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Setenta mil jóvenes enfervorizados. Un denominado “rock cristiano nacional” rompe los tímpanos. La letra es un coro de los muchos escuchados en la iglesia pero en clave rockera. Un rato antes, un grupo vocal ha creído hacer un gran aporte al ponerle letra “cristiana” a Let it Be.

¿A qué vinieron estos chicos? Una pregunta retórica, por cierto. A tener una experiencia. Un recital cristiano. Saltar igual que los chicos en los shows de U2 o Fito Páez. Luces, gigantescos displays LCD, elevando todo al más alto nivel sensorial. Un culto en versión mediática de alta tecnología con jeans, remeras y zapatillas. Más de lo mismo con ropajes diferentes.

La noche anterior, en un rapto profético, un pastor le anuncia al gobernador de la provincia ahí presente que llegará a la más alta magistratura de la nación, luego de nominarlo “el mejor gobernador del país”. Una instancia con un leve toque distinto, porque la misión de todos los invitados es exaltar el genio y la figura del protagonista de la noche, que nunca fue tan autoreferente como en estos dos días.

Nos repiten hasta el cansancio que el gobernador fue a buscar al protagonista en helicóptero, que le ha pedido que ore por su familia, que lo reconoce como una influencia positiva en el tema de los “valores” de los jóvenes. Se extreman los comentarios en cómo abrió las puertas del estadio y dio todas las facilidades para que la televisión cubriera este evento con reprises y todo. El gobernador ha dicho que no quiere politizar el evento, aunque regala decenas de miles de gorras naranja con su slogan “Yo creo”, creado por su asesor especial para acercarse a los votos del mundo evangélico. Tampoco es posible soslayar la cuestión de que el nombre del gobernador aparece más de cincuenta veces en las marquesinas del recinto deportivo.

Dice uno de los invitados que estos chicos son la fuerza del cambio. Y tiene la mitad de mucha razón. Son una fuerza. Sólo que la otra mitad, el cambio que harán, no alcanzará para transformarle la cara a la realidad. Lo que harán diferente seguramente será aggiornar la estructura del culto de la iglesia y levitar en su fe cristiana en colegios, trabajos y otros entornos. Mientras tanto, nuestros países seguirán siendo indefinidamente parcela de las mafias, propiedad de los ricos y poderosos, pasto de la hoguera audiovisual, dominio sin límite de los políticos, territorio prohibido a los que viven al margen de la historia. Todo seguirá lo mismo, incluyendo los discursos del cambio y de un país a los pies de Jesús, que tanto emocionan a los dirigentes.

Mañana, la ciudad, el país, el continente seguirán igual…

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