Una de las tradiciones más bellas de la navidad en las iglesias es la de los coros. Muchas iglesias que cultivan esta expresión artística realizan un arduo trabajo que comienza incluso meses antes con ensayos interminables para montar programas musicales variados.

Los niños son generalmente protagonistas obligados de estas actividades. En algunos lugares se les disfraza de los personajes del pesebre, en otros usan sus togas tradicionales.

Toda mi vida he trabajado con los niños en la iglesia. Comencé a hacerlo cuando tenía 16 años. Pero para la navidad de 1995 decidí organizar un coro de niños y montar lo que nosotros llamábamos una Cantata, que era una presentación musical compuesta por una serie de canciones que relataban la historia de la navidad. Durante muchos años lo que se hacía regularmente era enseñarles los villancicos tradicionales, pero yo quería hacer algo diferente, ya que todos los domingos cantábamos villancicos en la congregación. No quería que los niños repitieran lo mismo en su show especial.

Así que empecé a buscar música distinta, que narrara la historia de la anunciación de María, el pesebre, los pastores, los magos y que además fuera para niños. Sin embargo, mi búsqueda fue un tanto infructuosa. Estábamos viviendo una situación económica tremenda, nadie tenía ni un cassette de música infantil y mucho menos navideña.

Por eso un día me fui para el templo, me senté en el piano y cogí mi Biblia. Y empecé a leer los textos y a intentar ponerle música y hacer que rimaran un poco.

En el siguiente ensayo le dije a mis niños, quiero que escuchen algo y me den su opinión. Les canté la primera canción… y gracias a Dios… les encantó.

Esa navidad hicimos un programa totalmente nuevo, casi compuesto de ensayo a ensayo donde los niños opinaban y me cambiaban “un poquito “el ritmo. Y no me excomulgaron de milagro, porque mi iglesia que era supertradicional y conservadora, ese año tuvo un coro de niños, con unos villancicos casi a ritmo de conga.

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