No me preguntes nada acerca del Mundial ni de la despenalización del aborto en Argentina le digo a Angel, que me entrevista semanalmente en la radio. No porque no tenga nada que decir acerca de temas tan importantes para esta sociedad. Es que no me da la gana. Aunque por una razón menos pedestre que un berrinche crepuscular.

En una tira del diario leo el siguiente diálogo:

– No me declararé a favor ni en contra.

– ¿A favor o en contra de qué?

– De estar a favor o en contra.

Porque discutir sobre fútbol, economía, urgencias sociales o religión es una ocupación sin destino. Cada participante lo único que quiere es escucharse a sí mismo repitiendo frases sacadas del diario, de la televisión o de internet [si las sacaran de libros tal vez habría más esperanza]. También para declamar consignas políticas o frases aprendidas en el curso básico de discipulado de la iglesia. Cero pensamiento crítico. Cero análisis personal a la luz de alguna educación articulada. Cero entendimiento propio.

Como en todas las cosas de la vida hay gratas excepciones pero son angustiosamente escasas. Cada vez más la gente expele memes, postea frasecitas obvias en Twitter, cuelga slogans baratos en sus perfiles de WhatsApp y viraliza videos de precaria factura y peor contenido.

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Así que esquivar discusiones corrientes tiene por objeto no perder el tiempo y en ocasiones por no tener el conocimiento, el criterio o la experiencia para referirse a ello. Esto último es asombroso: se habla de cosas sobre las cuales no se tiene la menor idea excepto lo rescatado fugazmente de su página de Facebook o en las noticias de la tarde. Hay un atosigamiento de información que no resulta en el entendimiento y la sabiduría que debería otorgar tan abundante recurso.

Educación no es sumar información. Es la capacidad de ordenar todo ese material para comprender las relaciones que las cosas tienen entre sí, las causas y consecuencias de los hechos de la historia, los cursos de acción que son posibles.

En las conversaciones sobre la mesa del café o después del almuerzo es imposible, a menos que específicamente tengan ese objetivo, dialogar productivamente sobre cualquier cosa. Nadie puede esperar que va a comprender los grandes asuntos de la vida antes de terminar un capuchino o dar cuenta de un bife chorizo con puré de calabaza.

Por ahora, atenderemos diligentemente la admonición de Wittgenstein: De lo que no se puede hablar, es mejor callarse.

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