecho y no has podido perdonar aquello. Por ejemplo, la falta de perdón es una atadura que te roba la paz y santidad,  por lo tanto, es necesario que hagas algo al respecto y no permitas que este mal te aleje de vivir una vida plena.

Te animo a dar el primer paso para ser libre de todo, aparta un tiempo para ayunar y así soltar a las personas que te han dañado, renuncia al rencor, al resentimiento y a los deseos de venganza.

El ayuno además de derribar las ataduras en tu vida te llenará de fortaleza para que sigas adelante y tengas paz en tu corazón.

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Nostalgia del futuro

Un espacio entre el cielo y la tierra. Tal vez una cabaña a la orilla del río, en medio de la montaña, lejos pero cerca. Arboles gigantescos, álamos o eucaliptos que desenreden el viento en las tardes de verano. También sería bueno una galería abierta que se convierta en platea para “catear” la luna tarde en la noche y donde despejar de tanto en tanto un vaso de vino.

Una charla improvisada sin reclamos ni tomas de razón; sólo estar ahí y dejar que la cabeza desagüe su diluvio de pensamientos atrasados. Alterar apenas la conciencia para detectar si algo uno ha aprendido o se tiene que tropezar en lo mismo de nuevo. Tener la presencia de ánimo para deshacer los malos tratos que uno le propinó a los inocentes y a los no tanto. Desbrozar con pausada dedicación la hierba que anduvo creciendo en el caminito de la amistad – si fuera posible.

Una cierta disposición a dejar – o disminuir – las cosas que hacen mal: el enojo, el azúcar, la pena, las harinas, el remordimiento, algunos vicios innecesarios, el resentimiento, el sedentarismo (¿Por qué me cuesta tanto todavía adoptar el gusto de caminar los cerros y las orillas?), la soledad, más allá de su medida recomendable, digamos. Y cosas así…

Paciencia y más compasión con las cosas que no van a cambiar nunca o se van a demorar mucho en ser diferentes. Sensibilidad para captar las que ya están cambiando y humildad para reconocerlas. Disposición a colaborar con quienes tienen las ganas pero no los recursos. Acompañar a otros en sus tareas y más generosidad con el tiempo propio.

Anaqueles para los libros de todos los tiempos y para los nuevos. Más horas para leer y menos para mirar series y noticias. El papel, el papel que nada ni nadie podrá cambiar para mí aunque un día ya no haya más documentos materiales y todo sea nubes y soportes virtuales. Tiempo para las librerías de viejo o la sección de “baqueteados” de Expolibro donde se hallan pequeños grandes tesoros, como el del otro día cuando encontré Climas de André Maurois.

Finalmente, menos, mucho menos ropa y zapatos, menos artefactos, muebles y aparatos. La comida y la bebida justa. Las ventanas, la luz del día, los cuadros absolutamente necesarios. Y desde el principio de los tiempos de mi vida hasta el último día, el silencio. El silencio respetable, señorial, educado, sensible, oportuno…

¿Resentido con Dios?

Hay personas que no pueden entender la razón de alguna prueba por la que están pasando, en vista de que siempre han hecho lo correcto. No les parece lógico que si son buenas personas, se están reuniendo en su iglesia y estudian su Biblia a diario, les pueda por ejemplo dar cáncer, o se les pueda morir un hijo pequeño en algún accidente o por alguna enfermedad.

Yo recuerdo bien, que yo me sentí muy agradecida de haber recibido a Jesús antes de que mi hermano más cercano para el momento, falleciera por cáncer de pulmón. Porque estoy segura que si no, me hubiese puesto a pelear con Dios. Me hubiera sentido muy mal, porque mi hermano fue siempre un muy buen hombre.

En la Biblia, en Génesis 32 vemos que Jacob peleó con el ángel de Dios para que lo bendijera. Y yo sé que si peleamos o nos molestamos con Dios Él nos puede entender. Él no se va a enojar. Él nos ama así de infinito.

Pero a la vez nos tenemos que preguntar a nosotros mismos: ¿quiénes nos creemos que somos para estar cuestionando al Creador del Universo y de todo lo que existe? ¿Cómo osamos?

Tal vez por nuestra naturaleza, que siempre ha querido parecerse más a Dios de lo debido. Ése ímpetu que llevamos en nuestros corazones cuando amamos con pasión. Él creó esa pasión, Él creó nuestro carácter y Él nos conoce desde antes de haber estado en el vientre de nuestras madres. Así que para Él, serán esas reacciones nuestras, como para nosotros las pataletas de lo niños pequeños.

Yo pienso que Él nos permite hasta expresarnos de manera incorrecta. Si lo hemos recibido en nuestro corazón, Él mismo nos va a ir haciendo ver lo errados que estamos y que el Soberano es Él y quien decide todo es Él.

No te sientas mal si estás molesto o molesta con Dios, pero si te aconsejo que le hables, te desahogues, siempre con el respeto que se merece Su Majestad. Reclámale y déjale saber cómo te sientes. Te garantizo que llegará el momento en el que te hará sentir la paz inigualable que sólo Él da. Por un lado te vas a sentir satisfecho (a) por desahogarte y por el otro vas a sentir renovada tu relación con Él. Siempre les recuerdo que Él lo que más desea de nosotros es una amistad, una relación, más que una “religión”.

Con nuestros hermanos a veces nos podemos pelear, con nuestros amigos, y luego nos decimos las cosas y nos perdonamos y seguimos siendo familia. Seguimos la amistad. Nos olvidamos y seguimos la vida. No es bueno guardar molestias. Se tornan en resentimientos y eso no nos hace bien para nada.

Expresarnos con Dios es lo mejor. Además, antes de que digamos la primera palabra, ya Él sabe lo que vamos a decir. Nos conoce mejor que nosotros mismos.

No te resientas con Dios, no te guardes las cosas, los sentimientos, tu opinión en cuanto a tu entorno o tu situación. Cuando con respeto vas a Él y le hablas y te expresas, Él te va a ayudar. Dalo por hecho.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

¿Qué pasa si no quiero perdonar?

Tiempo atrás, conversaba con alguien sobre la importancia del perdón. En la conversación surgió la pregunta “¿y qué pasaría si no quiero perdonar la ofensa?” Para explicarle a las malas consecuencias de guardar resentimiento contra alguien, le conté una historia:

Mi historia

Una vez alguien me hizo algo que afectó gran parte de mi vida. Durante un buen tiempo, esa persona se dedicó a esparcir información sensacionalista y falsa sobre mí que todos creyeron. Esto hizo que, sin conocerme, las personas tengan listas etiquetas para describirme, señalarme y rechazarme. En aquel tiempo, pese a que sabía que esa persona era la responsable, nunca hice nada por encararla ni pedirle explicaciones. Mi indiferencia ante los comentarios del resto solo ayudó a que las calumnias se hicieran más fuertes y mi vida se convierta en algo muy parecido a un infierno. Sin embargo, un buen día, esta persona se acercó a mí, llorando y confesando lo que había hecho. Entre lágrimas al final me dijo: “¿puedes perdonarme?”

Me quedé paralizada.

Había esperado palabras hipócritas de su parte, porque aunque hablaba mal de mí, nunca dejaba de tratarme como si yo fuera su amiga más íntima. Y cuando escuché su pregunta, me vino a la mente todo lo que otros me hicieron por culpa de los falsos rumores que esa persona había esparcido. Pensando en retrospectiva, puede que ella haya sido quien puso la semilla, pero los que se encargaron de nutrirla con más mentiras y rechazo, fueron los demás. Por todo esto, lo primero que se me vino a la mente fue:

“Lo siento, pero no puedo perdonarte. No puedo perdonarte porque decir que «lo sientes» o que «te arrepientes», no repara el daño que hiciste. ¿Te parece bien si te apuñalo con un cuchillo y luego te pido perdón? No. Mis palabras no sanarían tu herida y así tampoco las tuyas sanarán la mía.

En mi cabeza habían miles de pensamientos enredados y en conflicto, pero no podía articular ninguno de ellos. Me quedé en silencio, y antes que me diera cuenta, de mis ojos brotaban lágrimas de ira. Esa persona siguió hablando, pero nada de lo que dijo podía hacerme cambiar de opinión. Intentó abrazarme, pero no me moví. Se fue y ni siquiera levanté mi vista para ver su silueta. Desde ese día, fue como si me hubiesen puesto un enorme peso encima que ni yo sabía que existía.

Es irónico pensar que antes de ese incidente, yo le restaba importancia al asunto y no tenía ninguna clase de sentimiento negativo hacia esa persona. Pero cuando me pidió perdón, fue como si el daño que me hizo se hubiese concentrado y convertido en una piedra invisible que debía cargar. Prefería cargar ese peso y no perdonarla porque, en mi ingenuo pensamiento, esa era mi forma de castigar a esa persona.

Esto continuó por años. Intenté olvidar lo sucedido y dejar el pasado en el pasado, pero solo era un cuento que me repetía a mí misma. Hasta que un día me puse a pensar en los miles de errores que cometo a diario y cuántas personas ofendo a propósito y sin intención, y me di cuenta que realmente necesitaba el perdón de otros. Pero esto me enfrentó con la realidad. ¿Cómo podía pedir perdón si yo misma no había perdonado? Lamentablemente, esa persona prácticamente desapareció y no tuve forma de comunicarme, así que lo único que hice fue orar y decir al aire: “××××××, te perdono”.

Está por de más decir que el peso del odio desapareció y por fin pude tener libertad. Aquel día entendí que para perdonar hace falta reparar el daño, pero que eso no sirve como condicional. El perdón debe ser parte de nuestras vidas porque quien no perdona es el que se lleva la carga y no aquel que ofendió. No siempre es fácil hacerlo, pero tampoco es una excusa para dejar que sus raíces se hagan tan fuertes que con el tiempo cueste aún más sacarlas. Además, debemos perdonar si queremos ser perdonados (Lucas 6:37).

 

 

Originalmente publicado en: https://wp.me/p9gNWh-5N

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

¿Traicionado?

“Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios.” Isaías 50:10 (RVR 1960)

El dolor producido por una traición es difícil de superarlo cuando uno permite que el resentimiento permanezca en el corazón. Recuerde que José, un personaje de la Biblia, fue vendido como esclavo por sus propios hermanos, pero a pesar de que en ese momento su futuro era incierto y carecía de luz, él prefirió confiar en Dios y aceptar la situación con fe; por lo cual, en la Palabra de Dios dice: “Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero (…)” Génesis 39:2. En ese momento José no entendía lo que estaba pasando, y así muchas veces no entendemos porqué personas que amamos nos traicionan, pero tenemos la opción de mantener un corazón sano, confiar y apoyarnos en nuestro Señor.    

Por Neyda Cruz

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Cómo perdonar?

“Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios. Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos.” NTV Hebreos 12:15

Sabemos que no puede haber matrimonios perfectos, cuando quienes lo forman, son por naturaleza imperfectos. Por lo tanto y aún con buenas intenciones, los cónyuges suelen causarse heridas que de no ser sanadas pueden llevar al resentimiento, falta de perdón o amargura. Es en estas situaciones donde debemos aplicar el perdón. Si aún el orgullo de querer tener razón te gana para no pedir perdón a tu pareja, pídele ayuda de Dios. En su palabra menciona: “No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu dice el SEÑOR Todopoderoso” Zacarías 4:6 NBD.

Por Danitza Luna

 

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¿Heridas abiertas?

“Si tú dispusieres tu corazón, y extendieres a Él tus manos; si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti, y no consintieres que more en tu casa la injusticia, entonces levantarás tu rostro limpio de mancha, y serás fuerte, y nada temerás; y olvidarás tu miseria, o te acordarás de ella como de aguas que pasaron.” Job 11:13-16 (RVR 1960)

¿Dejarías entrar a un ladrón a tu casa? Por lo menos, sé que harías todo lo posible  para defender a tu familia, llamarías a la policía o a tus vecinos para que te socorran. Pero a veces no actuamos de la misma manera cuando se trata de la falta de perdón, amargura, resentimiento, u otros sentimientos negativos que invaden nuestro ser. Estos pecados quieren destruirnos, nos quitan el gozo, no dejan que veamos la bondad en las personas, derriban relaciones y mucho más. Por ello, Dios quiere sanar toda herida del pasado, pero solo lo hará cuando aceptes su perdón y así podrás ofrecer el mismo perdón a otras personas.

Por Neyda Cruz

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Libera al prisionero

Normalmente las personas se rehúsan a perdonar porque creen que el resentimiento guardado lastima a quien las ofendió, llegan a creer erróneamente que con esa actitud se están vengando por el mal que les hicieron, cuando en realidad aquél que guarda odio y rencor es víctima de sí mismo.

Efesios 4:31-32 (NTV) dice: Líbrense de toda amargura, furia, enojo, palabras ásperas, calumnias y toda clase de mala conducta. Por el contrario, sean amables unos con otros, sean de buen corazón, y perdónense unos a otros, tal como Dios los ha perdonado a ustedes por medio de Cristo.

Si Dios perdonó todos nuestros pecados ¿por qué no somos capaces de perdonar las ofensas de los demás? ¿Será porque hemos permitido que la amargura vaya carcomiendo nuestro corazón y nos haya vuelto insensibles a la voz de nuestro Padre Celestial, que preferimos devolver de la misma manera el daño que nos causaron cuando Jesús nos manda a  amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos?

Para nadie es fácil perdonar, pero con la oración y la ayuda de Dios es posible, porque no lo hacemos en nuestras propias fuerzas sino con el poder del Espíritu Santo, quien nos fortalece todas las veces que nos sentimos débiles y pone en nuestro corazón esa paz que sobrepasa todo entendimiento.

¿Quieres volver a sonreír y tener ese tipo de paz? Da el primer paso: perdona y deja en libertad al prisionero que tienes en tu corazón, que eres tú mismo, no la persona que te ofendió. Esa es la única manera para que puedas ser feliz, estando en paz con Dios y con demás.

El apóstol Pablo dijo: ―Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres… Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber…No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. Romanos 12:18,20-21.

Es una disposición del corazón, guardar rencor o perdonar.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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