social Archives | CVCLAVOZ

All posts in “social”

¡Que no se apague el fuego!

¿Alguna vez has intentado mantener una vela encendida con el viento en tu contra? Seguramente has vivido esta experiencia cuando te encontrabas en un día de campo o tenías que cocinar al aire libre. A mí me sucedió hace poco cuando fuimos a la casa de un amigo con una torta a sorprenderlo por su cumpleaños, como el lugar era abierto el viento no permitía que la vela permanezca encendida; necesitamos la ayuda de varias manos para cubrir la vela del viento, fue bastante divertido.

Comparto esta anécdota porque los seres humanos siempre necesitamos del otro, somos seres sociales, una persona que se encierra en las tinieblas de la soledad simplemente está manifestando que no se encuentra bien, tiene un problema y necesita ayuda.

“Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; más cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec. Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol.” Éxodo 17:11-12

Moisés era un gran líder, un hombre que hacía milagros y prodigios con la autoridad de Dios, pero era humano; es decir, también se cansaba, era inseguro e incrédulo al principio, antes de cumplir el llamado que tenía; además en ocasiones no controlaba su enojo lo que provocó consecuencias negativas en su vida.

Por estas razones, Moisés necesitaba personas a su lado que lo ayudaran a levantar las manos cuando él se cansaba, de lo contrario perdería la guerra.

Los desafíos que enfrentamos en la vida son así, ninguno es autosuficiente. Si deseas vencer, tener éxito, salir victorioso del problema que enfrentas necesitas personas que te alienten y apoyen a salir adelante.

Así mismo, puedes ser tú el apoyo para otros, para que los demás permanezcan con el fuego del Espíritu de Dios encendido en su corazón necesitarán del apoyo de sus hermanos. Te animo a salir de la soledad, a buscar apoyo y apoyar a los demás para que la pasión por el Señor no se apague.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

¿Y Dios…?

“No estoy de acuerdo”, me escribió una vez una joven cuando hacía el programa Entrelíneas en Chile. “El único que puede cambiar las cosas es Dios”. Yo había hablado acerca de algún tema de los que siempre me preocupan y había apelado a la participación de los cristianos en la esfera pública. “Además,  agregó, la Biblia dice que todo va a ir de mal en peor hasta que el Señor venga y si tratamos de mejorarlas vamos a atrasar su venida”.

No debemos juzgar severamente el razonamiento de la joven auditora porque no es más que la consecuencia lógica de la enseñanza que urge a los creyentes a no participar en las cosas del mundo porque no somos de él. Ya discutimos este punto antes aquí. Me pregunto otras cosas hoy día.

Si Dios es el único que puede cambiar las cosas y tiene el poder para hacerlo, ¿porqué no las cambia? ¿Le es completamente indiferente el dolor inenarrable de miles de millones de seres humanos?

Si es necesario, como sugiere mi auditora de entonces, que haya mucha maldad en el mundo para que Él venga, ¿no le parece que ya hay suficiente cantidad y que estaría muy bueno que todo ese mal terminara por fin?

¿Es verdad eso de que si cambia el corazón de las personas la sociedad cambia? Hay países con muchos millones de personas con corazones “cambiados” y la sociedad sigue su curso descendente.

Por supuesto, estoy siguiendo aquella línea de pensamiento. Yo creo que las cosas van por otro lado.

No creo en intervenciones “mágicas” de Dios para arreglar los problemas del mundo. Me parece que sus fieles tienen la responsabilidad histórica en entender los conflictos que afectan a la sociedad y participar activamente en la mejoría de las cosas hasta donde, en plena conciencia, les sea posible. Decir que eso “atrasaría” su venida, la pura verdad, es una conclusión insostenible si no impresentable.

Pocas veces en otras esferas del quehacer social he visto tantas excusas para evitar la participación sacrificada en la realidad social. Hay organizaciones y colectivos que a gran precio personal y aún económico luchan por mejorar los días de la gente.

Esa indolencia es más cruel cuando ni siquiera proviene de convicciones teológicas sino del deseo de disfrutar de paz y seguridad económica no importa a qué precio.

Es hora de preguntarse “¿Y los creyentes?”, en lugar de “¿Y Dios?”

La purga

Acabo de ver la película The Purge: The election year (La depuración: el año de la elección). La trama se desarrolla en un imaginario Estados Unidos gobernado por los Nuevos Padres Fundadores quienes han establecido un día al año en que por doce horas la gente puede eliminar, por cualquier medio, a los indeseables. Una senadora acusa a los gobernantes de usar esta medida no sólo para quitar de la nación a los malhechores sino para destruir también a todas las personas que reciben ayuda del estado: pobres, indocumentados, minorías marginadas.

No es una joya de filosofía social por cierto pero provoca a pensar en esos políticos que sustentan la idea de que hay que erradicar el mal social de una forma violenta en favor de la gente “buena” y garantizar una estabilidad económica que no sea amenazada por la pobreza.

Me parece que es un buen deseo el que no haya crimen, pobreza y desorden y que se pueda garantizar el orden y el progreso social. Un poder ejecutivo, legislativo y judicial solventes y un modelo económico justo deberían contribuir a ese fin. Pero la historia demuestra lo difícil que es lograr estos fines. Y lo que relativamente se logra está teñido por la corrupción, diferentes modos de opresión e injusticia de manera que los males sociales persisten.

Pero de ahí a pensar que los modos violentos y dictatoriales son la solución hay una distancia moralmente insalvable. Tendría que haber otros medios y de eso trata el más serio de los asuntos de que deben ocuparse las instituciones de la política, la justicia, la economía, la educación, la familia… y la iglesia.

A lo expuesto por esta película y otras como El cuento de la criada, El libro de Eli, la saga Mad Max y muchas otras se denomina distopía, que a diferencia de la utopía, evoca un mundo futuro que se considera indeseable. Aunque algunas tramas, con todo lo distópicas que son no parecen tan irrealizables. Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada, ha dicho que deberíamos luchar con todas las fuerzas posibles para evitarlas.

Aunque no tengo mucha esperanza en un contrato social en el que todas las fuerzas políticas y sociales hagan un pacto por mejorar las condiciones actuales de la sociedad, todavía creo que es el único camino.

¿Será posible que las personas puedan reconocer dentro de ellas lo mejor y aportarlo para mejorar los días?

Justicia pendiente

¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?*, pregunta Jeremías a Dios alegando su causa delante de él. Hay que advertir que no está quejándose porque a él no le va bien y a los malos sí. Es muy importante recordar que la perspectiva de los profetas es siempre social, siempre pública. Así que este pasaje debe entenderse como la angustia que cualquier persona de bien tendría frente a la situación en la que se encuentran muchos de nuestros países hoy.

Personas poderosas que se han enriquecido robando o engañando al Estado, que han asesinado, han ordenado o han consentido en el asesinato de personas, gente que ha recibido enormes sobornos con evidente daño a la estructura fiscal, que han participado en negocios ilícitos, que han concentrado perversamente poder político, económico, comunicacional – en fin, usted nómbrelo -, mantienen no sólo su libertad y escapan al ya bastante dudoso brazo de la ley, sino que siguen ocupando importantes cargos en la esfera ejecutiva, legislativa, judicial y económica.

La bronca del pueblo es precisamente la de Jeremías: ¿cuándo van a ser juzgados y a pagar sus fechorías? Bronca que se profundiza cuando uno siente que estos personajes literalmente se jactan de su impunidad, se esconden en los artificios de una ley debilitada, blasonan de íntegros y leales. No sólo prosperaron y siguen prosperando sino que se ríen de la justicia.

En alguna parte se pregunta un poeta bíblico, “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?” En amarga sátira decía un columnista que leí hoy, “Si la justicia no llega, entonces burlemos la justicia también nosotros, pero hagámoslo bien, no seamos más giles.

No parece haber una fuerza social que pare esta burla macabra a lo que alguna fue el espíritu de la Constitución Política de nuestros países, que abogaba por naciones justas, por ciudadanos respetuosos y si fuera necesario, temerosos de la ley, con un orden jurídico fuerte y una justicia efectiva.

En algunas ocasiones en la historia esa fuerza social fue ejercida por cristianos que entendieron el reino de Dios y el Evangelio no únicamente como una platónica mirada a un venturoso más allá, sino como una acción directa y responsable en el tejido social para sanar la nación y restituir el orden perdido.

Loables llamados a la oración tienen su lugar, pero sin acción consecuente resultan estériles.

(*Jeremías 12:1)

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Ausencia

Cruzo en un bus la ciudad hacia el centro. Es la parte que no figura en las páginas del servicio de turismo ni en los folletos de las agencias de viajes. Es el lado oscuro, el de la violencia, el abuso, el tráfico disimulado de drogas, el robo, el de las calles por las que no se puede caminar de noche, los barrios donde ni la policía quiere entrar. Las poblaciones donde se amontonan las familias, los pasajes estrechos, los mil artilugios para sortear la pobreza.
Leo que el proyecto político no alcanza. Las promesas de la campaña que no pudieron cumplir. La gran fachada del servicio público se derrumba con la denuncia de los dineros que cobraron los señores de todo el espectro político. Los arreglos corporativos de la gran empresa para multiplicar sus beneficios a costa de los usuarios. El fin de las confianzas, la caída de los ídolos, la triste verdad de las familias, los mil peligros del dinero, las fronteras perforadas, la injusticia de los magistrados, los bonos ocultos de la colaboración clandestina.
En irónico contraste escucho a gente que conozco toda la vida hablar acerca del poder y la potencia del mensaje. La vida gloriosa de quienes creen. La extraordinaria administración de las capacidades y talentos provistos a los seguidores. Los fabulosos planes de crecimiento de la obra: edificios, medios de comunicación, obras sociales. La inmensa felicidad de las asambleas. La irreductible separación de todo lo que represente el mundo circundante. La promesa del plus ultra merecido e inextinguible. Pero de algún modo eso tampoco alcanza.
Leí la historia de un grupo de cristianos que fue parte del parlamento de un país europeo y cómo a través de un trabajo concertado y persistente contribuyeron a la abolición de la esclavitud y al mejoramiento de las condiciones de vida de los más vulnerables de la sociedad. Entonces me pregunto cuándo y por qué se dejó de entender la fortaleza del cristianismo no sólo para transformar vidas individuales sino también para reducir, algo al menos, el dolor que atraviesa el tejido social.
Se puede sindicar a muchos sectores de la sociedad como los responsables de la condición en que mucha gente vive en nuestros países. Pero a los creyentes en particular se les debe atribuir una deuda enorme, no tanto por la presencia del mal sino por la ausencia del bien que debería salir de ellos hacia el mundo.
(Este artículo fue especialmente escrito para CVCLAVOZ)

El retorno

La tragedia que vive este continente en casi cada frente de la vida social no convoca el interés de nuestra gente. Aparte de alguna mención en un medio de comunicación o algún ferviente “Oremos por…” que al día siguiente ya nadie recuerda, se advierte una distancia enorme entre discurso y realidad.
La auténtica voz profética está ausente. Se extraña ardientemente una lectura de los profetas Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, Malaquías, Zacarías, Nahum, Sofonías, Hageo, Habacuc. A quienes ignoran el Antiguo Testamento porque lo consideran “pura historia” y que creen que lo único importante es leer el Nuevo porque trata de Jesús y lo que sigue hay que recordarles que son personas que hablan desde la Biblia y en nombre de Dios a nosotros, no a los gentiles.
Es asombroso que los creyentes no sepan que los profetas no hablaron a los pueblos paganos. Dirigieron su palabra – siempre – al pueblo de Dios. Eran hijos de su raza, provenientes de distintos niveles de educación y clases sociales, todos ellos con una tarea común: despertar al pueblo de Dios de su inútil activismo religioso, de su imperdonable indiferencia hacia la realidad política, social y económica de la nación y de la progresiva transformación de la fe en una etiqueta externa para bautizar una existencia que no tenía diferencia alguna con la de los gentiles – a los que despreciaban.
Incluso el mensaje del Nuevo Testamento, que a la mayoría le parece lo único importante de leer (y no completo tampoco, sino la consabida batería de versículos de memoria, desconectados de contexto y profundidad integral) nos urge a entender el mundo que vivimos y a participar en él en la forma de sal auténtica y no sólo de distante luz.
Retornar a una visión integral de la Biblia y de la visión cristiana del mundo y de la vida es de una urgencia demandante. Entender las Escrituras como una visión – una filosofía – integral de la realidad debería provocar en nosotros un celo por actuar más allá de las palabras, los discursos y las solemnes convocatorias a la intercesión en tranquilos sitios privados.
Hay que retornar a la visión original del Nuevo y del Antiguo Testamento, que por todas partes nos dicen que la vida de la fe no es una gira de felicidad y entretenidos momentos espirituales sino una misión transformadora que sazone y modifique la realidad política, económica y cultural de nuestras naciones.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Clamor de ciudad

Sube un grupo de chicas y chicos al colectivo que desciende de los sectores más poblados de la ciudad. No pagan el pasaje, se sientan en las últimas butacas y beben cervezas. Ríen, hablan en voz alta y no tienen miramiento alguno en recorrer todas las posibilidades del lenguaje alternativo. Cuando terminan de beber lanzan las botellas por la ventana y celebran cómo revientan contra el pavimento a los pies de los desprevenidos transeúntes. Se divierten pero uno debe estar consciente que el menor incidente – una mirada sostenida más de un segundo, algún gesto de desaprobación, algún tímido reclamo de los otros pasajeros – puede desencadenar una violencia explosiva. Se bajan siempre hablando y riendo ruidosamente y queda un silencio extraño en el colectivo, algo así como un alivio de que la situación no haya pasado a mayores.
Intento hacer una lectura más allá del tópico superficial “la juventud de hoy” y “cómo han cambiado los tiempos”. La ciudad es, más allá de nuestros entornos seguros y familiares, un mundo complejo. Hierve, supura, estalla, grita, baila, canta, protesta, se rompe y se agita sin tregua. No es posible comprenderla desde un sillón del parlamento o un púlpito. Apenas podrán desde ahí el político y el religioso aludir a urgente programas sociales o a inminentes juicios purificadores. Eso otro escapa sin remedio del pragmatismo del gobierno y de la inteligencia de la iglesia.
Militantes y ajenas a las categorías formales de la estructura social surgen nuevas formas de ser, de comunicarse, de confrontar. Los viejos paradigmas de orden y progreso caen bajo el peso de inequidad, la flagrante injusticia, la exclusión y la moral de utilería. Crece el poder de colectivos informales. La gente se organiza de otros modos y busca otras instancias de insurrección. Está agotada la credibilidad pública y los medios de comunicación no tienen otro recurso que la farándula y la estridencia para sostener a una audiencia que emigra masivamente hacia otras fuentes de información y entretenimiento.
Reflexionar sobre la realidad desde un cómodo escritorio aporta bien poco; pero ponerse a la escucha es un comienzo: “¿Y cómo escapar de esas fronteras con las que academia arma el muro que intelectualmente la distancia del país si no es poniéndose a la escucha de lo que en este país suena, habla, grita, insulta, blasfema, al mismo tiempo que inaugura, inventa, oxigena, libera, emancipa, crea?” (Jesús Martín Barbero, en el artículo “Colombia. Una agenda de país en comunicación”).

Litigios de la opinión

Después de tantos meses me doy cuenta que no es muy agradable que este espacio se encuentre en la sección de opinión de este sitio web. Si bien me otorga un amplio espacio para reflexionar sobre temas de variada índole, cada día me convenzo más que la reputación de la opinión roza continuamente la superficie del suelo. No está del todo abatida en el descrédito porque de tanto en tanto aparece algo bello, potente y articulado que salva el día – y no me estoy refiriendo a mis artículos, eso que quede claro.
Hace un tiempo comenzó a circular en mi país una palabra que buscaba describir a una generación emergente de chilenas y chilenos que hablaban en televisión de todos los temas imaginables con un desparpajo, un histrionismo y una falta de rigor intelectual abismante. Eran los “opinólogos”. A este calificativo siempre lo consideré un intento de darle legitimidad a una impresentable hemorragia de puntos de vista que demandaban urgentemente alguna logía, es decir un estudio sistemático y documentado. Por una ironía de la televisión la palabrita quedó apenas como una etiqueta que revelaba que la persona opinante no solamente no tenía el conocimiento requerido para esa función sino que su juicio pesaba casi siempre menos que un discreto puñado de plumas.
La opinión llevada a su más precaria expresión de integridad conceptual campea en el mundo de las redes sociales. Cualquier persona conectada repiquetea sobre un teclado con abreviaturas y espeluznantes errores de ortografía y sintaxis lo que se le venga a la cabeza en materias tan diversas como política, economía, cultura, ciencia, medios de comunicación, deportes, entretenimiento, cocina, jardinería, tendencias o vida urbana. Por cierto sus inefables comentarios no son más que la repetición ad nauseam de lugares comunes, copiado y pegado o, a lo más, vómitos de bilis opinológica de profunda raigambre social.
Más asombro produce el que haya gente que al participar de esta retahíla de imprecisiones, falacias y mínimos manejos conceptuales se sienta protagonista legítima de la ubicua y enorme plataforma del conocimiento compartido, la libre expresión de las ideas y el enriquecimiento del pensamiento – de nuevo – social.
Como en todos los asuntos importantes de la vida y para tranquilidad de la audiencia susceptible, terminemos diciendo que hay nobles y estimulantes excepciones lo cual, como siempre afirmamos por estos rumbos, no hace más que confirmar la veracidad de estas sombrías realidades.

La seducción del olvido

La cultura popular rinde homenaje a esos espíritus resueltos que luchan hasta morir por lo que creen y piensan. Libros, películas, canciones y documentales ensalzan a quienes no renunciaron. Sus historias se relatan en seminarios y talleres motivacionales y adornan encendidas predicaciones sobre la perseverancia.
He pasado la mayor parte de mi vida comunicando una idea que me ha parecido fundamental y urgente: la conciencia y la responsabilidad social de los cristianos evangélicos. Se lee que el rey David murió después de haber “servido a su generación”; no a su familia, a su sinagoga o a su particular grupo de interés, sino al conjunto de la sociedad. Esa es la matriz de mi pensamiento. Hay otros asuntos, como mi vocación de escritor de prosa poética, pero eso es un tema personal de importancia menor.
Vivo en una época en la cual, como nunca antes, la iglesia cristiana dispone de inmensos medios y recursos para ejercer influencia y producir cambios en la cultura. Al mismo tiempo, esta es la época en la cual como nunca antes en la historia se ha sentido tan poco su presencia y su acción en la sociedad civil. No hay que confundirse: no se trata de una cierta tendencia estacional; es una realidad que ya abarca cientos de años.
Contra este telón de fondo mi esfuerzo de décadas para ayudar a despertar conciencias y convocar a la acción ha resultado minúsculo, agotador y frecuentemente frustrante. Si me hubiera dedicado a temas más estimulantes como la música, aconsejar matrimonios, preparar líderes de ministerios o contribuir al crecimiento “espiritual” de la audiencia, tal vez tendría un poco de mejor salud y hubiera cosechado algunos resultados un poco más consoladores.
Por lo tanto, cada cierto tiempo me siento seducido por el olvido, por la atracción del vacío; renunciar a esta extraña idea del pensamiento y la acción de los cristianos en la sociedad y descansar de la ansiedad que trae aparejada consigo.
Ya vi que exiliarme a Chiloé a cultivar papas no logró encantarme. Pero puede que haya otros lugares menos alejados y suficientemente agradables como para olvidarse. Si tienen algunas ideas, me las pueden pasar… si quieren.

La deuda

Cruzo en un bus la ciudad hacia el centro. Es la parte que no figura en las páginas del servicio de turismo ni en los folletos de las agencias de viajes. Es el lado oscuro, el de la violencia, el abuso, el tráfico disimulado de drogas, el robo, las calles por las que no se puede caminar de noche, los barrios donde ni la policía quiere entrar. Las poblaciones donde se amontonan las familias, los pasajes estrechos, los mil artilugios para sortear la pobreza.
Leo que el proyecto político no alcanza. Las promesas de la campaña que no se cumplieron. La gran fachada del servicio público se derrumba con la denuncia de los dineros que cobraron los señores de todo el espectro político. Los arreglos corporativos de la gran empresa para multiplicar sus beneficios a costa de los usuarios. El fin de las confianzas, la caída de los ídolos, la triste verdad de las familias, los mil peligros del dinero, las fronteras perforadas, la injusticia de los magistrados, los bonos ocultos de la colaboración clandestina.
En irónico contraste escucho hablar a gentes que conozco toda la vida acerca del poder y la potencia del mensaje. La vida gloriosa de quienes creen. La extraordinaria administración de las capacidades y talentos provistos a los seguidores. Los fabulosos planes de crecimiento de la obra: edificios, medios de comunicación, obras sociales. La inmensa felicidad de las asambleas. La irreductible separación de todo lo que represente el mundo circundante. La promesa del plus ultra merecido e inextinguible. Pero de algún modo eso tampoco alcanza…
Leí la historia de un grupo de cristianos que fue parte del parlamento de cierto país y cómo a través de un trabajo concertado y persistente contribuyeron a la abolición de la esclavitud y al mejoramiento de las condiciones de vida de los más vulnerables de la sociedad. Y me pregunto dónde se dejó de entender la fortaleza del cristianismo no sólo para transformar vidas individuales sino también para reducir, en buena parte al menos, el dolor que atraviesa el organismo social.
Se puede sindicar a muchos sectores de la sociedad como los responsables de la condición en que mucha gente vive en nuestros países. Pero a los creyentes cristianos en particular se les debe atribuir una deuda enorme, no por la presencia del mal sino por la ausencia del bien que debía salir de ellos hacia el mundo.

Conciencia social

¿Qué hay al otro lado de la huelga social? Aunque puede ser útil describir el grado actual de ausencia de los cristianos en la sociedad – la más flagrante de la historia del cristianismo – es más necesario bosquejar los caminos posibles para revertir esta lamentable realidad. Posibles es una palabra realista. No hay muchas esperanzas pero la imaginación es renuente a los límites. Así que estas modestas ideas intentan aportar algo de productividad.
Es preciso que la educación provista a los nuevos cristianos sea más amplia. Actualmente se centra casi exclusivamente en la persona del nuevo creyente: cómo vivir, qué dejar, qué creer, cómo orar, cómo estudiar la Biblia, cómo santificarse, cómo tratar a su familia y el dinero. En otras palabras la persona es el centro. Más tarde se le entrena respecto de la iglesia: la obediencia, el servicio, la ofrenda, el diezmo, los talentos y dones, la comunión. Y ahí concluye el entrenamiento. Ese es el fundamento sobre el cual practicará su fe el resto de su vida.
¿Y la sociedad civil? ¿Qué hay de la cultura de los creyentes que se refleja en el Antiguo Testamento y que – hay que admitirlo – ocupa dos tercios del texto bíblico queriendo decirnos algo acerca de su importancia? ¿Qué se nos enseña acerca de la tremenda conciencia social de los profetas respecto del abuso de los líderes, de la injusticia, de la pobreza, de la corrupción y del desorden social? ¿Qué orientaciones hay acerca de cómo, cuando y dónde deben asumirse responsabilidades públicas y sociales para mitigar las consecuencias de la maldad humana? ¿Dónde y cuándo los creyentes dejaron atrás el ministerio cultural para recogerse a los verdaderos barrios cerrados que constituyen los templos? ¿Por qué la mayoría de ellos cree que la responsabilidad social se reduce a predicar sólo uno de los alcances de la obra de Cristo que es la salvación individual, dejando de lado todos los otros alcances? ¿Cuándo se dejó de enseñar que Cristo vino para reconciliar en sí todas las cosas, no sólo las que están en el cielo, sino también las que están en la tierra?
El desgastado argumento que nosotros no somos de este mundo, por alguna misteriosa razón, todavía resiste en los púlpitos y en la pauta de contenidos de los medios cristianos de comunicación. Mientras tanto, la tierra sufre violencia, la sangre clama en las calles, el dolor sigue esperando…

Huelga social

Christian Lalive D’Epinay publicó en 1968 un revelador estudio acerca del protestantismo chileno titulado “El Refugio de las Masas” en el cual caracterizaba a los cristianos evangélicos del país de la época, principalmente el entonces emergente movimiento pentecostal. Es un excelente material de referencia para quien quiera comprender desde una mirada académica y externa el por qué de la ausencia de los creyentes en el devenir político, social, económico y cultural del país donde viven y trabajan. Será evidente para quien lo estudie que esta es una actitud que comparten amplios sectores del cristianismo evangélico dondequiera que se encuentren.
Por supuesto, en este mínimo espacio ni siquiera es posible enunciar todas las características e implicancias de lo que Lalive llamó la “huelga social” de los evangélicos. Desde los mismos inicios del movimiento cristiano en la historia se hicieron fuertes dos posturas antagónicas: una sostenía que nada debía ser más ajeno a los cristianos que los asuntos públicos, en tanto que la otra argumentaba que el quehacer total de la comunidad humana debía ser de interés de los creyentes y ser en ella la sal y la luz del evangelio.
Han pasado ya dos mil años y la primera postura, la de la huelga social, la de la prescindencia de los creyentes en la cultura, ha dominado ampliamente el terreno – no sólo para nuestra desgracia sino para la sociedad entera que se no se beneficia más del vigor del pensamiento cristiano. Irónicamente, la mayoría de los creyentes no lo considera una desgracia. Al contrario, estima que es un gozo que no tengamos nada que ver con lo que acontece en el país y en la región porque, dicen con enfervorizada espiritualidad, “no somos del mundo”.
Siguen pendientes tantas preguntas y reflexiones sobre este triste emblema de los cristianos. Quisiera dejarles por lo menos este atrevido pensamiento: Estoy en completo desacuerdo con que no somos del mundo. Mi convicción es que somos absoluta y completamente del mundo. Estamos hechos de la misma carne y del mismo soplo del que fueron hechos todos los seres humanos que habitamos esta tierra. Lo que no hay que hacer es vivir con la filosofía del mundo, pero estamos llamados a estar en el mundo y ser agentes de transformación.
La postura de la prescindencia de los cristianos en la sociedad gana todos los espacios, así que estas pocas palabras no causarán mucho revuelo.

Chariot Tracking Code

Send this to a friend