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No recurras a ella

“La mentira tiene patas cortas”, dice una frase popular, y aunque muchos la usan para encubrir la verdad, la Biblia menciona algo importante: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz.” Marcos 4:22. La verdad siempre brillará, por más que se la quiera esconder, tarde o tempano todo se verá tal como es.

Además, algo que se debe tomar en cuenta es que la mentira es del diablo, él usó sus mentiras para engañar a Eva, para que comiera del fruto prohibido, y hundió a la humanidad en la muerte espiritual y física.

Por otro lado, Jesús mismo hizo referencia a que el diablo es un ser mentiroso y que los que practican la mentira son como sus hijos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.” Juan 8:44 (RVR1960)

A diferencia de la manera de ser del diablo, lo particular de Dios son el amor y la verdad. El amor de Dios dio solución al pecado que nos separaba de Él, pues entregó a su propio Hijo para que nosotros llegáramos a tener vida eterna. Al mismo tiempo, Jesús vino para hablarnos la verdad.

Si estás tentado a recurrir a la falsedad como medio de solución o escape, toma en cuenta que empeorarás tu situación porque el enemigo usa la mentira para hacerte tropezar y tener el control de tu vida. Recuerda que por creer en la obra de Cristo fuimos liberados del poder del pecado, sólo Él pudo cambiar nuestra naturaleza mala por medio del Espíritu Santo y así ser hijos de Dios, no tengamos en poco ese sacrificio ni demos lugar a la mentira.

La verdad te hará libre de toda acusación y además la gracia de Dios estará contigo si tienes que enfrentar las consecuencias. ¡No recurras a la mentira, ni cambies tu integridad por la falsedad!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Los otros y nosotros

(Enemigos e iguales. Ellos o nosotros. Un oráculo, o quizá la triste constatación de cuán lejos estamos de cualquier diálogo relevante.)

Los otros son los que matan. Los que oprimen a la gente con sus leyes, sus policías, sus armamentos.

Los otros son los que engañan. Los que usan los instrumentos del Estado para someter a la gente a sus designios.

Son los otros los que traen a sus parientes y amigos al gobierno. Son ellos los que se quieren perpetuar en el sistema político.

Los otros son los que se coluden con las cortes, los magistrados, las barras de abogados para obtener juicios y sentencias favorables.

Son los otros los que se apoderan de los recursos del Estado y copan los organismos administrativos para la hegemonía de su poder.

No somos nosotros. Son los otros.

Son los otros lo que en nombre de su proyecto criminalizan a cualquiera que se les opone y utilizan todos los recursos disponibles para neutralizarlos.

Son los otros lo que medran y oprimen desde sus empresas omnipotentes, sus emprendimientos monumentales, sus leyes favorables para hacer lo que se les da la gana.

Son los otros los que mienten a través de los medios de comunicación  adictos y controlados por ellos.

Son los otros los que discriminan, los que etiquetan de enemigos a los que no piensan como ellos, a los diferentes.

Sí, amigas y amigos, son los otros los que nos oprimen desde sus instituciones mundiales, sus organismos supranacionales y sus cortes internacionales.

Ellos son los que lesionan los derechos de todos y no nosotros. Ellos son los que violan la libertad de todos y la asesinan en la plaza.

Los otros son los que encarcelan, persiguen, exilian, desaparecen y silencian.

No nosotros. Ellos.

Nosotros somos la libertad. Nosotros somos la justicia. Nosotros somos el orden. Nosotros somos la verdad.

Nosotros somos la aceptación. Nosotros somos la tolerancia. Nosotros somos el perdón. Nosotros somos el progreso.

Nosotros somos el bien. Nosotros somos la esperanza. Nosotros somos los constructores de la nueva sociedad.

Nosotros, amigas y amigos, la tolerancia, el respeto a todas las personas incluso a las que disienten con nosotros.

Nosotros somos la unidad, la solidaridad, la nueva creación, al arte puro, la ciencia libre, los constructores de la bondad.

Nosotros somos la pluralidad, la diversidad, la transparencia, la honestidad, el servicio desinteresado y dedicado.

Nosotros somos el crisol ardiente de los pueblos, del medio ambiente y de la nueva vida.

No ellos. Nosotros.

Honestidad

La honestidad intelectual nos permite pararnos fuera de nosotros mismos y pensar de un modo que otros pueden (y deben) encontrar estimulante; descansa sobre el hecho de que desear que algo sea verdad no es razón para pensar que es verdad. Es más, en primer lugar eso causa la preocupación de que podemos estar fuera de contacto con la realidad. En este sentido, la honestidad intelectual hace posible el conocimiento verdadero (Sam Harris, Honestidad intelectual).

Hemos reflexionado antes sobre la actitud que muchos cristianos tienen respecto de sus convicciones. Esa postura se fundamenta en el reclamo de que la Biblia es la verdad, es la palabra de Dios. Lo que no parecen entender es que aunque sea la verdad, nadie tiene el conocimiento absoluto sobre lo que dice y lo que significa. Sin embargo, casi todos creen que sí tienen conocimiento absoluto de ella por lo que pontifican sobre todos los asuntos de la vida con una ingenuidad – y arrogancia – abismante. Eso es deshonesto.

Por eso se dividen tantas iglesias. Por eso tantos cristianos se pelean. Por eso ha habido horrorosas guerras de religión. Por eso es tan pobre – o inexistente – el verdadero diálogo sobre los temas importantes de la vida en los ambientes cristianos. Porque cada uno presume que lo que sabe es inamovible, eterno, evidente y absoluto.

Sin embargo, la pura, simple y humilde verdad es que no es así. Y lo que es más trágico, como bien señala Harris, eso pone a la gente que sustenta esta actitud fuera de contacto con la realidad. No sólo no entienden o tienen ideas erróneas sobre lo que acontece en el mundo sino que no tienen la más mínima disposición a conversar con personas que piensan diferente.

Hay que decirlo de nuevo: esa es la actitud predominante en la mayoría de los creyentes. Piensan que reflexionar y cuestionar honestamente sobre sus convicciones a la luz de lo que otras personas honestas les plantean es transar con la verdad. Pero nadie conoce toda la verdad.

Por eso es que en el mundo de las ideas, de los grandes debates públicos, de la gestión política, de la academia y de otros espacios de la cultura hay una ausencia tan dramática de cristianos influyentes, interesantes y motivadores. No hay nada más patético que aquella gente que evidencia tanto desconocimiento de la realidad y que sin embargo proclama que tiene una mente redimida superior.

Me hacen acordar de aquel pensador que dijo “Si la realidad no se ajusta a mis palabras, peor para la realidad”…

Párrafo revisitado

(Hace catorce años escribí este documento. Nótese la actualidad…)

Párrafos – “Lecturas” – 25 de Octubre de 2005

Estuve fuera del país en dos ocasiones en las últimas dos semanas. Una vez en Australia y otra en Brasil. Por ello, varios hechos ocurridos en nuestro país no han sido comentados en este espacio y por el tiempo transcurrido sería un poco extemporáneo hacerlo.

La distancia, sin embargo, actúa de algún modo como un saludable proveedor de perspectiva. Por una parte, pareciera que las cosas no son tan terribles como se mira y se escucha en los medios. Por otra, parece que el cuadro no da para muchas esperanzas.

Ambigua como puede sonar esta lectura, arriesgamos de todos modos una reflexión en torno a ello, en la búsqueda de alguna orientación que nos ilustre. ¿Cómo son las cosas en realidad? Hemos comentado más de una vez aquí que el exceso de palabras y de opiniones refleja la falta de profundidad en el análisis.

A veces se percibe cómo, para usar la expresión de Isaías, a lo malo se le llama bueno y a lo bueno se le llama malo. “La interpretación de la insanidad moral como moralidad y de la verdad y la prudencia como inmoralidad, es una confusión difícil de desentrañar”, escribe Eric Voegelin casi al final de su libro “La nueva ciencia de la política”. No podemos sino concederle la razón.

Seguimos a la búsqueda de interpretaciones más certeras de lo que ocurre en nuestro mundo de hoy. Hay quienes brindan por la modernidad – y su excrecencia natural conocida como post modernidad – y hay quienes abominan de ella. Hay quienes alaban las bondades del progresismo y hay quienes reclaman conservar algunos “valores” perdidos. En este vocerío mayormente ininteligible uno desearía oír que desde la intelligentsia cristiana surgiera alguna luz orientadora, alguna influencia razonable.

En vista de tal ausencia me refugio de algunas lecturas saludables entre las que se encuentra, como siempre, la Biblia. Hace unas semanas alguien increpó a un amigo mío que fuera a enseñar a Platón a los mapuches. Por ello, me atreví a explorar de nuevo “La República” de Platón porque cuando lo hice por primera vez hace unos treinta cinco años, no recuerdo haber obtenido mucho. Estoy lidiando con otros autores, porque algunos de ellos no son fáciles de entender, pero que aportan bastante más luz que los editoriales de prensa y las noticias de las nueve.

“Tus profetas vieron para ti visiones de falsedad e insipidez. No revelaron tu culpa, para cambiar tu suerte. Oráculos tuvieron para ti de falacia e ilusión” (Lamentaciones 2,14, Biblia de Jerusalén)

¿Se te perdió algo?

En una ocasión perdí el anillo de matrimonio, me asusté muchísimo porque fue cuando estaba recién casada; como no estaba acostumbrada a utilizar anillos, lo quitaba constantemente de mi mano, pero esta vez no recordaba dónde había quedado, por lo que tuve que buscar sin descanso, por horas, moviendo todo y tratando de recordar los lugares que recorrí hasta encontrarlo.


¡Qué inmensa alegría y paz sentí cuando lo encontré! Cuando perdemos algo valioso para nosotros, seguramente no estaremos tranquilos hasta encontrarlo. Así mismo, mismo recibimos un ejemplo de las Escrituras:


“O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido”. Les digo que así mismo se alegra Dios con sus ángeles por un pecador que se arrepiente.” Lucas 15: 8-10 (NVI)


Por supuesto que después de encontrar el anillo me hubiera gustado hacer una celebración, y aunque esto no fue así, estaba muy feliz por recuperar algo valioso para mí. Del mismo modo, el Señor se alegra y celebra con los ángeles cuando una persona que está perdida en el pecado, vuelve al camino correcto y se arrepiente.


Tú eres alguien valioso para el Señor, es por eso que Dios te busca y te llama constantemente a su presencia ¿Seguirás rechazando la invitación? Recuerda que no hay mejor lugar que estar bajo las alas de alguien que te ama.


Te animo a acercarte a Dios, entregar tu vida y pedir perdón por tus pecados, solamente Él es el camino, la verdad y la vida.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿La verdad y nada más que la verdad?

“¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?” Es una frase   que casi todos escuchamos en escenas de películas donde el acusado pone su mano sobre una Biblia para evidenciar que declara la verdad ante cualquier pregunta que se le haga. Pero… ¿Realmente es suficiente hacer esto para obtener la sinceridad de las personas? Después de ver esta escena, ¿podemos confiar en quienes han jurado decir la verdad?

Una de las consideraciones más importantes para todo hijo de Dios es la veracidad de sus palabras, lo cual refleja su relación con Él. 

Proverbios 22:1(NVI)  menciona: “Vale más la buena fama que las muchas riquezas, y más que oro y plata, la buena reputación.” Cuando no somos veraces, perdemos el valor, lo que es parte de nuestro testimonio hacia los incrédulos.

¿Cuántas veces te has encontrado en situaciones donde necesitabas salir de un apuro y por no quedar mal, o por salvar tu honor decidiste mentir? Aparentemente es la salida más rápida a cualquier situación incómoda a la que te puedas enfrentar, mas debes saber que al hacerlo, ingresas a un callejón sin salida.

Una persona veraz no tiene nada que esconder; sin embargo, la persona que hace de la mentira como parte de su vida, pagará una terrible consecuencia, porque lamentablemente una mentira lleva a otra para cubrir la anterior, y finalmente, el mentiroso es atrapado en su propia red de engaños. 

Si en estos días la mentira se ha vuelto tu debilidad, es momento de reflexionar en ello, porque el padre de mentiras no es Dios, sino satanás, y al practicarlas nos convertimos en sus cómplices.  En Juan 8:44 (NVI) Jesús nos dice sobre el diablo:

“(…) Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!”

Pero los que somos de Cristo, debemos marcar la diferencia, siendo conocidos como personas que hablan la verdad y no esperan que un detector de mentiras juzgue su autenticidad.

Efesios 4:15 (TLA) Menciona: “Al contrario, el amor debe hacernos decir siempre la verdad, para que en todo lo que hagamos nos parezcamos cada vez más a Cristo, que es quien gobierna la iglesia.”

¡Así que, piensa en lo que dirás cuando te halles entre la espada y la pared!

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Mente cerrada, mente abierta (2ª parte)

(Continuación de un artículo previo con el mismo título)

Cierta vez un profesor mío se expresó bastante despectivamente acerca de la mente “abierta”. Dijo que era un lugar donde podías tirar cualquier basura. Quería enfatizar así que debemos tener convicciones fuertes. Ya no puedo recordar si fue en ese momento que resistí la idea o más tarde.

Abierta es una mente dispuesta a examinar seriamente lo que la otra persona piensa. Escucha, confronta, compara e incluso puede llegar a reconocer que esa persona está en lo correcto y no nosotros.

Me parece que eso es distinto a que te entre cualquier basura en la cabeza. Al contrario: es buscar espacios de acuerdo y construcción de mejores condiciones para la vida ya sea en el campo de la política, la economía, la cultura y otros aspectos del orden social.

Siempre los extremos son atractivos. Uno se cierra sobre ciertas convicciones y todo lo que no entre ahí es enemigo. Es una postura cómoda. No hay que cuestionar nada, excepto al adversario.

Me ocurre en nuestras Jornadas de Capacitación que muchas personas reaccionan positivamente a mis planteamientos. Suelo confrontar sus ideas matrices – como por ejemplo cuando les digo que Juan 3.16 no es un versículo evangelístico porque no está dirigido al mundo sino a los que ya son creyentes. Algunas personas son conmovidas por la idea pero al volver a sus labores eclesiásticas o comunicacionales siguen pensando como lo hacían antes de escuchar la idea.

Es un ejemplo, por cierto. Lo que quiero demostrar con ello es que incluso puedes ser sensibilizado con una idea nueva, pero al regresar a tu zona de comodidad seguirás pensando y haciendo la cosa como siempre la has pensado y la has hecho. Es decir, tu mente no se abrió.

Al otro extremo está la gente que está abierta a todo. Nadie describe mejor esta condición que Carly Simon en la canción “Floundering”:

Primero ve a su hipnotizador / Corre a su psiquiatra / Va ver a su acupunturista / Luego al salón de belleza para arreglarse / Entonces ve a su cienciólogo / Sigue la dieta de su nutricionista / Y no parece resistirse a buscar la ciencia cósmica.

Me hace acordar de cierto pasaje del Nuevo Testamento: “siempre están aprendiendo y nunca llegan al conocimiento de la verdad”.

De eso no se trata la mente abierta…

La fina línea

Todos en algún momento hablamos de tratar de transmitir el mensaje, el evangelio, pero de una manera más “normal”, “menos religiosa”… pero, ¿quién tiene la medida, las palabras exactas, la “retórica precisa”, quién decide la media, digamos, de lo correcto en ese caso?

Es que ningún extremo es bueno. Hablar de todo lo que tiene que ver con Dios, como algo muy ligero para que sea mejor aceptado por alguien que aún no conoce la verdad, podría ser contraproducente. Es muy diferente decir lo que uno opina, que tratar de transmitir un mensaje de la Biblia haciéndolo más entendible. Eso si está bien… siempre y cuando no se cambie el mensaje.

Para todo debemos tener un balance. Jesús cuando vino, mostró que le molestaba la religiosidad. Otro término sería la hipocresía, ya que eso era lo que sucedía con los saduceos y fariseos. Les encantaba hacer largas oraciones en público para que la gente los admirara, les gustaba estar en los asientos más importantes en los eventos y se jactaban de cumplir con la cantidad de leyes adicionales que ellos mismos agregaron a los diez mandamientos, que de por sí, ya los diez nos cuesta cumplir y Jesús sabía que ellos no los cumplían. Aparte del asunto comercial con los impuestos, las donaciones y tantas cosas que hacían que más bien alejaban a las personas de Dios en lugar de acercarlas.

Él era judío como ellos pero se leía fervorosamente el Antiguo Testamento, especialmente el libro de Isaías y podemos leer allí como Dios les decía:

«¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?
—dice el Señor—.
Harto estoy de holocaustos de carneros
y de la grasa de animales engordados;
la sangre de toros, corderos y cabras
no me complace.
¿Por qué vienen a presentarse ante mí?
¿Quién les mandó traer animales
para que pisotearan mis atrios?
No me sigan trayendo vanas ofrendas;
el incienso es para mí una abominación…»

Jesús usó historias para hablar del Reino de Dios y para poner ejemplos de cómo Él quería que fuésemos. Nadie tiene la “fórmula” y nadie tiene por qué criticar las maneras que tengamos de hablar de Jesús y Sus promesas. Por ejemplo, no hay mejor manera de evangelizar, que contando cómo te ha cambiado a ti la vida desde que conociste a Jesús y entablaste una verdadera relación con Él.

 

 


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Poesía y personas

Alguien que escribe poesía no puede ser una mala persona”, le dice una mujer a otra que le cuenta que está viendo a cierto joven.

No recuerdo si lo leí en una novela o lo vi en una película ni qué relación tenían las mujeres. Tampoco sé por qué me acordé de estas palabras hoy.

Crecí en una cultura cristiana que no tenía buena opinión de los artistas. Para mis mayores el arte era la estética de la rebeldía y el desenfreno (bueno, no lo decían con la elegancia que lo expreso aquí, pero ésa era la idea). Así que para un creyente de mi época alguien que escribía poesía difícilmente era una buena persona.

En medio de ambas sentencias transita mi prosa poética. Mis amigas y amigos cercanos juzgarán en la posteridad de qué lado me cayó la moneda: buena persona, mala persona.

Lo que define mejor a la gente es lo que hace en relación con sus semejantes. Si les hacen bien, que escriban o no poesía será perfectamente irrelevante.

Una vez debatí con un joven periodista respecto de la conducta de los personajes públicos, los intelectuales, los artistas o los políticos.

¿Que diríamos de una persona que en su vida privada es un abusador, un mentiroso o una mala persona pero en la esfera pública es brillante, eficiente, exitoso? En cierta manera, en la vida pública “escribe poesía” pero en su vida privada es un impresentable.

No recuerdo a qué orillas arribó nuestro debate. Sólo recuerdo el tema y me ha venido a la mente a propósito del diálogo entre aquellas dos mujeres.

Por cierto, todas las consideraciones acerca de las conductas públicas y privadas a las que he aludido son subjetivas. No es aconsejable sentarse en la silla del juicio tan sueltos de cuerpo. Recordamos la vieja admonición: “No juzguen para que no sean juzgados, porque con el juicio que juzguen serán juzgados.”

Por lo pronto, hago saber a mi estimada audiencia que, a pesar de mi incapacidad para definirme a mí mismo como buena o mala persona, seguiré escribiendo poesía.

Un fragmento les dejo de un viejo poema:

“Tengo la voz callada porque la apagó voraz la academia establecida y el grito general del tiempo. / Mi voz con sentimiento, con verdad estremecida, se la llevó el viento con tanta saña homicida. / Me quedó la pura vida, negándose a morir; todavía quiere parir una pasión escondida.”

El fundamento de la fe

Se suele escuchar y se repite en los medios cristianos que la base de nuestra fe es la resurrección de Cristo. Por cierto es una noble declaración pero si uno la examina más profundamente revela algunas cosas que conviene mencionar.

No es raro que se confunda ser con hacer. O personas con acciones. Es pertinente precisar esto porque de otro modo uno puede estar repitiendo ideas que ha aprendido sin cotejarlas con la verdad.

La resurrección de Cristo es una acción, un hecho sin duda portentoso con consecuencias inmensas que, según mi parecer, van mucho más allá de etiquetar al creyente para el cielo. Pero sigue siendo un hecho. En este caso, un hecho realizado por Dios.

La fe en la resurrección es importante como anota Pablo. Pero lo fundamental es el autor de esa resurrección. Así que la pregunta que corresponde hacer es: ¿No es el autor del hecho más grande o significativo que la acción que ha realizado? A eso me refiero cuando digo que no se debe confundir ser con hacer. Dios, su Ser, es el centro de todo.

He estado litigando – para usar un término no muy real pero que suena simpático – con alguna gente cristiana sobre su tendencia a predicar a Dios como solucionador  de problemas, como resolvedor de dramas, como analgésico cósmico para los dolores de la vida, como la panacea que te allanará el camino a la felicidad.

Nótese cómo el mensaje se ha ido trasladando desde el ser de Dios hacia lo que Dios hace. El problema con eso es que cuando el humo de las palabras se disipa lo que queda a la vista es que la persona humana y sus necesidades son el centro del mensaje y no Dios.

Alguien  podría preguntar por qué esta mirada tan purista. Es purista en verdad. Pero no por un capricho semántico o algo así. Es que si tu necesidad y la mía son lo que fundamentan el mensaje estamos en problemas. Entre otras cosas, porque estaríamos propiciando un evangelio humanista, un evangelio para el yo. Un evangelio bastante postmoderno si se lo mira bien.

Así que el fundamento de nuestra fe no puede ser lo que Dios hace sino lo que Dios es.

En otras palabras, de nuevo, el fundamento de nuestra fe es y siempre tiene que ser Dios.

Los centinelas

Los centinelas y comisarios están atentos a la gramática de los discursos y el tono de las conversaciones. Sus oficiales de la censura revisan cuidadosamente escritos y videos en redes sociales. Itinerarios, agendas, tiempo libre y amistades son objeto de minucioso escrutinio.

¿Cuál es el motivo de tan intensas actividades?

Asegurar larga vida a las instituciones. Conservar la solidez de la estructura. Proteger los sólidos intereses materiales, la fama y el prestigio de los dirigentes. Fortalecer la línea de mando.

Para justificar su tarea, los vigilantes invocan entre otras cosas los sagrados postulados constituyentes, el bienestar de la mayoría, el orden establecido, la tradición, el sentido común, la paz y la estabilidad.

Se declaran protectores de la verdad, defensores del Libro, guardianes de la doctrina, garantes del correcto conocimiento de las cosas.

Serán los llamados a negociar, en primera instancia, con los disidentes. Citarán a los extraviados a sus solemnes tribunales y procederán a la delicada tarea de persuadirlos a que abandonen sus peligrosas posturas.

“La institución los necesita, les dirán. Es verdad, los líderes son siempre un poco rebeldes y la institución será embellecida con esa pasión, les aseguran.

“Pero deben entender que hay que cuidar algunas cosas muy importantes. Hay que usar siempre un tono respetuoso. Hay que observar los estatutos, las leyes fundamentales que dan sentido y dirección a la institución.

“Y, muy importante, tienen que entender que la mayoría de las personas está contenta con el actual estado de cosas; ¿para qué perturbarles con ideas que a lo mejor ni siquiera entienden? El mucho pensar no es tan bueno hay veces…”

Si los insurrectos son persuadidos, se habrá ganado una batalla más a favor del status quo y los vigilantes pueden regresar satisfechos a sus labores habituales.

Pero si persiste el clima de disidencia, los vigilantes deberán mezclarse con la inmensa mayoría a fin de advertirles que un peligro se cierne sobre la institución y que deben evitar el contacto con los provocadores. Casi siempre los vigilantes ganan y la institución permanece.

Pero si la institución llega a estar realmente en peligro, medidas de mayor contundencia son requeridas y para entonces, ya no son los vigilantes quienes se harán cargo. Para estas ocasiones, las instituciones tienen sofisticados y complejos sistemas de autopreservación.

Basta mirar a la Historia.

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