Seamos realistas: pidamos lo imposible
Prohibido prohibir
La imaginación al poder
(Gritos de batalla de la llamada “revolución de mayo del 68”)

Este año se recordará el 50º aniversario del movimiento juvenil de 1968 que tuvo su mayor expresión en el famoso “Mayo francés”. No abundaremos en lo que fue y el significado que tuvo para aquella generación. Cualquier búsqueda en Internet arroja información que sería imposible resumir aquí. Aquí nos interesa puntualizar algo que ocurrió años después, pero no sólo a ellos, sino también a los hippies de los años ’60 y a los revolucionarios de los ’70 en América latina.
Los máximos líderes del movimiento estudiantil francés se convirtieron en representantes en el sistema parlamentario y gozan o gozaron de los beneficios y derechos de todo legislador. Una buena parte de los participantes de la “revolución de las flores” y asistentes al legendario recital de Woodstock llegaron a ser prósperos empresarios, empleados del gobierno y/o sexagenarias abuelas en acomodados suburbios. Los jóvenes idealistas de las revoluciones populares en nuestro continente latinoamericano hoy dan clases en respetadas universidades, son consultores de agencias internacionales, visten trajes caros y manejan vehículos de alta gama.
No vamos a hacer un festín inconsecuente y gratuito con aquellos heroicos revolucionarios que devinieron miembros de la alta burguesía de la cual abrevan con fruición pese a que hace cuarenta o cincuenta años la combatieron ardientemente. Todos cambiamos. Hace cincuenta años todos éramos todos flacos, teníamos el pelo largo, usábamos pantalones ajustados pata de elefante, camisas floreadas con cuellos enormes, cinturones con pesadas hebillas de hierro, nos alimentábamos con poca proteína y odiábamos el sistema con todo nuestro ser.
Son pocos los personajes de la historia que vivieron en rigurosa consecuencia con sus ideales hasta el fin de sus vidas, gente que no transó sus convicciones. Algunos de ellos no sólo no cambiaron sino profundizaron su compromiso hasta la muerte y, en el caso de Jesús, muerte de cruz.
Solíamos ayunar todos los lunes, viajar sin boleto de regreso, confiar en la provisión divina, regalar nuestra poca ropa, pasar la noche en sacos de dormir donde fuera con tal llevar el mensaje por el mundo. Hoy tenemos tres comidas calientes al día, una pequeña pero segura cuenta en el banco, un pasaporte con muchos sellos y un cierto prestigio internacional.
No renegamos del presente – sólo que algo muy importante se nos quedó en el camino…

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