“Los aprendizajes que más perduran son los asociados a momentos de intensa emocionalidad.”

Darío Gigena Parker, Director del Centro Gigena Parker, Argentina)

Muchas veces me pregunté por qué las personas tienen tanta dificultad para cuestionar sus propias convicciones. No sugiero que no se tengan certidumbres y que la vida no se maneje con cierta consistencia.

Pero hay momentos en que es necesario preguntarse ciertas cosas acerca de lo que uno cree y por qué lo cree. Si no, uno podría terminar siendo nada más que una caja de resonancia de cosas que uno aprendió de otros.

Aquí es donde entra la cita de Gigena Parker: llegué después de mucho tiempo a esta misma convicción respecto de por qué los cristianos son tan impermeables a la evolución. ¿Por qué se quedan atados a un cierto nivel de aprendizaje y de ahí uno no los saca nunca más?

He abordado este tema aquí desde varios puntos de vista. Y el que propongo hoy está motivado por la cita que comento. La conversión está ligada a un momento de gran impacto emocional. Las personas comentan que tuvieron una revelación, una experiencia sobrenatural, una sanidad impresionante, un milagro muy grande.

Así, la nueva vida comienza en un acto de intensa emoción. Una emoción que todavía dura cuando la persona recibe la instrucción básica, el discipulado inicial, la enseñanza cristiana del principio. Ese aprendizaje va a calar y se arraigará muy profundo por su vinculación con la alegría, el asombro,  la maravilla de lo recientemente experimentado.

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¿Cómo lograr que las personas experimenten un desarrollo, una evolución virtuosa en el conocimiento y en su aplicación en su vida cristiana actual?

Digamos que el conocimiento tiene dos caras. Por una parte, el que ya hemos comentado: se ha nutrido y se ha establecido al amparo de la emoción, de la alegría, del encanto. Pero luego tenemos que abordar el conocimiento que surge de la razón, del pensamiento crítico, de la pregunta. La interrogación al texto de la Biblia, la interpelación a los enseñadores y lideres, mucho más allá del cursillo de vida abundante.

Este último es un acto de fe tan válido como el que se experimenta acicateado por la emoción. Porque el conocimiento es, por así decirlo, la acción del Espíritu Santo en reposo, ese estado en donde ejerce la facultad de enseñarnos todas las cosas y convencernos de que hay nuevas esferas del saber.

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