Quedan en el día algunas grietas aún. Por ahí es posible entrar en busca de un amparo leve. En este mínimo espacio de tiempo disponible se encuentran aún algunas fuerzas para concretar un proyecto pacientemente construido. Queda tiempo quizá para unas palabras finales que den cuenta de cierta madurez adquirida a golpes. Prolífica y persistente, la memoria remite a los días de la ingenuidad y la pasión, aquella época en que las razones y el deber no habían asaltado aún la plaza.

En lo que resta del día se llevan a cabo recurrentes balances y se analizan las cuentas de la vida en el libro del debe y el haber. ¿Se pudo haber hecho aquello que nunca se hizo? ¿Se hizo lo que nunca se debió hacer? Tormentos inútiles porque el pasado es una página sobre la que no se puede volver a escribir. Sólo queda elegir el remordimiento o la paz, el dolor o la esperanza.

Se van reduciendo tranquila y pausadamente las posibilidades. Lo que hasta hace un tiempo era camino abordable devino muro y cerrazón. Los años reclaman inexorablemente los réditos de su inversión. Nos van reduciendo de a poquito el aliento y las ganas. Nos otorgan, tacaños, unos gramos de sabiduría a cambio de la vida que se llevan.

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Y sin embargo lo que hasta ayer se pensaba imposible vino a la luz de un modo inesperado. Aprendemos a querer las cosas simples que antes considerábamos vulgares y sin valor: lugares y personas, estados de ánimo y pensamientos, emociones y silencios, soledades y rutinas.

Se convierten en querencias unos sitios en los que nunca antes quisimos estar. Se temperan algunas inclinaciones y otras se resisten. Reflexionar en la suma de los días vividos y la resta de los que quedan por vivir es una matemática inofensiva en tanto sea nada más que un sobrio pasatiempo.

Todo va cambiando. Pero la paradoja es ésta: si uno mira todo desde una cierta altura no hay un cambio esencial. En todos los tiempos y en todas las personas la vida es tal cual. Sólo resta, estoica o militantemente, esperar el inevitable desenlace de la historia.

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