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¿Se te perdió algo?

En una ocasión perdí el anillo de matrimonio, me asusté muchísimo porque fue cuando estaba recién casada; como no estaba acostumbrada a utilizar anillos, lo quitaba constantemente de mi mano, pero esta vez no recordaba dónde había quedado, por lo que tuve que buscar sin descanso, por horas, moviendo todo y tratando de recordar los lugares que recorrí hasta encontrarlo.


¡Qué inmensa alegría y paz sentí cuando lo encontré! Cuando perdemos algo valioso para nosotros, seguramente no estaremos tranquilos hasta encontrarlo. Así mismo, mismo recibimos un ejemplo de las Escrituras:


“O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido”. Les digo que así mismo se alegra Dios con sus ángeles por un pecador que se arrepiente.” Lucas 15: 8-10 (NVI)


Por supuesto que después de encontrar el anillo me hubiera gustado hacer una celebración, y aunque esto no fue así, estaba muy feliz por recuperar algo valioso para mí. Del mismo modo, el Señor se alegra y celebra con los ángeles cuando una persona que está perdida en el pecado, vuelve al camino correcto y se arrepiente.


Tú eres alguien valioso para el Señor, es por eso que Dios te busca y te llama constantemente a su presencia ¿Seguirás rechazando la invitación? Recuerda que no hay mejor lugar que estar bajo las alas de alguien que te ama.


Te animo a acercarte a Dios, entregar tu vida y pedir perdón por tus pecados, solamente Él es el camino, la verdad y la vida.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿La verdad y nada más que la verdad?

“¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?” Es una frase   que casi todos escuchamos en escenas de películas donde el acusado pone su mano sobre una Biblia para evidenciar que declara la verdad ante cualquier pregunta que se le haga. Pero… ¿Realmente es suficiente hacer esto para obtener la sinceridad de las personas? Después de ver esta escena, ¿podemos confiar en quienes han jurado decir la verdad?

Una de las consideraciones más importantes para todo hijo de Dios es la veracidad de sus palabras, lo cual refleja su relación con Él. 

Proverbios 22:1(NVI)  menciona: “Vale más la buena fama que las muchas riquezas, y más que oro y plata, la buena reputación.” Cuando no somos veraces, perdemos el valor, lo que es parte de nuestro testimonio hacia los incrédulos.

¿Cuántas veces te has encontrado en situaciones donde necesitabas salir de un apuro y por no quedar mal, o por salvar tu honor decidiste mentir? Aparentemente es la salida más rápida a cualquier situación incómoda a la que te puedas enfrentar, mas debes saber que al hacerlo, ingresas a un callejón sin salida.

Una persona veraz no tiene nada que esconder; sin embargo, la persona que hace de la mentira como parte de su vida, pagará una terrible consecuencia, porque lamentablemente una mentira lleva a otra para cubrir la anterior, y finalmente, el mentiroso es atrapado en su propia red de engaños. 

Si en estos días la mentira se ha vuelto tu debilidad, es momento de reflexionar en ello, porque el padre de mentiras no es Dios, sino satanás, y al practicarlas nos convertimos en sus cómplices.  En Juan 8:44 (NVI) Jesús nos dice sobre el diablo:

“(…) Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!”

Pero los que somos de Cristo, debemos marcar la diferencia, siendo conocidos como personas que hablan la verdad y no esperan que un detector de mentiras juzgue su autenticidad.

Efesios 4:15 (TLA) Menciona: “Al contrario, el amor debe hacernos decir siempre la verdad, para que en todo lo que hagamos nos parezcamos cada vez más a Cristo, que es quien gobierna la iglesia.”

¡Así que, piensa en lo que dirás cuando te halles entre la espada y la pared!

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Mente cerrada, mente abierta (2ª parte)

(Continuación de un artículo previo con el mismo título)

Cierta vez un profesor mío se expresó bastante despectivamente acerca de la mente “abierta”. Dijo que era un lugar donde podías tirar cualquier basura. Quería enfatizar así que debemos tener convicciones fuertes. Ya no puedo recordar si fue en ese momento que resistí la idea o más tarde.

Abierta es una mente dispuesta a examinar seriamente lo que la otra persona piensa. Escucha, confronta, compara e incluso puede llegar a reconocer que esa persona está en lo correcto y no nosotros.

Me parece que eso es distinto a que te entre cualquier basura en la cabeza. Al contrario: es buscar espacios de acuerdo y construcción de mejores condiciones para la vida ya sea en el campo de la política, la economía, la cultura y otros aspectos del orden social.

Siempre los extremos son atractivos. Uno se cierra sobre ciertas convicciones y todo lo que no entre ahí es enemigo. Es una postura cómoda. No hay que cuestionar nada, excepto al adversario.

Me ocurre en nuestras Jornadas de Capacitación que muchas personas reaccionan positivamente a mis planteamientos. Suelo confrontar sus ideas matrices – como por ejemplo cuando les digo que Juan 3.16 no es un versículo evangelístico porque no está dirigido al mundo sino a los que ya son creyentes. Algunas personas son conmovidas por la idea pero al volver a sus labores eclesiásticas o comunicacionales siguen pensando como lo hacían antes de escuchar la idea.

Es un ejemplo, por cierto. Lo que quiero demostrar con ello es que incluso puedes ser sensibilizado con una idea nueva, pero al regresar a tu zona de comodidad seguirás pensando y haciendo la cosa como siempre la has pensado y la has hecho. Es decir, tu mente no se abrió.

Al otro extremo está la gente que está abierta a todo. Nadie describe mejor esta condición que Carly Simon en la canción “Floundering”:

Primero ve a su hipnotizador / Corre a su psiquiatra / Va ver a su acupunturista / Luego al salón de belleza para arreglarse / Entonces ve a su cienciólogo / Sigue la dieta de su nutricionista / Y no parece resistirse a buscar la ciencia cósmica.

Me hace acordar de cierto pasaje del Nuevo Testamento: “siempre están aprendiendo y nunca llegan al conocimiento de la verdad”.

De eso no se trata la mente abierta…

La fina línea

Todos en algún momento hablamos de tratar de transmitir el mensaje, el evangelio, pero de una manera más “normal”, “menos religiosa”… pero, ¿quién tiene la medida, las palabras exactas, la “retórica precisa”, quién decide la media, digamos, de lo correcto en ese caso?

Es que ningún extremo es bueno. Hablar de todo lo que tiene que ver con Dios, como algo muy ligero para que sea mejor aceptado por alguien que aún no conoce la verdad, podría ser contraproducente. Es muy diferente decir lo que uno opina, que tratar de transmitir un mensaje de la Biblia haciéndolo más entendible. Eso si está bien… siempre y cuando no se cambie el mensaje.

Para todo debemos tener un balance. Jesús cuando vino, mostró que le molestaba la religiosidad. Otro término sería la hipocresía, ya que eso era lo que sucedía con los saduceos y fariseos. Les encantaba hacer largas oraciones en público para que la gente los admirara, les gustaba estar en los asientos más importantes en los eventos y se jactaban de cumplir con la cantidad de leyes adicionales que ellos mismos agregaron a los diez mandamientos, que de por sí, ya los diez nos cuesta cumplir y Jesús sabía que ellos no los cumplían. Aparte del asunto comercial con los impuestos, las donaciones y tantas cosas que hacían que más bien alejaban a las personas de Dios en lugar de acercarlas.

Él era judío como ellos pero se leía fervorosamente el Antiguo Testamento, especialmente el libro de Isaías y podemos leer allí como Dios les decía:

«¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?
—dice el Señor—.
Harto estoy de holocaustos de carneros
y de la grasa de animales engordados;
la sangre de toros, corderos y cabras
no me complace.
¿Por qué vienen a presentarse ante mí?
¿Quién les mandó traer animales
para que pisotearan mis atrios?
No me sigan trayendo vanas ofrendas;
el incienso es para mí una abominación…»

Jesús usó historias para hablar del Reino de Dios y para poner ejemplos de cómo Él quería que fuésemos. Nadie tiene la “fórmula” y nadie tiene por qué criticar las maneras que tengamos de hablar de Jesús y Sus promesas. Por ejemplo, no hay mejor manera de evangelizar, que contando cómo te ha cambiado a ti la vida desde que conociste a Jesús y entablaste una verdadera relación con Él.

 

 


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Poesía y personas

Alguien que escribe poesía no puede ser una mala persona”, le dice una mujer a otra que le cuenta que está viendo a cierto joven.

No recuerdo si lo leí en una novela o lo vi en una película ni qué relación tenían las mujeres. Tampoco sé por qué me acordé de estas palabras hoy.

Crecí en una cultura cristiana que no tenía buena opinión de los artistas. Para mis mayores el arte era la estética de la rebeldía y el desenfreno (bueno, no lo decían con la elegancia que lo expreso aquí, pero ésa era la idea). Así que para un creyente de mi época alguien que escribía poesía difícilmente era una buena persona.

En medio de ambas sentencias transita mi prosa poética. Mis amigas y amigos cercanos juzgarán en la posteridad de qué lado me cayó la moneda: buena persona, mala persona.

Lo que define mejor a la gente es lo que hace en relación con sus semejantes. Si les hacen bien, que escriban o no poesía será perfectamente irrelevante.

Una vez debatí con un joven periodista respecto de la conducta de los personajes públicos, los intelectuales, los artistas o los políticos.

¿Que diríamos de una persona que en su vida privada es un abusador, un mentiroso o una mala persona pero en la esfera pública es brillante, eficiente, exitoso? En cierta manera, en la vida pública “escribe poesía” pero en su vida privada es un impresentable.

No recuerdo a qué orillas arribó nuestro debate. Sólo recuerdo el tema y me ha venido a la mente a propósito del diálogo entre aquellas dos mujeres.

Por cierto, todas las consideraciones acerca de las conductas públicas y privadas a las que he aludido son subjetivas. No es aconsejable sentarse en la silla del juicio tan sueltos de cuerpo. Recordamos la vieja admonición: “No juzguen para que no sean juzgados, porque con el juicio que juzguen serán juzgados.”

Por lo pronto, hago saber a mi estimada audiencia que, a pesar de mi incapacidad para definirme a mí mismo como buena o mala persona, seguiré escribiendo poesía.

Un fragmento les dejo de un viejo poema:

“Tengo la voz callada porque la apagó voraz la academia establecida y el grito general del tiempo. / Mi voz con sentimiento, con verdad estremecida, se la llevó el viento con tanta saña homicida. / Me quedó la pura vida, negándose a morir; todavía quiere parir una pasión escondida.”

El fundamento de la fe

Se suele escuchar y se repite en los medios cristianos que la base de nuestra fe es la resurrección de Cristo. Por cierto es una noble declaración pero si uno la examina más profundamente revela algunas cosas que conviene mencionar.

No es raro que se confunda ser con hacer. O personas con acciones. Es pertinente precisar esto porque de otro modo uno puede estar repitiendo ideas que ha aprendido sin cotejarlas con la verdad.

La resurrección de Cristo es una acción, un hecho sin duda portentoso con consecuencias inmensas que, según mi parecer, van mucho más allá de etiquetar al creyente para el cielo. Pero sigue siendo un hecho. En este caso, un hecho realizado por Dios.

La fe en la resurrección es importante como anota Pablo. Pero lo fundamental es el autor de esa resurrección. Así que la pregunta que corresponde hacer es: ¿No es el autor del hecho más grande o significativo que la acción que ha realizado? A eso me refiero cuando digo que no se debe confundir ser con hacer. Dios, su Ser, es el centro de todo.

He estado litigando – para usar un término no muy real pero que suena simpático – con alguna gente cristiana sobre su tendencia a predicar a Dios como solucionador  de problemas, como resolvedor de dramas, como analgésico cósmico para los dolores de la vida, como la panacea que te allanará el camino a la felicidad.

Nótese cómo el mensaje se ha ido trasladando desde el ser de Dios hacia lo que Dios hace. El problema con eso es que cuando el humo de las palabras se disipa lo que queda a la vista es que la persona humana y sus necesidades son el centro del mensaje y no Dios.

Alguien  podría preguntar por qué esta mirada tan purista. Es purista en verdad. Pero no por un capricho semántico o algo así. Es que si tu necesidad y la mía son lo que fundamentan el mensaje estamos en problemas. Entre otras cosas, porque estaríamos propiciando un evangelio humanista, un evangelio para el yo. Un evangelio bastante postmoderno si se lo mira bien.

Así que el fundamento de nuestra fe no puede ser lo que Dios hace sino lo que Dios es.

En otras palabras, de nuevo, el fundamento de nuestra fe es y siempre tiene que ser Dios.

Los centinelas

Los centinelas y comisarios están atentos a la gramática de los discursos y el tono de las conversaciones. Sus oficiales de la censura revisan cuidadosamente escritos y videos en redes sociales. Itinerarios, agendas, tiempo libre y amistades son objeto de minucioso escrutinio.

¿Cuál es el motivo de tan intensas actividades?

Asegurar larga vida a las instituciones. Conservar la solidez de la estructura. Proteger los sólidos intereses materiales, la fama y el prestigio de los dirigentes. Fortalecer la línea de mando.

Para justificar su tarea, los vigilantes invocan entre otras cosas los sagrados postulados constituyentes, el bienestar de la mayoría, el orden establecido, la tradición, el sentido común, la paz y la estabilidad.

Se declaran protectores de la verdad, defensores del Libro, guardianes de la doctrina, garantes del correcto conocimiento de las cosas.

Serán los llamados a negociar, en primera instancia, con los disidentes. Citarán a los extraviados a sus solemnes tribunales y procederán a la delicada tarea de persuadirlos a que abandonen sus peligrosas posturas.

“La institución los necesita, les dirán. Es verdad, los líderes son siempre un poco rebeldes y la institución será embellecida con esa pasión, les aseguran.

“Pero deben entender que hay que cuidar algunas cosas muy importantes. Hay que usar siempre un tono respetuoso. Hay que observar los estatutos, las leyes fundamentales que dan sentido y dirección a la institución.

“Y, muy importante, tienen que entender que la mayoría de las personas está contenta con el actual estado de cosas; ¿para qué perturbarles con ideas que a lo mejor ni siquiera entienden? El mucho pensar no es tan bueno hay veces…”

Si los insurrectos son persuadidos, se habrá ganado una batalla más a favor del status quo y los vigilantes pueden regresar satisfechos a sus labores habituales.

Pero si persiste el clima de disidencia, los vigilantes deberán mezclarse con la inmensa mayoría a fin de advertirles que un peligro se cierne sobre la institución y que deben evitar el contacto con los provocadores. Casi siempre los vigilantes ganan y la institución permanece.

Pero si la institución llega a estar realmente en peligro, medidas de mayor contundencia son requeridas y para entonces, ya no son los vigilantes quienes se harán cargo. Para estas ocasiones, las instituciones tienen sofisticados y complejos sistemas de autopreservación.

Basta mirar a la Historia.

Le sigo pidiendo a Dios

Hace unos años escribí aquí el texto “Sólo le pido a Dios”. Por cierto, saben que así se titula una canción de León Gieco.

En aquella ocasión pedí públicamente algunas cosas que debían – y deben – ser vistas como un libre ejercicio del arte literario y de la poesía. Qué era real en esos petitorios no era ni será explicado.

Así que pensé en renovar aquel ejercicio para el beneplácito de alguna audiencia y cierto malestar de otra.

Le sigo pidiendo a Dios…

El libre y continuado ejercicio de la libertad. El agradable y temperado servicio de la paz. Decir con más desplante y fuerza la verdad acerca de lo que pienso. Seguir destruyendo de este modo el imperio del miedo y del control.

Poder irme alejando de lo poco que deseo, pese a que ya lo deseo bien poco. Amistarme con  el rigor del cuerpo adverso, aceptarlo con un poco más de paciencia. Resistir la tentación de los “años dorados” y el “corazón joven” y reconocerme en el tiempo que vivo. Que pueda acordarme de los tiempos lindos recientes, no sólo de aquellos de los años sesenta o setenta.

Una ordenanza municipal que prohíba y haga cumplir la prohibición del uso de escapes libres en motos y automóviles. Cafés y restoranes donde no haya más televisores ni música estridente. Semáforos adecuados para peatones para que no tengan que adivinar en qué momento poder cruzar la calle. Un hogar lindo para los perros de la calle.

Una cabaña cerca del río y de un pueblo donde haya cafés y libros. Fresca en verano, tibiecita en invierno. Con una galería al frente para sentarme a mirar las montañas y sentir el viento entre los eucaliptus o los álamos

Una considerable cantidad de cuadernos de tapas negras y hojas amarillas sin líneas. Una provisión permanente de café en grano. Poder recuperar los libros que tengo esparcidos por varios lugares y tenerlos en un solo lugar.

Un living grande donde reunirnos con amigas y amigos a hablar de libros, de cine, de música, del mundo real y hacer planes. Y llevarlos a cabo hasta donde sea posible.

Un amigo o una amiga que siempre pueda llevarme en auto porque no quiero manejar. Un teléfono que me sirva principalmente… para hablar por teléfono.

En algún otro capítulo de estas peticiones me he de referir a mis deseos finales. Por ahora no es necesaria semejante preocupación.

El mal y la ira

¿Por qué este mal temerario? ¿Por qué tanta ira? pregunta Théoden, rey de Rohan. Las puertas han sido derribadas y el ejército de orcos y uruk-hai están penetrando el castillo del Abismo de Helm (El Señor de los Anillos: Las dos torres).

Lo mismo se pregunta Habacuc el profeta, con enojo semejante. Digo esto para recordarles que ver la verdad de los hechos no es patrimonio exclusivo de los creyentes

El mal es la marca del tiempo presente. No es que no haya bondad por la cual valga la pena luchar como afirma Samwise Gamgee en otro momento del relato.

Es que el mal ha ganado el campo en todas las esferas: gobierno, legislatura, justicia, administración pública, policía, empresas, entidades educacionales, instituciones de salud, estadios, villas de pobreza y barrios privados.

Ante tanto mal temerario que debilita la ley, relativiza la maldad y destruye vidas, nos invade la ira. Hay veces que uno se cansa de tener esperanza. Los que deberían conducirnos en la lucha contra el mal son parte de él, son sus servidores.

¿Qué ha de hacer el justo? ¿Seguir sometiendo la cerviz? ¿Encerrarse en su cuarto secreto a orar no más y esperar que un milagro ocurra? ¿Seguir poniendo la otra mejilla?

No sólo el Señor de los Anillos propone la idea de unos pocos – los menos – enfrentando el mal aunque cueste la vida. Ahí están las películas Matrix, Erin Brockovich, El informante. Ahí están las vidas segadas de Verónica Guerin, Mahatma Gandhi, el cardenal Oscar Arnulfo Romero, Julio César Ruibal, José Ignacio Rucci.

Si no conocen estos nombres, háganse un favor: dejen un rato de lado sus textos de autoayuda y lean, investiguen, incomódense un poco.

¿Qué va a hacer? ¿Así es la vida? ¿Son los últimos tiempos? ¿Estaba escrito? ¿No vale la pena? ¿Qué argumento tenemos para escabullirnos de la pregunta de Théoden: ¿Por qué este mal temerario? ¿Por qué esta ira?

Leamos Habacuc 2:9 al 12, sintamos y asumamos la ira que proclama:

!Ay del que codicia injusta ganancia para su casa, para poner en alto su nido, para escaparse del poder del mal! Tomaste consejo vergonzoso para tu casa, asolaste muchos pueblos, y has pecado contra tu vida. Porque la piedra clamará desde el muro, y la tabla del enmaderado le responderá. !Ay del que edifica la ciudad con sangre, y del que funda una ciudad con iniquidad!

Y hagamos algo.

Verdad extramuros

Fuera del muro. Más allá de las cuatro paredes. Fuera de la institución. Eso es lo que intento decir con “extramuros”.

Quiero decir que hay verdad palpable, verdad verdadera más allá de los confines de la iglesia y del texto bíblico. Porque la verdad, como sea que la definamos, es universal y la Biblia y el cristianismo son sus referentes. Sin embargo no se agota en ellos.

Con todo lo escandaloso que esto parezca a una audiencia inadvertida, igual no hay motivo para alarmarse. La Biblia misma da cuenta de este hecho y los teólogos le pusieron nombre: revelación general y revelación especial.

Es decir, el mundo y la cultura dan cuenta de la existencia de una verdad que trasciende religiones y épocas. En la creación y en los emprendimientos humanos se refleja lo mismo que la Biblia nos comunica, en un lenguaje diferente.

Si no, ¿de dónde obtendríamos las nociones de libertad, justicia, paz, amor, orden, progreso, igualdad? O, en el terreno opuesto, ¿cómo entenderíamos el odio, la guerra, la opresión, la injusticia, la ignorancia y el terror? Sólo por mencionar algunas cosas.

En su breve discurso en el Areópago de Atenas, el apóstol Pablo cita la Cretica de Epiménides (“Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos”) y la Phaenomena de Arato (“Porque linaje suyo somos”). Ambos poetas griegos no eran hermanos en Cristo, permítanme que lo diga así para el entendimiento común.

Así de simple. En la inmensa expresión del quehacer humano hay verdad universal del mismo modo que hay muchas cosas que no lo son.

La crucial implicación de esto es que hay un puente real de comunicación con aquellos que no comparten la fe de los cristianos. Y podemos acudir a sus creaciones, a sus instituciones, a su literatura, a su arte y a su música para demostrarles en su mismo terreno que Dios tiene sentido y razón.

Expresamos aquí nuestra tristeza por la mayoría de los creyentes que no pueden ver esto y se atrincheran en sus doctrinas y versículos para comunicarse, sin éxito, con un mundo ansioso de realidad.

Amanecer en Santa Cruz

El sol de la mañana se desmadeja entre el follaje de los mangos que la ventana deja ver. Es demasiado temprano para trabajar y demasiado tarde para las ensoñaciones. En este minuto lo único posible es el silencio.

Una bronquitis persistente apaga un poco el ardor de la palabra. Reservo lo que puedo la voz para la presentación  de esta noche. He pensado tanto en lo que decir al pequeño grupo que se reunirá en el living de la casa de mi amiga.

Persuadir. Interrogar. Provocar a una expectante audiencia a salir a la intemperie porque vivir bajo el paraguas de los paradigmas es cómodo y no hay que pensar casi nada.

El aroma del café y las tostadas me ayudan a reencontrar un poco la paz. Siempre se agita mi cabeza cuando lo que debe ser dicho se tiene que decir.

El cielo se va nublando un poco pero todo está tibio y sereno. La mente se aplaca un poco y entiendo que el camino es largo y entramos a tientas casi en un territorio desconocido.

Hablo en voz baja pero audible, cosa que hago todas las mañanas. Les pregunto imaginariamente a las personas que estarán presentes qué va a pasar si el fin de los tiempos se tarda indefinidamente.

¿Para qué están preparados? ¿Qué orientaciones fundamentales han provisto a las nuevas generaciones? ¿Cómo van a sobrevivir en la vorágine del cambio ya que por siglos se han marginado de la conducción de los procesos sociales?

Mi amiga y anfitriona me envía un mensaje que dice algo como “cosas que ojo nunca vio y oído no oyó”. Lo pienso de un modo distinto, la verdad. Es casi seguro las cosas que estas personas van a oír de mí no las han oído nunca. No me estoy jactando. Sólo me sigue doliendo que así sea.

La dura costra del conocimiento adquirido al entrar en la comunidad de los creyentes es resistente a la pregunta. Concluye que las cosas son como son porque así están escritas desde antes de la fundación del mundo y me entra una como ardiente rebeldía porque no es así.

La verdad tiene la frescura y la versatilidad del encuentro constante. No es estática. Es fibrosa, abismante, sorprendente. Porque como algún viejo profeta dijo, “conoceremos y proseguiremos en conocer”.

Prosigamos. Es la propuesta que pienso en este amanecer en Santa Cruz de la Sierra, aquí en Bolivia…

Varones o mujeres: ¿Quiénes mienten más?

Mentimos a diario, así lo afirma una investigación.1 Las mentiras pueden variar de acuerdo a la situación o el propósito con el cual se dice, pero todas esas afirmaciones son falsas. A lo largo de los años, la ciencia ha demostrado que, aunque los padres promueven la verdad a sus hijos, al mismo tiempo les envían mensajes contradictorios con sus acciones. ≪Los niños reciben mensajes entreverados sobre los aspectos de la mentira y eso tiene un impacto en cómo se comportan como adultos≫, afirma el psicólogo de la Universidad de Massachusetts, Robert S. Feldman2. Este mal hábito está tan arraigado en nuestra sociedad que se ha vuelto común. Pero ¿quiénes mienten más?, ¿los varones o las mujeres?

Las diferencias

Un estudio3 dirigido por Feldman y publicado en Journal of Basic and Applied Social Psychology, reveló que el 60 % de las personas dicen de dos a tres mentiras en una conversación de diez minutos. Pero cuando se trata de la razón por la cual se niega la verdad, los varones y las mujeres tienen distintos motivos. La investigación concluyó que las mujeres se inclinan a decir mentiras para hacer sentir mejor a la otra persona. En cambio, los varones mienten para hacerse ver mejor a ellos mismos.

Las similitudes

Un experimento publicado en la revista Basic and Applied Social Psychology4 demostró que las mentiras varían de acuerdo al propósito. Cuando los participantes se presentaban ante otros y trataban de conocer más de ellos, parecer amigables o competentes, dichos sujetos mentían más para cumplir sus objetivos. No había diferencia si eran varones o mujeres: ambos decían la misma cantidad de mentiras y lo único que se diferenciaban eran el contenido de las mismas. Estos resultados no variaron cuando los participantes interactuaron con personas de su mismo género o del opuesto.

Por otra parte, otro estudio5 reveló que ≪la interacción de género tiene poco impacto en la frecuencia de la mentira. Sin embargo, los hombres tienden a decir mentiras más grandes que las mujeres, y declaran las mentiras más grandes cuando se emparejan con una mujer≫.

Las mentiras en las relaciones amorosas

Puesto que se ha demostrado que no hay una diferencia dramática entre la cantidad de mentiras que dicen los varones y las mujeres, ¿cuál es el impacto que tiene en las relaciones amorosas? Los investigadores creen que, al igual que cualquier engaño afecta a las parejas. Sin importar de cuán grandes o pequeñas sean, generan distanciamiento entre las personas. Sobre todo cuando se descubre la verdad y la relación no puede ser restaurada. Es cierto que en ocasiones es difícil decir la verdad sin herir a la otra persona. Sin embargo, al final, mentir hace más daño que la honestidad.



El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

1Saad, G. (2011). How Often Do People Lie in Their Daily Lives? Recuperado el 26 de abril de 2019, de https://www.psychologytoday.com/intl/blog/homo-consumericus/201111/how-often-do-people-lie-in-their-daily-lives
2,3Amherst, M. (2002). UMass researcher finds most people lie in everyday conversation. Recuperado el 26 de abril de 2019, de https://www.eurekalert.org/pub_releases/2002-06/uoma-urf061002.php
4Feldman, R., Forrest, J., & Happ, B. (2002). Self-Presentation and Verbal Deception: Do Self-Presenters Lie More?. Basic And Applied Social Psychology24(2), 163-170. doi: 10.1207/s15324834basp2402_8
5Jung, S., & Vranceanu, R. (2017). Experimental Evidence on Gender Differences in Lying Behaviour. Revue Économique68(5), 859. doi: 10.3917/reco.pr3.0097

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