Veo en televisión a un grupo de cristianos que ha arribado a la convicción – merced a ciertos estudios geológicos que han hecho y a algunas afirmaciones que encuentran en la Biblia – que toda la región costera este del continente americano puede quedar bajo el agua en cualquier momento como producto de un gran cataclismo. Explican que por ese motivo planean construir un arca similar a la del bíblico Noé. Han traído al estudio una maqueta para mejor entender la cuestión. Un abogado de la ciudad les explica que el proyecto es inviable porque no cumpliría con las normas legales en vigor y no obtendrían los permisos correspondientes.
Al poco rato me desentendí del programa. Sin embargo volví a pensar en el tema porque recordé a aquellos cristianos a los que se les había revelado que el fin del mundo se verificaría un día de la tercera semana de octubre de 1991. Ví con mis propios ojos en la orilla de la ruta a mujeres y hombres que con singular devoción advertían a la ciudadanía del inminente hecho. Sostenían unos lienzos con un mensaje que urgía a la gente a arrepentirse de sus pecados y esperar ese día en estado de santidad.
Me sorprende el tiempo y la energía que algunos creyentes invierten en el tema del fin de todas las cosas. Por supuesto, cada sector de la militancia tiene sus ideas de cómo va a acontecer todo, así que el tema se pone bastante oscuro a la hora de considerar las opciones y tomar partido por el que parezca más verdadero.
Hay quienes anhelan ardientemente que ese acontecimiento tenga lugar ojalá a la madrugada de mañana; por cierto, lo desean con absoluta prescindencia del hecho que si es cierto que los únicos participantes serían los cristianos evangélicos, seis séptimas partes de la población se quedarían abajo; es decir unos seis mil millones de personas.
Estando tan seguros que el momento final ocurrirá de la manera que lo entienden, los creyentes deberían estar más ocupados en abrazar con el amor del evangelio al mundo que les rodea, prestarle mayor atención a las realidades presentes y construir un escenario más propicio para un evento de semejante magnitud.
(Al menos los hermanos del proyecto “Arca” parecen abrigar la idea de salvar a un buen poco de gente – y algunos animales por lo que vi – y recomenzar todo después de la Gran Inundación…)

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