Pasó del modo más inesperado. Estaba resolviendo como solía un Sudoku en la computadora entre una tarea y otra en la oficina. Repentinamente lo invadió la sensación de estar en un lugar conocido pero que no pudo precisar. La carga de una profunda desazón se le instaló en el pecho. Era como la presencia física de una angustia inexplicable, un peso metálico, un raro sinsabor .

Se imaginó que todos los desaciertos, todos los dolores, todas las soledades y las maldades de su vida se habían dado cita para recordarle lo leve de todas las cosas, la fragilidad de la conciencia, la pobreza de los argumentos, la futilidad de las defensas balbuceadas, la mala herida de los equívocos y la constatación del no ser en la planicie de un sinsentido fundamental.

¿La ausencia de Su presencia, tal vez, en el lapso de un microsegundo atroz con ese indefinible regusto a ceniza en la boca y – acorde a Sabina – una nube de arena en el corazón?

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Andamos siempre tan cerca del límite de las cosas. Bordeamos la frontera de la muerte con una frecuencia que ignoramos. Nos oponemos persistentemente al absurdo del fin porque algo dentro de nosotros aspira a la inmortalidad o al menos a una suerte de supratemporalidad, pese a que todo eso es algo que mucho no entendemos. Estamos dispuestos a acomodarnos a la idea de una post vida que dure, si la hubiera, pero con algún propósito, con algún sentido.

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A veces se nos escurre furtivamente la idea de la extinción total para no tener que pensar en un inspector celestial que vaya a revisar nuestra precaria contabilidad y determine que el Debe desgraciadamente es mayor que el Haber y que tendremos que servir un período inmensurable de prisión en algún lugar remoto.

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Por supuesto, damas y caballeros, esto es una ficción – con un poco de verdad, hay que decirlo. Estoy leyendo unas Ficciones de Jorge Luis Borges y me ha salido de las manos esta pieza de escaso valor literario, un ensayo que no quita ni agrega nada a sus honorables existencias pero que tiene el confeso propósito de incomodarles porque cada día me irrita más la imperdonable complacencia de los creyentes en un mundo terrible que clama por alguna luz y que se supone ellos tienen pero la niegan descaradamente por estar ocupados en sus elevados asuntos.

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