“Vivimos una época de patologías masivas, como las crisis de pánico, la depresión, la ansiedad, que no son patologías simplemente síquicas, sino de la relación comunicacional”.

(Franco Berardi, pensador italiano en entrevista al diario español El País)

“La intensificación infinita de la información repercute en las capacidades críticas de comprensión”, dice Berardi en otra parte de la entrevista. Este cúmulo abrumador termina afectando el cerebro, los nervios, la mente y las emociones.

La velocidad de la información nos expone a masas inmensas de datos que no podemos procesar completamente. Pero al mismo tiempo requiere de nosotros respuestas, como es el caso de los cientos de mensajes que recibimos.

Por un lado tenemos entonces la marea de textos, audios y videos. Por el otro, la exigencia de responder a estos estímulos.

Es inevitable: esta enorme presión comunicacional termina afectando nuestra capacidad de analizar e interpretar la realidad de una manera comprensiva. Este efecto se traslada a nuestra vida cotidiana y produce los efectos mencionados en la cita al inicio de esta nota.

Cada día aparecen nuevos estudios que dan cuenta de las transformaciones que las tecnologías de información están produciendo en nuestra forma de pensar y de encarar la realidad.

El conocimiento y el aprendizaje, el manejo del tiempo, el pensamiento crítico, las relaciones personales y el rendimiento laboral son algunas de las dimensiones afectadas por la nueva comunicación.

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Es el vértigo de la nueva realidad. La velocidad nos está matando porque no estamos diseñados para correr todo el tiempo. Los períodos de intensidad deben ser sucedidos por momentos de repliegue.

En otras palabras, bajar la velocidad.

¿Cómo hacerlo? Este parece ser el misterio escondido desde que aparecieron los primeros teléfonos celulares con su sistema de SMS, porque han roto todas las barreras: el sonido, el tiempo, el espacio.

Tomemos dos datos: el hombre apareció en la tierra, digamos, hace unos cuarenta mil años. El primer celular fue lanzado al mercado en 1983.

Es decir, durante unos treinta y ocho mil años la gente pudo construir civilizaciones, arte, música, relaciones humanas productivas (al mismo tiempo, claro, guerras, incendios y contaminación).

El peso de esta evidencia dice que no moriremos instantáneamente si no podemos tener un teléfono celular a la mano. Que podríamos igual tener una vida más o menos plena.

Pero no exageremos: no hay necesidad de tirarlo. Simplemente, bajemos un poco la velocidad, usémoslo menos tiempo y mejoremos nuestra salud mental y la de los otros.

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