¿Cuántas veces hemos dicho eso en nuestra vida? “Ay, es que yo soy así”. Es cierto que los seres humanos somos todos diferentes y eso enriquece las relaciones, las vivencias, las experiencias y a la humanidad. Pero usar esa frase como una excusa o muletilla para no cambiar, nos convierte en tercos. No es que somos así, es que no queremos cambiar así nos traiga malas consecuencias.

Evidentemente hay características que nos definen como persona, pero si sabemos que hay algo que hacemos a diario que hace daño a otros, debería estar en nosotros el querer cambiarlo. No basta con ponernos en posición de chiquillo de brazos cruzados y adoptar la actitud de que no nos importa nada más y no vamos a hacer nada al respecto porque no queremos.

Eso además sería inmadurez. A medida que crecemos o pasan los años, se supone que debemos evolucionar, enriquecernos como personas. Y honestamente, decir esa frase, puede que te justifique en tu mente, pero no te absuelve de culpas.

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Hay otras frases como: “Ay, no me di cuenta” o “ya está hecho, no puedo hacer nada al respecto”. Cuando es de verdad la inocencia del caso, no importa; pero cuando es una posición o excusa para no cargar con las consecuencias de lo que hicimos, no es solo terquedad lo que demuestra. Es egoísmo. Es un “no me importa” en letras mayúsculas.

Tenemos que fijarnos cuántas veces al mes, a la semana, al día o a la hora usamos frases como esas. Pidámosle a Dios que nos revise nuestros corazones y nos deje darnos cuenta de cuándo estamos usando esas excusas casi infantiles y arrepintámonos. Vale la pena. Hace mucho bien. Vas a crecer espiritualmente, vas a ser mejor ser humano.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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