Para cumplir su propósito, Ahab debía emplear instrumentos; y de todos los instrumentos que se emplean en este mundo sublunar, los hombres son los que se estropean más pronto

(Herman Melville, Moby Dick)

Conté hace un tiempo que encaré la tarea de leer Ulysses de James Joyce. Leí en el sitio The Conversation que este libro de Herman Melville y el de James Joyce tenían cierta relación:

“…Se han convertido en textos sagrados que el Occidente moderno ha sometido a un extenso escrutinio buscando en ellos su propio secreto.”

Así que empecé Moby Dick y dejé por un rato el Ulysses, aquel inmenso acorazado literario.

 

La primera noción de instrumento la tuve en la iglesia. Los hermanos decían que uno era instrumento en las manos de Dios, que el Señor había tomado a un instrumento para hablar o que miráramos a Jesús, no al instrumento.

Por eso colegí que Dios era el Instrumentista Supremo. Sin embargo, habiendo visto a través de los años que las personas “usadas” solían reflejar muy poco de Su carácter, llegué a abrigar serias dudas de tal oficio.

Quizá sea por lo que dice Ismael – el narrador del libro de Melville: los hombres se estropean muy pronto. La gente digamos, para no contender por asuntos de género.

Pensemos por un instante en el estropicio: puede ser por abuso del empleador, lo cual es bastante frecuente. Sacar el máximo de las personas sin retribuirles adecuadamente es un hecho que se encuentra en los más variados lugares: empresa, partidos políticos, iglesias.

Claro, las cosas se estropean también cuando los instrumentos quieren dar el mínimo y obtener lo máximo. Pero en este caso sus manejadores simplemente los despiden o, usando la analogía de Orwell en 1984, los vaporizan.

Usar la palabra instrumento para referirse a las personas es harto inadecuado. Reduce la personalidad a un recurso que puede ser usado hasta que ya no sirve más. Se puede reparar unas cuantas veces pero finalmente hay que tirarlo.

Las máquinas, las herramientas, los cubiertos y otros utensilios son instrumentos. Las personas son la parte esencial de todo, el quid del asunto.

Pero estamos bastante lejos de los comienzos. El poder y el dinero, movilizados por motivos egoístas (el eje del mal), han diluido la fuerza de las cosas.

Habría que discrepar, ofrecer crítica, rehusarse. Utilizar el instrumento de la protesta. O de la rebeldía si las cosas se ponen difíciles.

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