No hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió (Joaquín Sabina, Con la frente marchita)

Los libros, las películas y los sueños embellecen este lado de la vida, empobrecida como está por la desilusión y la maldad. Amparan parcialmente la materia sensible del ser expuesto y aminoran un poco el peso de la realidad. Sin embargo, como la mayoría de las cosas hermosas, tienen un lado oscuro, un correlato en cierto modo contradictorio. Es la constatación de que su propuesta estética crea nostalgias sobre cosas que nunca nos acontecieron.

Una vez vi una película que tenía lugar en Birmania (hoy Myanmar, en el sudeste asiático). Era un viejo filme en blanco y negro que vi alguna noche de invierno a mediados de los setenta. Me introdujo en un mundo singular pero imposible, en el que la vida era todo lo que había y se tenía que vivir con toda intensidad y sin miedo alguno. No recuerdo en mi vida real nada similar.

A veces me hiere la atmósfera de la Rusia de Dostoievsky, de Tolstoi, de Gorki, de Gogol. Me vienen nostalgias de Angulema, del Houmeau de Balzac en Ilusiones Perdidas. Jamás voy a navegar en el Nautilus ni voy a cruzar los hielos antárticos en el Endurance de Ernest Shackleton. Macondo es definitivamente inviable y dormir una siesta en la hamaca de Pilar Ternera es un espejismo como la imagen de Melquíades en la reverberación del sol en la ventana.

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Una vez soñé un lago cristalino rodeado de manglares o algo parecido. Había una limpidez, una transparente sensación de paz indescriptible, un mundo azul, dulce y lento, un Nunca Jamás perfecto. A veces tengo unos sueños intensos, llenos de suspenso, pasión, personas y situaciones complejas pero comprensibles que suceden en sitios parecidos a Blade Runner o Matrix.

Lo que no fue no sería doloroso si uno no llevara en la memoria registro alguno de su posibilidad, de su existencia. Pero los libros, el cine y los sueños (dormidos o despiertos) nos han otorgado – y por eso nos hacen añorarlos – universos inmateriales, instantes ingrávidos, sensaciones que sólo son perceptibles en la mente a dolorosa distancia de la piel.

Para empeorar las cosas tenemos otra línea de Sabina: “… al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

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