(Epopeya: Composición literaria en verso en que se cuentan las hazañas legendarias de personajes heroicos)

Inesperadamente arribamos a una pequeña trilogía. La cerramos hoy con unas líneas acerca de la epopeya del libro. No está en verso riguroso como debiera ser; apenas algo de prosa poética con ripios y carencias. Imposible abordar la extensa relación de las hazañas legendarias del libro, pero hagamos un mínimo intento.
Gracias a la imprenta y al espíritu universal de la cultura, los libros se convirtieron en un producto accesible. Por siglos habían estado confinados a la academia y a los monasterios. Resistieron censuras, incendios, cambios de época y fines de mundo. Como el mundo no se acabó y no se acabará tan pronto, podemos aventurar que el libro seguirá presente.
Escribimos aquí una vez que cuando apareció la radio, la televisión y finalmente el internet, diversas voces auguraron la desaparición del libro. Falsos profetas resultaron; el Buen Libro dice que si no se cumple la profecía se la puede despedir como falsa.
Así que el libro resultó ser un personaje heroico, un inesperado vencedor de los rigores del tiempo y de la vida. Permanece como puerta a un mundo imposible, lejano, fabuloso. Abre territorios inexplorados. Viste con el ropaje de la palabra la grandeza y la miseria de la raza. Propone utopías y distopías. Acompaña la pregunta. Estremece la conciencia. Nos descubre. Penetra nuestra interioridad en forma de espada o de bálsamo reparador. Nos enseña, sea que aprendamos o no. Construye caminos por donde transita nuestra enervante incompletitud.
Sigue soportando el desprecio y la desgana de la gente que no quiere leerlos, que se aburre, que no les encuentra sentido práctico. Gentes que prefieren ser consumidas, fagocitadas por las pantallas de sus pequeños artilugios inteligentes, ahítas de imágenes, empachadas de información de cuarta, llevadas como las hojas del otoño de un lugar a otro por los vientos de la tecnología y la locura de las ciudades.
Los falsos profetas dicen que ahora sí que sí; ahora sí que el libro está destinado a los museos y a los anaqueles de viejos retrógrados, testimonio de una era pasada.
Pero mientras vivamos, acudiremos al libro, ya que no al amor de las personas ni a la chimuchina de los pueblos. Nos encerraremos en nuestros vetustos y mínimos espacios secretos y leeremos hasta que “la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro… y el polvo vuelva a la tierra.”

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(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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